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lunes, 13 de febrero de 2012

RESEÑA DEL LIBRO "DELEUZE, EL CLAMOR DEL SER", DE ALAIN BADIOU





En las últimas décadas se han escrito varios libros, tesis y monografías sobre la filosofía de Gilles Deleuze (1925-1995), haciendo que aquel grito de Foucault, "algún día el siglo será deleuziano", retumbara con mayor cercanía. De todos modos esa nunca fue más que una contraseña entre amigos. Lo que habría que decir de entrada respecto de los libros que se escriben sobre Deleuze, es que deben abordarse siempre como productos que conciernen a sus autores, y no a Deleuze, puesto que o bien han tratado de explicarlo sistemáticamente o bien se han puesto a dialogar con él; pero Deleuze está en otra parte. Cuando unos periodistas le preguntaron en una ocasión a Deleuze por qué había escrito un libro sobre Foucault, les respondió que, en primera instancia, había sido por necesidad, por la falta que le hacía después de su muerte, y también por intentar hacerlo hablar una vez más. En lo concreto, se trataba de seguir con la vieja estrategia, hacer que sea la fuerza Foucault la que presionara su pensamiento, trazar una línea diagonal desde las problemáticas de Foucault hasta las suyas, y ver qué se producía en el espacio entre. Esto puede entenderse como un devenir-Foucault-de-Deleuze, o un devenir-Deleuze-de-Foucault, como lo han hecho notar ya otros autores. En el caso de este libro titulado Deleuze, el clamor del ser, el efecto es similar, y la pregunta que se podría hacer a Alain Badiou es parecida: ¿Por qué escribir un libro de este tipo sobre Deleuze? En sus páginas se respira un poco de reproche, un poco de impotencia, también algo de admiración, pero se trata sobre todo de "un enemigo" escribiendo desde el otro lado de la barda. Él responde a esta interrogante en la primera parte: “para mí es como una gran última carta póstuma”. Es también lo que le hubiera gustado decirle acerca de las cuestiones que admiraba en el pensamiento del autor de Lógica del sentido, pero también de las cuestiones con las que nunca llegó a estar de acuerdo. Fiel al proyecto nietzscheano, Deleuze intentaba salir de la trascendencia platónica a partir de la postulación de la univocidad del ser, mientras Badiou intenta fundar un platonismo de lo múltiple, cuestión que los aleja en diversas líneas, y que es el hilo conductor de esta obra[1].

Acerca de Badiou
Alain Badiou (Marruecos, 1937) es un filósofo, dramaturgo y novelista francés. Imparte cursos en el Collège international de philosophie. Fue discípulo de Louis Althusser, el cual lo influenció fuertemente en sus primeros trabajos epistemológicos. Entre sus obras más destacadas están: “Teoría del Sujeto" (1982), “Manifiesto por la filosofía” (1989), “La ética” (1993), “Deleuze, el clamor del ser” (1997), y Circunstancias (2004). Su obra principal es sin embargo, “El ser y el acontecimiento”, que salió a la luz en 1988, donde defiende las matemáticas como la verdadera ontología, o "la ciencia del ente en cuanto ente". En 2006 publicó su segunda parte, “Logique des mondes. L'être et l'événement 2”. Ambos libros sobre el acontecimiento vinieron acompañados de dos publicaciones menores, que fueron los Manifiestos por la filosofía. 

