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sábado, 4 de julio de 2015

CRÍTICA A LA FERIA DEL LIBRO DE SANTA CRUZ – PARTE I


Por: Jorge Luna Ortuño

I

La Feria del Libro que se realiza en la Fexpocruz año tras año es un espejo más o menos fidedigno de la actualidad cultural e intelectual de Santa Cruz. Por el lado negativo, refleja el vaciamiento ideológico, la irrelevancia, además de cierta banalidad de contenidos y los juegos de vanidades que se observan con frecuencia en sus distintos espacios de cultura, salvo excepciones puntuales. Por el lado optimista, refleja una energía latente en segmentos importantes de la ciudadanía cruceña, la cual busca la forma de emerger y canalizar su sed de arte, cultura y conocimiento en formas articuladas.

La versión XVII de la FIL 2015 se realizó entre el 27 de mayo y el 7 de junio. La organización estuvo dirigida por la nueva presidenta de la Cámara del Libro de Santa Cruz, la promotora de lectura infantil Sarah Mancilla, quien se mostró siempre entusiasta y llena de intenciones positivas para la realización de esta cita. De entrada se evidenció una apuesta más fuerte por la elaboración de una campaña publicitaria, pero lastimosamente con un criterio simplista muy escaso de ideas. Ya el Spot Oficial que presentaron días antes fue el augurio de la decepción que resultó esta nueva versión.  El Spot está disponible en el canal “Fil Santa Cruz” en YouTube, el lector juzgará por sí mismo.




Es cierto que podríamos también ser diplomáticos y quedarnos callados, y conformarnos porque niños y adolecentes de diversas escuelas –es decir los públicos cautivos que asisten por acuerdos con los directores– colorearon con su presencia los pabellones del campo ferial. Pero sucede que en los medios de prensa cruceños, como El Deber, que coadyuva en la organización, y en general alrededor de la Cámara del Libro local, se observa una llamativa falta de autocrítica, como si existiese un pacto de complacencia entre ciertos actores de la escena local cultural y mediática. Sin embargo, con ello sólo se contribuye al montaje de una escena mediocre que nunca podrá despegar. Tampoco estamos seguros de que sea especialmente alentador que en una ciudad con más de 2 millones de habitantes –consumidora por excelencia de las ferias– una feria del libro haya recibido 100000 visitantes en diez días de oferta.  Pero en los medios locales se publica la noticia en son de que ha sido un “éxito rotundo”, declaración ya clásica de los funcionarios de la Cámara del Libro en el final de cada versión.

Hace falta darse cuenta que una crítica honesta a este tipo de solapamiento es la única forma de amar a Santa Cruz y de conectarse con su reservorio pleno de posibilidades por venir. Al respecto, me han contado de la existencia del libro de un arquitecto americano llamado Buckminster Fuller, titulado Manual para gestionar la nave espacial Tierra, en el que propone el concepto de una nueva arquitectura, de un nuevo paradigma de coherencia constructiva al que llama "tensintegridades". Esta palabra es un híbrido construido por los términos tensión e integridad. “Las "tensintegridades" son arquitecturas en las que el conjunto se aguanta por la sinergia de elementos que en el fondo no están juntos. Las fuerzas que quieren crear el hundimiento del sistema son las que, de alguna manera, lo mantienen en pie.”[1] Así también debe funcionar la crítica afirmativa, que aparentemente conspira en contra, pero en realidad funciona para sostener lo que sin ella sólo se tambalearía.   


Crítica a una feria del libro en el extranjero

Sobre una feria del libro chilena y la venta de libros escolares



[1] Citado por Peter Sloterdijk en una entrevista con Fabrice Zimmer.  Publicada en Magazine Littéraire, mayo de 2001.

martes, 3 de diciembre de 2013

PARA HOJEAR DOS FERIAS DEL LIBRO EN BOLIVIA (II)



Para efectuar una crítica y pensar el levantamiento de un espacio que amplíe nuevas prácticas de lectura, no es necesario desacreditar por completo al enfoque que siguen las ferias del libro en Bolivia. El descontento ya existe y siempre va a existir porque el descontento es parte de la idiosincrasia del boliviano. No obstante, esto no nos libra de la necesidad de pensar esta sensación de inconformidad. Me sorprendió encontrarme con manifestaciones de varios internautas que muestran su inconformidad por distintos medios, desde los tradicionales hasta las redes sociales. Sin embargo, noto que la mayoría de los comentarios adversos se centran en la cuestión de los no tan amigables precios de los libros en las ferias, y luego en el hecho de que gran parte de la oferta sean libros de superación personal. Otros, los menos, se quejan de que ofrezcan libros de segunda mano en algunos stands. 

La crítica que me planteo se centra en otros aspectos que considero más "centrales", por así decirlo, y evito aquí usar la tan mentada expresión "temas estructurales", pues en el raquítico mundo de la política boliviana esa noción se ha devaluado. Digo en cambio centrales porque tienen que ver con el enfoque alrededor del cual se rayan los radios de la circunferencia que llamamos feria del libro. No se le puede pedir a un caballo de carga que sea un excelente competidor en la pista; con la feria del libro pasa algo parecido, no es un espacio que se caracterice por una exigencia de criterios que sirvan para idearlo, es más bien un espacio de "acceso democrático", "exposición popular", lo cual, se cree equivocadamente, otorga licencias de organización débil en cuanto a la propuesta.  



Breve rodeo
El mes de octubre de este año se llevó a cabo la Feria Internacional del Libro de La Paz, y la Cámara del Libro de esa querida ciudad me invitó a una mesa donde se conversaría sobre la relación entre periodistas y el libro. En la ocasión conocí a Ernesto Martínez, gerente general de la librería Martínez Acchinni, hombre atento e inquieto; era él quien coordinaba nuestra mesa, en la que también fueron invitadas las periodistas Liliana Carrillo y Mabel Franco. 

