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jueves, 12 de febrero de 2015

QUINTÍN Y LA CRÍTICA DE CINE



Imagen de Festival A cielo abierto


En el mes de septiembre del 2014 tuve la fortuna de asistir a un taller de crítica de cine en Cochabamba, iniciativa organizada por el Centro Pedagógico y Cultural Simón I. Patiño en cooperación con el Goethe Institut. Fue una de las actividades formativas que montaron los organizadores dentro del festival de cine documental titulado "A cielo abierto". El taller lo dictaron el argentino Eduardo Antín, más conocido como Quintín, y el peruano John Campos Gómez. Quintín me pareció fantástico, logré hacerle una entrevista breve antes del tercer día del taller, justo después de los almuerzos que disfrutábamos como delegación en un restaurante por la zona del Boullevard. 

La dinámica elegida por los talleristas resultó muy apropiada y estimulante para los que participamos, que éramos una veintena de aficionados al cine, mezcla de periodistas con gestores y cinéfilos. Como requisito inicial, semanas antes cada uno de nosotros había enviado a la organización una crítica de alguna película; además de ser el pasaporte de entrada, ese documento sirvió para identificarnos dentro del taller y ejercitar la idea central de ese espacio: una crítica de la crítica de cine. Al iniciar cada sesión Quintín y Campos nos repartían fotocopias de cada una de las críticas, que fueron entre quince a veinte, y después de leerlas ellos comenzaban los comentarios y críticas. Así avanzamos una por una, deslizándonos entre estilos de escritura y de formas de mirar muy diferentes, algunas casi antagónicas. 


Quintín a la izquierda, a su lado John Campos.

Quintín se mostró de entrada reacio a las recomendaciones personalizadas y al aleccionamiento. Pero se mostró como una máquina de afirmaciones provocadoras. Sabiéndose ante un público mayormente joven, compuesto por cinéfilos que se identifican con el animal llamado "crítico de cine", un animal muy inquieto, disconforme, observador y liberal, lo mejor que podía hacerse era hilar por la vía de la incertidumbre. Así lo hizo. En cambio John Campos, en toda su juventud e impetuosidad, parecía tener un decálogo de lo que debe hacer y no hacer un crítico de cine, y vino a transmitirnos su convicción. Su posición era muy cercana a la de aquellos que desconfían del trance del cinéfilo. Es decir, trance en sentido de que el cine, como una forma de arte, es una máquina para hipnotizar: toda la posibilidad de su conexión más íntima con el espectador recae en la experiencia del trance. Claro que es posible ver desde fuera, de modo muy consciente y frío, y escribir algo inteligente sobre una película, pero no existe nada como la conexión del cinéfilo que se hipnotiza con tal o cual película, que se deja llevar. 

Como diría el fallecido escritor uruguayo Mario Levrero, el arte provoca esa hipnosis para que bajen los niveles críticos de consciencia y así pueda transmitir vivencias o experiencias anímicas que no se traducen en hechos perceptibles. Pero el crítico de cine, en su figura más dura y frecuente, tiende a presentarse como aquel al que no lo obnubilan los efectos, él se mantiene imparcial, distante, desconectado, presto para decodificar mensajes o ideologías escondidas, porque a él no se la hacen.

Quintín no tenía nada que ganar ni perder en cualquier debate sobre la tarea del crítico de cine, en cada intervención dejaba ver su tremenda erudición sobre el tema, pero no era avasallador ni engreído, hablaba muy piola, con humor, sarcástico a veces, lo que hacía era abrir corredores para pensar las posibilidades de la crítica, pero se evadía a dar definiciones. Cuando terminaba de exponer su posición ya no quedaba nadie que quisiera contradecirlo, nos había lanzado hacia un nuevo oleaje de pensamientos. 

