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domingo, 25 de septiembre de 2016

LA FUNCIÓN DE UN CENTRO CULTURAL, APROXIMACIONES




Whiplash es una película dramática estadounidense estrenada el 2014, escrita y dirigida por Damien Chazelle.  Se distribuyó en Latinoamérica con el tìtulo Obsesión por el rítmo. La protagonizan Miles Teller como el joven baterista de jazz Andrew Neiman, que asiste a una de las mejores escuelas de música en Nueva York, bajo la tutela del riguroso y despiadado jazzista y maestro Terence Fletcher (J.K. Simmons). 

En una de las primeras escenas de Whiplash (2014), el novato postulante al reconocido Conservatorio de música Shaffer, Andrew Neiman, conversa algo nervioso con el temido maestro Terence Fletcher, a quien se le conoce capaz de hacer quebrar a hombres hechos y derechos como si fueran niños de primaria. 

Como quien quiere saludar y conocer, Fletcher lo aborda sorpresivamente mientras están en el descanso del ensayo con la banda. Es la primera clase de Andrew, aparentemente sólo intenta hacerse una idea de él, es una conversación informal de café, pero no todo es lo que aparenta, pues en realidad es parte del proceso de medirlo. Lo primero que le pregunta es si existen artistas en su familia, músicos preferentemente. 
- No, sólo yo.
¿Algún tío, familiar o amigo cercano que le guste el arte y te pueda apoyar? 
-No, ni uno. 
Bueno, entonces -le dirá el profesor-, tu única chance es escuchar todo lo que puedas los discos de los grandes maestros del jazz. 
Después le recomendará algunas joyas como las de Charlie Parker, entre otros. Es decir, si no encuentras el estímulo competente desde tu hogar o en tu círculo caliente, lo que puedes hacer es exponerte a la irradiación de los más grandes en el arte que practicas. Floyd Mayweather por ejemplo, venía de una familia de boxeadores -su padre Floyd y su tío Roger fueron boxeadores profesionales-; la mayoría en su entorno entendía ya el sacrificio y el tipo de vida que requería para llegar donde llegó; la atmósfera en la que creció tendía a favorecer que se especialice en el boxeo. Muhammad Alí en cambio fue hijo de un laborioso pintor con talento artístico, tuvo que formarse por su cuenta, no tuvo boxeadores en su familia que hablaran su mismo idioma. Para encaminarse, Alí tuvo que frecuentar desde muy joven los gimnasios de Louisville y conversar con entrenadores, managers, ex-boxeadores, con todo aquel que pudiera transmitirle alguna valiosa información de segunda mano.

En el mundo del arte, probablemente esta sea la primera función que cumplen los centros culturales y los repositorios del tipo museos y galerías: generar espacios de transmisión de información, vitrinas para exponer al visitante a una irradiación continua de la mentalidad y las preocupaciones del artista. 

Transmisión
Quién podría rebatir el hecho de que la obsesión, la total dedicación al arte, la exagerada búsqueda de la perfección que todo verdadero artista lleva consigo, es algo que no se enseña, no se puede enseñar. Sólo se puede despertar un tipo de interés para que luego el aspirante se haga cargo. Eso es algo de lo que se contagia de modo indirecto al estar en contacto con los grandes maestros, al exponerse a sus trabajos, o al seguirlos, al leerlos, escucharlos. 

Volviendo a la película, además hay otra razón por la que el profesor le dice que escuche muy seguido a los grandes del jazz. Cuando uno es joven aprende mucho por el deseo de imitar, de ser como el ídolo que admira. Es una forma de avanzar. En el fútbol es curioso cuánto aprendemos de niños por sólo ver cómo juegan nuestros jugadores favoritos. El patio de recreo es el laboratorio de ensayo de las jugadas de Messi o de Neymar. Y Ronaldinho primero tuvo que intentar ser como Romario o Pelé antes de ser Ronaldinho. Se trata de la transmisión particular que emiten los grandes en su campo, los maestros. "De un maestro uno no aprende lo que hace, sino cómo hace lo que hace" -me dijo una vez el filósofo Tomás Abraham al visitar La Paz. Pero imitar es sólo un primer paso, propio de la obsesión inicial. En algún momento, tanto imitar, se llega a comprender cómo funciona el asunto, y se empieza a experimentar por cuenta propia. Es la etapa de germen de la creación de un estilo propio. 

