filosofía-arte contemporáneo, cine-rock-contracultura-jiujitsu-fútbol-prácticasdelectura-política-jeetkunedo-libros, UFC, artes marciales.

Mostrando entradas con la etiqueta pensamiento inalámbrico. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta pensamiento inalámbrico. Mostrar todas las entradas

lunes, 27 de febrero de 2017

BILLY LYNN, CONTANDO UNA HISTORIA POR CONTAR




Por: Jorge Luna Ortuno

"Escribir es tratar de saber qué escribiríamos si escribiésemos".       Marguerite Duras.

"Es muy extraño que te honren por el peor día de tu vida", confiesa el soldado Billy Lynn en uno de los pasajes de intimidad del film Billy Lynn´s Long Halftime Walk, del director asiático Ang Lee. La cinta no fue premipada en la reciente gala de los Óscar, lo cual no le quita nada. De todos modos, no será el foco central de este artículo referirse a los temas técnicos del film, tarea que harán los buenos críticos de cine, y más bien preferiré abundar sobre algunos temas que esta historia nos evoca e invita a pensar. 

De inicio, casi contradiciéndose, hay que resaltar lo dinámica y atrapante que es la forma de narrar la historia del soldado Billy Lynn y el pelotón Bravo, gracias al sobrio trabajo de dirección y de edición, que equilibran muy bien los diálogos algo profundos con la parafernalia del espectáculo, las situaciones cómicas con los dramas vividos en plena batalla, y las temporalidades, a través del estado psíquico del soldado Billy, que rememora y se desconecta del lugar donde está, haciendo que cada reacción tenga su contexto. Es un tránsito de pasado a presente y viceversa, incluso hacia la añoranza de unas vivencias que nunca ocurrieron, y que quizás nunca ocurrirán, como cuando se canta el himno de los Estados Unidos en el stadium y la cámara se cierra en un primer plano en el rostro dividido del soldado Billy.

El marco de la narración es que el pelotón Bravo, tildado de heroico, se encuentra en su último día de gira por los Estados Unidos, en Dallas, tras su triunfante retorno de Irak. En verdad no son más que jovencitos que retornan con un conocimiento de primera mano que está vedado para los civiles. Se sienten más fuertes, han elegido en la vida una ruta dura para la maduración del espíritu y la mente. A algunos de ellos no les quedaba otra opción que alistarse en las fuerzas militares en orden de tener algún tipo de futuro, como le sucede a muchos de sus compatriotas.



Cuando vuelven a su país están un poco descolocados, no sólo porque entrar en acción en el campo de guerra y confrontarse al enemigo les ha dejado secuelas de inseguridad, de cierta tensión extrema, algo de una hipersensibilidad ante la brusquedad de los sonidos, de las apariciones bruscas, a los estallidos y las luces fuertes, es decir, todos aquellos elementos que se explotan en el mundo del espectáculo yanqui. Lo que los descoloca también es la enfermedad propia de la vida en las megas ciudades, la distorsión con la que se mira las cosas desde la distancia, la visión comercial de la guerra, el banalismo incesante con el que se vive para alejar de la mente de las masas lo que realmente se debería estar meditando a nivel colectivo en las ciudades. Es un mal viaje para ellos, no por la maldición de la guerra en la que participan, no porque vuelvan traumados -como casi todos aseguran con extraña certidumbre- no sólo por eso, sino porque las cosas en su propia casa, en su país, en el mundo, están ya puestas de cabeza. Por ello al volver le dicen al chofer: llevenos a un lugar seguro, llevenos de vuelta a casa: la guerra es su lugar conocido, el lugar donde los valores que han adoptado encuentran algún sentido. 

Una de las cuestiones interesantes del modo en que se concibió esta película es la experimentación de lo posible, es siempre una espera de algo que podría pasar. Los soldados están entusiasmados con la idea de que su historia sea llevada al cine, pagada por algún estudio gigante de Hollywood, -ante todo por los beneficios económicos que les significaría-; al final esa posibilidad no se dará, aunque nosotros, los espectadores, ya hemos estado asistiendo a un relato bien tejido de su historia. No es un "detrás de escenas", ni un film con corte documental, ni un "reality show", aunque tenga algo de cada uno de ellos, sino que se trata de una película de acción y drama en la que el desarrollo va averiguando cómo se contaría esta historia si se contase. El paralelo con la cita del epígrafe, de Marguerite Duras, no sólo es adecuado, de hecho es más que divertido, parece redondear la fórmula que Ang Lee eligió para contar esta historia: "escribir es tratar de saber qué escribiríamos si escribiéramos". Aquí se trataría de ensayar cómo se contaría visualmente una historia mientras se la está contando. El buen cine también es inacabado y provisional, proviene de la incertidumbre y se alimenta de ella, avanza con ella, hasta el punto en el que no le cabe el deseo de ostentar que algo se ha logrado.

En el papel del soldado Billy Lynn veremos a un actor debutante, Joe Alwyn, que cumple con la transmisión de inocencia, rebeldía y pureza que el personaje requiere, por lo que emerge a la escena internacional de cine con letras grandes. Kirsten Stewart, con sus ya conocidas dotes dramáticas, personifica a la hermana desafortunada que ha perdido una buena porción de su alegría en un accidente automovilístico que la dejó marcada. Por ese episodio trágico del que sale viva pero llena de cicatrices y traumas psicológicos, es que se conectan con Billy de un modo muy profundo; ese episodio, y las repercusiones que tienen sobre su hermano, ocasionan que el papel de la hermana sea también un poco el de una madre, que protege, que coloca sus ilusiones en la realización de su protegido, y que se pone a la espalda la culpa de cualquier cosa mala que podría pasarle en el campo de batalla.

La familia es lo más dulce y lo más tierno, pero es también lo más duro y lo más complejo, en la vida de un guerrero. No se sabe bien en qué momento exacto, a cuál edad, el ser humano adquiere la mayoría de edad, pero con todas las letras, y asume su vida y su mundo. En ese momento lo que corresponde es llevar las riendas de la propia vida. Pero la familia, mientras más amorosa, mientras más unida, será también siempre un faro que se alza al otro lado de la vida, con sus propias expectativas y sus propias demandas, aunque fueran por debilidades del espíritu, por instantes de elevada carga emocional, o por el juego al que nos someten las dulces memorias y todo aquello que algún día los seres queridos planificaron para nosotros en su imaginario ficticio, en el más íntimo fuero interno. Traicionar esas proyecciones es algo duro, ponerse en riesgo, estar dispuesto a llevar batallas que otrora fueron impensadas, escoger una ruta de crecimiento que no parecería ser la más económica, ni las más inteligente, ni siquiera la más sensata. Hay momentos en la vida de un hombre en los que las decisiones ya no pueden conciliarse con los deseos expresos de todos los seres queridos. Ningún hombre puede escapar a su destino. En ese momento le corresponde cruzar la noche por su cuenta ante la indiferencia de las luces momentáneas que lo pasan por encima y le zumban los oídos. Ser un hombre es seguramente hacerse cargo de esas elecciones, sin ensayar el menor atisbo de excusa o de descargo, desde ese momento todo recae en él, para bien o para mal. Billy Lynn se encuentra ante una situación imposible. El karma de la acción, como le diría el fallecido sargento Bremer, lo ha encontrado, es el karma del guerrero. No ha venido él a ser un hombre de negocios, no le ha tocado la fortuna de conformarse con la persecución del dinero y la búsqueda del placer, no se lo verá en los supermercados comprando agitado unos kilos de jiba y de filete para el churrasco del fin de semana. Las historias de estos hombres transitan por otros rumbos, más ásperos, más esforzados en muchos momentos, y no le hacen caso a aquella frase que reza "la vida más fácil es la mejor vida". 

