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lunes, 13 de febrero de 2012

FITAZ 2010 - LA POTENCIA CREADORA EN EL TEATRO




“Este héroe nunca hizo lo que dijo iba a hacer, nunca salvó a los niños y nunca salvó al país, nunca ayudó a una anciana a cruzar la calle, nunca le puso un bypass al corazón de mi padre para que aguantara el dolor de una época. […] Pero llega cada tarde y se sienta ahí y me cuenta una aventura. Y la aventura que me cuenta alegrará mi espíritu por el resto de mis días”.

“La razón blindada”, Teatro Malayerba.

      Un boquete de luz se abrió durante las dos últimas semanas del mes de marzo en la ciudad del Illimani; una abertura ficticia por la que irrumpieron mundos paralelos llenos de colorido, de historias, de personajes y de emociones. El tan esperado VII Festival Internacional de Teatro en La Paz 2010 se pasó tan rápido como un huracán, dejándonos una estela de deseos, enseñanzas y vivencias inolvidables. Reunió a doce países de tres continentes, algunos de ellos representados por compañías teatrales de renombre mundial, tal es el caso de la Compañía del director inglés Peter Brook, de la Compañía berlinesa de danza y teatro Dorky Park, del grupo brasileño Teatro Promiscuo, y del actor italiano Ferruccio Soleri –del Piccolo Teatro de Milán. Aunque la presentación de este último resultó decepcionante, no alcanzó a opacar el estupendo nivel que se desplegó en general a lo largo de esos días en que el tiempo pareció transcurrir a otra velocidad. Algunos de los momentos más brillantes se vivieron de la mano de tres elencos internacionales: Teatro Malayerba de Ecuador, Fénix Producciones de México y Coop. DDDD de Argentina. Entre los grupos nacionales destacaron los sucrenses del Teatro de los Andes y del Teatro de la Cueva, ambos con propuestas muy frescas y rebosantes del talento artístico de sus jóvenes figuras. No podemos dejar de mencionar a los muchachos de Ditirambo de Santa Cruz, que presentaron una obra provocativa en la que se combinan crítica social, erotismo y mucho humor criollo. El evento se superó respecto de su versión pasada en casi todo sentido. Por la iniciativa y la organización, fue merecidísimo el aplauso que recibieron la directora del Fitaz, la señora Mariza Wilde, y los componentes de  Imákina Comunidad Teatral, jóvenes entusiastas y dinámicos que detrás de bambalinas hicieron posible este evento.  




El teatro y el cuerpo

“Hasta qué extremo han decaído los hombres, ¡puah!, ¡que mal rayo los parta! Han dejado que se les enmudezca el cuerpo y sólo saben hablar con la boca”.

Alexis Zorba.

Vivimos un tiempo difícil, complejo, emocionante, en el que las fuerzas del poder se hacen cada vez más imperceptibles, por lo que encuentran mayores posibilidades de controlar nuestros actos sin ser detectados. Pero cuando estas oscuras potencias homicidas se agazapan en nuestras entrañas como funestas incitaciones a destruir, a odiar, a dividir, a cosificarnos, llega el arte y con sus recursos desestabilizadores las espanta y nos libera. Existen fuerzas reactivas que, o bien bloquean los canales de expresión, o bien los agotan conduciéndolos hacia callejones que hacen imposible la verdadera libertad de expresarse. En ese contexto el teatro se erige siempre como la posibilidad de imaginar algo diferente, de hacer estallar los bloqueos. No es sólo en el periodismo, por todos lados la libertad de expresión se hace un problema central de nuestro tiempo. ¿Cómo resistir contra los poderes que la fuerzan y la agotan? Una vez más, es en el arte donde encontramos a los aliados y a las herramientas. La libertad de expresión es primordialmente una cuestión del cuerpo; no puedes expresarte libremente hasta que no sepas qué es lo éste puede. El cuerpo no es otra cosa que la materialización corporal de nuestros modos de vivir y de relacionarnos con el mundo. ¿Qué se puede decir con palabras desde una forma de vida mutilada?, ¿qué esperan que pueda decir la boca? ¡Hablen con los pies, con las manos, hasta con los cabellos! ¡Dancen lo que quieren decir! Este es el reclamo de Alexis Zorba –en la novela de Niko Kazantzakis– ante el enmudecimiento en el que ha caído el hombre. Estamos sumidos entre el enmudecimiento y el cantinfleo (hablar mucho y no decir nada), pero pocas posibilidades existen para la libre expresión del cuerpo. ¿Qué hacer?, ¿cuáles las salidas? Junto con las artes marciales, las artes escénicas se perfilan como los terrenos más fértiles y propicios para librar esta batalla. El teatro total –lo decía Antonin Artaud– es una cuestión de sangre, un juego en el que el artista pone en riesgo su propio cuerpo. En su correspondencia con Jacques Riviere dice: “Hay que poner el cuerpo, pues cuanto más se demanda al propio físico, más libre se manifiesta el espíritu”. Este uno de los desafíos del teatro: poner en escena cuerpos que afecten al espectador y que afecten los rangos a priori que el espectador tiene de ser afectado. Trabajo de sensibilidades. En palabras de Artaud: “un teatro que despierte en el espectador una reacción integral: emocional, pero también mental, espiritual y corporal”. Hacer teatro, o entrar en guerra, en cacería despiadada, sentar un sitio y operar un hechizo para que salga el monstruo de su cueva.

Una estrategia de resistencia
El grupo mexicano Fénix Producciones realizó un interesante abordaje a la historia de ese país en su obra “Benito antes de Juárez”. Recuperaron la figura de Benito Juárez –el primer presidente indígena de raza pura zapoteca en el mundo occidental– pero no para recordarlo, sino para extrapolar la rebeldía de su vida con los problemas que vivimos en la actualidad. La obra nos conecta con este chaparrito moreno por el que nadie daba ni peso, el cual está encerrado en una celda por haber protestado contra los abusos que un sacerdote infringía con sus altos diezmos. El espectador está planteado como un compañero de celda, que puede experimentar esa misma soledad e impotencia ante la negligencia del poder. El autor, Edgar Chías, se apoya en la memoria creativamente para dar vida a una historia ficticia. Esto se respalda en el excelente trabajo de los actores Esteban Castellanos y Guillermina Campuzano, quienes nos hechizaron aquella noche durante más de una hora, lanzando una serie de interpelaciones directas: “Tu vida no es tuya a menos que no asumas el control directo de tu destino”, “¿qué injusticias estas socapando con la indiferencia de tu silencio?”. A nosotros nos llamó la atención esa capacidad inventiva para dar vida a un personaje conceptual, es decir, a una figura que se recupera no tanto por los contornos de su identidad, por su carácter simbólico, sino por la potencia de su pensamiento, el cual se confronta con algunos de nuestros problemas existenciales de hoy. En un tiempo en el que abundan los mitos y leyendas que se explotan simbólicamente de manera interesada, la estrategia que encontramos en esta obra es una verdadera manera de resistir contra lo intolerable del presente.