Lectura a contracorriente
En “Deleuze. El clamor del ser”, Ed Manantial, Badiou presenta algunos principios generales que, considera, deben gobernar el examen de la filosofía deleuziana, y que, siendo fieles a su espíritu, están alejados de la doxa que se constituyó a su alrededor. Es también un intento por entrar en el corazón del pensamiento de Deleuze a partir de una afirmación que éste hizo en Diferencia y repetición: “nunca hubo otra proposición ontológica: el Ser es unívoco”. Badiou piensa que es ésta condición del ser la que determina todo el recorrido deleuziano por la historia de la filosofía: “allí se encuentran sus camaradas, sus apoyos, sus casos de pensamientos privilegiados, quienes sostuvieron explícitamente que el ser tenía una sola voz. Duns Scotto, los estoicos, Spinoza, Nietzsche, Bergson…” Es sabido que a partir de estos filósofos laterales en la historia de la filosofía Deleuze desarrolló un estilo indirecto, logrando hacerse indiscernible a sí mismo, y evitando las condicionantes del discurso que aluden al ¿quién habla? Esto es así porque no eran repeticiones ni interpretaciones, sino producciones por presión, sobre Deleuze, de lo que a través de ellos, hacía caso de otra presión, de otra coacción. Nos sentimos tentados a decir que en este libro le pasó lo mismo a Badiou que, al parecer, no pudo evitar experimentar con la estrategia deleuziana, pues al escribirlo, encontró también una manera de hacer saltar, en su pensamiento, las fuerzas impersonales que lo poblaban, y que se veían forzadas a salir bajo la presión de la fuerza-Deleuze[2]. Y el resultado es particularmente interesante, pues lo que surge es una nueva afirmación de la diferencia, un chispazo. Todos sabemos que en el pensamiento de Foucault, Guattari, Allez, Hardt, etc., se pueden encontrar referencias muy favorables y esclarecedoras acerca del pensamiento de Deleuze, precisamente porque se movían dentro de una frecuencia imperceptible de afinidad, y en cierto modo esto los hacía cómplices, los unía hacia una línea convergente. Pero en el caso de Badiou, lo que encontramos es el producto de una divergencia, de un marcado contraste, y de las referencias opuestas que Badiou tiene: Platón, Hegel Husserl, a partir de las cuales ensaya una defensa contra Deleuze; lo acusa, por ejemplo, de no haber podido hacer otra cosa que dar vueltas en torno al platonismo pues, habiendo tratado de invertirlo, produjo el mismo efecto que se logró con Hegel, cuya inversión por parte de Marx significó el soporte para una larga perpetuación. “Deleuze propuso desde luego el anti-platonismo más generoso, el más abierto a las creaciones contemporáneas, el menos destinal, el más progresista. Solo le faltó terminar con el propio anti-platonismo” (p. 140). De este modo, la vieja pregunta “dime que piensas de Platón y te diré quién eres” es usada como una linterna para explorar en el proyecto filosófico de Deleuze.
            Badiou plantea algunas cuestiones discutibles, algunas paradojas, pues le parece que Deleuze reivindicó, de manera doctrinal y condicionada, la continua liberación del pensamiento. “Solo tenía una pasión intelectual auténtica: proseguir su obra de acuerdo con el método intuitivo y riguroso que había fijado de una vez por todas. Sin duda hacia falta la infinita multiplicidad de casos que componen la vivacidad de la época, pero sobre todo la tenacidad incomparable de su tratamiento uniforme, bajo la terrible ley de la univocidad del ser” (p. 133). En este punto Badiou encuentra un procedimiento inflexible en la obra de Deleuze, que hacía aceptar la diversidad, pero solo en cuanto le servía sin retocar sus iniciales convicciones. 
“Su bergsonismo refinado termina dándole la razón, en última instancia, a lo existente. La vida hace posible la multiplicidad de evaluaciones, pero ella misma no puede ser evaluada. Podría decirse que no hay nada nuevo bajo el sol porque todo lo que pasa es solo una inflexión del Uno, eterno retorno de lo Mismo. Puede decirse igualmente que todo es constantemente nuevo, ya que el uno vuelve indefinidamente, en su contingencia absoluta, a través de la perpetua creación de sus propios pliegues” (p.145)
De todo lo que se dice en esta obra se puede objetar que es cierto solo en parte, que se pierde a momentos en los pedidos por compromisos que le solían hacer a Deleuze algunos “intelectuales” o representantes de escuelas, manteniéndose atrapados en la interpretación de las interpretaciones, mientras Deleuze se mantenía impávido sin atender ni conceder, limitándose a decir: “las cosas que hicimos son como cajas de herramientas, los que quieran usarlas, allá ellos, nosotros ya estamos en otra parte” En favor de esta aproximación de Badiou habría que decir que no ha confeccionado una pura formalización de sus desacuerdos con Deleuze, menos aun un homenaje, pero sobre todo ha dado vida a una provocación, una invitación para pensar a partir y en contra de Deleuze. 
Epílogo
El último capítulo del libro es especialmente bello, pues nos deja esa sensación que ya presentíamos: Deleuze nos impulsa, sin prometer nada, a que nosotros también nos liberemos de nuestras cadenas particulares o locales, a que hagamos algo de las imposibilidades que nos amaniatan, a que convirtamos los obstáculos en medios. Interesante acercamiento de Badiou, tanto para los lectores que con este libro quieran alimentar sus posiciones de confrontación con Deleuze (y con los llamados “pensadores posmodernistas” en general), como para los que quieran profundizar en su obra abiertamente y sin contemplaciones.