Su hermana se lamenta en el coche, porque sabe que cuando su hermano se ha hecho una idea no hay manera de sacarlo de ella. El volverá a la guerra. Impotencia, la frustración de los seres queridos. El abrazo en el que se encuentran, cargado de lágrimas de ambos, a pesar de que la realidad apeste en ese momento, es finalmente el momento más emotivo de la película. A los soldados que participan de esta guerra, que se debe perder para que el flujo de dinero continúe moviéndose, sólo les queda reconocer que juegan el papel de unos muñequitos de fantasía en el imaginario de la gente, que son amados, y respetados, pero sólo mientras estén allá, lejos, porque en el país no hay nada para hacer por ellos. La misma porrista que parece haberse enamorado a primera vista de Billy, lo saca de su ensueño cuando le dice: "tú eres un héroe, no puedes escaparte, tienes que estar allá". A pesar de que le confiesa su amor y su deseo de pasar cada minuto de la vida con él, también le dice que lo que ama es la imagen de un joven soldado que se ha portado como un héroe, y que ama más esa imagen, que debe mantenerse en la distancia cuando él se vaya, ama más la imagen que a la persona misma; en su mente, se ha construido un ídolo, un fetiche, alguien por quien rezar, el amor platónico que deseaba incluir en su mundo. Lo real es otra cosa. Billy se despide de aquella incursión en un diálogo imaginario con su mentor, que aparece como una presencia serena, y le dice algo así: "nosotros conocemos la guerra, pero ellos, los civiles, el país, son los que manejan, es su guerra, es su show". 

Ningún hombre puede escapar a su destino. Esto es quizá lo que su sargento y mentor le quiere hacer ver cuando le cita los pasajes de Arjuna en las enseñanzas del Gita sobre la guerra, cuando Krishna le instruye a que realice sus actos con total desapego, pero con cercanía hacia lo absoluto, y concluye con una frase: "Descuida, si has de morir por un disparo, la bala ya ha sido disparada". ¿Qué podrías tú hacer al respecto?


domingo, 21 de agosto de 2016

NOTAS SOBRE LA REVANCHA DE CONOR MCGREGOR FRENTE A NATE DIAZ







Connor McGregor mostró destellos de mucha calidad en sus dos peleas en las 170 libras con Nate Diaz. Calidad en términos de precisión en sus golpes, velocidad al ejecutar el directo de izquierda, excelente timing para contratacar por encima del jab de Díaz; y en cuanto a la segunda pelea, hay que tomar nota de su manejo combinado del jab, la izquierda cruzada y las patadas circulares bajas, algo que no solía hacer en su carrera. También se mostró eficiente en sus defensas de derribo, y en general confirmó su excelente sentido de la distancia y del ritmo a la hora de atacar. Connor es, sin duda, un peleador mucho más estético, elegante y preciosista que Nate Díaz (no recibe tanto golpes por su modo de esquivar y luce mucho más fino en sus movimientos y balance). Pero pese a estos chispazos de brillantez, es justo decir que éste Connor de 168 libras no es tan divertido como el que pelea en las 145 libras, peso gallo. Basta con revisar los highlights de su historial de peleas en el UFC, donde se observan otros elementos como el manejo de la distancia, pero además mucha más movilidad, entrando y saliendo, generando ángulos, con patadas circulares en salto, patadas en giro, patadas rectas al plexus celular..., y por supuesto, la infame mano cruzada de izquierda, que en la otra categoría definió casi todas sus peleas. 

Tuvo que aparecer un peleador con las características del asombroso Nate Díaz para que Connor McGregor traspase una suerte de umbral. Con Nate Diaz al frente, Connor se tuvo que poner un poco al corriente de lo que todo el resto estaba haciendo, desde la manera de planificar los campamentos de entrenamiento hasta la forma de pelearle a un zurdo alto y de mucho alcance como Nate Diaz. En el proceso de sus dos encuentros con el estadounidense, Connor acabó resignando elementos como la movilidad, el uso de la patada en giro con la pierna trasera, y las patadas pisotón y lateral a la pierna adelantada. En orden de lograr un predominio táctico, Connor se jugó por el low kick, que ejecutó repetidamente y con bastante intensidad. Era algo que extrañamos todos en la primera pelea, y que siempre juega un factor condicionante contra los hermanos Díaz. En la conferencia de prensa después de la pelea,  el irlandés elogio la manera en que Díaz lidió con esas patadas, enfatizó en que ya no se trata de la vieja manera de padecer ese castigo, sino que supo chequear las patadas, tanto así que Connor se tuvo que ir a casa con el pie izquierdo lastimado, presumiblemente roto, según ha informdo ESPN en las últimas horas de este domingo 21 de agosto. 


El mejor análisis que pude escuchar antes de esta pelea fue del coach Firas Sahabi de TriStar Gym, quien además de especialista en artes marciales mixtas es licenciado en filosofía. Firas habló de la mentalidad de bullying que tienen tanto Connor como Nate, o que suelen demostrar en sus antesalas para cada pelea. A Díaz, el irlandés nunca pudo desmoralizarlo ni fastidiarlo lo suficientemente con sus asaltos verbales; le tiró todo pero Nate siempre volvía con alguna respuesta ingeniosa y punzante que en realidad enfurecía más a McGregor. Tiene razón Firas Sahabi cuando hace notar que la estrategia del que hace bullying tiene el rasgo de ser descuidada. El abusador lo es en tanto que subestima a su víctima, la menosprecia, descarta el poder de reacción del otro, lo disminuye, no se preocupa por su poder. Así actuó McGregor en su primer encuentro en marzo de este año, hasta el último momento, intentó poner a Nate en un lugar incómodo, hostil, amenazado. (Recuerden que en el centro del octógono, mientras el árbitro Herbert Deen les indicaba las instrucciones, Connor seguía cuestionando "qué vas a hacer, vengo con las dos guardias... qué vas a hacer?"). Hasta el último momento, para darse mayor confianza, Connor necesitaba lograr alguna ventaja psicológica para granjearse una extra-seguridad, para asegurarse un lugar que emocionalmente lo hiciera sentirse superior. Pero Nate nunca se lo concedió, desde el principio lo frustró siempre, y no se iba a desarmar si veía a Connor encarándolo con guardia cambiada, es decir ortodoxa, porque Nate, cuando entra a pelear, entra a "matar o ser muerto", el resto son detalles internos de la batalla misma. 


VIDEO: Brutal fight Conor McGregor vs Nate Diaz II - `Pelea completa



Connor McGregor ha estado haciendo desde su entrada al UFC un montón de declaraciones sobre las artes marciales que llamaron la atención sobre su sapiencia y conocimiento del arte de la guerra. Su enigmática frase posterior a la victoria sobre José Aldo (timming beats speed, precision beats power), lo colocó definitivamente en el lugar de alguien que veía cosas que la mayoría no podía ver, como si fuera una suerte de extraño gurú que sabía teorizar a la vez que poner en práctica. Sin embargo, cuando peleó con Nate Díaz la primera vez pareció contradecir muchas de sus frases de marca. Robin Black, en el programa de Fighting Network "Five Rounds", preguntó varias veces: ¿por qué Connor insistió tanto en ganar a Nate usando fuerza sobre precisión y velocidad sobre timing?. Era una pregunta justa. Un elemento más entre varios otros que hicieron que se cayera una gran parte del velo místico que rodeaba a Connor, porque muchas de sus palabras ya no se sostenían desde aquel desenlace. ("Estoy invicto en intercambios de golpes", "yo siempre presiono y voy hacia adelante",  "estoy acostumbrado a enfrentar a luchadores en pánico que no aguantan mi presión").

Y lo cierto es que Nate Diaz le ha cambiado la vida, el modo de entrenarse y el estilo de pelea. El mismo Nate lo hizo notar en la conferencia de prensa posterior al UFC 202: "Él (Connor) no hizo otra cosa que lo que yo le marqué que debía hacer: consiguió otros sparrings de jerarquía para su boxeo, y ese su entrenador de jiu jitsu que ahora tiene..., antes no tenía realmente un equipo de talla...". La cita es inexacta, pero Nate marcaba con estas palabras una realidad muy clara. Ahora Connor no puede decir nada acerca de cómo el resto no está en su nivel, ni desacreditar el peso decisivo que tiene la diferencia de pesos, ni asegurar que todos se derrumban inevitablemente ante su mano izquierda, ni afirmar que no le interesan los rivales y que sólo se prepara para patrones corporales de movimiento. Para pelear con Nate la revancha, el campamento de Connor fue muy específico, había tareas que cumplir respecto a ciertas áreas de su plan de pelea, consiguió sparrings que emularan las características físicas de Nate, e implementó mucha mayor rigurosidad en su entrenamiento de jiu jitsu, incluyendo en su equipo a Dylan, un cinta negra que, si no me equivoco, salió de la prestigiosa Academia de Marcelo García. Además de todos estos ajustes técnicos, Connor tuvo que resignar ciertos elementos de su personaje, el misticMac, porque ya no podía simplemente afirmar que lo que se necesita es "desear algo con muchas fuerzas y atreverse a decirlo en voz alta". No se trata ya simplemente de que los deseos se materialicen porque el universo se confabula con los deseos de un hombre en particular. La ideología empresarial norteamericana, que tan bien encarnaba él y difundía, ya no se bastaba. Debía atenderse a detalles específicos del combate, de la preparación, de la forma de guardarse y de evitar el derroche de energía interna. Si Connor no se preparaba para pelear contra una montaña que podía resistir cinco rounds contra él ahí adentro, y además que esté presionando para acabar con él hasta el último segundo, entonces no tenía chances de lograr su obsesivo deseo de obtener esa victoria. 


