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lunes, 26 de mayo de 2014

¿MERECIDA DERROTA DEL ATLÉTICO MADRID? HACIA UN ESTILO DE JUEGO IDEAL

En ocasiones la vida nos enseña que las dificultades llegan por el mismo ángulo por donde entra la luz. Así se evidenció el pasado sábado 24 de mayo en ocasión de la final de la Champions League entre los dos equipos de la capital de Madrid. Al equipo del cholo Simeone se lo había elogiado hasta el cansancio por su capacidad para desactivar al Barcelona, que nunca pudo vencerlo en más de seis enfrentamientos en el curso de la temporada. El cholo marcaba la gran diferencia respecto de la cultura de juego del Barcelona: "mientras ellos basan su juego en tener la pelota, a nosotros nos gusta jugar en base a los espacios". 

Eso que se llama choque de estilos tiene que ver con lo que un equipo hace cuando tiene la pelota, y lo que hace cuando no la tiene. Simeone parecía imaginar los partidos primero con la bola en los pies del rival, muy contrario de lo que pregonan otros directores técnicos argentinos como Menotti o Bielsa, ambos faroles en la cultura contemporánea del fútbol. En el banquillo del Barcelona el Tata Martino no daba pie con bola en las instancias finales, pero le perjudicó una cuestión capital, y fueron las lesiones en seguidilla de jugadores clave de la defensa. Pagaron caro su atrevimiento los dirigentes cuando señalaron al inicio de la temporada que "el refuerzo para la defensa era Puyol, apostar por su recuperación". A más de uno esto le provocó una sonrisita irónica, y los hechos terminaron por confirmar lo que la mayoría había visto con escepticismo, Puyol nunca llegó a recuperarse, terminó retirándose antes de que concluyera la temporada. 

Pero decíamos al iniciar que la luz y las dificultades parecen llegar por los mismos canales en ciertas ocasiones. Los deportistas de élite por ejemplo adquieren enfermedades crónicas en sus articulaciones por efectuar la actividad que los convierte en seres excepcionales, bien pagados, famosos o talentosos reconocidos. En el caso del Atlético Madrid se trataba del costo de su estilo de juego, habían decidido como sello que no querían tener mucho la bola, lo suyo era la solidez en defensa, el control con un pressing asfixiante en diversos sectores del campo, y la efectividad a la hora de golpear en arco contrario. ¿Pero cuánto desgasta un estilo de juego tal a lo largo de una temporada en la que se disputan tres torneos importantes? El suyo era un fútbol aguerrido, emparentado con la tradición charrúa, donde se elevaba como figura baluarte el enorme Godín. Se admiraban los logros del Atlético porque todos valorábamos el trabajo de alguien que lograba mucho con poco, o al menos con mucho menos que sus competidores inmediatos, los azulgranas y el equipo merengue. 

Resultó sin embargo que el día de la final de la Champions, en el partido más importante de la carrera de muchos de los del Atlético, aquello que los había distinguido en su camino se reveló como una gran deficiencia. El Atlético no sabía apaciguar la avalancha ofensiva del Real Madrid por medio de la posesión de balón. Como dependían demasiado de un centro delantero referente adelante, veían con preocupación que no podían sostener las bolas arriba, la cancha se inclinaba hacia su arco, y los jugadores que se dedican a neutralizar el juego del rival comenzaron a sentir la extra-carga. El mérito del Real Madrid fue a nivel de la actitud, del gen ganador que llaman, que extrañamente parecía ausente en los últimos veinte minutos que jugó el Barcelona contra el mismo Atlético en cuartos de final. Lejos del equipo roto anímicamente, rendido antes de tiempo, que se había visto con el Barcelona, los del Real Madrid insistieron hasta los minutos de adición. Fue así en un córner que llegó el cabezaso salvador de Ramos, pero la jugada previa había demostrado cuan encajonado estaba el Atletico en su área. 

¿Cuál era la apuesta del cholo Simeone? Ganar el partido capitalizando un gol medio fortuito, cuando los del Real Madrid habían cometido una gruesa falla, concretamente la de su arquero Casillas. Por lo demás, no se acercó mucho ofensivamente al arco rival, quemó sus naves en el tiempo reglamentario, como si no pudieran preveer que en las anteriores versiones de las finales ocurrieron hechos sorprendentes en los últimos minutos, que obligaban a alargar el partido. Pero Simeone ya había quemado sus cambios, y tenía montado en campo un equipo netamente defensivo, desarticulado hacia adelante por falta de su número 10. Pudo ser peor, pudo haber sido remontado como lo fue el Bayer de Munich cuando enfrentó en aquella memorable final al Manchester United, y donde los ingleses termiraron remontando hasta llegar a un 2-1 a favor. 

