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lunes, 22 de abril de 2013

LECTURA, VIDA Y FILOSOFÍA





Jorge Luna Ortuño - Filósofo

 El mundo de los libros es un mundo maravilloso, demasiado extenso para el tiempo de una vida. Y dentro de la gran biblioteca humana, la filosofía como área temática ocupa un importante espacio que será el legado de la especie en los siglos por venir. Pero no es la existencia de una impresionante cantidad de libros de lectura obligada lo que nos plantea un gran problema a los seres humanos; es decir, no es lo primero tener que lamentarse al darse cuenta que habrá un montón de ellos que desconoceremos, que será imposible leerlo todo. Pues lo más difícil, lo que realmente hace inimaginable el tiempo que necesitaríamos es el hecho de que las prácticas de lectura se renuevan constantemente, generación tras generación.

Hace poco leí en Internet que la firma japonesa Neurowear creó un auricular inteligente, llamado “Mico”, que permite controlar la lista de reproducción musical en función del análisis del estado de ánimo de la persona que lo tiene puesto. El equipo consta de unos cascos de música convencionales en los que va situado un sensor situado en la frente, y que es capaz de detectar las ondas cerebrales. (www.alt1040.com). Cito esto porque algo similar se podría dar con la lectura: imaginen que en el futuro aparecerán unos I-pods o tablets sensibles, conectados por unos cátodos a nuestros cerebros, que nos permitirán leer libros digitales, pero ofreciéndonos una versión variable del texto según el estado de ánimo en que nos encontremos. No es algo tan descabellado. Después de todo, ya sea cuando observamos un hecho, hablamos de una persona, apreciamos un cuadro, escuchamos una canción o leemos un libro, siempre tenemos la capacidad de teñirlos del color que corresponde a nuestro propio estado de ánimo, a nuestros conocimientos, a nuestra actitud, a nuestra buena o mala digestión y otros cien factores.   

De modo que la apabullante cantidad de libros existentes, sumada al  inagotable material disponible en Internet, no es nada cuando nos damos cuenta que ni siquiera es suficiente con leer una sola vez cada libro, puesto que existe una pluralidad de formas de leer cada uno de ellos, y además éstas se renuevan. Muchas veces decir que un libro no sirve es una equivocación, más correcto es decir que no te ha servido a ti en un momento puntual, según los recursos de lectura con los que contabas, el desarrollo de tu ser como persona y el estado de ánimo en el que te encontrabas. Más importante aún –algo que se aprende en filosofía– es que no se puede pedir al libro que nos interese; no existe relación verdadera con el libro si antes no viene cada uno con preguntas e intereses propios, en búsqueda de algo, aunque sea el simple hecho de querer sentirse acompañado.

Esto nos lleva a ver algo que se omite cuando se habla de leer. Es muy común escuchar en diversas esferas de nuestra sociedad que se necesita fomentar más “el hábito de la lectura”. Pero casi nadie en nuestra sociedad se anima a precisar qué tipos de prácticas de lectura deben fomentarse, según qué concepto de la lectura e idea de lector(a). Año tras año se organizan ferias del libro, se abren librerías, se expande la piratería de libros universitarios, de autoayuda y organización empresarial; de hecho, actualmente en Bolivia se especula sobre la aprobación en el Senado de la Ley del Libro y de la Lectura Óscar Alfaro. Al respecto, Pablo Groux, ministro de culturas, sostiene que un objetivo de la ley es “ofrecer a la ciudadanía una mayor accesibilidad a los libros, con precios más baratos y mayor acceso a bibliotecas públicas, las cuales se crearán en cada municipio”. (La Razón, Bolivia 26-03-2013). Aunque suene positivo, nos parece que ésta política de incentivo se mueve en base a una comprensión estándar, muy pobre y desactualizada del acto de leer en el mundo que vivimos. No es una cuestión de precios ni de falta de bibliotecas lo que facilita el acceso a los libros, puesto que existen libros de todos los precios y escasos son los ciudadanos que van a leer a una biblioteca otra cosa que no sea el periódico. Lo que realmente puede fomentar las relaciones con los libros, y el acceso a los textos, es cambiar nuestra manera de concebir el acto mismo de la lectura.

Hasta aquí hemos planteado brevemente un problema, y ese problema exige que se piense el término lectura como un concepto. Brindaremos un ejemplo para mostrar hacia donde vamos.