Luego de ver el desenlace de la revancha, cabe preguntarse si esta vez Connor fue realmente económico y eficaz con el uso de su energía. Esa era la razón que Connor encontraba para explicar su sonada derrota la primera vez. No cabe duda de que Connor lució mucho más en control y paciente en el primer round, pero al final sucedió algo muy parecido, se cansó, y casi a la misma altura de la pelea -mitad del segundo round- el irlandés mostró claramente señales de debilitamiento, y Nate comenzó a presionarlo. Fue el momento en que la pelea comenzó a difuminarse en un horizonte de difícil lectura.  No obstante ello, a efectos de conteo de la tarjeta de los jueces, creo que la mayoría estuvo de acuerdo en darle ese round a McGregor, por los dos knock-downs, pero además por el dominio en general de la mayor parte del round. Entonces, si Connor ya no golpeaba para knockear a su oponente, si se estaba guardando y ya no falló tantos puñetazos al aire, entonces ¿por qué se cansó de todos modos a la misma altura? 

La última pregunta nos invita  dudar de la resistencia física real que Connor puede desarrollar en esa categoría, que no es su categoría natural de pelea. No lució fresco ni multidiverso como suele lucir, la mayor parte del combate se basó en una estrategia sencilla con los golpes básicos que menos riesgo de contragolpe le podían representar. Entre los comentaristas de ESPN, escuché una especulación acerca de si el estilo de pelea de Connor tiene un potencial de durabilidad, o si tiene elementos de velocidad, de intensidad, de extensión de sus brazos, que hace que no sea un estilo ideal para cinco rounds. Si vemos el estilo de Nate, por más de que sea un guerrero que se banca todos los castigos y pelea hasta el final, hay que decir que no es un gran estilo para preservarse y defenderse la cara ni la pierna delantera. Pero en cuanto a Connor, tal vez habría que reclamarle su dependencia de los puños, porque, contra un rival más pesado y más alto, sus puños se desgastan sin conmover decisivamente, entonces tal vez los codos y las rodillas deberían jugar un papel mucho más protagónico. 

Varias lecciones están aprendidas a partir de estas dos peleas. Debes respetar el poder de golpeo del hombre que tiene más peso, y considerar que podrá absorber los tuyos mucho mejor que los más livianos. La masa corporal es un factor que efectivamente determina claves importantes. A Nate no fue capaz de dejarlo mareado ni realmente en apuros, aunque lo tiró tres veces, siempre lució muy entero y consciente desde el suelo, invitando a la pelea de sumisiones y posiciones. La otra cuestión es que no conviene entrar mucho en el juego del desgaste verbal en la preparación de una pelea por el simple hecho de que hay que venderla.  Connor lo hacía con casi todos sus oponentes, esto de ponerse en un tono personal, de mucha animosidad. Con Nate esto se multiplicó a la estratósfera. No pudo evitar Connor salirse de una línea de impasibilidad y de control sobre sus acciones. Se mostró desmesurado e invertido emocionalmente en esta pelea. Ya no era sólo acerca de vencer a ese monstuo, sino además de no perder el tren dentro del UFC. Pese a todo, Connor se mostró mucho más inteligente en la segunda pelea, supo resistir a las tormentas, estableció su dominio en los primeros rounds. pero luego le atribuyó a la diferencia de peso que los últimos rounds tuvieran que ser mucho más parejos y reñidos. 

Finalmente, debo agregar que, al igual que la mayoría de la comunidad de fans del UFC, disfruté mucho de ver esta pelea, pero con una salvedad: no fue realmente completa en téminos de MMA en sí, es decir, a momentos me pareció algo unidimensional, mucho boxeo, se extrañó los intercambios y búsquedas de predominio en la pelea cuerpo a cuerpo y en el suelo. Connor no quiso ir nunca al suelo, pero para ser una de las peleas màs gloriosas de la MMA tendría que tener más de esos elementos. No sólo por la falta de pelea de piso, sino también por la falta de variantes en la pelea de parados, y basta ver a un Jon Jones, o al emergente Yael Rodríguez, para ver cómo se pueden mixturar técnicas de patada, rodilla voladora y puños en una pelea de MMA. En est revancha, después de un cierto tiempo, ya más o menos todos sabíamos cuáles eran los patrones de ataque, perdió sorpresa, Nate con su 1-2 básico, y McGregor acechando con el low kick y la mano izquierda. Es una opinión que el amigo o amiga lectora puede muy bien contradecir. En todo caso, no hay manera justa ni adecuada de quitarle sus méritos a estos dos peleadores, que nos hicieron vibrar otra vez y en grande. Quién sabe ahora si la tercera pelea se tomará unos años en materializarse, hasta asegurarse que la espera de los años la haga crecer económicamente a estratos inimaginables para la MMA en este momento. ¿No sería inteligente emular un poco de la espera de 6 años que Mayweather construyó en torno a su pelea con Pacquiao? 

Recomendado:
Análisis previo a la pelea de Firas Sahabi



FIN

miércoles, 8 de julio de 2015

¿PUEDE UNA CANCIÓN DE AMOR SALVAR TU VIDA DE ESTRELLA PERDIDA?



Venía de ver una película de comedia romántica donde la música del grupo The boxer rebellion juega un papel protagónico, porque es como si la sensación misma de ese romance se hubiera incrustado en los temas musicales que aparecen en momentos claves de la historia. Estoy hablando del film Going the distance (2010), donde la bella y espontánea Drew Barrymore nos ofrece otra interpretación hilarante y memorable, además con mucha química con el co-protagonista Justin Long, también suelto y lleno de carisma. 

Fue entonces cuando me topé con Begin again (2013), un drama sobre encuentros y desencuentros, del talentoso director John Carney, donde el solista del grupo musical Maroon 5, Adam Levine, participa como actor de reparto, agregando además dosis de música pop justas para la trama. No es una película de romance tradicional, se trata de cruces de historias, pero tampoco esto lleva a que la película se narre como lo hace el cineasta mexicano Alejandro González Iñarritú (Amores perros, Babel, 21 gramos), cuyos mejores trabajos se vieron en el relato de historias paralelas de personajes que sólo se encuentran en el desenlace de modos sorprendentes. 



La historia es sensacional, y las interpretaciones de Keira Knightley y Mark Ruffalo son notables, pero lo que me llamó la atención primero fue la manera en que la música es una protagonista tan central, y al mismo tiempo aparece como una forma más de la narración; no se puede decir que se trate de una película musical con la misma claridad que se podría afirmar esto de la ganadora del Oscar Moulin Rouge, es decir, el papel imperceptible y a la vez estelar de las piezas musicales es una cuestión de ingeniería artística en el guión. Por ello esta es una película que no podía basarse en una novela, porque leída en el papel esta historia perdería mucho sin su soundtrack. Y esta es una gran noticia en un tiempo en el que 80% de las historias que Hollywood nos ofrece son versiones tomadas de la literatura para llevarlas al cine, o a veces incluso de libros escritos enfocados específicamente para su traducción al guion cinematográfico. 

Begin again, distribuida en latinoamérica como ¿Puede una canción salvar tu vida?, es una historia original, es el inicio de una gran amistad (como en Casablanca), captación de un momento particular en el que dos almas se tocan en sus fases más bajas, como si alumbraran subterráneamente una luz de desesperación y vulnerabilidad escondida que sólo el otro puede captar. Existe un espacio entre nosotros que se puede compartir de modos imperceptibles, va más allá del espacio privado de cada uno, se trata de una intimidad compartida, donde nada sale forzado y todo sucede por gravitación propia a la relación.  