El tercer día de taller, ante una cierta insistencia de John Campos por asentar alguna definición, Quintín interrumpió diciendo, "bueno, yo propongo una nueva definición: ¿Qué es la crítica de cine? No sabemos." Promover la incertidumbre sobre ese modesto oficio fue su motor, en ese momento arrancaba y su pensamiento comenzaba a sobrevolar. Capturé algunas de sus ideas, lo cito aquí: 

"La crítica no está dirigida al lector. Lo que hace el crítico es escribirle una carta al director de la película, establece un diálogo imaginario, y pone al lector como testigo de esa conversación."

"Es una convención errónea pensar que el texto debe ser subsidiario a la película. El texto de una crítica goza de su propia autonomía. ¿Por qué no pensar que es posible hacer críticas sobre películas que todavía no existen o que nunca se hicieron?"

"Hay que tener presente que los directores se proponen hacer algo con sus filmes para algo más que ser descritos por un crítico de cine".

"Estamos frente a un problema de la crítica cuando una película no nos deja avanzar."

"Un modo de hacer crítica es sintiéndose dentro del universo del director. Una crítica nueva es la de una nueva generación que se hace cargo de lo que se produce hoy, y que plantea como condición que uno esté dentro de ese universo."




Una cuestión que pareció sorprenderle de los textos que trabajamos fue la falta de trasfondo político en las críticas sobre determinadas películas. “¿Cómo se puede hacer una crítica sobre esta película sin hablar francamente de política?” – se preguntaba después de leer dos trabajos sobre Ivimarae de Valdivia. Él se ubicaba muy bien por dónde venía una historia y un director con algunos datos que le contábamos. Nos confesó su sensación de que había una precaución y hasta cierto temor en nuestras críticas por entrar en el meollo de la discusión política nacional.

Quedó clara la impresión de que no le gusta la crítica timorata. Si en algo insistió fue en que se debe escribir con honestidad intelectual ante todo. Nos propuso que este oficio de escribir crítica no incluya el escabullirse y colocarse en el lugar común, de elogiar lo que ya goza del consenso de todos, o ser crítico con lo que todos están de acuerdo en deplorar. Te tira para atrás creer que siempre hay algo bueno que se puede decir de una pésima película, o guardar demasiado las formas rigurosas para decir algo simple. 

Las ideas y debates que se produjeron en ese taller y la riqueza de la experiencia junto a varios colegas talentosos tendría que dar lugar a más reseñas de lo sucedido, seguramente irán apareciendo con el tiempo.


Por: Jorge Luna Ortuño




viernes, 19 de diciembre de 2014

TIAGO, SU PAPI, Y LOS TRANSFORMERS



Por: Jorge Luna Ortuño

Pocas veces la vida sonríe con tal intensidad como cuando estoy con mi pequeño hijo cruzando el parque para comprar unos jugos de lima. Mi hijo no vive conmigo, pero hemos construido un mundo entre los dos. Con él aprendí que una gran parte de ser padre consiste en construir un plano de encuentro con el hijo. Ese plano está compuesto por unos cimientos que son los valores que se desea transmitir, pero el vehículo, la materia prima de ese plano son los juegos. Es jugando que los niños aprenden, que logramos entrar en el mecanismo de sus cabecitas y entender qué es lo que los mueve, lo que los lleva hasta el cielo, lo que no los deja dormir, la ilusión secreta que guardan en sus ojos luminosos. Con Tiago comenzamos por los dinosaurios, al principio jugábamos con peluches. Él hacía de bebe-dino y a mí me bautizó de papá-dino. Juntos defendíamos la aldea de otros monstruos que buscaban llevarse algo en la oscuridad de la noche, juntos nos cobijábamos de las lluvias torrenciales que imaginábamos. El sonido del viento soplando, el aullido de un lobo resoplando a la distancia, cualquier sonido que nos hablara del afuera, de lo que ocurre fuera del espacio seguro que era ese pequeño techo que nos construíamos con una frazada, servía para darnos una idea de que había un juego, algo en riesgo. Inmediatamente él salía para encargarse del asunto, yo pasaba a ser el intruso, y bebé-dino le daba una buena paliza, con sus cuernos delante llegaba para dar un cabezaso proverbial. Esa la maniobra preferida de mi hijo, ponerse de cuatro, y llegar gateando muy rápido para de un choque de cabeza en mi estómago voltearme. Luego el bebe-dino volvía reconfortado a la villa, cerca de su papi, a cobijarse de nuevo en la seguridad, y a contar cómo había vencido al lobo que acechaba. En otras ocasiones los intrusos eran sus peluches más grandes, les daba verdaderas palizas, deseando desde tan chiquito que no exista ningún tipo de amenaza a los buenos, que eran los otros pequeños peluches de la aldea a los que cuidaba. 