Liberarse a través de la voz
En la obra “Desdichado deleite del destino”, la Cooperativa DDDD de Argentina se sirvió de una historia sencilla y de tres personajes pintorescos para poner en escena temas como el machismo, las relaciones entre padres e hijos, las maneras en que se configuran las soledades y las represiones en un hogar, las paradojas del amor y el altísimo costo que puede tener un violento acto de liberación. En una tarde porteña, las vidas de un padre opresor, una hija sometida, y un desdichado vendedor de Cd’s de música, convergen en un momento culminante. Zulema, la hija, envenena a su padre después de años de opresión e injusticia. Así, la obra nos habla de una liberación, pero también de una imposibilidad de nuestro tiempo: de la falta de creatividad para crearse las fugas inmóviles, esas con las que realmente se atraviesa una ruptura sin necesidad de ir a ningún lado. Zulema casi no habla, solamente gesticula, está sumida en el más respetuoso y atemorizado silencio durante casi toda la obra. Se ve tan inofensiva que un ataque suyo no se ve venir. Solamente al final, cuando Don Pancho –interpretado soberbiamente por Nacho Vavassor– cae envenenado, ella se libera súbitamente, no habla, canta con una voz que nos encandila a todos. Más que una celebración, se trata de un poderoso grito vital que contagia, es la intensidad de un sonido que transmite vibraciones liberadoras a todo el ambiente. En ese instante los espectadores respiramos una efímera sensación de libertad. Belén Brito (Zulema) considera que este acto es similar al de un pájaro que se libera de su celda cuando el dueño ha muerto. Sin embargo, al verse obligada a servirle el mismo mate envenenado al buscavidas que los había visitado, paga el precio de acabar con un pobre hombre que no había hecho otra cosa que tratarla bien. La obra, sencilla en su concepción, es muy compleja a nivel de las fibras invisibles que toca, de las líneas de vida en las que se sumerge y que nos recorren a todos. Líneas en las que, debajo de las máscaras sociales, se precipitan las transformaciones, los cambios imperceptibles, las declinaciones, las rupturas y las verdaderas liberaciones. Detrás de un tipo porteño como tantos, un buen vecino que ama a su hija, a las plantas, a los jugadores del equipo de fútbol que dirige y a la cumbia, es posible que exista agazapado un monstruo, un dictador que no está consciente de ello, un hombre de carácter abrumador que no sabe amar dentro de otro contexto que no sea el de las relaciones en las que ejerce el dominio total. Lo curioso es que al mismo tiempo este tipo puede llegar a ser tremendamente simpático, gozar y hacernos gozar del baile con el que parece arrancarle a la vida un lado amargo que no está exento de cierto encanto. Es la ambigüedad de un personaje y de una obra que reflexiona sobre las grandes paradojas de la vida.



Una fuga inmóvil
“La razón blindada” del Teatro Malayerba de Ecuador, es una actualización fantástica del poder que lleva en sí el teatro: el de dar vida a historias que alejan la tristeza, de crear mundo paralelos, mundos ficticios, virtuales, y que dejan de ser irreales por el sólo hecho de existir en la imaginación de un creador; mundos que resisten al presente.

Basándose en El Quijote de Cervantes, La verdadera historia de Sancho Panza de F. Kafka, y en las narraciones de Chicho Vargas y otros presos políticos de la dictadura argentina de los años 70, encerrados en la cárcel de Rawson, construyen una fantástica obra de resistencia contra el encierro. Este el grito de guerra que esgrima contra los poderes: ¡sus cárceles podrán aprisionar el cuerpo del hombre, pero nunca podrán señorear en esos espacios en los que sólo manda la imaginación!

Arístides Vargas, director y actor en la obra, trabaja en una línea de interés muy cercana a la obra de Foucault. Se interna en la poética de los espacios, y le fascina la manera en que cada espacio y arquitectura remite a un cierto tipo de discurso. El discurso de la cárcel, de un campo militar, de la casa de un campesino. Los lugares y también los no-lugares, espacios que son de paso. “Esto me ha interesado porque soy una persona sin-espacio. Salgo de uno y entro a otro todo el tiempo. Cuando voy de Ecuador a Europa veo el contraste entre la austeridad y la sobreabundancia. Son ordenamientos que responden a una poética del espacio. A mi me interesa crear fisuras en esos órdenes”.

En “La razón blindada” el arma que se empuña es una imaginación animada por fuerzas activas: Dos presos políticos se juntan todos los domingos al atardecer para contarse la historia de Don Quijote y Sancho Panza. Lo hacen desde las limitaciones más extremas que supone el estar preso en una cárcel de alta seguridad, pero también como señala Arístides, con la necesidad vital de contarse una historia que los salve, que los transporte a un lugar en el que la realidad más extrema no puede llegar, donde el dolor más extremo pueda ser mitigado, espacio en el que la imaginación se ha deshecho de la razón. La obra asume que Cervantes realizó el mismo ejercicio al empezar a escribir Don Quijote desde la cárcel, en un encierro que lo hizo sentir el constante acoso de la razón, de lo que, racionalmente, debe ser el orden. Cervantes halló una salida, realizó una fuga inmóvil que perforó las paredes de esa prisión. “Cervantes encarcelado se fuga a través de sus fantasías en las que ensaya el estar libre y el ser libre. Don Quijote cabalga libre, solitario y libre más allá de la razón práctica, en la llanura de la utopía”.

En la obra Gerson Guerra y Arístides Vargas emplean el mismo procedimiento que empleaban en sus encuentros culturales los presos internos de Rawson: el de explorar en las limitaciones de su condición como práctica artística; economía de gestos y expresividad como técnica para narrar Don Quijote. Como decía Bergson, el artista es el que convierte las coacciones que lo limitan en medios de creación. Por todo esto es una obra sobria, sencilla y bella. Nos habla de la necesidad que tenemos de construir ficciones para desairar a la cruda realidad. Esta fuga inmóvil no consiste en una renuncia a la acción, al contrario, es un movimiento activo: afirma otro modo de existencia, inventa un nuevo estilo de felicidad. 