La sensación que me deja el film es la del gozo por un brillo que resalta sobre lo que es auténtico y desprovisto de cálculo. Tal parece que muchas veces cuando todo está bien no existe necesidad, ni pasión, ni locura, ni fuego. A veces la vida nos tira un jab en el estómago, y justo cuando parece ahogarnos por un mínimo momento que parece una eternidad es que obliga a que salga lo mejor de nosotros, entendiendo lo mejor como lo más auténtico, eso que salta del interior cuando te dejas de vueltas y especulaciones, cuando no te las das de peine ni esperas por el siguiente tren, justamente cuando estás por fin listo para saltar sin la red de seguridad a tus pies.

Es una diversión para mí escribir todo esto, pero no soy un crítico de cine y a veces me gustaría serlo, para referirme a este tipo de asuntos con un manejo de términos técnicos y un conocimiento de la historia del cine que me proteja de sobre-dimensionar el valor de una película. Pero lo que me interesa ante todo es devolver enriquecida la fuerza de empuje que una película generó en mí al revolverme el mundo en menos de dos horas. 

Comencé este texto hablando de otra película romántica. Era para acentuar el valor de esta película,  Begin again, que a los cines de Bolivia llegó recién este 2015. El título mismo nos habla de una reinvención personal, un punto de crisis, o de transformación de estar-en-el-mundo. En este film la música del soundtrack se intercala con la narración de un modo muy sutil y artístico. Desde Walking in the line (2006), la historia de Johny Cash y June, no recuerdo haber visto otra película donde sintiera tan crucial el soundtrack y tan necesario. Aquí ya no se trata de unas canciones de algún grupo interesante escogidas para potenciar el clima de una escena. Aquí la cuestión es que los mismos protagonistas conversan y hacen avanzar la historia al interpretar sus canciones, y nos referimos a Keira Knightley y Adam Levine. El diálogo musical entre ellos y el protagonista Mark Ruffalo no es del estilo musical como clásicos tipo Grease (1978), con John Travolta y Olivia Newton, porque en esas historias la intervención musical parece más bien una suspensión, un momento pirotécnico de descarga, algo sobrepuesto, y difícil de aguantar cuando para algunos temples son muy recurrentes. En Begin again en cambio los momentos de interpretación musical están bien escogidos, aunque existen canciones del tipo nostálgico o de una derrota interior que se vive con hidalguía, la mayor parte del tiempo la música aparece para sumarle intensidad a la escena como conjunto, las piezas son vigorosas y alegres, los instrumentos se intercalan y entretejen gustosamente. 

Probablemente redundo mucho en este tema, que sólo es una de las virtudes de la película. A quién le importa hablar tanto de esto, tal vez sólo cuando la hayan visionado podamos enfrascarnos en otros diálogos sobre el soundtrack, por ahora lo dejamos acá.  



lunes, 25 de mayo de 2015

DON DRAPER, O UN YOGUI EN MADISSON AVENUE



ATENCIÓN: Este texto no es recomendable para los que no vieron aun el último episodio, contiene muchos spoilers.



A mi querida Susy


Conocí la serie de televisión Mad Men cuando ya habían transmitido cinco temporadas, que se podían encontrar en los mercados de DVD pirata en nuestro país. Transcurría el mes de septiembre del 2014, había ingresado a una universidad privada a dictar clases de dirección creativa, mi interés entonces era muy práctico respecto de la serie: interiorizarme en el mundillo de la publicidad y el marketing, con el plus de que el aprendizaje vendría acompañado de la narración de una historia, lo cual lo hacía más divertido. 

Como les ha ocurrido a tantos televidentes en el mundo, me enganché desde la primera escena. Década de los 50, Estados Unidos, y un personaje impecablemente vestido, humo de cigarrillos y música que invitaba a remontarse a otras épocas. El resto es historia. La pasada semana se emitió por HBO, en estreno para latinoamérica, el último episodio de la serie (EP. 14), luego de siete temporadas brillantes. 

La sensación final fue de nostalgia, también de satisfacción, por haber sido parte y haber llegado hasta ahí, como cuando se gradúa un familiar muy cercano. El episodio cumplía también el deseo de Matthew Weiner, el creador, de que sus personajes fueran un poco más felices de lo que eran al empezar la serie. Así sucede con Peggy, Joan, Roger Sterling, Pete Campbell, pero también con Don Draper, el que sufría el drama más prolongado y sin visos de solución. No es un final de película al estilo Hollywood, tampoco es una demolición descarnada como nos hacía presentir las pinceladas de Scott Fitzgerald por aquí y por allá.


Excelente análisis del último capítulo en el canal "Sillón naranja"

Algo genial en la serie ha sido la manera en que nos fue mandando falsas señales respecto del destino que le esperaba a Draper, señales que podíamos verlas desde la sexta temporada. De hecho, la idea de un final desastroso para Draper está incrustada en nuestro subconsciente desde que vemos la silueta del hombre cayendo al empezar cada episodio; casi todos intuían que era el cuerpo de Don Draper, ¿sería un sueño, una premonición? Y esa imagen parecía conectarse a veces con otras señales aisladas dejadas por ahí, como por ejemplo las alusiones constantes a la muerte, o la temática del suicidio discutida en algunas publicidades, o ver a Don leyendo un libro titulado "El infierno", además de su tendencia a desplomarse en recaídas existenciales sobre su pasado y su vida, un desorden de sucesos y deseos que correspondían también al enterrado Dick que llevaba dentro. 

Podría pensarse que Weiner demostró una vez más su genialidad en la confección del último episodio, porque no fue complaciente con lo que todos esperábamos, o más bien temíamos (la caída definitiva de Don), como si toda la serie hubiera consistido en enterarse qué tenía que pasar en la vida de un publicista cotizado, y en ese país de las oportunidades, para que termine tirándose de su oficina desde un piso muy elevado. No fue ese el final, ni involucró ningún tipo de suicidio. El final fue muy digno para todos los personajes, incluso en la actitud de la malcriada e inmadura Betty (una de las menos queridas por los fans según he podido ver), pues ella asume su enfermedad mortal con entereza y fuerza moral, como si la muerte de su madre en la primera temporada, y luego de su padre, la hubieran preparado lo suficiente para convivir con esa sombra. Al mismo tiempo, y esto es lo genial, Weiner sí fue complaciente, porque no pudo dejar de darles a los cínicos un final con el que pudieran encontrar un resquicio de placer para ellos. Se trata de reconocer la época en que vivimos, la historia ocurre en los finales de la década del 60, pero es narrada para un público del siglo XXI, y Weiner calibra esto magistralmente. 

Con un acercamiento de cámara sobre el rostro de Don Draper lo vemos finalmente sonreír, después de tanto abatimiento. Sonríe con los ojos cerrados en su sesión de meditación guiada, y esto nos hace entender que ha encontrado la paz en su interior, al menos tiene esa aura de calma que es propia de los que ven otras cosas. Pero luego en la siguiente escena se muestra lo inesperado y con ella termina la serie: se engancha una publicidad conocida de 1971, "quiero comprarle una Coca al mundo." Con ese producto archi-conocido se empieza a enlazar la idea de mundo unido, paz, juventud, hermosura, hippie style, diversidad étnica, multiculturalidad, pero diciendo además que Coca Cola es el punto de encuentro, aquello que trasciende todas esas fronteras. ¿Podemos entender ahora por qué sonreía el Don?

Claro está que los cínicos encuentran la oportunidad de fantasear y convencerse de que el don no ha cambiado, de que volverá a las suyas, se presentará en la oficina otra vez como alguien que retorna de la muerte, y llegará con esa idea ganadora, que lo encumbrará probablemente a otro premio Clio como mejor publicidad. En ese sentido Weiner dejó abierta la cuestión, y eso es ideal, es la única manera en que se puede terminar una historia o se puede pintar un cuadro en nuestros tiempos, donde se busca tanto la interactividad, el empoderamiento del receptor, la participación del lector, etc. Polisemia antes que transmisión de mensajes significativos cerrados. 




No está mal que el Don vuelva a hacer lo que sabe hacer, que se zambulla nuevamente en su vida, como lo dice el mismo John Hamm en una entrevista. Otros creemos que sería interesante imaginar a un Don Draper diferente pero en el interior, con una variación a nivel esotérico. Muchas veces en las pasadas temporadas, este icónico personaje encontraba la manera de reinventarse y salir del atolladero, ya fuera iniciando su propia compañía y divorciándose, como en el final de la tercera, o casándose con Megan como en el final de la cuarta, o incluso concibiendo una fusión con otra agencia publicitaria al final de la quinta. De alguna manera el Don siempre encontraba una manera, pero era jugando con las piezas en el mundo externo, para sentirse acompañado, para darse un sentido de ir hacia algún lado, de crecimiento. Internamente sus viejos conflictos sólo se ocultaban con viejas frazadas, eran postergados. 

