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miércoles, 22 de marzo de 2017

DE BARTLEBY A ENRIQUE VILA-MATAS

¿Cómo empezar a hablar de Enrique Vila Matas? Digamos que lo encontré gracias a la cadena invisible que se forma entre los grandes escritores, y que provoca que el lector pase de un libro a otro, de un autor a otro, en una seguidilla imprevisible que ya nunca puede acabar. A Vila-Matas llegué cuando me enteré de su novela Bartleby y compañía, en la que juega en torno a la figura de este extraño personaje.

Cabe decir que Bartleby es un personaje secundario salido de un relato corto de Herman Melville (“Bartleby, el escribiente”, 1856); llamarlo secundario es sólo un decir, puesto que pocas veces un personaje en su lugar puede concentrar tan avasalladoramente la atención sobre sí, y definir así el clima de toda la lectura.

Ahora, a Bartleby no se llega por cualquier parte, es un carácter minoritario, casi subterráneo, en la historia de la literatura; la gran mayoría asociará a Melville, el autor, con la titánica novela Moby Dick, pero quedará perplejo al oír el curioso nombre Bartleby. Algunos afortunados como yo lo conocimos gracias al filósofo francés Gilles Deleuze, que en su libro Crítica y clínica (1993) le dedicó un ya célebre ensayo titulado “Bartleby o la fórmula”. En este ensayo desmenuza detalles en torno al poderoso enunciado de Bartleby, “I would prefer not” (preferiría no), que daba por respuesta a cualquier pedido que le hiciera su jefe en el despacho de trámites legales en el que trabajaba. Este enunciado descolocaba irremediablemente a todos.

Enrique Vila-Matas es un escritor Bartleby al interior de la literatura, y más que ello, es una radicalización de Bartleby. El copista Bartleby cortó todos los cables que lo podrían atar a un significante social o sujetar a una identidad cristalizada, se hizo indiscernible y quedó flotante en un espacio sin referencias, ejerciendo una lívida e inquietante libertad. Pero una vez que logró soltar todas las amarras, no le dieron el tiempo para crear algo nuevo desde ahí; como es sabido, su muerte ocurrió en una cárcel donde lo llevaron porque no sabían dónde recluirlo. Según la lectura de Giorgio Agamben, se podría decir que Bartleby fue una pura potencia que no se llegó a efectuar. En cambio, Enrique Vila-Matas, que presentó este año su última novela Mac y su contratiempo (Seix-barral), es la efectuación prometida, cortó casi todas las amarras que le delinean un camino conocido al escritor, para luego inventar un plano insólito, disparatado, hecho a su medida, la de la ficción radical.

Del plano Vila-Matas emergen fácilmente dispositivos adecuados para extraños usos minoritarios (El mal de Montano, Kassel no invita a la lógica, Viaje vertical…). Sus libros conllevan siempre algún riesgo, un giro propio de su talante, aunque el paso del tiempo y las mañas del oficio hayan asentado en alguna medida la pólvora que mostró en dos de sus más grandes creaciones: Historia abreviada de la literatura portátil, donde relata las peripecias de los shandys, curiosos personajes que llevaban nombres de artistas y escritores conocidos; y la otra travesura, Bartleby y compañía, donde hace un catálogo de más de ochenta escritores, algunos de ellos ficticios, que por una u otra razón decidieron dejar de escribir (caso Rimbaud, Rulfo y otros). A esos escritores les llama Bartlebys, porque en el relato mencionado, un buen día Bartleby se niega a cotejar las copias que había hecho, y luego deja de escribir, lo que en realidad, en su labor de amanuense, era transcribir. Bartleby es el que deja de transcribir, el que abandona la copia.

Vila-Matas es un Bartleby si se entiende que lo que Bartleby quería era escribir, que estaba preñado, pues presentaba todos los síntomas del que se encuentra en plena etapa de gestión y resulta interrumpido. Así de exótico es el escritor cuando está gestando algo y necesita parir, como lo son casi todos los artistas, es complicado estar en la misma casa con ellos, es difícil entenderlos, hablan como si habitaran otro plano, se aíslan, como si la soledad fuera un baño de sol, y vuelven de esos viajes con los ojos enrojecidos, menos pelos y algo malogrados, pero relucientes finalmente cuando han completado la faena y parido al libro. Enrique Vila-Matas es pues un Bartleby que logró parir, aunque su afán primero fuera el cine y su interés inicial no hubiera estado en la literatura.   

Incluso como personaje Vila-Matas es particularmente pintoresco, mayormente da la impresión de haber saltado de las páginas de una de sus novelas. Dice cosas exquisitas, otras eruditas, algunas tremendamente graciosas, pero él las dice con una seriedad absoluta, como si fuera ajeno a su humor travieso, tanto así que ha confesado que esta situación le ha llegado a preocupar un poco, puesto que apenas empieza a hablar en estos actos literarios alguna gente ya está riendo, como si estuviera atenta al chiste inminente. Lo cierto es que escuchar a Enrique Vila-Matas en los espacios donde es invitado es casi tan placentero como leerlo. Después de todo, se trata de ejercicios paralelos, puesto que conversar con alguien es escucharlo, y en cambio leerlo es también escucharlo aunque esto sea con los ojos. Recomiendo al respecto una conversación disponible en youtube, “Ciclo de la palabra: Enrique Vila-Matas”, como una buena introducción.  

El lector que aquí me acompaña podrá quemarse la vista buscando en internet, y no encontrará otra pieza donde se diga que Enrique Vila-Matas es un escritor Bartleby. Esto se debe a que el mismo Vila-Matas, con su maravillosa novela, ha canonizado lo que se debe entender por Bartleby: la interrupción abrupta de la escritura. Y en cambio el español es un escritor muy prolífico, que publica casi a razón de un libro por año. ¿Pero cuándo se puede decir que se ha dejado de escribir? Él mismo comenta que esto puede ser un tormento, puesto que sólo habiendo pasado mese que no se sepa algo nuevo escrito por Vila-Matas, ya especulan algunos con la idea de que estaría dejando de escribir. Lindo sería afirmar que no se necesita escribir todo el tiempo para ser escritor, como la flor de loto sigue siéndolo aunque nadie la vea. Pero aquí reluce otra lección que aprendió Vila-Matas, y es que para ser escritor hay que escribir, escribir y escribir.



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