Encarnando al personaje
Después del éxito de la película de James Cameron, Avatar (2010) algunas cuestiones se han vuelto a debatir en el horizonte teórico contemporáneo. Gracias a los videojuegos es posible vivir dos vidas de una manera inédita. Es el caso de, por ejemplo, muchachos tímidos e inhibidos que apenas se pueden relacionar, pero que son exitosos e intrépidos guerreros dentro de un videojuego online. Para ellos la vida pasa a un segundo plano, pues lo que importa es ganar en el juego, la otra realidad que les resulta más verdadera, en la que pueden construirse su propio avatar[1], dotarlo con las mejores armas y vivir lo que su imaginación ha renunciado a realizar en la vida real. En este sentido: ¿es el teatro un espacio en el que se pueden construir avatars a voluntad para afrontar otro tipo de realidades ficticias?

Arístides Vargas hace una puntualización: “Yo creo que todos nos hacemos nuestros propios avatares. El teatro es la posibilidad de imaginar otra cosa. Pero esa cosa muchas veces es impracticable en la vida real. Lo que imaginamos en el teatro puede ser impracticable en el campo de la realidad”. Y es que hay una gran diferencia, pues el personaje que se crea un actor no es un escape a la vida, sino una manera de explorar en otros confines que la vida cotidiana no le permite conocer. Es un crecimiento. Es la capacidad para mirar a partir de otros ojos. Vivir muchas vidas en el transcurso de una sola. Belen Brito dice: “Cuando interpreto a un personaje yo dejo de existir. Y eso es lo mágico de esta carrera. Es como si tu vida dejara de ser tuya para ser la vida de otro; por una hora morís, mueren tus miedos, tus problemas…; dejas todo para darte al personaje. Es como meditar. Y luego, cuando termina la obra, es un renacer”.


Nacho Vavassor entra por otra veta al tema: los efectos de distanciamiento. Y señala: “Los actores somos amorales. La moral de la persona se deja a un lado. El actor simplemente asume la moral del personaje sin juzgarla”. En esta forma de plantearlo la cuestión parece deslizarse entre la no identificación y el distanciamiento comprensivo. David Mondacca me comenta el consejo que le dieron una vez: “Vas a ser un actor cuando sepas colgar a tu personaje en el camerino para irte a tu casa”. ¿Puede la identificación ser un peligro para el artista por sus efectos de descentramiento? Nacho Vavassor aclara el asunto: “Lo que se hace con un personaje es agarrar una particularidad, un sentimiento, al que se le pone una lupa y se lo abraza. Eso lo puedo traer, como juego, al escenario y hacer divertir a la gente, y hacerle confrontarse con cosas que les pasan a los personajes que ve. […] Pero el actor vive en un mundo disociado, se maneja a partir de situaciones de disociación controlada.”


Jorge Luna Ortuño (2010)


[1] Se empleaba este término para describir la simulación virtual de la forma humana en el Metaverse, una versión de Internet en realidad virtual donde el estatus social se basa en la calidad del avatar del usuario. Los avatares han sido adoptados por los desarrolladores de juegos de rol.

CREPÚSCULO: VAMPIROS LIGHT Y UN PROBLEMA ÉTICO



En la era de los cafés descafeinados, del sexo sin sexo (sexo virtual) y de la política sin política, solo nos faltaba toparnos con una película como la de Crepúsculo de Catherine Hardwicke (2008): una historia de vampiros en la que no vemos vampiros por ningún lado, o al menos no en la forma que cabe esperarlos. Los amantes de otras historias como La reina de los condenadosDrácula, o Entrevista con el vampiro, le cayeron a palos a esta película por su ligereza y la manera en que han manipulado a esas fantásticas criaturas de la historia del cine. Pero creo que ese es el punto de esta saga. De una manera más sutil podríamos decir que Crepúsculo sí nos muestra vampiros, pero con un pequeño detalle: son vampiros “light”. 


Como ya todos saben, la incursión en la pantalla grande de esta novela escrita por Stephenie Meyer ha gozado de un rotundo éxito; en sus primeras dos semanas en los cines recaudó más de 150 millones de dólares. Crepúsculo es la primera parte de una serie de cuatro libros de la que también han sido publicados: Luna nueva, Eclipse y Amanecer. Si bien desde su estreno ha roto récords de taquilla en los EEUU (dato que suele provocar más sospechas que certezas), ha sido también duramente criticada como la peor historia que se haya contado sobre vampiros. Incluso el escritor de terror por excelencia, Stephen King, llegó a decir de la autora que "no puede escribir nada que merezca la pena". En una entrevista reciente Meyer quiso responder a su manera a las críticas menos amables: “Las cosas se ponen más grandes, hay más aborrecedores. No se trata de los libros, todo se trata de recopilar cosas al respecto que no les agrade. Es triste ver como la sociedad recopila eso. Para mí, yo no paso el tiempo odiando cosas, ¿sabes? Eso me mata. Hay muy poco tiempo para todos, así que hay que pasarlo con amor”[i].


Nosotros nos preguntamos: ¿es posible ver en Crepúsculo algo más que un producto mediocre que ha sido bien mercadeado? ¿Es posible verla como algo más que la versión Disney de la clásica historia de vampiros? Algunos críticos de cine se quejan de que la autora decepciona a un público que esperaba que le contaran la historia de vampiros ya bien conocida, pero como se suele contarla. Nosotros diremos algo muy simple: solo decepciona si se comete el error de encasillarla en el género “películas de terror sobre vampiros”. Y es que ésta no es una historia de vampiros, sino el relato de un amor singular con tintes trágicos ya explorados en el género romántico; por esto han comparado rápidamente la relación imposible de sus protagonistas, Bella y Edward, con la de Romeo y Julieta. En este sentido, Crepúsculo es un nuevo abordaje del carácter trágico que puede rodear al amor en circunstancias especiales; el vampirismo solo sirve de pretexto para crear una imposibilidad “extrema” entre la pareja, para luego hilar algunas tensiones irreconciliables alrededor de ellos. Así conformada la idea, la autora se permite sus compensaciones, pues siendo una historia romántica, se apoya en una característica infaltable de los vampiros: la sensualidad. En este departamento la película no tiene reparos en reproducir el estilo de vida americano, desplegando los automóviles de lujo y la vestimenta “fashion” de la familia de vampiros Cullen, que incluso llegan a aparecer vestidos con vistosos trajes de beisbol. En esto no cabe duda, la historia está calibrada para ser disfrutada desde una visión “yanqui” de la vida.