Tomemos el artículo publicado en el diario El País, Madrid, por Javier Goma Lanzón (Suplemento Babelia, 14-03-2013) que titula “¿Dónde está la gran filosofía?”.  El autor defiende la tesis de que en los últimos 30 años, la filosofía contemporánea habría desertado de su misión de proponer un ideal y un relato totalizador a la sociedad de su tiempo, y por ello estaría en deuda. Además enfatiza que la filosofía siempre existió para proveer ideales intemporales y universales, una especie de objetivos morales que inspiren a los ciudadanos, que les dicten normas sobre cómo deberían ser. Pero ¿acaso es esa la tarea de la filosofía?  En una carta al director, (publicada el 23-03-2013), el lector Violant Barquet le objeta al autor que “los ideales no se proponen, ya existen”. Nosotros sumaríamos además que las diferentes formas de religión organizada ya se encargan de proponer ideales (paraíso terrenal, p.e.), y que ésta visión corresponde a la propuesta del gran Platón –tierra de cultivo de la teología cristiana– pero que no se puede hacer de ella una generalización para toda la filosofía. Siguiendo con la carta de Violant, él agrega que “la tarea de la filosofía, desde su origen hasta nuestros días, fue y debería seguir siendo la de poner en duda, es decir, cuestionarse lo que se da por hecho”.

La pregunta fácil sería ¿quién tiene la razón? Pero plantearlo carece de interés. Cierto es que nos sentimos más cercanos a los criterios de Violant Barquet, pero no porque él posea la razón, simplemente por una mayor afinidad en la forma de leer los textos filosóficos. Goma Lanzón termina así su artículo: “Si la filosofía quiere recuperarse como gran filosofía, debe hallar el modo de proponer un ideal cívico para el hombre democrático…”.  No compartimos esta idea porque, en nuestra práctica de lectura, no esperamos de una filosofía que nos provea de respuestas ya masticadas y digeridas –antes todo lo contrario. Lo que el autor del  artículo mencionado propone es completamente legítimo, y no hay lugar para la discusión, simplemente se trata de diferentes acentuaciones en la lectura. Es evidente que éste señor ha leído bastante, o al menos tiene un conocimiento amplio de la bibliografía filosófica moderna y contemporánea. Pero lo que él busca en los textos de la historia de la filosofía es probablemente algo que encontraría mejor en manuales de vida, tratados de moral. Hegel nos ha dejado un relato totalizador quijotesco, pero de difícil lectura, ¿cuántos lo llegan a leer? ¿Y cuánto ha influido positivamente en la historia? Kant construyó su obra como una maquinaria perfecta, nos proveyó del imperativo categórico, ¿dónde más se puede llegar en filosofía en temas de moral? Nietzsche planteó la inversión de todos los valores, nada le hubiera resultado más repugnante que hacer de sus libros unos recetarios normativos.

Por otra parte, la manera que tiene Javier Goma de etiquetar a los filósofos corresponde a las que se dan en los manuales de filosofía, los cuales tienen su propio código de lectura, más abarcador, revisionista y divulgador. Él cita decenas de libros y autores contemporáneos de manera erudita, sólo para despacharlos como insuficientes o ajenos a su idea de “gran filosofía”. Hay que entender cuál es el problema que plantea: su problema es que la ciudadanía se encuentra carente de modelos, certezas, bases bien fundadas sobre cómo vivir hoy en día de una manera superior, y le reclama a la filosofía contemporánea la responsabilidad de establecerlas. Para nosotros el problema que interesa es otro. Sólo para ubicarse en un plano, es bueno poder identificar según qué tipo de lectura plantea lo que plantea; nos parece una lectura más propia del comentarista y recopilador de textos. No es ni mala ni buena, simplemente es una práctica de lectura posible. La cuestión es que esa práctica de lectura, que no sabemos si es plenamente consciente, le marca también topes y límites a su manera de aprovecharse de la filosofía.