Por: Jorge Luna Ortuño 
(Agosto 2008)


[1] Por ejemplo, en la vía de la univocidad del fundamento, Badiou considera que el concepto de virtual ocupa un lugar estratégico en la obra de Deleuze, y a la vez, es el concepto que los separa más abruptamente
[2] Badiou observa en el prólogo a la edición castellana de “El ser y el acontecimiento”, que esta obra le sirve como reservorio de conceptos y métodos de pensamiento, y que extiende en su uso para precisar su concepción de la filosofía. En el caso de Deleuze, la estrategia es el contraste, no tanto para explicar a Deleuze, sino para afirmarse a sí mismo.



jueves, 12 de enero de 2012

AVATAR, Spinoza y la hereje inmanencia



Por: Jorge Luna Ortuño



      El film más exitoso del 2010 fue Avatar, aunque se haya llevado muy pocos de los Oscars para los que estaba nominado, a nivel de ganancias incluso dos años después le siguen reportando enormes regalías al bolsillo de su director James Cameron. Él lo ha dicho, la segunda parte está en camino, se la espera para verano de este año. Dejando de lado la expectativa y las especulaciones que genera la secuela en el horizonte, nosotros quisiéramos recuperar la actualidad de este film desde otro lado, retomando la polémica que provocó en su momento, con repercusiones que no dejan de afectarnos, críticas de diversos sectores, pero sobre todo de la Iglesia Católica, que se sintió contradecida y hasta ofendidad por la película de James Cameron. Todo ello se diluyó con el tiempo, pero todavía llaman la atención las ácidas críticas de rechazo que el Vaticano hizo escuchar, casi un repudio unánime, por lo menos a nivel oficial. L'Osservatore Romano y Radio Vaticana criticaron el film por “acariciar doctrinas modernas que promueven el culto a la naturaleza como sustituto de la religión”; sus reseñas consideraron superficial y peligroso el mensaje ecológico que difunde: “Avatar está inundado de un espiritualismo vinculado al culto a la naturaleza''; “le guiña un ojo a las seudo-doctrinas que convierten la ecología en la religión del milenio''; “postula a la naturaleza ya no como una creación a defender, sino como una divinidad que adorar'', etc. Claro, es que no se trata de "sólo una película", sino de la difusión de una visión de la relación con la naturaleza que se propaga exponencialmente gracias al cine. 


Hay que leer a Avatar como una muy buena aproximación a la idea spinoziana de la naturaleza y el encuentro entre culturas para entender esta animosa crítica de la iglesia. Los duros ataques que esta misma iglesia le propinó a Baruch Spinoza (1632-1677) a causa de su filosofía liberadora, una filosofía de la inmanencia que no dejaba ni un resquicio para la entrada de la trascendencia, nos resuenan hoy con fuerza cuando encontramos estas "nuevas" quejas de la Iglesia en pleno siglo XXI.

No es un secreto que la Iglesia Católica se desenvuelve en el entorno social de una manera tibia, neutral al punto de no decir nada, de no intervenir sino de aprobar, invocando siempre las mismas palabras rimbonbantes, "justicia", "dios", "amor", "democracia", etc., sin provocar mayor efecto en una configuración social. Queda también a la vista el hecho de que sólo sabe salirse de ese formato de acción cuando ve que sus intereses y sus posibilidades de control corren peligro, como por ejemplo cuando el gobierno quiso instruir que sus instituciones educativas paguen impuestos. Por lo demás la Iglesia no se compromete con nada ajeno, y en cuanto al cuidado de la naturaleza su posición no es diferente. En el pasado el papa Benedicto XVI se ha referido varias veces a la necesidad de proteger el medio ambiente, pero advirtiendo sobre “los peligros del neo-paganismo que intenta convertir la naturaleza en una nueva divinidad''. Y en un mensaje por el Día Mundial de la Paz, el Pontífice reiteró sus advertencias contra cualquier noción que equipare a un ser humano con otros seres vivos: “esas ideas abren el camino a un nuevo panteísmo matizado de neo-paganismo, que vería la fuente de salvación del hombre en la sola naturaleza''. En esas intervenciones, una vez más, lo único que le interesaba a la Iglesia era recalcar su papel de intermediadora legítima y legitimadora, dado que no tendría ésta ningún sentido si cada uno de nosotros pudiera dialogar con Dios en relación directa con la naturaleza, siendo que Dios y la naturaleza serían una misma unidad. Bueno esta es la idea que Avatar recupera y la hace parte de su trama, una posición frente a la naturaleza como divinidad que se discute en las plataformas de lucha ecológica. 