Dicho y hecho, fue de ese modo que pude participar de la feria de este año, realizada en el nuevo campo ferial Chuquiagomarca. Aquel sábado por la mañana, 12 de octubre, a medida que el día se iba entibiando con la salida del sol la temperatura de nuestra conversación también iba subiendo en interés y en deseo de participación. Nadie hizo una ponencia ni tampoco nos sentamos en una mesa en la testera, en realidad todo fue espontáneo, aprovechando la buena onda de Ernesto sugerimos sentarnos en un círculo con los pocos asistentes que habían al principio, y poco a poco ese círculo se fue ensanchando con los que llegaban. Se terminó un nutrido grupo. Estaba presente el presidente de la cámara del libro, Jorge Luis Rodríguez, además de una representante del área de bibliotecas en Sucre, lástima que no alcancé a saber su nombre; entre los entusiastas también más de un profesor de colegio, periodistas, algunos estudiantes, y gente afecta al libro. 

Aquel día llevé un ejemplar de la Revista Ñ, de Clarín, que toca temas de filosofía, arte contemporáneo, libros, cine, danza, y todo el mundo relacionado con la cultura. Me interesaba plantearla como modelo de trabajo. Aunque no me lo había propuesto al aceptar la invitación, me incliné por remarcar que hace falta un elemento aglutinante de cohesión en el sistema que rodea ese producto que llamamos libro. Me explayé en algunas ideas y no tardaron en aparecer algunas resistencias, que fueron de lo más útiles. 

Jorge Luis Rodríguez defendió la idea de que la feria del libro tal como la realizan en Santa Cruz es muy exitosa y positiva, y basaba su argumento en el dato de que una empresa a la que habían contratado les había hecho un estudio, que resultó en la halagadora cifra de más de 100000 visitantes registrados en la última feria de este año, un nuevo récord decía con orgullo. Rodríguez señalaba además que tenían comentarios muy satisfactorios de los diferentes expositores, dada la cantidad de libros que vendieron, y que al parecer colmó las expectativas de varios. Me parecía necesario marcar una diferenciación: una cosa es que se registren visitantes, incluso que se vendan libros, y otra es que dicha feria sirva realmente para potenciar la lectura en una ciudad. No son los métodos cuantitativos los que pueden decirnos cuánto se aprovechan los libros vendidos de un año para el otro, o si generan algún nuevo tema de interés en la agenda política, si conmueven, si levantan algún polvo, o llaman la atención sobre temas olvidados. 

Aquí es donde arranco, porque una Bienal de Lectura, como la planteamos, se debe a la ciudad que la acoge. En esto es similar al enfoque que Justo Pastor Mellado postuló para la Trienal de Arte Contemporáneo de Santiago hace ya unos buenos años. Una Bienal de Lectura es un espacio de trabajo con ideas, desea intervenir una escena determinada. Intervenir es afectar, irrumpir, modificar un estado de cosas existente, como diría Reinaldo Laddaga. Intervenir también es conectar necesariamente. 

Pero el riesgo de algunos eventos ferias y festivales es que no tienen conexión con la ciudad en la que se realizan, no se vinculan con los problemas de la escena, repiten lo que se hace afuera, y terminan siendo una especie de carpas postizas. (¿Acaso el Siart 2013 no ha caído también en esta debilidad a favor de su gusto por la animación cultural?) Se ocupan demasiado de cuidar el ego de algunos autores conocidos de la ciudad, los convierten un poco en invitados de piedra por haber publicado algunas cosas con relativo éxito en el pasado. Y las editoriales ya consolidadas hacen lo que ya saben bien, exponer sus estrenos, hacer un par de charlas...

Para evitar este carácter postizo me gusta retomar el concepto de Campaña de Vacunación, es siempre interesante trasladar algunos términos de la jerga médica al campo de la lectura. Una Bienal de Lectura, que es un espacio temporal que se instala en la ciudad, no va a cambiar definitivamente aquello que se mantiene gracias a la idiosincrasia recelosa de la gente de cada lugar. Pero al menos buscamos proveer de una nueva inmunidad, antídotos para virus específicos, desarrollo de ciertas capacidades puntuales y de una resistencia en lectores. En última instancia, cuando se dice que una feria del libro debería estar construida alrededor del lector, lo que decimos en el fondo es que debe ante todo estimular la existencia del escritor, la curiosidad por la escritura... No es una equivocación, pues el mejor lector de todos, es decir, el más atento y creativo, es al final de cuentas el que escribe. No hablamos de escribir bien o mal, simplemente escribir. Como decía Jesús Urzagasti, se escribe o no se escribe, esas son las dos posibilidades. El escritor nace como posibilidad en el trayecto de sus lecturas. Ponerse a escribir es el siguiente paso. ¿Qué harían las editoriales y las imprentas si no hubieran más escritores? Volver a publicar a los clásicos, esa siempre es una opción popular. Pero como en toda industria, acá también se mueven en torno a la novedad, necesitan de ella para tener alguna relevancia. 


Una Bienal de Lectura se debe al lector. Está compuesta por más de un bloque. Por un lado existe un bloque de exposición de obras, ese espacio donde uno necesita curiosear, ver qué hay de nuevo, qué sigue, hojear, dejarse llevar. Luego existe otro bloque de transferencia. ¿Qué se busca transferir en última instancia con la lectura? No es la lectura por la lectura misma solamente. Se trata de lo que viene con ella. En este bloque problematizamos algunas cuestiones, como por ejemplo que no hay necesidad alguna de darle un trato privilegiado al libro. Cuando decimos "lector" no nos referimos al que lee el texto escrito solamente. También se leen imágenes en movimiento, sin que esto convierta a nadie en crítico de cine necesariamente; se lee cuadros de pintura, que gozan de su propio movimiento inmóvil, por así decirlo; se lee también juegos, partidos de fútbol, momentos específicos de una situación, pues de lo que se trata es de aprender a estar presente en el momento, conectado. En este punto un gran estímulo ha sido el libro Prácticas de lectura, dirigido por Roger Chartier. 