El sonido de un relámpago es mágico, evoca algo inexplicable en el hombre, es un contacto de la tierra con el cielo, anuncio de una lluvia, una interferencia en el normal desarrollo del día en la ciudad, ni qué decir en los campos donde no existen muchos lugares para cobijarse. En nuestro juego era sinónimo de emoción, la lluvia anticipa una sensación de fragilidad, es necesario protegerse más, cerrarse en la base o en la cueva, así el pequeño monito de mi hijo reforzaba su sensación de seguridad a mi lado. Le hablaba de compañerismo, de cuidar a los menores, de la valentía, de la precaución a veces, de esperar para salir de la cueva, por supuesto que no le hablaba a él directamente, era papa-dino el que dialogaba con bebe-dino, pero el mensaje le quedaba a él desde luego. Así como se ha dicho que la lectura de algunos libros nos enseña a vivir, o nos preforma la vida por venir, la manera en que reaccionamos, así también pienso que funcionan los juegos para nuestros hijos, de una u otra manera. 


Mientras mi hijo y yo nos sumergimos en el mundo de los transformers cada día que estamos juntos, algo nos acompaña, al menos rodea el panorama del pequeño departamento en el que lo recibo; me refiero a los libros, también los papeles y cuadernos de anotaciones, además de las hojas de exámenes y pruebas de mis estudiantes en la universidad: son una presencia constante en el panorama de mi casa que debemos sortear, hacer a un lado o en otros casos usar como apoyo o como obstáculo en nuestros mismos juegos. Creo que esto se me ocurrió mientras graneaba el aróz ayer. Desde la óptica de la relación con mi hijo, los libros pueden ser vistos como transformers en sí mismos. Los libros son otro tipo de juguetes con los que nos obsesionamos, somos abducidos, asaltados y en ellos nos perdemos o encontramos muchas veces. Me explico: cuando un autor(a)escribe un libro, lo que hace es compartir sus formas de leer otros libros. Pero él, o ella, no comparten esa manera de hacer en modo directo, o sea, ellos no nos dicen "mira yo leo así..." Lo que ellos hacen es poner en la página lo que tienen para decir, mientras que los detalles de su forma de leer están impresos en su escritura casi de modo subterráneo, tanto como en su forma de organizar el libro, en sus citas, en los mismos apartados, si usan pies de página o no, si tienden a buscar el hipertexto o se encierran en la unidad de un solo texto, etcétera; es decir, hay algo que está ahí que el autor no dice, que le toca decodificar al lector(a) de turno. En este sentido, existen algunos autores que escriben para ciertos públicos lectores más atentos que otros. Puedo pensar en Luis H. Antezana si hablamos de nuestro medio local. Otro ejemplo es Ricardo Piglia, el crítico y novelista argentino, que es un lector muy atento, desmenuza los libros y sus referencias internas, nos hace sentir su goce a tiempo que se manifiesta como un lector minucioso. Pues bien, es válido suponer que cuando escribe espera dialogar con ese tipo de espíritu de lectura, y un buen ejemplo de ello es su libro "El último lector", publicado con Anagrama. En él Piglia dialoga imaginariamente con Borges y con Kafka, aunque en el lenguaje formal debamos decir que "ha escrito sobre ellos en esas páginas". Lo que hace ahí en realidad es ponernos como testigos mientras dialoga con ellos, se hace cómplice del ánimo obsesivo que emana de esas obras, se sumerge en la mecánica que sostiene la escritura de estos autores que admira, Piglia es una especie de relojero amable que observa y precisa. En tanto que lector, algo que hace muy bien Piglia es desdoblar los textos, opera con agilidad, de modo que da testimonio de su modo de desplegar aquello que los autores habían dejado replegado en sus obras. Aquí no basta con decir que los libros están vivos, de algún modo esto lo intuye cualquiera que se ha relacionado con un libro y ha llegado a amarlo. Decimos además que los libros están a la espera de ser transformados, son susceptibles de ser transformados, de hecho esperan que eso suceda, pues sólo así preservan su actualidad y pertinencia. Por supuesto, el libro no se transforma por sí solo, precisa del lector atento para ser transformado, en un proceso que llamamos "lectura", en el que tanto el libro como el lector se transformarán en modos íntimos y no siempre percibidos por el ojo distraído y ordinario. Un libro es un transformer, porque contiene en sí múltiples planos que lo habitan, planos que cohabitan como en una vecindad, junto con estados de deseo enganchados con un exterior siempre contemporáneo. No nos referimos sólo al contenido, principalmente a esa composición interestelar que reposa entre las palabras. La reordenación de esos planos en un libro, la capacidad para hacer de unos la superficie y de otros la profundidad, la manera en que se enfatiza algo, se selecciona un enfoque, o se le resta importancia a esa faceta, todas esas son operaciones que configuran la transformación de un libro por medio de la lectura. Virginia Wolf era la que decía "¿quién habla de la escritura?, el escritor no, a él le interesan otras cosas..."; lo mismo podríamos decir de los libros, a ellos no les interesan ni el libro ni las bibliotecas, ellos están ahí para formar parte de un proceso extraliterario que tiene mucho más que ver con la Vida, los flujos impersonales que recorren la atmósfera, los deseos desatados sin rumbo aparente, la música que emana de los mil orificios de la Tierra. 