Por otro lado, la historia es también producto del azar. Meyer, licenciada en literatura inglesa, cuenta que la idea de la novela surgió a partir de un sueño que tuvo. "Cuando me desperté, quería saber qué pasaba a continuación. El primer día escribí 10 páginas. Cuando lo terminé, nadie estaba más sorprendido que yo de que hubiera realmente escrito un libro entero". Quizás lo único realmente vampiresco de Crepúsculo sea la operación de extracción que realiza la autora, pues clava profundamente sus dientes en la yugular de los vampiros para extraerles casi toda su esencia, dejándoles provistos sólo de los elementos que a ella le posiblitarán crear esta historia de amor, y ajustarla a la neurosis de nuestro tiempo. De este modo es posible encontrarse con vampiros que se reflejan en los espejos, que van al colegio, que salen (casi) sin problemas a la luz del día, que no duermen en ataúdes, que experimentan remordimientos, y que pueden vivir solamente de comer carne animal, siendo que la sangre humana es  “un gustito” para ellos. Sin embargo, hay que saber valorar la osadía de la autora, pues pone en acción una estrategia creadora, hace que el tema de los vampiros sea su plano, y en ese plano monta su historia. En estos tiempos marcados por las reposiciones, la redundancia y la repetición, lo que se extraña es unas mínimas dósis de creatividad.



Finalmente, el tema de ésta nueva franquicia exitosa es quizás una interesante oportunidad para repensar el problema ético de la humanidad, sobre todo en este tiempo en el que ya no existe una jerarquía estable de valores, ni un deber moral que se imponga sobre el placer. ¿Qué es lo que hace fundamentalmente diferentes a los dos enamorados de la historia? Es lo que está en su potencia, lo que pueden comer[ii]. Ellos juegan, por un lado, el papel antagónico del lobo y el cordero, dos seres vivos que técnicamente no pueden o no deberían estar juntos, ya que uno es alimento del otro. Aquí se plantea el problema ético, veamos: al comerse un cordero, el lobo afirma su cualidad positiva y natural de ser, y hasta se podría añadir que el destino natural del ser-cordero es el ser devorado. Por tanto, ¿qué habría de malo en que el lobo devore al cordero?  Pero ya desde el punto de vista del cordero la cosa cambia; obviamente no desea ser devorado, pues un acto tal representaría una negación salvaje de su cualidad positiva de ser-existir; por tanto la acción del lobo debería valorarse desde esta óptica como "incorrecta", “mala”, “censurable”. Y peor aún, cuando el papel del cordero lo juega un ser humano, sólo podemos juzgar este acto como un crimen atroz. Llevando esto de vuelta al mundo de los seres humanos, si las conductas ya no se guían ni por los valores ni los ideales, ¿entonces qué es lo que puede detener a los fuertes de comerse a los menos fuertes según la escala alimenticia? La novela se atreve a proponerlo otra vez: el amor[iii]. No es el crucifijo, no es el agua bendita, no son los rezos ni la fe los que detienen a un vampiro de que devore a una mujer; es aquella atracción que el vampiro siente en la forma de amor por ella. En este punto radica el giro, el problema de Edward es que no la puede morder porque no quiere transformarla, no quiere cambiarle su vida al hacerlo. (Una vez más, es un vampiro light que se enamora de su víctima, que es además un buen ciudadano, y que sigue una dieta especial con tal de que no se altere la vida del pueblo=toda una contradicción). Así, de un modo impreciso podríamos decir que el interés de estos productos culturales, aparentemente mediocres, consiste en que pueden dibujar vagamente las contradicciones de nuestra era como en un espejo gigante. ¿Estará el problema ético de los hombres en el hecho de que piensan como vegetarianos, pero todavía viven como carnívoros? Una cosa sí, quizás la película sirva para mostrar a los adolescentes que el mundo se desmorona porque los hombres mismos son los vampiros del hombre, y que el amor es una de las pocas fuerzas que lo mantienen todavía a flote.





Jorge Luna Ortuño
(Abril 2009)

[i] De una entrevista realizada por el “LA Times” tres días antes del estreno de la película en los EEUU.
[ii] Esto es lo primero que le hace considerar Edward a Bella antes de consolidar su romance al decirle: “¿No te preocupa mi dieta?”. (“Crepúsculo”, pág. 114)
[iii] Solo falta saber ¿cómo podría enamorarse un lobo de una oveja sin tener el positivo deseo de convertirlo en su cena? “Que estúpida oveja” -dice Bella- “Y que enfermo masoquista el lobo” – le responde Edward.  Sin duda tendrían que estar implicadas una cierta estupidez y locura que por lo demás siempre acompañan al amor.

PRIMER PREMIO DEL CONCURSO DE ENSAYO BREVE DE LA REVISTA PULSO


ENTRE THOREAU Y EL “PRINCIPIO DE LA ECONOMÍA”: 
UNA INSÓLITA FILOSOFÍA DE VIDA



Jorge Luna Ortuño
(Abril 2008)



El principio de economía, también conocido como el principio de la mínima acción, reza así: “la naturaleza obra siempre empleando el menor esfuerzo o energía posibles para conseguir un fin dado”. Claro que en la época que vivimos, desbordada de superficialidad y derroche, no nos permite ver esta verdad fácilmente, y mucho menos, aplicarla. Pero recuperar este principio para la vida cotidiana nos permitiría al menos dejar de ser unos amateurs, y convertirnos en profesionales de la vida [1]. Tendríamos vidas de otra cualidad, pues sin dejar de ser formas de vida productivas, dejarían también un espacio abierto para cultivar aquello que es más importante: lo inútil o improductivo. En realidad la idea es muy simple, comer cuando se tiene que comer, trabajar cuando es su momento, dormir, hacer la siesta, hacer el amor, cantar o mover los intestinos, con el agregado de que todo ello sea a su tiempo. ¿Y cómo saberlo? Tiene su dificultad, porque uno de los males de nuestra era ha sido el de producir hombres con la capacidad de llevar adelante las tareas más complejas, olvidando la tarea de perfeccionar las actividades más sencillas. Neil Armstrong, el primer hombre que llegó a la Luna, murió ayer sábado 25 de agosto; aquel viaje del Apolo llevó al hombre a la Luna, ahora la urgencia es otra: traer de vuelta un poco de humanidad a la Tierra. 