Una filosofía inmanente
En primera instancia, Avatar se presenta como un campo de prolongación de la vieja batalla que ha librado la Iglesia contra las doctrinas panteístas. Y nos hemos referido a  Baruch Spinoza porque ha sido usual en la época moderna considerar su filosofía como el más eminente y radical modelo de panteísmo. El pecado de Spinoza fue identificar a Dios con la naturaleza en un tiempo en que los libros tenían olor a claustro evangélico. En su prodigioso libro Etica especifica el conocimiento de la naturaleza, como el objetivo más alto que se puede alcanzar; no con un conocimiento de contemplación o especulación, sino que esté al nivel de poder captar la mayor cantidad de cosas, asimilar las leyes que rigen las relaciones, saber aquello que conviene y no conviene al propio cuerpo. Conocer la naturaleza equivale a volver al cuerpo susceptible de ser afectado del máximo número de maneras posibles, lo cual pone al dueño de este conocimiento en posición de establecer solamente relaciones convenientes. Esto es lo que aprende el marine Jake Sully (provisto de su cuerpo avatar), cuando se introduce en la visión de la comunidad indígena de los Nav’is. En su primer encuentro con Neytiri, hija del líder, ella le recrimina por caminar por su territorio haciendo ruido, sin saber qué hacer, "torpe como un niño". Sin conocer su vínculo con la naturaleza, Jake se reconocía como algo externo a ella, luciendo como un perfecto extranjero. Neytiri le enseña que Eywa, la naturaleza, es una sola unidad que se manifiesta en todo lo que les rodea. La idea es entonces experimentar aquello que Spinoza ha afirmado: Dios y el mundo son una sola cosa: Dios es la naturaleza activa, y el mundo es la naturaleza producida. 


 De ahí que el mayor de los conocimientos que puede alcanzar el hombre, el que le permite alcanzar la libertad y la felicidad, es aquel que lo identifica con la naturaleza en tanto que se comprende finalmente como parte del todo. Y es esta idea de unidad la que se vive en el mundo de los nav’is. A medida que avanza la trama comienzan a desencadenarse devenires-animales, conjugaciones, relaciones intensivas, intercambios de fuerzas. Jake dice en su bitácora: “Neytiri siempre habla de la energía que fluye en los animales espirituales. Ella dice que hay una energía que fluye a través de todos los seres, que es solamente prestada y que tendremos que devolverla algún día”. El todo se revela así como una gigante red de energía, un verdadero rizoma, en palabras de Deleuze-Guattari. Esa especie de aves gigantescas que vuelan a grandes alturas, denominadas Ikrans, se convierten en prolongaciones del cuerpo-avatar de Jake cuando los monta. Cada uno de los guerreros puede cabalgar el que le corresponde y dirigirlo sin decir ni una palabra; Jake aprende también que todos pueden conectarse con Otraya Morki, el árbol de las almas, y escuchar las voces de los antepasados. Es prácticamente un árbol sagrado al que se dirigen con sus oraciones.

 Sin ir muy lejos, el mismo cuerpo-avatar de Jake Sully es una prolongación de su cuerpo humano, a saber, de su sistema nervioso. Pero Jake llega a tener mucho más que ver con esa comunidad indígena; no se trata de la conexión que uno tiene en un video-juego hiperrealista con su cuerpo avatar. Mientras las detestables fuerzas armadas y el grupo de científicos definen la comunidad de los Omaticayas como lo Otro –“altamente hostiles y peligrosos”, “monos azules que le rezan a las plantas”–, Sully atraviesa una experiencia mucho más intensa que la de un investigador que se camufla para tomar muestras. Al principio imita sus maneras, aprende a hablar y moverse como ellos, pero luego es arrastrado hacia un devenir con ellos. Es una visión contemporánea de las novelas de Kafka, el mono que imita la hombre, pero n por imitarlo, sino por encontrar una salida. Y al igual que Gregorio Samsa, que tuvo que metamorfosearse en un insecto para escapar a la opresión de su familia y de la burocracia, Jake encuentra su única salida en un devenir-nav’i con el que se fuga del sinsentido de su vida, del vacío en el que ha caído su mundo, donde es un inválido, pero además donde siente el peso de la nada, la cultura del vacío, de las cervezas light, de las armas de destrucción masiva, y también de los escepticismos exacerbados.

Ni siquiera es necesario discutirlo, convenimos en que la historia de esta película deja hilos sueltos, ciertos vacíos, pero entre todas las críticas que cabría hacerle, la más llena de resentimiento, de percepciones arcaicas y de neblina ideológica es la que hace la Iglesia Católica. 



Nos sentimos tentados de decirlo. La estrechez santificada de la Iglesia puede todavía conformar a muchos hombres a los que tiene sumidos en el más largo sueño. No es un drama. Después de todo quizás el asunto de la singularidad de la vida consista en elegir qué tipo de sueño se ajusta más para cada uno, cuál permite acoplarse mejor a una visión ordinaria del mundo. Pero es sólo cuestión de tiempo, no hay nada que ofrecer a cambio, a cada uno le corresponderá su momento de rasgar la tela y abrir los ojos, aunque sean los ojos del espíritu. Parafraseando a Jake Sully al terminar la película: “Sooner or later, you always have to wake up”.


Nota.- Este artículo, sin algunas de las modificaciones aquí introducidas, fue publicada en el periódico boliviano Cambio en junio del 2010.