He aquí la gran diferencia. Para nosotros no se trata de cuánto puedes esperar de un libro de filosofía, sino de cuán preparado estás para saber aprovecharte de éste. Antes que la lectura, el lector. ¿Dónde lee? ¿Cómo lee? ¿Para qué lee? Jean Marie Goulemont señala que “el lector, en su relación con el texto, se define por una fisiología, una historia y una biblioteca”. (En su ensayo: “La lectura como producción de sentido”). Siempre que leemos estamos relacionando lo leído con nuestra biblioteca leída (sea grande o chica), con nuestro pasado, con nuestras vivencias, y nuestro entorno. Todo lo que tenemos es nuestra memoria y nuestra imaginación, por eso es importante leer, para enriquecerlos cada vez más, de modo que la siguiente lectura sea más productiva, más comprensiva, más placentera. Para nosotros el problema es otro, porque nos damos cuenta de que los grandes filósofos que admiramos, todos ellos, escribieron según los problemas de sus sociedades y según las condiciones de lectura de esas épocas. La forma de leer ha cambiado radicalmente en los últimos 30 años, sería tonto negarlo. Entonces el problema es ¿cuáles son las prácticas de lectura idóneas para el aprovechamiento de los textos filosóficos en la actualidad?

Hace ya un tiempo que se popularizan los institutos que enseñan métodos para leer más rápido (“lectura veloz”, “lectura inteligente”), pero están enfocados principalmente a textos de no ficción. ¿De qué serviría en filosofía leer más palabras en un minuto si no se comprende? Ahora, comprender es algo que depende mucho más de las condiciones del lector que de la prosa del escritor, del sentido que éste ha querido darle al texto o de la forma que lo ha hecho. Y hoy en día los textos multimedia, el uso de los blogs, las aplicaciones móviles para leer libros digitales en tablets o I-phones, todo ello implica una revolución en las maneras de leer, en la forma de captar pensamientos. El libro de Gordon Dryden y Jeannette Vos, La revolución del aprendizaje, es de lectura indispensable para ponerse al tanto.

Por otro lado, todo nuestro trabajo está enfocado en relacionar la filosofía con la práctica. Creemos que ya no funciona aquella definición que la considera sólo reflexiva, o contemplativa. En todos los ámbitos de la vida se demanda mayor reflexión, ya sea en torno a la crisis de la Iglesia Católica, del fútbol nacional, de la política, del Estado, de la economía mundial. Y en todos lados se murmura lo mismo: “debemos reflexionar sobre los temas de fondo”, “hay que reflexionar acerca de la estructura misma”, “hay que llegar a la esencia de las cosas”… ¿Cómo es que se sigue considerando inútil a la filosofía? Pero su utilidad no viene de que sea reflexiva. Nadie necesita de la filosofía para reflexionar sobre su campo, pero si se sale de su campo y busca en la filosofía puede ampliar sus maneras de aproximarse al problema, de plantearlo, de rayar sus vértices. Para nosotros la filosofía no enseña ideales, en cambio enseña a leer. Y no es poca cosa, pues la manera en que usted lee una situación, un problema, un partido, un libro, un cuadro, una relación, etc., puede cambiar la manera en que usted piensa, vive, aprende, trabaja, enseña y actúa. El filósofo no es un sabio, pero es justo esperar de la filosofía una mayor comprensión de las cosas, del funcionamiento del mundo, de las relaciones de poder, de la construcción de uno mismo…

Para nosotros leer, antes que buscar significados, es "hacer algo" con el texto, ponerlo en acción en otra parte, y no existe una sola lectura erudita ni profesional que pueda reclamarse como la “verdadera”. Nuestras formas de experimentar el estar-en-el-mundo cambian, y nuestra experiencia del libro también. Así, leer es como analizar un combate de boxeo: Cus D`Amatto y Mike Tyson visionando cintas de boxeo históricas: Dempsey, Louis, Frazier, Alí, Foreman… Y viendo esas cintas con el propósito de tomar algo para incorporarlo a su propio arsenal, construir su estilo. Esa es una práctica activa de lectura. Lo mismo se puede hacer cuando se entra en el fabuloso mundo de la filosofía. ¡Tanto para extraer! Lo único que se necesita es tener cada uno su propio plan en marcha, una dirección a la que tiende espiritual y profesionalmente, y entonces se sabrá mejor qué es lo que hay que buscar, dónde pulir y dónde potenciar. Antes que un “hábito”, la lectura es un “placer” de vida.