La crítica
Volvemos, como si se tratara de un avance en círculos, a lo señalado en el inicio. Deseamos esbozar una crítica que toque temas centrales. Es cierto que rebajar el precio de los libros por efecto de la nueva Ley del Libro y la Lectura es una medida positiva para los lectores. No es una medida decisiva sin embargo, solamente es una arista dentro de una estrategia de incentivo de la demanda. Si ese fuera el caso nuestras bibliotecas municipales estarían repletas de lectores de escasos recursos, pero no es ese el caso; la mayoría sólo van a leer el periódico del día. Por otra parte, el internet ya es una herramienta al alcance de un amplio público, las lecturas y la información están a nuestro alcance más que nunca. Pero lo que falta es guiar la lectura, enseñar a cada uno a crearse un mapa, líneas de orientación, qué es lo puede valer la pena y qué no en esta inmensa cantidad de información disponible para ser descargada. La cuestión no es tanto acceder a los libros ni buscar conocimiento, sino comprender más lo que se conoce o lo que se lee.

Convengamos que cuando se expone libros no es lo mismo que se plantea para una feria de ropas o de maquinaria; los libros no vienen con manuales de uso ni se confeccionan por tallas. La Feria del Libro debería servir cada año para incentivar la demanda de lectura, producir más lectores, estimular los usos creativos del libro. Pues cabe preguntarse ¿qué hacemos con lo que leemos al final de cuentas? ¿Qué impacto creativo logran en el transcurso del año las 15 novelas fundamentales del país insertadas a los contenidos escolares? Las Cámaras del Libro se equivocan en tomar como centro de sus operaciones al libro en tanto que producto cerrado en sí mismo, pues el libro es un artefacto engañoso: pese a verse como algo acabado y completamente autónomo, con bordes bien delimitados, la realidad es que funciona en red, no tiene principio ni fin, es un engranaje textual dentro de una maquinaria extra-textual mucho más grande. Bastante de aquello que da lugar a un libro está fuera de él, y al alcance de todos, pero es como si unos ojos perezosos se empecinaran con observar el dedo que apunta a la Luna. 



Pensemos lo siguiente: ¿para qué sirve una universidad de artes marciales por internet? El ejemplo concreto es la Gracie University. Los detractores le critican que no puede enseñar realmente un arte de combate a través de vídeos dentro de una curricula diseñada gradualmente, pues el practicante debe ante todo aprender en el contacto con otros en el gym. Pero lo que no todos ven es que la Gracie University capta la atención de un público que está más habituado a frecuentar el internet antes que visitar gimnasios, y que muchas veces los internautas viven en ciudades donde no existen clases presenciales de Gracie Jiu Jitsu. Se trata entonces de una compensación frente a una falta de algo. La plataforma sirve para hacer llegar una información de excelente calidad a un lugar desprovisto de esa información. Pero además, gracias a su formato ágil y perfeccionado, incentiva demanda, la Gracie University produce nuevos estudiantes, que después de interesarse en aprender el arte van en busca de un profesor para tener clases presenciales paralelamente. En otras palabras, la plataforma por internet sirve para aumentar la población de practicantes de artes marciales, sin importar si beneficia a un gimnasio local en particular más que a otro.  

Lo mismo debería pensarse para una Feria del Libro. Los expositores se reúnen porque aceptan la idea de que entre todos pueden generar un mayor interés entre la población, logrando un momentum más grande del que lograrían por sí solos. Pero entre ese aglomeramiento hacen falta criterios de conexión que den sentido. La organización se confunde al olvidar que cada libro vale y tiene relevancia en función de sus conexiones con el afuera, lo que está fuera de su marco, lo Actual. Estas conexiones deben ser exploradas, y esto se hace en espacios de trabajo que ofrecen referencias al lector, debe exigirse algo del lector en lugar de promover la complacencia, pensar también en otro tipo de públicos que no se conforman con decir "ey soy un tipo cualquiera y sólo quiero distraerme un poco". Existen en nuestro país una serie de lectores bastante atentos y exigentes, que ya están hartos de los típicos espacios, no crea nadie que acá nos estamos metiendo el dedo a la boca. 

Aquí viene la segunda observación que le hice a las impresiones del presidente de la Cámara del libro de Santa Cruz y sus representantes. Ellos basan su respaldo en un balance cuantitativo de la feria, no preguntan realmente si se lee o no se lee después de la feria, y si el evento produce resonancias. Le dije ¿qué gana el estado de la literatura en la ciudad si el libro más vendido de la feria termina siendo un recalentado de superación personal para adolescentes? Desde el inicio de la feria se anuncia este libro, Manjar para el corazón del adolescente, como el próximo best seller, y terminada la feria, según su propio conteo que El Deber difunde con buena fe, ha sido el título más taquillero. El libro en cuestión es un producto colectivo de la editorial Comunicarte, básicamente es una copia del modelo de presentación de otros best sellers extranjeros de la línea "Como chocolate caliente para el alma", "Sopa de pollo para el alma" e "Historias de jóvenes exitosos". 

Ante esta observación Jorge Luis Rodríguez le restó importancia a la cuestión, me decía que no se trataba de datos oficiales, eran los números que cada stand hacía conocer, pero no necesariamente se trataba de una información dada a conocer por la Cámara del Libro. Sin dejar que se diluya el asunto, sugerí que no nos tomemos tan a la ligera el dato. ¿Qué significa? ¿Cómo interpretarlo? Mi posición era que deberíamos tomarlo como un síntoma: quizá nos dice más de lo que imaginamos acerca del público al que realmente convoca una feria del libro. ¿Hemos formado un público más cooperante de una feria anterior a la última? Mucha gente que acostumbra irse en familia con los chicos pequeños al zoológico a tirarle motes a los monos y las tortugas, cambia de lugar de visita y se desplaza a la feria del libro, muchos de ellos están tranquilos con distraerse, salir, pasear, comer algo en la plaza de comidas, y tal vez comprar un libro, en ese caso de lo que más escucharon, de los que conocen vagamente por el bombardeo mediático o la presencia en los puestos de libros piratas en la calle: un libro de Dan Brown, "ese que escribió El Código da Vinci, de ese documental que vimos en History Chanel ¿te acuerdas?..."; otro se pregunta ¿qué podrá encontrarse en el nuevo libro de cuentos eróticos de Carlos Valverde?; no se imagina muy bien qué podría decir sobre el tema el pelado, tan inmerso en el análisis político, y probable es que si lo compra en ese caso no sea sólo el libro que termine de convencerlo, sino más un tema de prestigio o de exposición ya previa del autor, leer algo de un conocido de la radio y la Tv que nos agrada, eso es otra cosa. Luego está el libro de superación personal, cosas prácticas, Cómo hablar bien en público, Los 13 secretos de la felicidad conyugal, El secreto, El queso sin queso, o con mucho queso... cosas por el estilo. 