En la séptima parece que finalmente muchas cosas se están desvaneciendo en la vida de Don, personas de su pasado que se van, sus hijos lejos y ya casi sin verlos, su trabajo con nuevas condiciones, todo avanza hacia un punto de desvanecimiento, lenta demolición de lo conocido. Something is changing and you don´t know what it is.... cantaba Dylan en aquella década. 

En este punto, al verlo sentado en círculo en un grupo de terapia colectiva, recuerdo otra vez el film Fight club. La idea ahí es que todos en la vida somos peleadores de alguna manera, luchadores, estamos luchando contra algo, sea una enfermedad, la melancolía, la soledad mal entendida, la vorágine de la vida capitalista burguesa cuando te comes el cuento... El club de la pelea no es sólo una organización en red clandestina, compuesta por varones que se reúnen en sótanos desconocidos para liberarse por medio de la pelea a puño limpio entre ellos. Es otra cosa, y Mad Men nos refuerza una nueva visión. Don Draper se encuentra con una de estas formas de katarsis grupal en su estado más amable y acercado a las terapias orientales. Gracias a Stephanie, se ve envuelto en un Campus de Inmersión. Recordemos a su ex-esposa Betty en la primera temporada recurriendo a la consulta con un psiquiatra, o a Roger Sterling en el diván de un psicoanalista, o el desplome de Michael en la oficina, el judío que cree que las máquinas fotocopiadoras son sus enemigas... Paranoia de los espacios cerrados, crítica a la institucionalización que se vivía en el país, un subjetividad enfermiza que tomaba posesión... En el fondo, todos necesitan algún tipo de terapia, como si dentro de la ciénaga de ese tiempo particular se avanzara más o menos con una ceguera parecida. 

En el terminar este episodio 14 por fin cuando se le da una mayor importancia a los cambios que instauraba en los 60 la filosofía de vida de la comunidad contracultural. No eran sólo los hippies, también estaban los diggest, luego fueron los hipsters, antes se había tomado la posta de los beatniks, y en esa atmósfera había una irradiación que impulsaba hacia una nivelación libertaria como opción de salud. Al final habrán pasado incluso por el LSD en la oficina de Draper, pero la verdadera paz llega con la meditación, como si te metieras en una ducha y ésta te abriera un portal hacia un lugar de serenidad y aire puro y brisas frescas, sonidos armoniosos y sensación de expansión continua. Ya metido en la terapia de grupo, Draper se ve a sí mismo en otro hombre que se siente igual de desconectado de la vida y de los otros, no es amado, y se desploma en llanto. Draper puede decir con sus ojos: "tu sufrimiento es el mío". Se pierde en el movimiento sin ego, se levanta de su silla y va a abrazarlo, como diciendo "basta de charla sobre sentimientos, lo que este hombre necesita es un abrazo". Pero luego vemos que quien más lo necesita es Draper, que se da cuenta además que su drama no es único, que incluso que no hubiera suplantado la identidad de otro hombre en la guerra probablemente tendría esos mismos sentimientos desencontrados, de alguna manera entiende que esa desconexión es parte de su época, como lo es la música o las marcas de cigarrillos. Ver en perspectiva tus propias desgracias, a través del espejo de los otros es enriquecedor muchas veces, el mundo había dejado de ser tan inhóspito con Draper, ahora veía con claridad que él no era un caso extraordinario. Eso que le pasa también lo sienten otros.


Otra vez nuestro personaje principal estará listo para flotar por el mundo, porque ha recuperado su sentido de subterraneidad. Después de sumergirse en sí mismo se conectó con la subterraneidad del mundo, aquello que no es aparente, y que sin ser visible para todos, está ahí a la vista, como una existencia que se manifiesta en diferentes capas de vibración. Ver al Don meditando como un yogui en la última escena, y luego esbozando esa sonrisa, no tiene precio. Que siguiera luego de esa escena preciosa, a orillas del mar, una otra publicidad que buen favor le hace a Coca Cola, no dejó de ser interesante, aunque personalmente la considere ya prescindible en términos de lo que era más importante saber del desenlace. Después de todo, una vez que has descubierto tu subterraneidad, es posible que vuelvas al mundo superficial, es posible que flotes ahí con mayor levedad y pericia, porque ahora no encuentras solamente ahí los motivos que movilizan tu vida, ahora eres indiscernible en cierto modo, como un iceberg en la noche callada de un océano. Pues la idea no es alejarse en un retiro permanente en las montañas. Como diría Zarathustra, hay que volver al mundo, todo lo que aprendes ahí, en tu inmersión, debes llevarlo al mundo, y probarte tu serenidad y tu nueva paz. Otro tipo de paz que puede ser agitada o deformada por los trajines de la vida mundana no es una verdadera paz. 


¿Piensan lo mismo que yo?: wow, Peggy, wow

sábado, 13 de diciembre de 2014

AYRTON SENNA, el sonido de la luz y de la tempestad



Por: Jorge Luna Ortuño



"You should know that by being a raicing driver you are under risks all the time. By being a raicing driver means you are raicing with other people. And if you no longer go for a gap that exists, then you´re no longer a raicing driver.  Because we are competing, competing to win, and the main motivation, for all of us, is to compete for victory, not to come fourth, fifth or sixth". 

AYRTON SENNA, entrevista concedida a Jack Stewart


Fue una terrible coincidencia que justo en la competencia que Ayrton Senna necesitaba recuperarse, pues no había completado las anteriores dos carreras de la temporada 94, se produjeran una serie de antecedentes negativos que removieron el clima de ese fin de semana en el Gran Premio de San Marino. Un piloto austriaco novato, Roland Ratzenberg, había fallecido en ese mismo circuito de Imola durante las pruebas clasificatorias, sólo un día antes, el viernes 30 de abril. Por si esto fuera poco, el compatriota de Senna, Rubens Barrichello, había chocado contra una barrera en el mismo circuito el día jueves en los entrenamientos, había tenido suerte, estaba con fracturas pero fuera de peligro, por supuesto que no iba a competir ese domingo. La desgracia rondaba de manera sombría aquellos días, pero al final todos en la FIA parecieron seguir la enorme inercia del cinismo, según esa premisa que dicta que primero están los negocios. ¿Por qué suspender un Gran Premio con todos los millones de dólares que ya habían sido invertidos y planificados? "Este es un deporte de riesgo y estas cosas pasan", se decían muchos. Pero la muerte de un piloto debía provocar algún sacudón más importante. Nadie pudo o nadie supo oponerse a la maquinaria capitalista que moviliza la Fórmula 1. Ayrton Senna pensaba esos días en liderar una nueva asociación de pilotos de F1 para que reivindiquen la necesidad de aumentar seguridad en los circuitos. Senna no pensaba ya solamente en el vértigo, en el hambre por el triunfo, ahora era el hombre tricampeón mundial que se mostraba precavido, estaba más que nunca asombrado ante el golpe de la muerte en una pista de carreras. Prost dijo en algún momento que ese año hablaron mucho, y que no lo notaba con la misma fuerza ni hambre que en años anteriores. Amigos cercanos a Senna recuerdan que el ídolo brasileño extrañaba la falta de Prost en las carreras, que se había retirado, porque no encontraba la motivación extra. En fin, aquel fin de semana el Gran Premio de San Marino se llevó a cabo igual, encima de todo lo ocurrido, cada uno cargó con el muerto como pudo, el deporte de la Fórmula 1 perdió algo más que su entereza aquel domingo, todo siguió su curso, y el costo final siempre nos parecerá demasiado elevado, el Gran Premio de San Marino de ese año se llevó al piloto más brillante de la historia, tal vez no en las estadísticas pero sí en el nivel de sus presentaciones, en los puntos pico que alcanzó.  

Aquel año de 1994 los eventos tomaron el curso que tomaron, la curva Tambarello fue el cierre de la carrera de Ayrton, que chocó contra ella a más de 200 millas por hora. Cuando el mundo se enteró la noche de aquel 1 de mayo que Ayrton Senna, el piloto mejor dotado técnicamente en la historia del deporte, el hombre más veloz de su generación, había fallecido como consecuencia de ese accidente nunca esclarecido del todo, la vida se suspendió en una borrosa cortina de humo para muchos seguidores; imagino que la existencia se apareció entonces como algo mucho más frágil que de costumbre. En diez años de competición en F1 no se había visto fallecer a un piloto en el circuito, y aquel fin de semana dos pilotos se despedían de manera trágica del mundo. Era inconcebible que uno de ellos fuera el admirado Ayrton Senna, a esas alturas tricampeón mundial, ícono del deporte brasileño, figura idolatrada a nivel mundial. 