LINKS RELACIONADOS:

éste artículo publicado en La Razón, Tendencias

sábado, 30 de marzo de 2013

KAZANTZAKIS Y LA ÚLTIMA TENTACIÓN: POR UNA LIBERACIÓN DE LA LECTURA



Una escena de la versión llevada al cine, dirigida por Martin Scorsesse y protagonizada por William Daffoe

Por: Jorge Luna Ortuño


«Todo hombre tiene un grito que lanzar antes de morir, su grito. Hay que darse prisa para tener tiempo de lanzarlo. Ese grito puede dispersarse, ineficaz, en el aire; puede no hallarse ni en la tierra ni en el cielo un oído que lo escuche; poco importa. No eres un carnero, eres un hombre; y hombre quiere decir algo que no está cómodamente instalado, sino que grita. ¡Grita tú, pues! ¡Mi alma íntegra es un grito y mi obra íntegra es la interpretación de ese grito!»
NIKO KAZANTZAKIS, Carta al Greco.

La última tentación, del admirable escritor griego Niko Kazantzakis, es una novela que causó inmenso revuelo desde su publicación en 1951. En ella el autor combina elementos de corrientes religiosas minoritarias, como el adopcionismo y escritos de los esenios, con postulados de la filosofía de Nietzsche (Así habló Zarathustra) y su propia investigación espiritual, siendo el resultado un texto de ficción sorprendente, complejo, de momentos de gran placer literario y sosiego interior. Se trata de una lectura singular y creativa de las Escrituras, que entiende la práctica del leer como un acto de “dar sentido”, de apropiación y no de interpretación o imitación. 

Desde luego que en aquella época el Vaticano no se mostró entusiasta respecto de esta libre lectura, llegando en 1954 a prohibir la distribución de la novela (incluso la Iglesia Ortodoxa griega excomulgó a Kazantzakis). Posteriormente, en 1988 la novela fue llevada al cine por Martin Scorsese y los jerarcas de la Iglesia echaron el grito al cielo, haciendo todo lo posible por impedir su proyección en cines de Europa y Latinoamérica. Algo había en esta obra que perturbaba profundamente a la élite de la jerarquía católica, también a los creyentes más rígidos, y lo hace hasta ahora. 

Pero poco le preocupaba a Niko Kazantzakis ésta censura, pues no pedía una sola lectura de su escrito. Igualmente, no fue la intención de Kazantzakis propagar una visión de incredulidad respecto de las enseñanzas de Jesucristo, puesto que como relata en el prefacio, nunca se había sentido tan cerca, ni había llegado a comprender con tal intensidad el amor, la vida y la pasión de Cristo que en aquellos últimos días y noches que escribió La última tentación. Las líneas postreras de este prefacio rezan: “Estoy seguro de que todo hombre libre que lea este libro rebosante de amor amará más que nunca, más intensamente a Cristo”. 

Estrategias de lectura

¿Cuál había sido el camino que eligió el director Mel Gibson en La pasión de Cristo (2004) para intentar que el público se sintiera más conmovido, y por tanto más confirmado en su fe? Eligió montar una serie de escenas viscerales, sangrientas, acentuando excesivamente la faceta de la tortura corporal que le infringieron los soldados romanos a Jesús desde su captura hasta el momento de la crucifixión. Pero, aunque esto sea discutible, la cinta no supuso mayor aporte a la búsqueda espiritual, fue un mero calco en imágenes-movimiento de la historia que a todos nos enseñan desde colegio. Sin embargo, Mel Gibson se había congraciado con el Vaticano, de hecho se supo que el entonces Papa Juan Pablo II dijo muy conmovido al finalizar la función privada: “¡es así como fue!”. (Aunque después neutralizara su posición ante las críticas de antisemitismo que surgieron contra el film). 

En cambio, Kazantzakis prefirió una estrategia creativa: optó por ahondar en las preguntas que sacudían su alma, el estupor que le despertaba la historia de ese hombre-Dios, y se internó a su vez durante cuarenta días en los aposentos de su interior para escribirlo en forma de novela. 

Las estrategias de El Código da Vinci y otras historias sobre conspiraciones en el Vaticano, que sirvieron para cuestionar la doctrina que enseña la Iglesia Católica, aparecen como juegos de niños frente a la visión iluminada que nos ofrece Kazantzakis, mucho más cuestionadora, indagadora y amorosa. Pues, ¡qué diferencia hace para los dilemas existenciales del alma humana que sea la Iglesia una institución recta o completamente corroída? ¿Acaso la sospechosa administración de sus fondos millonarios le cambia algo al camino del hombre? 