Entonces, si una buena parte de los visitantes registrados en los días que se monta la feria del libro son estudiantes de colegio, muchos de ellos del ciclo de primaria, no extraña que el libro más vendido sea también un libro producido para ese público cautivo, que asiste por convenios con los mismos colegios, y al que se le dan clases de moral a diestra y siniestra sin necesidad de que sea sólo en la clase de religión. 

Se habla también de otros libros como Inferno y Cincuenta sombras de Grey. Son libros que vienen precedidos por una publicidad más fuerte, como por ejemplo que se vendieron muy bien en la reciente feria del libro de Buenos Aires. Tienen una mayor exposición en las mismas librerías locales que trabajan con cierta seriedad. Además son la apuesta principal de algunas de ellas, así lo anuncia El Ateneo días antes del arranque de la feria en Santa Cruz. 

En ese contexto, el trabajo de generar conexiones entre el libro recién publicado de un autor nacional con sus lectores potenciales es prácticamente nulo.  Más si se trata de un autor joven nuevo y peor si no escribe novela. Los mismos dueños de las editoras más importantes como Plural, El País, Gente Común, te dirán que no conciben un presupuesto especial para un departamento de marketing. Organizan una que otra presentación del libro eso sí, pero actuar de intermediarios no es su fuerte, no saben pasar la voz muy bien, no tienen presencia especial en los medios escritos, se conforman con aprovechar de los canales de exhibición ya establecidos, es decir, dejar los libros en librerías para que éstas expongan las novedades que les pasan en consignación. Pero las librerías tienen sus propios itinerarios y prioridades. La librería El Ateneo de Santa Cruz por ejemplo está mucho más involucrada en distribuir y exponer su colección de libros sobre Grey antes que mostrar los libros que le pasa Plural u otros sellos editoriales locales, tal como se evidencia revisando rápidamente sus anaqueles. Los medios de prensa por su parte publicitan lo que le canta las pelotas al coordinador de la sección cultural, no existe realmente un trabajo serio, interviene mucho el azar y lo que llega a las manos del periodista. Por si fuera poco, escasos espacios se destinan a las reseñas en suplementos culturales como Brújula, el único en Santa Cruz, y la mayoría sólo publican notas informativas, no hay mayor tratamiento.

Entonces, la gran falla es que existe un eslabón perdido en esta llamada cadena del libro. Las editoras no efectúan su trabajo de exponer la existencia de un libro a los públicos lectores, no se preocupan por incentivar la demanda del tipo de lectores que pueden interesarse en tal o cual libro. Pero le achacan al mismo lector boliviano la idea de que lee poco, alimentan la creencia de que en Bolivia se lee muy poco. Es difícil si el producto no llega, no se expone, y más allá, si no se crea un marco que estimule las condiciones mínimas de recepción de un libro. El escritor no puede decir algo y al mismo tiempo pasársela explicando qué ha dicho. Eso debe gestionarlo el editor, debe construir las condiciones de lectura de ese libro. Un seminario tal vez, un espacio de interacción, un conversatorio, una puesta en escena de ciertos problemas tocados en el libro, una intervención en los medios de tv, todo aquello que genere el clima de recepción adecuado, que sea como el aperitivo con el que los franceses preparan su estómago antes de un almuerzo. Dar por sentado el hambre del lector, entendido éste como una generalidad, es una pisada en falso; hay que buscar medios creativos para producir apetito, despertar el paladar y el sentido del olfato antes de presentar un plato. Eso no se entiende bien en Bolivia, y se achaca las bajas cifras de consumo de libros a los hábitos de la población. Existen muchos Poncios Pilatos en la cadena del libro en nuestro país.

Por tanto, ese espacio vacío y de escasa acción, debe ser ocupado por una Bienal de Lectura, pero conectada con otros dispositivos aledaños que se realicen a lo largo de la gestión. Cursos de lectura, de producción de ensayo, talleres de filosofía, de literatura, de cine... Luego una revista cultural y artística de calidad, que circule a nivel nacional, por ejemplo, intentando unificar la disgregación existente entre librerías y editoriales, editoriales y bibliotecas, autores y bibliotecas, etc. La revista es un espacio editorial a su vez, genera contacto entre los actores, promueve sinergias, sirve como espacio anterior y posterior para una feria del libro, promueve la continuidad, al análisis, el tratamiento de la noticia, la difusión de nuevos autores, de libros que deben retomarse.  

¿Qué de malo con los libros de autoayuda?
Cuando quise insistir en aquella mesa en la feria del libro sobre la cuestión de que no deberíamos creer que lo importante es leer por leer cualquier cosa, un profesor de colegio muy joven y aparentemente dinámico me refutó diciendo que procura que sus alumnos lean lo que les de la gana. No soy un pedagogo ni un especialista en trabajo con niños y adolescentes, pero en mi corto entender pienso que debe enfocarse la enseñanza de la lectura con responsabilidad. Al principio somos responsables del tipo de lecturas a las que exponemos a nuestros niños y jóvenes, también de los espacios en los que hacemos que lean, las poses que fomentamos al leer, y si relacionamos la lectura con un buen hábito, como el de cepillarse los dientes y tender la cama... o más bien si relacionamos la lectura con el juego, algo que requiere de creatividad y que es divertido. Entonces, somos responsables del gusto que ellos puedan desarrollar si hacemos leer diez libros a un curso de sexto de primaria y seis de ellos son de superación, de autores como Cuathémoc Sánchez, Paulo Coelho, Og Mandino, y otros. Esa es una lectura a la que ya están expuestos todos los días en las calles, los mercados y otros lugares. Lo interesante es exponerlos a libros que muy probablemente no habrían escuchado de otra manera en mucho tiempo, como aquellos que nos ha regalado Dickens, las obras de Tolstoi, Balzac, Kazantazakis, Zweig, Kundera, Melville, u otros más recientes como Miller, Beauvoir, luego Piglia, Onfray, Abraham...  