En aquello tiempos el único que veía F1 en mi casa era mi papá, era mediados de 1994 y lo único que esperaba con ansias era el inicio de vacaciones en el colegio para ver el Mundial de Estados Unidos 94. En un encuentro en un partido en París, Senna les había dicho a los jugadores de la selección brasileña que ese año uno de los dos debía conquistar el tetracampeonato: "Ustedes aceleren rumbo al tetra que yo aceleraré de allá", les dijo con ánimo de impulsarlos. Brasil no vencía una Copa del Mundo de Fútbol desde 1970, se había quedado con tres estrellas en el pecho desde la presentación del equipo de Pelé y otros magos con la bola como Rivelinho, Tostao, Gerson. Senna por su parte había conquistado los títulos mundiales de 1988, 90 y 91, pero en ese momento eran más de dos años que no revalidaba su título. En 1994 se había pasado a Williams, justo en ese año las reglas del deporte habían cambiado, movidas políticas de por medio, se había suspendido el juego de suspensión activa que le había permitido a la Williams dominar y quedarse con el título en las temporadas 92 y 93. Senna se había movido ahora a ese equipo de Williams con el que, se entendía, podría gozar de una máquina de primera línea, quería ser campeón y necesitaba superar la máquina de McClaren, que se había quedado estancada. Y aquel año, inesperadamente, los del equipo mecánico de Willliams-Reanault tuvieron que repensar el diseño sobre la marcha, buscar las formas de compensación, devolverle estabilidad, experimentaban con cambios por aquí y por allá. Mientras a Ayrton no le iba bien en los premios de Brasil en Interlagos ni en México, donde tuvo que retirarse por problemas mecánicos. Quedaban 14 carreras en el año, no había acumulado ni un punto, comenzaba con dos premios en desventaja, y la Bennetton conducida por el joven Schumacher representaba el nuevo rival a vencer, Senna no quería dejarlos crecer. Así como había hecho con Prost en su momento, en 1988, cuando fueron compañeros de equipo en McClaren, se había propuesto vencer una lucha psicológica al mismo tiempo que de habilidades en la pista; debía ganar en el Premio de Imola, pero además debía hacerlo con un margen que intimide a su joven competencia. 



He podido saber gracias a algunos documentales, como el aplaudido y cuestionado "Senna, la película", dirigida por Asif Kapadia, que nuestro piloto brasileño se encontraba notoriamente tenso aquel fin de semana trágico, que lidiaba con una incomodidad que nunca antes se le había visto exteriorizar en tal manera, que el accidente de su compatriota y la muerte del colega piloto austriaco lo había sacudido internamente muy fuerte, además de que comentan que había sufrido una decepción amorosa por una noticia sobre su novia, aunque esto último sea una especulación muy discutida. Ayrton Senna sabía que no debía correr ese domingo en Imola, de una manera muy íntima, al menos no lo deseaba, algo estaba mal, no era el momento para competir al tope, sin embargo lo apremiaba la sumatoria de puntos, no tenía margen, venían mal con la máquina, era momento de hacer nuevas pruebas con el carro, y Senna tenía que competir a 100 por 100, pese a que no tenía la certeza de que su máquina acompañaría a su cerebro como extensión precisa del mismo. Muy en el sentido de Marshall Mc Luhan, Ayrton Senna declaró en imágenes de video captadas en el documental "Ayrton Senna, racing is in my blood", que la máquina es una parte de su cuerpo, más aún, es una extensión de su cuerpo, y esto no es una manera metafórica de hablar, se debe comprender literalmente. Cualquier mortal común y corriente que haya experimentado cierta intimidad con su bicicleta después de un tiempo de manejarla comprenderá rápidamente de lo que hablaba Senna. Su punto era que mientras más pudieras sentir de la máquina, de la potencia del motor, de sus balanceos, de mil factores, como prolongaciones de su propio cuerpo, más ventajas tendría para luchar por la punta. Pero eso también estaba en contra de Senna aquel año, después de seis años exitosos con la McClaren, aquel 1994 recién empezaba a conocer su nueva máquina, no tenía la máquina lista para vencer, pero él como piloto, como nombre, tenía la obligación de buscar el título. Las cosas no estaban perfectamente sincronizadas, como sí parecían estarlo en el equipo de Benetton, donde venían a confirmar un trabajo realizado ya en 1993. Schumacher comenzó ese año venciendo los dos primeros premios, se instalaba en la punta, más presión para Senna.

Existen ocasiones en que la oportunidad se encuentra con la idea, días en que el sentido de urgencia y timing se sincronizan perfectamente con la aparición de una crisis que es una puerta, pero hay también ocasiones en que todo lo sucedido se va acumulando como señal para impulsarnos o bien para aplacarnos en nuestras tomas de decisiones. Infortunadamente, sólo después de que se han desarrollado los hechos podemos decir con certeza que Senna no debía haber corrido. Es fácil decirlo después, lo peor es que Senna no pudiera estar ahí para tomar nota de la enseñanza, para saber cuánto su instinto contaba. Desde luego que habían intereses económicos gigantes de por medio, él se había colocado en una posición de tal visibilidad que el foco de atención estaba sobre su rendimiento. Esa era una de sus desventajas, Senna no podía permitirse una carrera mediocre, estaba de algún modo demasiado atado a su imagen vencedora. Aunque el 92 y 93 no había ganado los campeonatos, sí había ganado carreras singulares, fueron triunfos puntuales, algunos de ellos grabados como momentos memorables en la historia de la Fórmula 1, auténticas cátedras acerca de lo que es pilotar un carro fórmula 1 en la lluvia.

Pero veo estos documentales en YouTube, como uno producido por la Rede Globo, "Ayrton Senna do Brasil", y me asaltan sentimientos encontrados. Por un lado tienen un poder hipnótico fuerte, apelan al lenguaje emocional, no es difícil hacerlo con Senna de por medio, un hombre intenso de temperamento caliente, que evoca las cúspides del vértigo y la vida al límite. Al principio uno tiende a contagiarse de esa visión, se convierte en otro fan incondicional del piloto brasileño, no se puede menos que empezar a obsesionar con algunos temas, con algunas preguntas, como por ejemplo ¿qué pasó aquel día del accidente? ¿Fue la barra de dirección del volante la que ocasionó la falla al romperse segundos antes de llegar a la curva? Sientes algo de furia o de frustración, se psa, luego vuelves a ello, ¿por qué tuvo que irse con sólo 34 años, no había forma de que se le perdone aquella ocasión, que un golpe del azar lo salvara del final inminente? Eso pasa, lo dejas reposar, escucho The sound of speed de Coldplay, también he estado escuchando algunos temas de Moby y Radio Head. Te ayudan a templar algunas exageraciones.

Ayrton Senna me habla de la realización, del espíritu competitivo, de una fuente de inspiración enorme, de un hombre enigmático que estaba por delante de sus rivales en muchos aspectos, era algo más que un piloto de carreras. Pero Senna también me habla de un país como Brasil lleno de mucha gente dependiente, adicta a los ídolos, sean estos de papel, de verdad o simplemente inventados por el marketing y la publicidad. En los documentales se escucha testimonios de brasileños dolidos diciendo que la alegría de Brasil era Senna, que frente a los problemas sociales del país él era la única esperanza, que era lo único bueno, que era la representación ideal... Y la verdad es que me causa cierto rechazo ese tipo de relaciones de apego tan intenso, esa dependencia neurótica respecto de un tipo que era admirable sin duda, pero que no era un héroe, simplemente alguien de carne y hueso que hacía con excelencia lo suyo. A Senna lo adoptaron como héroe apenas empezó a ganar, ni la gente, ni el pueblo, ni el gobierno hizo nada por creer en Senna cuando no era nadie, cuando no tenía plata para irse a Europa, cuando vivía en Inglaterra comiendo huevo frito, huevo cocido, huevo revuelto, para sostenerse allá y luchar por su oportunidad. ¿Cuántos creían en él cuando estuvo a punto de retirarse porque pensaba que nunca conseguiría patrocinio? Fueron sus padres los que decidieron apoyarlo, lo empujaron con un colchón económico para que fuera tras su sueño, y él se comprometió entonces para ser el mejor. No le interesaba el segundo puesto, ni el tercero ni el cuarto, su mentalidad era ser el primero o nada. Dicen que esa era su manera de negociar, o blanco o negro, no veía muchos grises en su vida. Por ello, resultaba muy fácil decir tiempo después "somos campeones del mundo" cuando Senna ganaba, sólo por el hecho de que ese hombre tan veloz tenía tu misma nacionalidad. A mucha gente que no encontraba ni fuego, ni placer, ni locura, ni peligro en su vida, Senna le resultaba funcional para mantenerse en su mediocridad voluntaria, vivir el éxito y la sombra de la alegría del triunfo aunque de manera indirecta, a través de otro brasilero que los representaba a ellos.