Hoy tenemos nuevo Papa, pero esto no tapa el tema de la crisis de la institución católica, el padre Pérez Irivarne incluso es más sombrío cuando dice: “La Iglesia no está en crisis, sino en franca decadencia”; se suman a esto el escándalo del “Vatileaks”, y los casos de pederastia destapados, y se puede seguir citando males, pero tal vez éstas no sean las razones por las que resulta válido efectuar una crítica a la Iglesia, ni reordenar las propias convicciones. La corrupción, el uso dañino del impulso sexual reprimido, la codicia, son males humanos que siempre la van a rodear. Lo que sí podríamos preguntarnos es: ¿a qué estado mental, físico y espiritual permite acceder el modo de vida prescrito para y por los representantes de Dios en la tierra?  

Si hay algo que debe reivindicar el ser humano para sí mismo es la libertad de investigación, que no se le cierren accesos a ninguna de las fuentes que pueden en potencia hacerlo crecer como ser. Luego, carece de interés criticar a la institución, más vale indagar sobre el propio desarrollo espiritual. No es el estado de la Iglesia Católica como institución lo que más me preocupa, sino conocer las implicaciones del tipo de relación que elijo tener con la Iglesia como institución. Creo que esto es lo que nos dice Kazantzakis entre líneas. Se entiende entonces que la visión que comparte de la pasión de Cristo no fue censurada porque brinde una lectura “satanizada” o “pagana” de la pasión de Cristo; lo que lo hace peligroso es que haya querido mostrar que no existe una única lectura posible de las Escrituras, y que esa lectura se configura en consonancia con las complejidades del camino interior de cada ser humano. 

Domingo tras domingo, en la lectura evangélica, la Iglesia insiste en tratar a sus fieles en tanto “lectores modelados”, que se conforman con hacer de la lectura institucionalizada y sacramentada de las Escrituras la base que regulará su conducta diaria, al menos en teoría. Es esto lo que sostiene la obediencia a los sacramentos y el dogma. Pero ¡qué lectura subversiva era la de éste novelista griego!, que reivindicaba la práctica de la lectura como productiva y creadora, contra todos los guardianes, los clérigos que creen poseer la única lectura legítima de las Escrituras.     

Conviene aquí recordar otra de sus novelas aclamadas, Zorba el griego (1946), donde Kazantzakis habla a través de la voz de Zorba: “Las personas necesitan un poco de locura, de otro modo nunca se atreven a cortar la soga y liberarse”. Y es esta locura la que se oculta en todas las misas. La soga es el lazo imaginario que une al individuo, en tanto que creyente, con la institución de la religión organizada. Necesario es distinguir dos instancias: 1) La institución en sí, en tanto que cosa y 2) la imagen que nos hacemos de nuestra relación con la institución. Nuestro estado mental se forma solamente en base a lo segundo. Dicho de manera somera, se empieza a cortar la cuerda cuando se entiende que esa imagen es construida socialmente, no es un imperativo celestial. Según esa imagen nuestra relación con la Iglesia es de obediencia ciega y sumisión, nunca de cuestionamiento ni de libre pensamiento. Cortar la soga es liberarse de la imposición de una forma de leer, la que exige la adhesión a la interpretación autorizada. En cambio, todo se refresca cuando se reivindica la multiplicidad de lecturas, incluso de aquellos textos como la Biblia o El Capital, en torno a los cuales se erigen instituciones que reclaman su preponderancia en base a la “adquisición” de los derechos reservados, de una forma de leer que los autoriza, y a la vez los convierte en autoridades. (El efecto que Lyotard denomina legitimante/legitimador). 

 Prácticas de lectura 
   
Es en este sentido que Kazantzakis se valora como escritor visionario, mientras se convierte en enemigo de instancias como la Iglesia, que se especializan en ponerle grilletes a la aventura de la lectura. Él, como otros antes y después, Giovanni Papini por citar uno, propuso convertir las Escrituras en un campo de lectura creativa, de búsqueda interior, sin interpretadores oficiales que designen un significante madre.