Más de uno pareció sentirse algo contrariado con la discriminación hacia los títulos de superación personal. Todo es lectura al final de cuentas, decía otra señora, a mí me encanta leer esos libros, sentenciaba. Claro que nadie puede decirle a otro lo que mejor le conviene. Pero si tenemos necesidad de diferenciar entre lecturas pobres y lecturas de alto vuelo no es por un afán elitista. Una Bienal de Lectura se maneja según ciertos criterios de discriminación que van en protección de su misma producción como evento. Si no tiene reparos en aplicar una operación de cernir con los títulos comerciales de superación es porque tiene objetivos formativos que determinan su eje. Una Bienal de Lectura no se organiza para fomentar los hábitos de lectura pobre ya enraizados en una escena local, al contrario, busca formar alianzas con los otros sectores que promueven ejercicios de lectura y de participación ciudadana mucho más interesantes y beneficiosos para la escena misma. Sucede que muchas veces lo que falta no son actores, sino el empuje para conectarlos; es la conexión entre diversos sectores que pechean su lucha a solas, y entonces una Bienal de Lectura aparece como espacio de convergencia. 

Lo cierto es que si alguien quiere ser mejor jefe, si necesita técnicas para no estresarse en el trabajo, si quiere ganar más plata en su negocio, si quiere aprender a seducir a una mujer, o volverse un líder, todo ello puede estar a su alcance sin que medie el cuidado y el amor por la palabra. No hay nada de literario en ello, se escriben manuales del éxito con el mismo estilo que se usa al redactar manuales de cocina, leer eso no es interesarse por el legado de la literatura universal, un cofre de riquezas que siempre se actualizan cuando un nuevo lector las apropia y aprende a leerlas. En cambio es posible que después de leer a Kafka incorporemos otras actitudes que favorezcan nuestra serenidad, o que la lectura de Platón nos produzca un placer inimaginable, haciéndonos más seguros de nosotros mismos ante la discusión de ideas, o que un Jesús Urzagasti narrando su En el país del silencio nos contagie de un irresistible sentido de humildad y aceptación frente a lo que se presenta la vida. Pero todo esto sucede de manera indirecta, no existe un lenguaje prescriptivo predominante, no hay nadie tan idiota como para dar lecciones de vida usando un lenguaje directo. El lenguaje más rico es indirecto, se busca maneras de decir cosas, pero es un acto creativo el que se impone, no el afán silvestre de decir "haz esto para tener esto".

Seguiremos...

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lunes, 22 de abril de 2013

LECTURA, VIDA Y FILOSOFÍA





Jorge Luna Ortuño - Filósofo

 El mundo de los libros es un mundo maravilloso, demasiado extenso para el tiempo de una vida. Y dentro de la gran biblioteca humana, la filosofía como área temática ocupa un importante espacio que será el legado de la especie en los siglos por venir. Pero no es la existencia de una impresionante cantidad de libros de lectura obligada lo que nos plantea un gran problema a los seres humanos; es decir, no es lo primero tener que lamentarse al darse cuenta que habrá un montón de ellos que desconoceremos, que será imposible leerlo todo. Pues lo más difícil, lo que realmente hace inimaginable el tiempo que necesitaríamos es el hecho de que las prácticas de lectura se renuevan constantemente, generación tras generación.

Hace poco leí en Internet que la firma japonesa Neurowear creó un auricular inteligente, llamado “Mico”, que permite controlar la lista de reproducción musical en función del análisis del estado de ánimo de la persona que lo tiene puesto. El equipo consta de unos cascos de música convencionales en los que va situado un sensor situado en la frente, y que es capaz de detectar las ondas cerebrales. (www.alt1040.com). Cito esto porque algo similar se podría dar con la lectura: imaginen que en el futuro aparecerán unos I-pods o tablets sensibles, conectados por unos cátodos a nuestros cerebros, que nos permitirán leer libros digitales, pero ofreciéndonos una versión variable del texto según el estado de ánimo en que nos encontremos. No es algo tan descabellado. Después de todo, ya sea cuando observamos un hecho, hablamos de una persona, apreciamos un cuadro, escuchamos una canción o leemos un libro, siempre tenemos la capacidad de teñirlos del color que corresponde a nuestro propio estado de ánimo, a nuestros conocimientos, a nuestra actitud, a nuestra buena o mala digestión y otros cien factores.   

De modo que la apabullante cantidad de libros existentes, sumada al  inagotable material disponible en Internet, no es nada cuando nos damos cuenta que ni siquiera es suficiente con leer una sola vez cada libro, puesto que existe una pluralidad de formas de leer cada uno de ellos, y además éstas se renuevan. Muchas veces decir que un libro no sirve es una equivocación, más correcto es decir que no te ha servido a ti en un momento puntual, según los recursos de lectura con los que contabas, el desarrollo de tu ser como persona y el estado de ánimo en el que te encontrabas. Más importante aún –algo que se aprende en filosofía– es que no se puede pedir al libro que nos interese; no existe relación verdadera con el libro si antes no viene cada uno con preguntas e intereses propios, en búsqueda de algo, aunque sea el simple hecho de querer sentirse acompañado.