Se verá que en casi todas las áreas el principio de economía ha sido extrañamente olvidado, no por los economistas desde luego, sino por las gentes en sus modos de vivir,  dejando una interrogación: ¿Por qué un principio que es tan básico puede haber sido dejado tan de lado en las sociedades contemporáneas? Incluso dentro de la literatura filosófica ha caído en desuso el tema de la economía de pensamiento, introducido por Mach y Avenarius [2], que también puede entenderse como la ley del mínimo esfuerzo en las operaciones mentales. Avenarius lo llamó: “el principio del mínimo gasto de energía”, y Bertrand Russell lo denominó: “economía en la lógica del pensar”. En general, este tema circula siempre en torno a una de las preocupaciones fundamentales de la ciencia de la economía: “la de reducir los gastos innecesarios y aumentar los beneficios”. Aplicado al día a día, este principio podría generar toda una filosofía pragmática, no solo en torno a los pensamientos, también en torno a las emociones (Daniel Coleman habla de una economía emocional), el uso de las palabras y a cualquier actividad en general. Acaso ¿escribir con economía?  


El gran problema reside en el hecho de que vivimos en sociedades empapadas por una imperiosa mentalidad de consumo, todo el modelo económico liberal funciona en base al consumo. Basta con ver que para medir el índice de bienestar de una población (PIB), la principal variable a considerar es el consumo. Y es sabido que estamos viviendo una explosión comercial que ha hecho de todo lo existente un producto de venta, generando un crecimiento descontrolado de productos y servicios que no necesitamos, pero que nos ofrecen masivamente. Lo enfermizo del asunto es que el fin ya no está solamente en comprar lo necesario, sino en el acto mismo del consumo, pues este acto es el que pone en el mapa al ciudadano, y en el límite, el que lo hace sentirse vivo.


Afirmar que el crecimiento económico de nuestras sociedades ha ido en detrimento de la vida de sus habitantes no sería tan paradójico si consideramos que, a partir de los modelos económicos vigentes, que generan su rotación y retroalimentación gracias a políticas de gobierno que incentivan al consumo, no sólo se ha provocado un mayor movimiento de capitales, sino también un nuevo tipo de ser humano con una mente- enfermiza-compulsiva de consumo, lo cual ya no es nada económico [3]. Y no se trata solamente de vivir de ese modo y luego pensar cosas buenas, o sencillas porque nadie puede ser esencialmente diferente de sus prácticas, nadie puede pensar más allá del horizonte que le provee su estilo de vida. Por eso decimos que, a favor del crecimiento económico, no solo se ha desestabilizado el ecosistema, sino que se ha contaminado la mente humana. Una consecuencia directa de los modos de vida que se practican hoy en día es que resulta casi imposible pensar la sencillez o la simplicidad. La tendencia es cada vez más la de ser atrapados en vidas tan superficiales que hagan difícil comprender una idea tan simple, de modo que practicar la sencillez, la simplicidad o el arte de economizar, es un arte del que se echa mano solo si uno es pobre o si está atravesando una época de austeridad forzada. Luego, la idea dominante de nuestros tiempos es que siempre es necesario tener más, poseer más, consumir más, y adquirir lo último (que es lo mejor), para poder vivir bien.


No ha sido suficiente con instalar miles de negocios multimillonarios en torno a lo necesario. Nuestras economías han tenido que recurrir a la creación de nuevas necesidades (innecesarias), y en esto se han especializado el marketing y las propagandas publicitarias: fabricar necesidades ficticias o innecesarias, generar su demanda para después satisfacerlas, en grandes cantidades por supuesto. Es así, por ejemplo, que ya no solo se vende lo saludable (alimentos nutricionales, agua, libros, remedios, etc.) y lo dañino (cigarrillo, alcohol, drogas adictivas, etc.), sino también aquello que es dañino, pero que se presenta como privado de su “propiedad maligna”, lo que es mucho más sutil. Tal es el caso del café sin cafeína, la crema sin grasa, la cerveza sin alcohol y, por qué no incluir en la lista, al sexo sin sexo (mejor conocido como sexo virtual). He aquí un lema que condensa esta nueva tendencia: “ya no te preocupes por los excesos, consume tranquilo porque ahora ¡todo es saludable!”. La moderación se ha perdido del panorama. El filósofo esloveno Slavoj Zizek ha trabajado bastante este fenómeno en las sociedades contemporáneas, que quieren dar este  mensaje: “beba todo el café que quiera, porque ahora es descafeinado”. Es por si algún ingenuo llega a objetar que el exceso de cualquier sustancia siempre es dañino, como por ejemplo el exceso de chocolate que provoca estreñimiento. Para esto también existe ahora una solución, en el país del consumo por excelencia, (EEUU), han inventado una medicina que viene dentro del mismo producto que genera la anomalía; se trata del “chocolate laxante”, que por su solo nombre nos invita a pensar en el siguiente eslogan: “¿te provocan estreñimiento los chocolates?, no te preocupes, ahora puedes comer todos los que quieras porque estos son laxantes”. Muchos pensarán que estas invenciones son una ventaja, pero más allá de que esta serie de productos “light” tengan también propiedades dañinas, el problema mayor es la forma en que condicionan la mentalidad y las formas de vida. Consumo-consumo-consumo…


Quizás pueda sonar extraño en esta época soltar un enunciado de este tipo: “se vive bien no cuando se acumula o consume más, sino cuando se ha aprendido a descartar lo que no es esencial”. Definitivamente no es un enunciado de este tiempo, no es de un tipo cool, pues proviene de la enseñanza de un filósofo naturalista que vivió en la primera mitad del siglo XIX. Su nombre: Henry David Thoreau (1817-1861). Este personaje fue, en el sentido más profundo de la palabra, un verdadero economista, es decir, alguien que tenía la virtud de evitar los gastos innecesarios. Su teoría de lo que constituye la riqueza la condensó en una frase: “la mayor riqueza es la vida”. Habría que recordárselo a los dos tipos de anormalidades que ha producido la maquinaria del capitalismo: “el maniaco depresivo compulsivo consumidor” y “el inconforme robótico trabajador-cólico”; y en general, a todos aquellos que están apilando su dinero en  los bancos mientras se están provocando una úlcera en el estómago.

Thoreau fue la encarnación de una vida llevada con sencillez, aconsejaba en sus charlas a la gente que se librara de la tiranía de las cosas y del dinero. De hecho, él mismo cruzó la vida con un equipaje mínimo, eligió hacerse rico (o lo que se llama independiente-financieramente en nuestros tiempos), haciendo pocas sus necesidades y proveyéndoselas él mismo [4].  Es una filosofía de este tipo la que necesita rescatarse en nuestro tiempo desbordado por las ansias de lucro, una filosofía de la simplicidad, de la economía, de lo inútil, o de lo no-utilitario.  Y no porque sea esta la mejor, sino porque actualmente se hace tanto énfasis en la rentabilidad, el lucro, el sacar ventaja, el lujo, y la ganancia, que se ha hecho imperioso el buscar un equilibro, lo que se puede lograr afectando a las mentes de una fuerza compensatoria.