Pero nadie representa a nadie, los que son grandes o aspiran a serlo por derecho propio no aceptan ser representados por nadie, o al menos lo niegan con todas sus fuerzas. Los grandes, los que tienen un reservorio cultivado con sus propias riquezas interiores, tienen mucho que decir y hacer por su cuenta. ¿Pero quiénes pueden ser grandes en un país donde se educa para seguir e idolatrar, donde se cree que el 90 por ciento de la gente es simplemente gente ordinaria y común, no destinada para nada especial, a la que se le ha reservado el lugar de público espectador? No te interesa hacerte agua la boca por el goce del triunfo de los otros cuando sabes que tienes mucho para dar, cuando tienes que realizar tus propios movimientos porque te sabes un ser singular con aspiraciones gigantes y propias. La gente que no disfruta de crecer en rebaños se niega a convertirse en seguidora, se aleja de los fanatismos, escapa a los estados de ceguera colectiva. Otra cosa es admirar. Admirar es entrar en un estado de conexión. Conectarse con Senna es algo diferente, es atender a su genialidad, entrar en su zona de vibración, encontrar o crear una zona compartida, una zona de vecindad donde fuerzas de ti y del otro se intercambian. Entonces te interesa estudiar cómo Senna lidiaba con momentos de máxima presión, qué ideas lo animaban, qué valores representaba, qué lo hacía único frente a una generación llena de pilotos con temperamento, Mansell, Prost, Berger, Piquet... Y te interesa entender, aunque sea de manera intuitiva y aproximada, qué fue mal aquel día 1 de mayo del 94, qué hizo diferente, qué dejó de hacer. No se trata de identificarse, como si esa fuera la única manera de relacionarse con algo querido. Se trata de agenciar, tener algo que ver, como decía D.H.Lawrence con los esquimalitos. Deleuze y Guattari dirán ni imitación, ni mímesis ni fusión. Se trata de una simbiosis, momento de twinlight, devenir Senna de otro. En palabras de mi propia investigación, diría que admirar es conectarse inalámbricamente con el otro. Admirar es abrirse a un nuevo campo de posibles, un circuito de energía entre ambos que tiene ida y venida, es algo vivo, tomas algo de Senna para hacer algo con ello en otra parte. ¿No es acaso la mejor manera de homenajear?


Una invocación al espíritu de Senna a través del sonido de los motores, tecnología del equipo mecánico de Honda. Reminiscencia de una carrera de 1989


El pensamiento inalámbrico exige constantemente un esquizoanálisis, un análisis de líneas de vida, ver qué formas de relación se están promoviendo en tal o cual acción, qué se estanca o qué se prolonga, si aparecen ataduras y dónde se ramifican, si existe manera de cortarlas sin provocar una desestabilización muy fuerte. Por todo esto es difícil hablar de pensamiento inalámbrico sin mencionar de una u otra manera a Gilles Deleuze, sobre todo a él, y un poco a Guattari. En el caso de Senna, de la admiración y la pasión por Senna, lo que veo en los testimonios son homenajes decididos, se muestra a un pueblo brasileño que tenía una conexión especial con su héroe, como decía Galvao Bueno, "Senna representaba al Brasil que termina saliendo bien", el Brasil que tiene suceso. Pero yo iría más lejos, alejado del pensamiento de la representación. Senna era el caso de aquellos que juegan con fuego para ir más allá de sí mismos, para explorar en su ser, tanto que atraviesan por momentos experiencias míticas, como aquella carrera en Interlagos en 1991 que Senna venció con la caja enganchada en sexta velocidad, y que terminó primero pero con espasmos musculares muy dolorosos por toda la tensión que había soportado en su cuelllo, los hombros y los brazos. Da la impresión de que en su amor por Senna muchos mostraban su fijación en el triunfo, admiraban la capacidad de tener éxito a nivel mundial, la vida de nuevos lujos, de mujeres bellas, de autos, helicópteros, aviones y lanchas privadas. Pasa lo mismo con el fútbol, Brasil parece más fanático del triunfo que del fútbol mismo. La muerte de Senna, conectada después con el tetracampeonato de Brasil en el fútbol, le recordó a todo un país de la vulnerabilidad de la vida, pero también de sus ídolos, no está bien hacer ídolos, sean de barro o de verdad, sólo sirven para tapar huecos y dejar de ver realidades. Cuando el ídolo se ha ido las cosas vuelven a tirar su olor enmohecido con mayor fetidez, siguen como estaban, y había que asumirlas antes o después. La admiración es una fuerza que anima una relación de modo que incentiva el movimiento, la acción, la mejor comprensión, al contrario del fanatismo, que promueve la pasividad, la imitación, el quedarse en el mismo lugar reconfortado por la imagen del que logra lo suyo, y nos hace sentir que lo hemos logrado también nosotros como experiencia indirecta, a través de él o de ella. Que pilotos, actuales campeones de hoy como Hamilton o Alonso, nos cuenten que en 1994 eran chiquillos e idolatraban a Senna, que lo tenían en poster por todas partes, eso es normal, parte de una relación adolescente y hasta infantil con su ídolo, una relación obsesiva hasta cierto punto. Pero adquiere su verdadero sentido cuando sirve de combustible para comenzar a hacer tu propia carrera, a construirte como piloto, eso es lo que hicieron ellos, esa no es una relación por atadura, no es cableada, es una relación de antena, por captación de señal, lo que les permite movilidad e independencia de pensamiento, eso es otra cosa, la mejor manera de saludar a un brasileño de la mejor cepa, un brasileño que trajo consigo el sonido de la luz, y también de la tempestad.



Links relacionados:

Ranking de los mejores pilotos de la historia

Los campeones de hoy recuerda a Senna

Las polémicas en aquel circuito de Ímola en 1994

Prost recuerda a Senna

domingo, 25 de mayo de 2014

EL LIBRO "CONTROL REMOTO" DE CARA AL LECTOR



Por: Jorge Luna Ortuño*


Hace poco leí un sugerente tweet, con motivo del día del periodista, donde se saludaba con ánimo fraterno tanto a periodistas de medios “paraestatales” como a los que llamaba “paraopositores”. ¿Una definición de estos últimos?: los que, llamándose independientes y/o privados, supeditan su línea editorial a fuerzas ideológicas de oposición.

La terminología aludía al libro Control remoto, de Raúl Peñaranda, que ya va por la cuarta edición, pero que ha originado más maleza que claridad a su alrededor.  ¿Quién auspicia ahora a quién?, esta parece ser su pregunta rectora. Pero pasa de un tranco a las afirmaciones y denuncias. Dado que ofrece escazas fuentes con nombres, uno siente la tentación de pensar que es un libro que sólo se podía haber confeccionado en La Paz, concretamente en el café alexander de Sopocachi, espacio donde circulan periódicamente un montón de personajes de los medios y la política; sentados con un café cortado a la mano y expresión algo inquieta, todos ellos miran de reojo a diestra y siniestra, ¿qué conocido está con quién?, ¿qué pasa?, ¿qué se dice?… ¿quién se tiró un pedo?, ¿cuál es el nuevo rumor?… ¿y el chisme de la semana?… No existe un espacio idéntico ni en Cochabamba ni en Santa  Cruz, es un fenómeno interesante, un lugar de cotilleo que también alimenta a la prensa.  