Esto nos lleva a ver algo que se omite cuando se habla de leer. Es muy común escuchar en diversas esferas de nuestra sociedad que se necesita fomentar más “el hábito de la lectura”. Pero casi nadie en nuestra sociedad se anima a precisar qué tipos de prácticas de lectura deben fomentarse, según qué concepto de la lectura e idea de lector(a). Año tras año se organizan ferias del libro, se abren librerías, se expande la piratería de libros universitarios, de autoayuda y organización empresarial; de hecho, actualmente en Bolivia se especula sobre la aprobación en el Senado de la Ley del Libro y de la Lectura Óscar Alfaro. Al respecto, Pablo Groux, ministro de culturas, sostiene que un objetivo de la ley es “ofrecer a la ciudadanía una mayor accesibilidad a los libros, con precios más baratos y mayor acceso a bibliotecas públicas, las cuales se crearán en cada municipio”. (La Razón, Bolivia 26-03-2013). Aunque suene positivo, nos parece que ésta política de incentivo se mueve en base a una comprensión estándar, muy pobre y desactualizada del acto de leer en el mundo que vivimos. No es una cuestión de precios ni de falta de bibliotecas lo que facilita el acceso a los libros, puesto que existen libros de todos los precios y escasos son los ciudadanos que van a leer a una biblioteca otra cosa que no sea el periódico. Lo que realmente puede fomentar las relaciones con los libros, y el acceso a los textos, es cambiar nuestra manera de concebir el acto mismo de la lectura.

Hasta aquí hemos planteado brevemente un problema, y ese problema exige que se piense el término lectura como un concepto. Brindaremos un ejemplo para mostrar hacia donde vamos.

Tomemos el artículo publicado en el diario El País, Madrid, por Javier Goma Lanzón (Suplemento Babelia, 14-03-2013) que titula “¿Dónde está la gran filosofía?”.  El autor defiende la tesis de que en los últimos 30 años, la filosofía contemporánea habría desertado de su misión de proponer un ideal y un relato totalizador a la sociedad de su tiempo, y por ello estaría en deuda. Además enfatiza que la filosofía siempre existió para proveer ideales intemporales y universales, una especie de objetivos morales que inspiren a los ciudadanos, que les dicten normas sobre cómo deberían ser. Pero ¿acaso es esa la tarea de la filosofía?  En una carta al director, (publicada el 23-03-2013), el lector Violant Barquet le objeta al autor que “los ideales no se proponen, ya existen”. Nosotros sumaríamos además que las diferentes formas de religión organizada ya se encargan de proponer ideales (paraíso terrenal, p.e.), y que ésta visión corresponde a la propuesta del gran Platón –tierra de cultivo de la teología cristiana– pero que no se puede hacer de ella una generalización para toda la filosofía. Siguiendo con la carta de Violant, él agrega que “la tarea de la filosofía, desde su origen hasta nuestros días, fue y debería seguir siendo la de poner en duda, es decir, cuestionarse lo que se da por hecho”.

La pregunta fácil sería ¿quién tiene la razón? Pero plantearlo carece de interés. Cierto es que nos sentimos más cercanos a los criterios de Violant Barquet, pero no porque él posea la razón, simplemente por una mayor afinidad en la forma de leer los textos filosóficos. Goma Lanzón termina así su artículo: “Si la filosofía quiere recuperarse como gran filosofía, debe hallar el modo de proponer un ideal cívico para el hombre democrático…”.  No compartimos esta idea porque, en nuestra práctica de lectura, no esperamos de una filosofía que nos provea de respuestas ya masticadas y digeridas –antes todo lo contrario. Lo que el autor del  artículo mencionado propone es completamente legítimo, y no hay lugar para la discusión, simplemente se trata de diferentes acentuaciones en la lectura. Es evidente que éste señor ha leído bastante, o al menos tiene un conocimiento amplio de la bibliografía filosófica moderna y contemporánea. Pero lo que él busca en los textos de la historia de la filosofía es probablemente algo que encontraría mejor en manuales de vida, tratados de moral. Hegel nos ha dejado un relato totalizador quijotesco, pero de difícil lectura, ¿cuántos lo llegan a leer? ¿Y cuánto ha influido positivamente en la historia? Kant construyó su obra como una maquinaria perfecta, nos proveyó del imperativo categórico, ¿dónde más se puede llegar en filosofía en temas de moral? Nietzsche planteó la inversión de todos los valores, nada le hubiera resultado más repugnante que hacer de sus libros unos recetarios normativos.

Por otra parte, la manera que tiene Javier Goma de etiquetar a los filósofos corresponde a las que se dan en los manuales de filosofía, los cuales tienen su propio código de lectura, más abarcador, revisionista y divulgador. Él cita decenas de libros y autores contemporáneos de manera erudita, sólo para despacharlos como insuficientes o ajenos a su idea de “gran filosofía”. Hay que entender cuál es el problema que plantea: su problema es que la ciudadanía se encuentra carente de modelos, certezas, bases bien fundadas sobre cómo vivir hoy en día de una manera superior, y le reclama a la filosofía contemporánea la responsabilidad de establecerlas. Para nosotros el problema que interesa es otro. Sólo para ubicarse en un plano, es bueno poder identificar según qué tipo de lectura plantea lo que plantea; nos parece una lectura más propia del comentarista y recopilador de textos. No es ni mala ni buena, simplemente es una práctica de lectura posible. La cuestión es que esa práctica de lectura, que no sabemos si es plenamente consciente, le marca también topes y límites a su manera de aprovecharse de la filosofía.

He aquí la gran diferencia. Para nosotros no se trata de cuánto puedes esperar de un libro de filosofía, sino de cuán preparado estás para saber aprovecharte de éste. Antes que la lectura, el lector. ¿Dónde lee? ¿Cómo lee? ¿Para qué lee? Jean Marie Goulemont señala que “el lector, en su relación con el texto, se define por una fisiología, una historia y una biblioteca”. (En su ensayo: “La lectura como producción de sentido”). Siempre que leemos estamos relacionando lo leído con nuestra biblioteca leída (sea grande o chica), con nuestro pasado, con nuestras vivencias, y nuestro entorno. Todo lo que tenemos es nuestra memoria y nuestra imaginación, por eso es importante leer, para enriquecerlos cada vez más, de modo que la siguiente lectura sea más productiva, más comprensiva, más placentera. Para nosotros el problema es otro, porque nos damos cuenta de que los grandes filósofos que admiramos, todos ellos, escribieron según los problemas de sus sociedades y según las condiciones de lectura de esas épocas. La forma de leer ha cambiado radicalmente en los últimos 30 años, sería tonto negarlo. Entonces el problema es ¿cuáles son las prácticas de lectura idóneas para el aprovechamiento de los textos filosóficos en la actualidad?