¿Qué implicaría vivir según esta filosofía? En primera instancia, habría que hacer una reconstrucción de la mente y los organismos. Dado que han sido educados para derrochar energías, hacer gastos innecesarios y fatigarse, la solución debería partir de un desmontaje del organismo; habría que desorganizarlos para hacerlos más fluidos y sencillos, lo que no quiere decir destruir el organismo sino optimizarlo. Esta reorganización no tendería a convertirlos en máquinas más eficientes, o utilitarias, que maximicen la relación tiempo-costo, pues lo inútil es también muy necesario. El tiempo de ocio que los filósofos se han procurado desde la Antigua Grecia no ha sido nunca simplemente un tiempo de siestas, sin embargo tampoco era de puro trabajo; era la distancia necesaria que uno debe tomarse de la vida en su estado bruto, cuando circula  en medio de las banalidades de la sociedad. Reorganizar los organismos sería más bien hacerlos más alegres, simples, económicos y expresivos. Después de todo, ¿qué es lo que impide la libre expresión? No es solo un gobierno, unos padres, una escuela o un policía en la calle los que actúan represivamente, sino principalmente todas aquellas fuerzas internas que actúan antagónicamente en uno mismo, en el propio cuerpo o en el organismo, saboteando la posibilidad de hacernos un nuevo modo de vida. Para el deportista de élite por ejemplo, la perfección en sus movimientos llega cuando aprende a mantener relajados los músculos antagónicos que hacen más lentas y torpes sus acciones. De hecho, la característica sobresaliente del atleta experto es su facilidad de movimientos incluso durante un máximo esfuerzo. Del mismo modo, en todas las áreas de la vida, la pura y libre expresión de uno mismo surge cuando se ha eliminado, deshecho o depurado, todo aquello que es innecesario para conseguir un fin deseado. (Eliminación de todo tipo de tensión interna, ¿será posible?).
Se trata entonces de gastar un mínimo de energía para conseguir aquello que se desea, no por flojera o mediocridad, sino porque se ha alcanzado un grado de maestría en la ejecución de una determinada técnica, de un movimiento, o de una manera de caminar por la vida. Por lo demás, los excesos son gastos innecesarios que provocan fatiga, dispersan la energía y debilitan una acción. Un festejo de Carnaval lleno de derroches nos tira mucho más para atrás de lo que nos libera efectivamente. Franz Fannon escribe en Los condenados de la Tierra que el mismo sistema ha diseñado algunas actividades festivas para que el hombre se descarríe por unos días, y habiendo malgastado su ánima y sus energías, vuelva manso a sus actividades laborales a seguir cumpliendo en la manutención de la estructura económica de su sociedad. Las fuerzas del poder nos regulan según la concepción de que un ser humano con deseos es peligroso, es insaciable, es innovativo, entonces reencauzan el flujo de energía de su deseo hacia una línea de caída que no podrá cristalizar en una revuelta social, ni en unas perturbación creativa, sino en una gran borrachera carnavalera, por ejemplo; todo el trabajo de los poderes consiste en hacer que se desperdicie el deseo, como si su satisfacción en alguna forma representara su aplacamiento temporal. Pero el deseo es lo inmanente a la vida misma, es el arma. Y el principio de economía es como una especie de mira que cualquier arma requiere. ¡No desperdicies tus balas a mansalva en medio de la noche! 


En fin, la idea es que es  preciso hoy reivindicar no solo lo productivo, sino también recuperar las actividades (denominadas) improductivas, como la filosofía. Balancear la vida incluyendo un poco más de actividades sin ganancia monetaria, actividades inútiles o tachadas de “demasiado simples”. Aprender a ser felices con muy pocas cosas, “saber emborracharse con un vaso de agua”, practicar el principio de la economía y vivir la sencillez, por lo menos alguna vez.

“Muchos de los lujos y de las llamadas comodidades de la vida, no solo no son indispensables, sino que son estorbos positivos para la elevación de la humanidad. Nuestra vida se desperdicia en detalles. ¡Sencillez! Que vuestros negocios sean de dos y tres; no ciento o mil. Que vuestras cuentas se puedan escribir en la uña del dedo pulgar…Gracias a la vida simple con pocos incidentes, yo no me he solidificado y cristalizado. Eso produce una singular concentración de fuerza, energía y placer” [5].

Para terminar, no olvidaremos que por alguna extraña costumbre la mayoría de los hombres suelen esperar por alguien viva con la honestidad que ellos idealizan para creer que la honestidad es posible. Seguramente no faltarán los que objetarán las ideas esbozadas en este modesto ensayo: por ejemplo, el hecho de que Thoreau tuvo que irse a vivir al bosque por varias temporadas para hacer posible una vida tan simple; ellos sólo recordarán que murió joven producto de una enfermedad pulmonar que le provocaron sus paseos y viajes a pie por haber preferido no viajar en trenes. Sin embargo no es nuestra intención plantear un nuevo modelo, no es sugerir que todos deberían irse a radicar  a los bosques para vivir bien, o que hay que imitar la idiosincracia de Thoreau para ser feliz, pues quizás este personaje no sea más que la sombra de algo que ya no puede ser en nuestro tiempo. Todo lo que decimos es que para vivir bien, esto es, con la mente tranquila, el cuerpo sano y las cuentas en orden, y si es posible con alguien amado a lado, cada uno tendrá que hallar su punto de equilibrio entre una forma de vida disipada y otra de maestría económica, y para lograr esto, aplicar el principio filosófico de economía resultará muy beneficioso, pues después de todo, si la economía busca esencialmente el equilibrio, aplicar el principio de economía no será otra cosa que  vivir tendiendo al equilibrio.







  

Notas
[1] Oscar Wilde: “la vida es la primera, la más grande de las artes, junto a la cual las demás parecen ser solo una preparación”
[2] Richard Avenarius, La filosofía como el pensar el mundo de acuerdo con el principio de mínimo gasto de energía (1947).
[3] Aplicando la definición de economía en su sentido más genérico, es decir, como una virtud que consiste en evitar gastos innecesarios.
[4] En Walden el alimento le costaba solo 27 centavos de dólar por semana, y se jactaba de que suprimiendo lo superfluo, podría subsistir todo un año con lo que ganaba en seis semanas de trabajo, y esto le parecía una hermosa forma de vivir. Un tiempo mínimo lo dedicaba a ganarse el sustento, y todo el resto lo dedicaba a hacer todo aquello que disfrutaba. El sabía que vivir no era algo automático, había que dedicarse a ello hasta hacerlo un arte (Henry D. Thoreau. Diarios íntimos).