La puesta en escena

En el citado libro el autor no acaba efectuando un trabajo de periodista, realiza más una labor de intelectual que busca intervenir con una postura en su entorno. Tampoco es verdaderamente un trabajo de investigación, es más una aproximación al género de ensayo, con pasajes de crónica y relato autobiográfico. Podrá resultar arbitrario para algunos categorizarlo en tal modo, pero es bueno recordar que al final del día es siempre cada lector quien define al texto. El ensayista argentino Alberto Manguel lo pone así: “desde el momento en que se inventó la escritura, el lector es el protagonista principal. Y el lector sigue decidiendo qué es un texto: el autor no puede hacer nada más que resignarse”. [1] Empero, entiéndase ésta resignación como gozosa, puesto que el que escribe un libro entrega sus dones al mundo, no con deseo de reclamar algo para sí, antes bien con la satisfacción de haber hecho una modesta devolución a la morada que lo cobija.

Sucede sin embargo que el caso de Control remoto no es tan así. Por el contexto mediático, el reciente pasado de su autor, el tono en que fue presentado, y la escasa presencia del don de la pregunta en sus páginas, fue natural que se produjera una recepción bulliciosa pero poco comprensiva y equilibrada de su valor. La posición del gobierno consistió en girar su ofensiva contra el sujeto del enunciado, como diciendo “no importa mucho lo que dice sino ¿quién lo escribe y qué móviles tiene?” La cuestión devino política en su sentido peregrino,  pues se redujo a una discusión sobre vínculos y pasados. El autor podría haber aclarado, al mejor estilo de El Padrino, que “no era nada personal, sólo negocios…”, pero en realidad todo fue muy personal, y cuando se puso a señalar con el dedo a los amigos de la Vicepresidencia aceptó exponerse para dar y recibir.

Probablemente el mismo gobierno se haya decepcionado con el tratamiento tan endeble que se le da al tema en el libro (no importa cuántos cuadros incluya), de modo que no pareció preocuparle mucho, se limitó a definir el tema principal de discusión al respecto: la doble nacionalidad de Peñaranda. Se trataba de una descalificación idiota, pero lanzada con esa torpeza de manera premeditada. Mientras Peñaranda pretendía “desenmascarar” a algunos medios privados, la Ministra de Comunicación hablaba como si hubieran “desenmascarado” finalmente al autor del libro y la cosa debía zanjarse con ello. Aquella discusión sobre disfraces nos recordaba al Joker de Christopher Nolan forzando a Batman a que revele su verdadera identidad… Lo concreto es que surgieron encendidas defensas a favor del autor del libro, constituido en víctima de un atropello antipopular. Podrán haberse vendido muchos libros como producto de la indignación que despertaron las declaraciones oficialistas, pero lo que hizo el gobierno fue estratégico, reguló las energías de sectores adversos hacia un tema de completa irrelevancia, donde se diluyó el efecto de novedad del tema que proponía.

Claro que mientras existan lectores que sepan prolongar los temas cruciales que nos provoca a pensar un libro, todo estará bien. La gran pena es que Control remoto, como muchos best sellers, no se sostiene por sí solo. Se nos antoja una oportunidad desperdiciada de hacer una crítica contundente. Hay varias razones para señalar la debilidad del libro. Primero, revisando los anexos, llama la atención que Peñaranda se valga de cartas enviadas con cuestionarios en febrero de este año a la directora de La Razón, al Vice, a la ministra Dávila, y que publique el libro ya en los primeros días de abril, ni dos meses después. Y es hasta cómico que le adelante en su carta a la directora Benavente que ya llegó a la conclusión de que su medio es controlado por la Vicepresidencia del Estado, para luego preguntarle si esto es así.

Por otra parte, se esfuerza en demostrar que existen vínculos entre ciertos medios privados y la Vicepresidencia, intenta por al menos tres frentes, pero al final depende mucho de sus mismas impresiones subjetivas para llegar a “conclusiones”. Así por ejemplo, cuando analiza titulares de medios de prensa comenta que el titular “Operativo no consigue despejar ruta a Copacabana” se consideró como el único que publicó La Razón en abril del 2013 en contra de intereses del oficialismo[2]. (p. 56). ¿Así de reductiva es su apreciación? Y en cuanto a sus análisis de contenido indica: “el eje del estudio se basó en tratar de identificar si la línea editorial de los periódicos puede ser considerada ´pro´ o ´anti´ gobierno y cuántas veces incorpora enfoques ´neutrales´”. (p. 57). Véase que manejó la cuestión como si la división habría que trazarla entre los medios que están “a favor” y los que están “en contra”. ¿A esas formas se reducen las posibilidades del periodismo? ¿Y acaso ser independiente consiste en armar tapas con titulares en contra del gobierno? ¿Ser independiente es ser “anti” – gobierno? Resulta después que la noción que tiene de “ser crítico” se limita al ejercicio de decir algo “en contra” del gobierno. Esa es una noción pobre de lo que es la crítica (concepto acuñado por Kant, reformulado por Nietzsche), malentendida por casi todo el gremio, que tiende a reivindicar al periodista como juez de los acontecimientos, papel que le sirve para aquilatar su peso político.

Un detalle más, en varios pasajes da por sentado que decir “medios opositores” es lo mismo que decir “medios independientes”, como si uno implicara lo otro. ¡Vaya tomada de pelo! Vendría bien recordar que los medios independientes son considerados como tales porque pueden elegir su manera de posicionarse frente a una coyuntura y decidir con qué línea política tienen más afinidades (invariablemente será con algún bando aunque hablen de neutralidad). Y si le concediéramos al autor que tiene algo de seriedad su clasificación de titulares y contenidos, habría igualmente que hacer notar: haber evidenciado que existen medios privados con inclinaciones “progubernamentales”, cosa que nos damos cuenta todos, no es lo mismo que demostrar que esos medios son “paraestatales”.

Epílogo
Podemos ensayar algunas conclusiones de la lectura de Control remoto. Primero que la elección de su título fue apropiada para el tema, porque remite a una comodidad de mando a distancia. También porque va en consonancia con las sociedades de control en las que vivimos (satélites, pinchado de llamadas, cámaras de vigilancia, escaneos por internet). Lo primero que nos hace pensar sin embargo es en el control de la TV. Y en ese sentido no hay que olvidar el potencial liberador que tiene el mismo control a través del zapping que nos permite hacer. Con la televisión por cable ya no estamos encadenados a ningún canal local como en otros tiempos. Estamos de acuerdo con el autor cuando señala que el peligro de que el Estado pueda controlar la mayoría de los medios radica en “la coordinación de lo que se dice y, más importante, sobre lo que no se habla”[3]. Como lo ha dicho William Burroughs en su delirante novela Nova express, el poder lucha por tomar el cuarto gris donde se proyecta la película realidad,  y acá no pasa nada diferente. Pero el autor no valora cuánta información tenemos al alcance, principalmente en las ciudades, que no depende exclusivamente de los medios de comunicación tradicionales. Por ello, una manera que tenemos de evitar esa contaminación es el zapping con el control, también el internet, y educarnos así como contraopinadores.

Para ello poner primero en perspectiva lo que informan medios nacionales. Acceder a sitios de periódicos del mundo, vendrá bien manejar más de un idioma, y navegar aleatoriamente. Mover el dial en busca de una comprensión más panorámica, no encariñarse con ninguna radio. Ser muy ligeros para moverse por la televisión, exponerse por tiempos limitados a su avalancha ideológica de la tragedia en noticieros.  Enterarse de lo que se hace en periodismo ciudadano y cyberactivismo. Es bueno también revisar de vez en cuando noticias viejas, lo que se ha dejado de tratar, ¿qué se decía sobre tal tema?, para combatir la frivolidad de la primicia siempre en boga. Además, para cultivar el pensamiento, leer libros y revistas que sirvan para alimentar una visión cuestionadora de la realidad, siendo la filosofía todavía el combo multivitamínico en este departamento. Ante el exceso de información politizada, inmunizarnos con mayor participación en espacios de formación, presenciales y virtuales, donde se estimule la existencia de seres libres, que no confundan los fines de la cultura con los fines del Estado. Al final no se descubre nada, estimular la buena formación del lector siempre será vacuna suficiente.

* Gestor cultural y docente.




[1] Revista Ñ número 553 (Clarín). “Entrevista a Alberto Manguel”
[2] Utiliza aquí estudios de universitarios que compararon La Razón y Página Siete. El ejercicio odioso que realiza en su libro consiste en descalificar a La Razón y luego pasar a destacar trabajo del diario en que él mismo hacía de director, justo en el mes que se toma como muestra, realzando su faena “variado, equilibrado, y rico”.
[3] Ibid.