En cierta medida nos alegró que la propuesta de Simeone no triunfara, el premio de una orejona para la galera del Atlético Madrid se antojaba demasiado generoso. Su gesta heroica consistía más en ver cómo, a pesar de la ausencia por lesiones de Diego Costa, ya desde cuartos de final, el equipo había podido compensar esa falta a base de esfuerzo, de los goles de Godín, de las jugadas por arriba. Ver a un equipo que se conforma con un gol medio bizarro, y pretende aguantar hasta el final con ese gol, tirando las bolas a cualquier parte ya desde el segundo tiempo, mezquinando el juego, era algo que no se podía premiar con semejante trofeo. La virtud de los rojiblancos frente al Chelsea había sido la de salir agresivos al segundo tiempo para liquidar el partido, aun cuando ya estaban clasificados, pero en la final en Lisboa no se sintieron capaces de repetir la gesta. Al frente tenían a un Real Madrid que jugó con la flexibilidad, Angelotti notó muy bien que el rival no tenían jugadores suficientes para hacerle daño, así que puso a Isco en lugar de Khedira. En otras circunstancias este cambio podría haber desbalanceado al equipo defensivamente, pero para este partido puntualmente funcionaba muy bien. El Madrid se multiplicó en opciones de pase, se mejoró en cualidad técnica, y con la entrada de Marcelo exploró un agujero en la defensa rojiblanca por el lado derecho. La dupla Di María-Marcelo se reveló muy exigente, a punto de que dejaron acalambrado al recio Juan Fran, marcador derecho correcto, con limitaciones técnicas, pero disciplinado tácticamente. 

El Atlético, que siempre había jugado con una mentalidad Gracie, es decir, jugar a no perder antes que buscar la victoria, se vio rebalsado, inundado por todas partes, era un Titanic por donde empezaban a aparecer goteras. Puede jugarse al ritmo físico que Simeone diseñó para su equipo, que demanda mucho desplazamiento, pero al final el fútbol se construye en base a goles, y el medio para lograrlos son los pases, la cualidad de los pases, la manera en que se arma una jugada, ya sea de manera punzante y voraz como lo hace el Real Madrid, o de manera paciente y rebuscada como lo hace el Barcelona. Dado el retraso de la defensa del Atlético, los del Real tuvieron que tomar mano de los recursos que lucen al Barcelona, y que son la continua rotación del balón, hacerlo ir de aquí para allá, buscar alguna pared, cansar al rival, que se cansa más porque corre detrás de la bola para intentar armar emboscadas a los receptores. Llegó un punto en que el equipo no se sostenía. El gol definitorio sin embargo llegó a causa de una falla de Tiago, que nadie ha comentado: el centrocampista erró su intento de parar un bola y terminó dejándola en los pies de Di María, que se enfrentó a un par de defensores en plena carrera; la mayoría de los del Atlético se encontraban por delante de la línea de la bola, era una franca situación de contraataque, pero que sólo se había podido dar por el error de Tiago, al fallar su parada de una bola relativamente fácil. Desde luego, todo ello es parte del fútbol, que un jugador en minutos de adición, con el cerebro y los músculos menos oxigenados, pueda equivocarse en algo que normalmente hubiera hecho con pericia. 

Así debemos decir que el fútbol se revela también con un deporte de desgaste. Es difícil cansar a los rivales porque ahora todos son muy atletas, la competición sube los niveles de preparación física, pero otra cosa sucede cuando se juegan minutos adicionales después de haber jugado 60 partidos en una temporada, semana tras semana, y con todas las dificultades de la presión psicológica domingo a domingo. 

Por ello el modelo de juego del Barcelona se mantiene todavía como el más efectivo, el que menos energía propia consume, y tiende a desgastar más al rival. Antes los rivales se impacientaban ante el toque de balón repetido de los azulgranas, esto hacía que cometan errores, ahora es como si no les sorprendiera, no les molesta, les basta con acordonarse atrás con dos líneas de cuatro. Esto le ha dificultado más las cosas al Barcelona, que requiere recordar que la posesión sin gestación de oportunidades de gol no significa nada, es irrelevante. La posesión de bola sin crear chances sirve sólo como modo de contención, pero debe agregarse ahí la faceta de la creación. Guardiola lo sabía, el fútbol ha aprendido de su modelo,  debe verse ahora si se llevara ese tipo de juego a sus últimas consecuencias, o se preferirá cambiar la figura, dado lo previsible que se ha convertido cuando se compite con los equipos de punta. 

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