Jesús Urzagasti me hablaba de aquello que es intransferible en la poesía, pero que es comunicable. El artista, el músico, el poeta, emiten señales, vibraciones que se encuentran en el fondo de su obra, de su música, de su poesía. Se capta o no se capta, pero hay que exponerse a ello. Y una palabra muy propia del mundo de las artes escénicas es "conectar". Después de la fase de la imitación, lo siguiente es aprender a conectarse con ello, tomar cuenta de cómo sucede. La lectura de un libro de Cortázar, de Joyce, de Borges o de Cervantes te pueden conectar con distintos mundos vibratorios. Algunos libros se dice que son reescrituras de los grandes libros de la literatura, como el Pierre Menard de Borges a partir del Quijote de Cervantes, o el Máquinahamlet que escribió el dramaturgo alemán Heiner Muller luego de treinta años de obsesivo y meticuloso estudio de la obra clásica de Shakespeare. Son conexiones casi atemporales, que hacen perder la noción del tiempo, o se prolongan a veces por toda la vida, nos hablan de la sostenida obsesión del artista, de escritores, filósofos, danzarines, poetas.  

Cuando se abandona la imitación, surge la posibilidad de la creación. Pero todo comienza con exponerse, salir y ponerse en contacto, hay que exponerse a las vibraciones de los que hicieron el trabajo antes que tú. No conformarse con seguir a los que están cerca, sino ponerse a mirar a la altura de los más grandes, dialogar con ellos constantemente. Se trata de ser autodidacta, un buen buscador, o lo que Gilles Deleuze llamaba "cazador", alguien que va a exposiciones, visita muestras de escultura, conciertos, obras de teatro, presentaciones de libros, y que lo hace con el olfato del que sigue el rastro de algo que persigue: una idea, una sensación, nuevas interrogantes. Hay que estar en busca de algo, y tener la creencia de que ese algo se puede encontrar en el mundo de las artes.  

En Bolivia, la oferta es variada en el eje troncal, sobretodo en La Paz y Santa Cruz, siendo esta última la ciudad que parece promover con más fuerza un cierto aire de experimentación y de incertidumbre. Los centros pedagógico-culturales de la Fundación Simón I. Patiño, los repositorios de la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia, además de AECID, el Goethe Institut y la Alianza Francesa, cumplen la tarea de aperturar este tipo de irradiaciones a la ciudadanía. 

No todo lo que se presenta es siempre bueno, o al menos, no es algo que te cambiará la vida. Pero hay que perseverar en la búsqueda. El problema que siempre existirá es que no puede en verdad haber encuentro si no existe una mínima búsqueda en algún sentido de parte de los visitantes. De modo similar a lo que se busca cuando se hojea una buena novela o un libro de filosofía, hay que estar abiertos cuando se visita un centro cultural a que nos tome por arrebato un nuevo concepto, una nueva manera de plantearnos la interrogante, una asociación curiosa, nuevas sinápsis, algo que nos inquiete... A veces tenemos con nosotros el ochenta pro ciento de un proyecto, y la asociación de ideas termina de completarse con algo que vemos en una película, en una exposición o en una charla. Hay que darse la posibilidad de que nuestras curiosas obsesiones nos lleven a la siguiente conexión. 



Un centro cultural debe ser aprovechado especialmente por los autodidactas. Mientras el primero expone conocimientos dentro de sus instalaciones sin intentar enseñar ni tener pretensiones de escuela, los segundos van a capturar algo, van a aprender, sin ser estudiantes de esa institución ni estar ligados formalmente a ella. Un centro cultural es un lugar perfecto para respirar libertad y ampliar el sentido del olfato, activar la antena, y forzarse a uno mismo a aprender algo nuevo, investigar un poco, preguntarse qué puede tener que ver algo con otra cosa en una misma sala. Un Museo, en tanto institución preservadora de memoria y de patrimonio, también ofrece esta posibilidad, pero el rango de variedad de disciplinas que cubre y de eventos que monta, será siempre más limitado, por el hecho de su especificidad y de los objetos que custodia. El centro cultural tiende cada vez más a ser un híbrido, como bien lo explica García Canclini en buena parte de su bibliografía; su campo de acción puede ser enorme, su desafío es saber hallar unas líneas conectoras que sirvan de hilos conductores y organicen un poco la oferta cultural que ponen a consideración de la ciudadanía, de los vecinos, de la comunidad en definitiva. El objetivo mayor para todo centro cultural debería ser el de consolidarse como aparato editorial confiable dentro de la marea de ofertas culturales que flotan en el ambiente. El nombre de un centro cultural serio debe ser como la firma de un escritor de verdadero renombre: cuando ves estampado el nombre de ese escritor en la tapa todo lo demás pasa a segundo plano, la editorial, el año, el título, porque ya el nombre te ofrece una garantía de seriedad, de magia, de calidad, de aquello que buscas en un libro. Por ello es muy importante que un centro cultural defina claramente sus criterios de discriminación, para protegerse, para establecer un horizonte de exigencia y calidad hacia los postulantes y ofertantes, pero sobre todo para cumplir cabalmente el rol de intermediario legítimo y confiable para la ciudadanía que no está especializada en artes ni en filosofía ni en literatura, pero que quiere acercarse, despacio y con calma, para tomar algo y llevarlo a su vida.


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