Hace ya un tiempo que se popularizan los institutos que enseñan métodos para leer más rápido (“lectura veloz”, “lectura inteligente”), pero están enfocados principalmente a textos de no ficción. ¿De qué serviría en filosofía leer más palabras en un minuto si no se comprende? Ahora, comprender es algo que depende mucho más de las condiciones del lector que de la prosa del escritor, del sentido que éste ha querido darle al texto o de la forma que lo ha hecho. Y hoy en día los textos multimedia, el uso de los blogs, las aplicaciones móviles para leer libros digitales en tablets o I-phones, todo ello implica una revolución en las maneras de leer, en la forma de captar pensamientos. El libro de Gordon Dryden y Jeannette Vos, La revolución del aprendizaje, es de lectura indispensable para ponerse al tanto.

Por otro lado, todo nuestro trabajo está enfocado en relacionar la filosofía con la práctica. Creemos que ya no funciona aquella definición que la considera sólo reflexiva, o contemplativa. En todos los ámbitos de la vida se demanda mayor reflexión, ya sea en torno a la crisis de la Iglesia Católica, del fútbol nacional, de la política, del Estado, de la economía mundial. Y en todos lados se murmura lo mismo: “debemos reflexionar sobre los temas de fondo”, “hay que reflexionar acerca de la estructura misma”, “hay que llegar a la esencia de las cosas”… ¿Cómo es que se sigue considerando inútil a la filosofía? Pero su utilidad no viene de que sea reflexiva. Nadie necesita de la filosofía para reflexionar sobre su campo, pero si se sale de su campo y busca en la filosofía puede ampliar sus maneras de aproximarse al problema, de plantearlo, de rayar sus vértices. Para nosotros la filosofía no enseña ideales, en cambio enseña a leer. Y no es poca cosa, pues la manera en que usted lee una situación, un problema, un partido, un libro, un cuadro, una relación, etc., puede cambiar la manera en que usted piensa, vive, aprende, trabaja, enseña y actúa. El filósofo no es un sabio, pero es justo esperar de la filosofía una mayor comprensión de las cosas, del funcionamiento del mundo, de las relaciones de poder, de la construcción de uno mismo…

Para nosotros leer, antes que buscar significados, es "hacer algo" con el texto, ponerlo en acción en otra parte, y no existe una sola lectura erudita ni profesional que pueda reclamarse como la “verdadera”. Nuestras formas de experimentar el estar-en-el-mundo cambian, y nuestra experiencia del libro también. Así, leer es como analizar un combate de boxeo: Cus D`Amatto y Mike Tyson visionando cintas de boxeo históricas: Dempsey, Louis, Frazier, Alí, Foreman… Y viendo esas cintas con el propósito de tomar algo para incorporarlo a su propio arsenal, construir su estilo. Esa es una práctica activa de lectura. Lo mismo se puede hacer cuando se entra en el fabuloso mundo de la filosofía. ¡Tanto para extraer! Lo único que se necesita es tener cada uno su propio plan en marcha, una dirección a la que tiende espiritual y profesionalmente, y entonces se sabrá mejor qué es lo que hay que buscar, dónde pulir y dónde potenciar. Antes que un “hábito”, la lectura es un “placer” de vida.


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éste artículo publicado en La Razón, Tendencias

viernes, 30 de marzo de 2012

POR LA CREACIÓN DE NUEVAS PLATAFORMAS EDITORIALES PARA LA LECTURA



El programa de la Feria del Libro de Cochabamba del 2011 fue bastante convencional: presentaciones, charlas, talleres, jornadas profesionales, algo de música en vivo, además de un par de homenajes a Marcelo Quiroga Santa Cruz y Ernesto Sabato…, en fin, todo un combo que aglutinaron los organizadores –la Cámara del Libro de Cochabamba. Lo que ofrecieron de diferente, bajo la premisa de que ofrecían un boom, fue la llegada de un empresario-escritor de México. En realidad era el lunar del programa, nos referimos a la costosa conferencia que dictó el mexicano Carlos Cuauhtémoc Sánchez, el "invitado estelar" de aquella feria del libro. Cabe decir que hubiera sido más apropiado que lo inviten a una feria de empresarios, puesto que podrá criticarse su propuesta literaria, pero el tipo sabe hacer negocios. Desde el momento en que se supo de su invitación en el pequeño círculo literario y periodístico de Cochabamba le cayeron a palos al pobre Cuauhtemoc, le dieron por todos lados, principalmente el suplemento cultural La Ramona lque levó adelante una campaña de resistencia contra su llegada. Pero no era culpa del autor de Volar sobre el pantano, sino de los organizadores, algo así como lo que pasa en la película "Moneyball", donde lo que se dice es que no puedes llevar a un caballo de carga a una pista de carreras y viceversa. Lo que sí nos extrañó es que esta idea marketinera no se les haya ocurrido primero a los muchachos de la Cámara del Libro de Santa Cruz para organizar su feria, que siempre deja claro su deseo de popularizar el acceso a la lectura, de darle un matiz de ayuda de superación personal, y de experiencia familiar, para los niños, etc.

La invitación de este personaje hace irresistible lanzar un par de preguntas para entender la lógica del evento: ¿cuál ha sido el aglutinante de los organizadores?, es decir, ¿cuál es la idea que sirvió como aglutinante para juntar todo lo que se quiere juntar en ese campo ferial? En otras palabras, ¿cuál ha sido el criterio editorial del evento? Enterarse de entrada que este autor de libros de autoayuda ha sido invitado a dar una conferencia en un evento que promueve la lectura dice muy poco de los criterios de discriminación de la organización. Porque aquí no se trata de promover cualquier lectura, pues la gente lee por sí sola, lee el Extra, lee Vanidades, lee El Deber, lee novelas, sí, pocas, pero qué tipo de práctica de lectura queremos promover cuando viene un Cuauhtémoc u otro de esos motivadores mexicanos... Y aquí es muy bonito hablar de la democracia, “que tiene igual derecho que cualquier otro autor”, pero también es cierto que este tipo de enunciado no dice nada. Se debe discriminar cuando se quiere organizar algo de calidad, pues, en última instancia, definir unos estándares editoriales de discriminación es una operación que sirve para cuidar la imagen que se confecciona de un evento, por un lado, y para que los organizadores/gestores cuenten con mecanismos de protección de su trabajo.

