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viernes, 1 de marzo de 2013

BARCELONA F.C. vs EL REAL MADRID DE MOURINHO


Por: Jorge Luna Ortuño

Es difícil no esbozar una sonrisita de tonto cuando se observa el juego del Barcelona F.C. en los recitales que ofrece en el Campo Nou. Lo menos que se puede decir es que inauguró una nueva manera de jugar al fútbol en tiempos en que el deporte se sentía estrangulado por el resultadismo y la preferencia por el poderío físico antes que por la técnica. Mérito de una filosofía que considera al blaón como "el santo Grial", y que inicia con Johan Cruyff, alcanzando sus notas más altas con Guardiola. “El Pep”, el mimado del club, asumió con autoridad y estilo, y casi todo fue a pedir de boca: catorce títulos en poco más de tres años al frente lo acreditan como el mejor técnico en la historia del Barca. Es claro que todos estos logros llegaron con un desgaste físico, mental y emocional, pero que parecía administrable.

Sin embargo, fue la llegada de Mourinho al Madrid, quiérase o no, la piedra que terminó por acelerar el paso al costado de Pep. Mourinho es un crack, un hombre que entiende muy bien su trabajo,  y  entiende que medio partido se juega a nivel de los egos. Agita la mano derecha con desesperación, está parado cerca de la línea, habla con los suyos, con el árbitro, con los rivales, pone cara de póker, luego hace un gesto de mandarlos al diablo a todos, no es un teatro, él está jugando su partido, y no deja de jugarlo en la rueda de prensa, o en una de las pocas entrevistas que concede, pues, como dice, todos éstos son espacios de trabajo. Toda la Liga 2011-2012 la jugó así Mourinho, y tuvo el mérito de poner incómodo a Guardiola, de hacerle sentir que se encontraba en una guerra. Sucede como en el boxeo, los más virtuosos como Muhammad Alí, Sugar Ray Leonard o Roy Jones Jr han encontrado la piedra en su zapatos con aquellos adversarios que les imponían una presión constante y los tenían contra las cuerdas (Joe Frazier, Tommy Hearns, Antonio Tarver…), sacándolos de su juego estilístico y colocándolos en un campo de batalla. Maurinho, aprovechándose del hambre mediática, creó la ficción de que era una competencia entre ambos entrenadores, entre sus récords, antes que entre sus equipos. Aquella Liga que ganaron finalmente los madrilistas desgastó tremendamente al Barza, y al Pep mucho más. Cuando dio la noticia de su alejamiento del banquillo culé, Guardiola dijo que había dejado todo en esos años de dirección, y ya no se sentía lleno de todo aquello que debe sentir un entrenador de un club de tanta jerarquía. Lo dijo con lucidez, era tiempo de recargar baterías.

En pro de la continuidad asumió Tito Vilanova, su amigo y ayudante de campo por largos años, y el Barcelona no ha resentido el cambio de timón, no sólo eso sino que se ha vuelto intratable. Ya ha batido algunos récords sólo en la primera rueda de la Liga 2012-2013, es puntero solitario en la tabla, que muestra al Real Madrid unos quince puntos más abajo. ¿Qué ha sucedido? Todavía Mourinho no ha encontrado la manera de jugarle el partido, fuera de la cancha, a un técnico completamente desconocido, que hace sus primeras armas como tal. La filosofía del Barza sigue siendo la misma, la cultura de la alegría expresada en su juego es idéntica, los jugadores se ven motivados. Si Pep Guardiola –como insinuaron los seguidores en sus pancartas– era El Padrino de los azulgranas, podría decirse que Tito Vilanova es el Michael Corleone del Barcelona, el golpe que nadie ve venir, la mano bajo la falda de la Monalisa. Mario Puzo escribe en su brillante novela que uno de los preceptos de Don Corleone era este: los amigos deben subestimar las virtudes de uno, mientras que los enemigos deben sobrevalorar los defectos, así se logra mantener una fuerza reposada oculta. Ciertamente Tito Vilanova hace uso de éste precepto, hombre de perfil bajo, de pocas referencias, ha asumido para ajustar cuentas con los fantasmas del pasado reciente, las pedreras del Chelsea y del Madrid.

Ahora, sería una tontería reducir la gestión victoriosa de Mourinho a su habilidad de generar esta competencia en los medios con Guardiola, además del aire de hostilidad que instaló con sus críticas a los árbitros y a la misma UEFA, acusándoles de favorecer al Barcelona. Después de aquel humillante 5-0 que encajaron los merengues en el Camp Nou (septiembre 2010), Mourinho intentó muchas variantes. De aquella negra noche –la peor goleada que ha sufrido Mourinho en su carrera– aprendió que no era conveniente pelearle la posesión de bola a los de Guardiola; el Madrid se distinguió entonces por economizar el pase de la bola, gestionando el tránsito rápido, vertiginoso, de una área a la otra en unos cuantos toques. Comenzó también a afinar una estrategia de presión en campo adversario, y en la final de la Copa del Rei (2011) pareció encontrar una fórmula, la del trivote de presión alta: Xavi Alonso, Khedira y Pepe, a costa de dejar a Ózil en la banca. El Madrid perdió en juego ofensivo, se dedicó a morder y capitalizar de lo que conseguía robar. En la otra vereda, el Barza perdió el brillo y la omnipresencia, la bola llegaba apretada a los de arriba, sólo se le permitía tocar en zonas donde era inofensivo, las bandas ofrecían menor resistencia, pero sólo para hacer algo que no le gusta al Barza, y es jugar a tirar centros.

