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lunes, 16 de abril de 2012

SEMANA DE LA IGLESIA CATÓLICA PERO NO DEL ESPÍRITU



 
 Hace un par de semanas se publicó en La Razón (Animal Político - 25 de marzo) una amena columna escrita por Rubén Atahuichi, que hacía notar cómo los políticos y los curas se están pareciendo cada vez más, siempre legitimándose en nombre de alguien y haciendo juicios en nombre de ese alguien contra otro, da igual que ese alguien sea Dios, Estado, Pachamama, indígenas del TIPNIS o Madre Naturaleza. Desde luego, esto no debería molestarnos en demasía, puesto que se trata del modus operandi natural que hace a la esencia de ambos. Los políticos que gobiernan tienen necesidad de afectarnos de tristeza, de perpetuar falsos conflictos, pues la tristeza disminuye nuestra potencia, separa, debilita, dispersa, y además ¡qué peligrosa sería una población entera que fuera feliz y que pudiera casi prescindir del gobierno!; los sacerdotes a su vez necesitan persuadirnos de que la vida es dura y pesada, de que vivimos con culpa eterna, pues somos artículos que vienen fallados de fábrica, o de paraíso terrenal. Parafraseando a Virilio, los tiranos, los ladrones de almas, necesitan administrar y organizar nuestros pequeños terrores.

Pero volvamos al punto de inicio. En la citada columna se le reprocha a la iglesia por descuidar sus funciones y en cambio aprovechar el pulpito para intervenir políticamente. Es así que un importante número de la población prefiere obviar de intermediarios y mantener vía libre con el creador, o con la existencia, lo cual es perfectamente válido. Pero más allá de que en nuestro país las cabezas visibles de la Iglesia Católica sean devotos políticos con sotanas, el tema más acuciante es el pobre crecimiento espiritual que promueve la iglesia en general con las actividades rutinarias de su calendario, entre ellas, más notoriamente, las de Semana  Santa. 

Cardenal Julio Terrazas
Recuerdo que el año pasado en estas fechas el Papa Benedicto XVI atendió en vivo a las interrogantes que le hacían varios televidentes vía Twitter, pero en realidad no respondió nada, sino que, como buen sacerdote, se limitó a prolongar el misterio. Después de todo, ¿qué de nuevo nos han dicho él o los suyos respecto de la resurrección de Jesucristo en XXI siglos de tradición?

Toda la religión católica depende de una idea: de la resurrección de Cristo. Pero como varios místicos de la India ya han señalado, cuando se enfoca toda la grandeza de un testimonio en esa idea, lo que se pierde es la cualidad de la vida de Jesús. La Iglesia Católica hace mucha bulla en torno a la pasión y muerte de Jesús, y así se nota cada semana santa: de su muerte tienen mucho que decir, el día viernes está repleto de una serie de actividades, misas especiales, el show a parte del lavado de los pies, las procesiones a todas horas, el sermón de las siete palabras…, pero en cuanto a la resurrección parece que se les acaba el material, todo se limita a la celebración de la misa dominical. ¿Por qué no organizar una gran fiesta aquel domingo de resurrección? Una fiesta con música alegre, bombos y platillos, vino, jugos y pan, bailes, ayuda a centros de discapacitados… Después de todo, toda la estructura de la Iglesia Católica se sostiene sobre esta idea, sin resurrección no tendrían nada, dado que han renegado por completo de la carne y de la faceta humana de Jesús. Entonces, en ese día una serie de manifestaciones de alegría deberían llevarse a cabo, las mismas mujeres que dos días antes hicieron procesión vestidas como viudas deberían salir a desfilar ataviadas de sus vestidos más coloridos, las plazas deberían estar llenas de niños correteando en las cuatro esquinas, haciendo representaciones de la resurrección, de las apariciones de Jesús a sus discípulos, etc.

 Una película que reúne todas las limitaciones de visión que promueve la Iglesia Católica es aquella titulada La pasión de Cristo, dirigida por Mel Gibson, que se pone de moda en esos días. Cegado por su fanatismo, Gibson creyó que al darle énfasis a la parte sangrienta de la historia, mostrando sin reservas y con lujo de detalles la salvaje tortura que sufrió Jesús en sus últimas doce horas, podría lograr una visión que “fortaleciera la fe de los creyentes”. (ACI Prensa 2004). Pero en realidad, la filmación del suplicio de un hombre durante más de una hora y media hace que el verdadero suplicio sea el film. Se trata de un esfuerzo que no aporta nada en términos de comprensión de las Escrituras. Claro que, como se supo después, al entonces Papa Juan Pablo II le encantó, y sólo atino a murmurar: “así fue”. No es de extrañar, dado que la preeminencia que le da la película a la crucifixión es exactamente la posición de la Iglesia Católica. La pobreza de esta visión es que no enseña nada respecto de cómo lidiar con la muerte, en lugar de ello la convierte en el enemigo total de la existencia. Si Jesús mismo les dijo a sus discípulos “no teman a la muerte pues ella no es una puerta que se cierra sino una puerta que se abre”, por qué los sacerdotes promueven la permanencia de una visión tan pueril respecto de la muerte. 

 Nikos Kazantzaki en su novela La última tentación tiene mucho más que aportar. Jesús no quería que se hagan leyes ni se fijen escrituras rígidas en torno a sus palabras, ni que éstas sirvan para erigir nuevas autoridades, puesto que de esta manera se crucificaba al espíritu. Sin embargo, la operación de Mel Gibson es justamente la que privilegia la iglesia: ella se conforma con la semejanza. No le importa que el mensaje se mutile, basta que se asemeje, puesto que Jesús invitaba a practicar nuevos modos de vida, y no la repetición de unas creencias; puesto que Jesús no se conformaba con que las palabras se asemejaran al espíritu, sino que el espíritu realmente volara libre. ¿Cuántos cambiarían sus costumbres si vieran que al seguir unos ritos de manera autómata no hacen otra cosa que crucificar otra vez al espíritu? Digámoslo de una vez: No es un Jesús crucificado el que debería encontrarse en todas las iglesias, sino la imagen de Jesús resucitando de la cruz. 



Jorge Luna Ortuño




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