Así lo confirma un pasaje de la novela de Kazantzakis donde, antes de irse al Monte de los Olivos, Jesús reclama a sus discípulos:

Yo digo una cosa y vosotros escribís otra… ¡y los que os leen comprenden otra distinta! Yo digo: cruz, muerte, reino de los cielos, Dios, ¿y qué comprendéis? Cada uno de vosotros pone en esas palabras sagradas sus pasiones, sus intereses, en suma, lo que le conviene, y mi palabra desaparece, mi alma se pierde… ¡ya no puedo soportar esto! (p. 370).

En el reverso de ese lamento se vislumbra la verdad: la lectura es algo que le concierne a cada uno y a nadie más. En el clímax de la historia, Jesús agoniza en la cruz sin consuelo, de repente todo se congela... Vive en unos instantes –que a él le parecen años– la vida que hubiera llevado como hombre corriente, un carpintero casado y con hijos. No es una fantasía, pues, como si fuera un cuento borgiano, el tiempo se bifurca, un ángel lo baja de la cruz, le dice que Dios ya no quiere que sufra, y luego vive su vida en una dimensión paralela. En esa vida, tiempo después, se encuentra en la plaza con el apóstol Pablo, que está predicando sobre la muerte y resurrección de Cristo ante una muchedumbre anonadada. Indignado, se le acerca y lo exhorta a callarse llamándole mentiroso: Él nunca murió ni tampoco resucitó, es un hombre corriente que vive feliz. En ese momento, ese Pablo malévolo ofrece la mayor subversión respondiéndole:

“No me callaré. […] Me burlo de las verdades y de las mentiras, de que hayas sido crucificado o no lo hayas sido. A fuerza de obstinación, pasión y fe, forjo la verdad. No me esfuerzo por hallarla; la fabrico. […] Es necesario, ¿entiendes?, es absolutamente necesario que tú seas crucificado para que el mundo se salve, y yo te crucificaré, lo quieras o no; es necesario que resucites, y yo te resucitaré, lo quieras o no. […] Grita cuanto quieras, si ello te divierte. No me inspiras temor y, además, ni siquiera te necesito ya”. (pp. 424-425). 
 
Lo que Pablo le está diciendo es “no te metas, no te incumbe, pues ésta es mi propia lectura, y ésta es la que les ofrece consuelo a los desdichados, ¿qué importa si es verdadera?, funciona”. Pablo corta la soga imaginaria, su lectura es tan válida como cualquier otra, tiene su propia consistencia. Finalmente le restriega estas palabras a Jesús:

“Seré tu apóstol, lo quieras o no. Te fabricaré una vida y fabricaré tu enseñanza, tu crucifixión y tu resurrección según yo las entienda. No te engendró José, el carpintero de Nazaret, sino yo, Pablo de Tarso. […] ¿Quién te pide tu opinión? No necesito de tu permiso. No tienes derecho a mezclarte en mi trabajo”. (pp. 425-426).

¡Poderoso pasaje! Kazantzakis esboza así una crítica estremecedora contra los intermediarios que utilizan su lectura canonizada de las Escrituras para auto-legitimarse como autoridades. ¿Acaso no es el rol de ese Pablo el que juega la Iglesia? Dostoievski lo denunciará a su modo en otra novela memorable. No es un gran misterio. Hay que denunciar el carácter impuesto de las lecturas institucionalizadas de las Enseñanzas de Jesús, y de cualquier otro texto. Todo libro invita la pluralidad de prácticas de lectura. La condición es tener presente que una lectura es algo que le concierne a cada uno, y se pierde el sentido de libertad cuando se pretende imponer a otros nuestras propias lecturas, peor aún cuando se confeccionan actas, protocolos de lectura y mandatos de formas de vivir en torno a ello. Una novela no siempre es sólo una novela, a veces es un vehículo para golpear con un martillo los puntos muertos de la tendencia. Que sea el mismo Kazantzakis el que cierre la nota. La hoja es suya amigo lector.   

Hemos visto el círculo más elevado de poderes en espiral. Le hemos puesto de nombre a este círculo Dios. Podríamos haberle puesto cualquier otro nombre que quisiéramos: abismo, misterio, oscuridad absoluta, luz absoluta, materia, espíritu, esperanza última, desesperanza última, silencio. Pero no olvidar jamás, somos nosotros quienes le ponemos el nombre.