ELISEO SUBIELA Y "EL RESULTADO DEL AMOR"



El mes pasado la Cinemateca Boliviana proyectó un ciclo de cine dedicado al director argentino Eliseo Subiela, un porteño cuyo trabajo, por donde se vea, es provocativo, distinto, y de llamativo mundo propio. Con sus historias pintorescas y a veces hasta descabelladas, Subiela nos invita a ser más elegantes con las palabras, a dejar por un momento el uso ordinario que hacemos del lenguaje, y a disfrutar la vida con ojos renovados. Su cine poético se enriquece por los rebalses continuos que experimenta hacia la literatura y la psicología, deslices que traen consigo pasajes de intensa belleza y humorismo.

Respecto de El resultado del amor (2007), nos hemos encontrado con una serie de agrias críticas en el Internet, tanto de especialistas como de blogeros: “exageración de los clichés”, “presentación de lo cursi como solución al abismo del sinsentido”, “Subiela, un realizador publicitario que digita cruelmente sus imágenes sin ningún amor por sus personajes”, “un intento por disfrazar la realidad haciéndonos creer que vivimos en un mundo ideal”, etc. Nosotros pensamos: ¡cuanta tristeza contenida en tan poco pensamiento!, y es que en estas críticas escuchamos más a las voces que emergen desde la insipidez de sus carencias. La repulsión que provoca Subiela en algunos círculos de la Argentina simplemente confirma la afirmación de Paraná Sandrós –autor de un libro de análisis sobre su obra- cuando lo define como “un cineasta en la mira de un nuevo público y de una nueva crítica”. Subiela invoca distintos niveles de sensibilidad, interpela a un público minoritario, reclama el ejercicio de una crítica afirmativa, alegre, que se centre más en los movimientos de fuga que en la descripción de las formas.

Qué mejor caso que El resultado del amor para ejercitar este tipo de crítica, pues, contra lo que se podría presumir, en ella se narra una historia que es como un mapa en el que se hace un trazado de distintas líneas de fuga en situaciones de vida particularmente desventajosas. Gira en torno a tres personajes: Mabel (Sofía Gala), Martín (Guillermo Pfening) y el Amor. Y sí, a nuestro modo de ver el amor recibe el tratamiento de personaje conceptual. Pero ya volveremos después a esto.


 Los verdaderos locos
Mabel es una muchacha que vive en una Villa Miseria de Buenos Aires. La violan a los quince años, elige el oficio de payasa, pues cree que su vocación es alegrarles la vida a los niños, y luego se ve empujada a trabajar como prostituta para ayudar a su familia. Su hermano Hugo, internado en un “sanatorio mental”, cree tener el plan de fuga perfecto: espera que los extraterrestres vengan a recogerlo un día. Mabel también busca fugarse a la realidad de la Villa y lo hace metamorfoseada en una divertida payasa-puta; se escapa a la sordidez de esos seres perdidos que se suele mostrar como incapaces de trascender a la droga y el delito. Luego dejará la prostitución para enlistarse como voluntaria en un hospital de niños. Pintoresco personaje. El otro no se queda atrás: Martín es un prometedor abogado, socio de una firma que además está compuesta por su padre y su suegro. Vive atrapado dentro de un régimen de vida que le planificaron, un espacio que ya había sido prefabricado para él dentro de la sociedad. Su fuga inmóvil consiste en tocar el saxofón, pero en los subterráneos, ya que a su esposa le causa dolor de cabeza que lo haga en casa. Un paro cardíaco se lleva a uno de los socios de la firma y ese es el detonante: Martín descubre el plan que la muerte tiene para él. Experimenta una liberación similar a la de Neo cuando se desconecta de la Matrix; Martín se desconecta de esa ilusión de vida presumida como realidad: se divorcia, compra una casa rodante con lo que le queda de la repartición de bienes y se lanza a la carretera; en adelante trabajará disfrazado de pájaro, agitando una banderita en las aceras. Desde ese día vive “rajándole” a la muerte, es decir, de modos inesperados, imprevisibles, ante todo divertidos, pues está seguro de que la gente no muere por causas naturales, sino por aburrimiento. Una línea de Urzagasti en Tirinea nos tienta para ser citada aquí: “No soy yo el que vive esperando la muerte, sino la muerte la que espera el mínimo desaliento de la vida para morir”.

El encuentro es inevitable, sucede cuando Martín y Mabel están listos para no dejarse pasar de largo. Ambos han nacido tan lejos de donde tenían que estar, que sus vidas son un largo viaje de retorno, hasta ese justo momento. Montados en una bicicleta, un pájaro amarillo y una payasa mamarracha pasean riéndose de la vida. ¿Quiénes son los verdaderos locos? No son ellos. Crítica irónica y sutil de Subiela: los neuróticos, los verdaderos lunáticos, no están en los sanatorios, están en el hall, entre nosotros, en las primeras planas de los periódicos, dirigiendo gobiernos, vestidos con traje y corbata, dando sermones sobre el amor... Son los que se han conformado con llevar sus vidas según una organización del deseo que sus sociedades han construido para ellos... Martín se rebela contra el futuro que le espera, Mabel se rebela contra su falta de futuro; ambos liberan su poder de desear, y es ese deseo puro el que los junta una afortunada mañana en un rincón de Buenos Aires.

 
El amor como personaje conceptual
Un personaje conceptual no es representante del cineasta, sino más bien su ‘heterónimo’, y el nombre del cineasta es un mero seudónimo de sus personajes. Es una potencia de vida que se desarrolla dentro de una historia. Así suele ponerse en escena el amor en las propuestas de Subiela. Veamos: Mabel descubre que tiene Sida; sus defensas están tan bajas que enferma de tuberculosis. Es el momento más crítico; en lugar de dejarla y seguir su vida, Martín decide cuidarla y se dedica enteramente a velar por su recuperación. Después de estar tres meses internada en el hospital, le dan de alta. La doctora, sorprendida, les avisa que la carga viral ha disminuido considerablemente. Mabel piensa que es el resultado del amor. Por este desenlace tachan a la película de “cursi”, “irreal”, etc.