Por todo ello, lo dijimos en su momento, el tema de estar a favor o no del paso del autor de Juventud en éxtasis por una feria del libro en Bolivia queda en segundo plano, carece de interés. Lo que debe interesarnos problematizar a futuro es el sentido de una Feria del Libro en Cochabamba (y en Bolivia en general). ¿Cuál es su interés y cuál su funcionalidad? ¿Cómo pretende intervenir en la ciudad que lo acoge y cómo construye su público? ¿Es el formato “Feria” el ideal para promover la lectura del libro? 

No hagamos un drama creyendo que este tipo de eventos se montan pensando en los lectores de la llamada “buena lectura”, o “lectura legítima”. Los verdaderos lectores se aprovechan de una Feria del Libro, y no al revés. Ellos no tienen necesidad de ésta para continuar con la aventura de la lectura por su cuenta. Una Feria del Libro no interviene efectivamente, no produce efectos, no altera los hábitos de lectura existentes. Evidentemente se limita a ser un negocio, una estrategia legítima de negocios de las editoriales, que realizan una especie de caravana publicitaria a lo largo del año: transportan sus libros de Santa Cruz a La Paz, y de ahí a Cochabamba, y en lo que se puede a Oruro y Tarija. En medio de la agenda anual se encuentran las Ferias de Buenos Aires, Santiago, Bogotá, Guadalajara, y otras, a las que tratan de asistir por lo menos mediante la alianza para alquilar un stand común. La estrategia del formato Feria es reunir en un solo gran espacio una gran cantidad de oferta –todos los expositores posibles, no está mal meter a algunos para que hagan bulto– y variarla con otras atracciones, contagiándose un poco del concepto “plaza de comidas”, en el cual los cruceños son expertos. (Ejemplo cómico: las ofertas de la editorial La Hoguera: unos paquetes donde reúnen un libro de Paulo Coelho, una caja de chocolates, y la posibilidad de que el hijo pequeño se saque una fotito con uno de los personajes disfrazados del stand. Combo-Coelho, combo-Quién-se-robó-mi-queso, etc. Desde luego, ellos dicen que piensan en la familia…).

Todo esto no puede hacer otra cosa que hacernos largar una estrepitosa carcajada. Es valioso no perder la alegría a la hora de realizar una crítica. No es necesario dramatizar. Si tenemos claro que esta reunión temporal de stands responde a una estrategia de negocios, la invitación de Cuauhtémoc es perfectamente válida. Ni siquiera se trata de un síntoma del estado de salud de la literatura en Cochabamba. Es completamente independiente. Se trata simplemente de un desperdicio de fondos y recursos; se desperdicia la potencia de la Feria, lo que podría dar. Más probable es que  esta falta de criterio editorial sirva para evidenciar la mediocridad del 80% de los impulsos que animan la gestión cultural en nuestro país. Por lo demás, ¿por qué tendría uno que preocuparse por la presencia de este escritor en la feria si sus libros, junto con otras tantas mediocres ofertas de autoayuda, han sido introducidos en el circuito de lectura del sistema escolar boliviano hace más de una década? En la mayoría de las ocasiones, uno tiene que aprender a leer a pesar de lo que le han enseñado a leer en colegio. 

El formato Feria del Libro es demasiado impotente. No es seguro que funcione verdaderamente como plataforma de aceleración de transferencias informativas, puesto que sus talleres y charlas están siempre armados a manera de acompañamientos (“actividades anexas”), y lo que se trata allí suelen ser generalidades, goce del mundo de la opinología, de la doxa. Sergio de la Zerda ha publicado en el mencionado suplemento de La Ramona un texto con respuestas que obtuvo al respecto de Fernando Canedo, presidente de la Cámara del Libro de la Llajta: “La Cámara quiere que se lea en general, no es que queremos que se lea específicamente a Cuauhtémoc. La gente puede leer lo que quiera mientras lea. Obviamente que es preferente que lean algunas cosas positivas y no cosas negativas. (…). Lo que se quiere es hacer una feria en la que exista diversidad. Y que, en esa diversidad, todos tengan la oportunidad de tener al alcance lo que les guste leer. Estamos abiertos a todo”.  Esta postura, políticamente correcta, sirve para jalar la manta y cubrirse la espalda, pero en el fondo es la que tira para atrás la imagen que se tiene del trabajo del gestor/productor de espacios culturales. Es frecuente en nuestro medio que se organizen Ferias del Libro, Bienales internacionales de arte y mega-conciertos de cumbia en base a la misma ligereza y superficialidad de criterios, privilegiando "la diversidad". No existe un proyecto en verdad, y si lo existe, no existe la plataforma para hacerlo visibles. En nombre de la diversidad muchos gestores dejan de hacerse responsables de aquello que ofrecen en tanto actividad cultural. Si desplazamos el problema hacia un tema de gestión y desarrollo de iniciativas culturales, una Feria del Libro debería realizarse en coordinación directa con el Ministerio de Educación y otras instancias de fomento a la formación. (El riesgo en nuestro país es que nuestro gobierno quiera convertir el asunto en otro frente de lucha por la descolonización).

La otra cuestión que la vaga respuesta de Fernando Canedo nos obliga a considerar es que resulta demasiado fácil e improvisado hablar de “fomento a la lectura en general”. ¡Vamos si podemos pensar un poco más! Una vez más, hablemos de prácticas de lectura. ¿Qué tipos? ¿Qué lugar y función ocupa la lectura en la conformación de individuos, o en el ejercicio de la ciudadanía?

Para terminar, ¿no sería más útil en el futuro dejar de lado las ferias y enfocarnos en organizar Bienales Internacionales del Libro (diagramas de intervención del espacio público en base a ciertas prácticas de lectura?

Jorge Luna Ortuño