El juego del Barcelona se basa en la rotación continua de posiciones y el toque de bola para abrir avenidas de tránsito, es como una ruleta rusa, gira y gira, y en algún momento saldrá el número premiado, momento en el que la idea se encuentra con la oportunidad, y es el mejor ubicado quien asestará la estocada definitiva, algo que generalmente le toca hacer a Messi. Sin embargo, aquella final la ganó el Madrid, con un cabezazo impecable de CR 7 en el alargue. En uno de sus excelentes análisis, Santiago Solari definió así el éxito de la estrategia madrilista:

“Todo un arte: a un Barca especialista en liberar zonas para luego poder ocuparlas por sorpresa se le opuso un Madrid que ocupó zonas ya ocupadas para que luego no quedaran libres”.

De todos modos, la subsiguiente derrota en las semis de la Champions a manos del Barza, además de las ácidas críticas que recibió por el juego conservador, impulsaron a Mourinho a afinar su idea. Después de todo, él lo dice, el juego de cada uno de sus equipos depende de la idiosincrasia del club y de la misma Liga, además de la cultura de la ciudad. En sus palabras:

“la construcción de los equipos debe realizarse de acuerdo con la cultura y con las cualidades que tienes para ganar. Como jugaba hace cuatro o cinco años, el Barça no ganaba la Premier. Quizá hoy la ganaría. Por eso es imposible que un entrenador llegue a un país y diga: "Este es mi sistema, mi filosofía de juego". Si un día Pep [Guardiola] va a Inglaterra o a Italia, quiero ver si su equipo juega como el Barcelona... ¿Seré capaz de hacer con el Madrid lo mismo que he hecho con el Inter a nivel de juego? Imposible. El aspecto cultural es muy importante”[1].

Así llegó el cambio. Respetó la histórica obsesión por el juego ofensivo del Madrid adelantando 20 metros las líneas, con presión total, impidiendo al portero Valdés las salidas en corto en los saques de meta. La idea, condicionar los caminos del balón, hacer que el barza tenga que dividir la bola en casi todas las posiciones. Usando su 4-3-3, el Madrid poblaba el campo rival, y si perdía la bola se replegaba inmediatamente achicando la distancia entre las dos últimas líneas. El traslado de la bola siempre rápido y punzante, argumento que se coronaba gracias a una eficacia descomunal adelante: de tres el Madrid metía dos. Como lo han apuntado ya otros, el gol no siempre es hijo de la posesión de bola, y ésta la visión que Mourinho quería reivindicar.

Fue perfecto. Desde el cierre de Liga del 2012, el Madrid le ha ganado además la pulseada  de la Supercopa de España, con un Vilanova debutante. Todavía el Barcelona no le ha vuelto a ganar con plena autoridad al Madrid, y debe reconocerse que el equipo de Mourinho es el único que ha sabido ganarle y ofuscarlo jugando de tú a tú, sin utilizar la estrategia mezquina del Chelsea, que optó por aglomerar a sus once hombres defendiendo su portería para sostener el cero.

Debe decirse también que es a éstas alturas de la temporada que el Barcelona se muestra perfectamente afinado, listo para tocar otra sinfonía, con un Vilanova consolidado, en vísperas de un nuevo clásico por la Copa del Rei (26 de febrero). Admirable lo de Mourinho, pero no le alcanza aun para desplazar de lo más alto del podio al juego del Barza, pues el Barcelona sigue siendo el equipo romántico por excelencia. Su estilo de juego le da predominancia sobre cualquier rival hoy en día, mientras que el juego del Madrid no le ofrece muchas garantías frente a rivales de jerarquía. Su estilo acelerado no le permite manejar con justeza los tiempos de un partido, puede meter varios goles pero también encajar los mismos. Fue así que quedó eliminado a manos del Bayer de Munich en semis de la Champions (2012), y otros sustos similares vivió frente al Manchester en los octavos de la que se define este año, quedándose con un magro 1-1. 

Por su parte, el Barza avanza imperturbable, como la temible ballena de Moby Dick, arrasando, y la comparación es válida porque el Barza, a diferencia del Madrid, no es un equipo que deja entrar en el partido, te tortura los 90 minutos. Si el fútbol tuviera el criterio del K.O. y la cuenta hasta diez, muchos partidos del Barza se darían por terminados antes de los 90 minutos. Mientras, el gran Mourinho hace una mueca y espera tener un final más feliz que el capitán Ahab.

Los dados están lanzados, el éxito o fracaso en la Champions League será el juez final de ambos. El enfrentamiento de estilos y de egos entre el Barza y el Madrid nos regala cada partido una enseñanza diferente. ¡Qué privilegio vivir en el mismo tiempo de éstos dos monstruos!





[1] Entrevista concedida a Juan Cruz de El País: “Jose Mourinho: en el fútbol lo arriesgo todo. En lo personal riesgo cero”. 22/08/2010

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