 ¿Pero qué otro sentido tienen las adversidades y los problemas que nos afectan de tristeza si no es el de movilizar a las fuerzas del amor? ¿Qué otra función tienen los microbios del mal que visitan nuestro organismo si no es la de movilizar a los microbios del bien? Este es el mensaje que quiere dar Subiela; en una entrevista afirma su verdad: “Yo no “disfrazo” la realidad cuando muestro a una enferma de Sida que pelea desde el amor. En la escritura del guión tuve el asesoramiento de enfermos de Sida. La sociedad argentina hipócrita y negadora, no quiere oír hablar del tema”. Y es que las críticas que le hacen al respecto no solamente son desacertadas, sino que son estúpidas. ¿Qué es al amor después de todo? Se dicen muchas cosas, se ha construido una imagen del amor en base a frases de tarjetas, días de enamorados, canciones pop, películas románticas, etc., pero todo esto ha terminado entorpeciendo la experimentación del amor. Subiela construye un personaje conceptual que se opone a las aberrantes ideologías del amor. Un adecuado  soporte filosófico para su personaje lo encontramos en Spinoza, quién define al amor como “el afecto producido por una causa exterior que aumenta una potencia de vida; el encuentro con otro cuerpo que es causa de mi felicidad, pues favorece la composición de fuerzas que me constituye como individuo”. En este sentido, el amor vitaliza, da salud, cura, ¿qué de irreal hay en ello? Subiela lo llama “realismo sospechoso” y se sirve de él para crear mundos paralelos en los que se avizora esa verdad que a muchos da vergüenza aceptar: el amor es lo único que puede salvarnos. Al terminar la película, mientras Mabel y Martín celebran su matrimonio, la voz en off se refiere a este personaje como “el invitado especial a la fiesta, el que no se ve pero que está presente”. Y no importa lo que se diga, mientras esté presente estamos bien.

Jorge Luna Ortuño (Junio 2010)

Escríbeme- Postales a Copacabana: deseo y fuga


Un comentario a partir de la película estrenada el 2009 en salas bolivianas. 



Escríbeme- Postales a Copacabana es una película que conecta varias cosas: el mundo tangible con el mundo espiritual, la realidad con la fantasía, las creencias importadas con las nuestras, Jesús y el Ekeko, la esperanza y la desilusión, el deseo y la fuga, etc.  Ambientada en la población de Copacabana, esta coproducción boliviano-germana toma por personaje principal al Lago Titicaca. En más de una oportunidad el director Thomas Kröntaler –que también dirigió El día que murió el silencio­–, había comentado que una de las prioridades de la película era sacarle el mayor provecho a la magia del Titicaca, razón por la que usó el formato 35mm. En el mismo sentido Carla Ortiz, una de las protagonistas, afirmaba el día del estreno que el principal aporte de esta película es el de inmortalizar estos lugares de Bolivia, mostrándole al mundo su majestuosidad y belleza.

Podría pensarse que por ser bastante ligera en su concepción, con una historia sencilla, y con algunos descuidos en la narración, esta película es solo un pretexto para explotar estos afrodisíacos paisajes. Otros dicen que en realidad la película busca poner en el tapete el tema de la soledad y el abandono que sufren las mujeres cuando no tienen un hombre en la casa.

Después de verla, de escuchar y leer las críticas, nos da la sensación de que la cosa va por otro lado. Peor por los que se enfocan demasiado en la soledad como tema central. El director ambienta esta historia en el Titicaca para generar un escenario, bello y opresivo a la vez, en el cual pueda sentirse la abrumadora carga de la soledad, pero enfocándose más en la urgencia extrema de encontrar una salida. La historia es trágica y triste a primera vista: Alfonsina, una linda muchacha de catorce años, vive en el pueblo de Copacabana con su mamá y su abuela; su padre y su abuelo están muertos; las tres se acompañan en su soledad. Pero la intención no es quedarse en la tristeza, pues la soledad de estas tres mujeres, atadas a su pueblo, es solamente la preparación para algo que está por suceder. Todos son pretextos para mostrar en algún momento el estallido de una fuga mágica. Cada una de las protagonistas contribuye con su propio drama para lograr esta atmósfera de preparación. Alfonsina representa la necesidad de salir, de viajar, de conocer el mundo, y de poder hacer lo mismo que hacen esos gringos que llegan y se van con el compromiso de mandarle una postal. Rosita, su madre, es una mujer viuda, joven y atractiva, que vive con un impulso incontenible por rehacer su vida y encontrar otra vez el amor. La abuela de Alfonsina, Elena, también ha quedado viuda, pero ella todavía vive con la presencia que ha quedado impregnada en la casa de su amado Aloi, y se consuela viéndolo otra vez en los viajes que hace al pasado con su memoria.



Ellas creen que Aloi se sumergió un día en el lago de Baviera, en Alemania, con el deseo de encontrar algo diferente, y cruzó sus aguas por debajo hasta emerger del otro lado del mundo, en el Titicaca. La historia se apoya aquí en el realismo mágico de la literatura. Pero no es pura fantasía, pues no hay nada más real que el poder del deseo, y esto es lo que nos quiere decir entre líneas esta historia. El deseo de salir, de conocer otros mundos, de encontrar el amor por otros rumbos, es un deseo universal. Ahí, del otro lado, muy cerca o a miles de kilómetros, existe alguien que vive con la misma predisposición de fugarse, alguien que quizás nos espera, o espera cruzarse en nuestro camino para compartir la fuga. Esa predisposición que se torna en deseo es algo poderoso. Así como los sonidos que emitimos no se pierden nunca y perviven en el aire, también los deseos se conservan como bloques de energía imperceptibles. El deseo llama, atrae, y otorga existencia, pues termina dándole una forma a aquello que en un principio era algo incorporal. Después de haber deseado algo hay que estar atentos a lo que se manifiesta. El intenso deseo de Alfonsina atrae a su vida a Daniel, un joven estudiante de ornitología que llega de Munich, un aventurero tan inquieto como ella que le parece el vivo retrato de su abuelo. Este encuentro es uno de los ejes de la historia.

En resumen, lo que vemos primero es el montaje de un escenario de encierro en un lugar esplendoroso: no siempre es suficiente la belleza del lugar, no importa si es Bolivia o Alemania, el ser humano suele vivir anhelando algo diferente a lo que tiene. Luego, una atmósfera de soledad, pero solo como pretexto para producir la urgencia vital de la fuga. Finalmente, lo que nos muestra esta película es que cuando se desea con todas las fuerzas, la vida misma sabe encontrar sus salidas.

Jorge Luna Ortuño