He dicho antes que Tiago y yo nos sumergimos en el mundo de los transformers. Para la gran mayoría de jóvenes de mi edad que vieron la serie animada de los Transformers en su niñez, no es nada difícil relacionarse con lo que expreso. Existe en muchas partes del mundo toda una generación de fans de la serie, de los personajes sobre todo, y de alguna manera esa antorcha se está pasando ahora a los menores de esta nueva época. Mi hijo tiene 5 años y ya convierte a sus robots en automóviles y viceversa con pericia, tiene la habilidad que yo creo haber tenido a los 7 u 8 años. No recuerdo haber tenido tan temprano la calidad de los juguetes que él tiene hoy, ni eran de la misma complejidad, lo cual me hace recordar que los tiempos son otros y que todo ello está bien. En su cumpleaños le regalé un Stegosaurus Dinobot, de los originales de Hasbro, no fui el único, su madre y sus abuelos hicieron lo mismo, de modo que todo su afán esos días fue el de relamerse pensando en la colección completa que iba a tener. Se había encargado ya con semanas de anticipación de hacer pactos con todos para saber cuál le iba a regalar cada uno, así, a mí me había tocado el Perodactylus. Llegando a la tienda sin embargo ambos quedamos medio desencantados, el robot se veía bastante simple, falto de chiste, y la transformación en dinosaurio era medio rara, con esas dos cabezas y dos colas que le han impuesto en la película de Michael Bay. Después de sopesar las diferencias se decidió por el Stegosaurus, y al sacarlo después de la caja estuvimos seguros de que era la mejor decisión. 

Desde hace más de un año juntos nos hemos dedicado a explorar en el mundo de la serie animada. Por su cuenta en el cable Tiago disfruta de los estrenos de RescueBots, pero cuando está conmigo lo llevo siempre un poco más hacia los orígenes, la Generación 1. Optimus Prime tiene un montón de características para encantar a cualquier niño: es un flamante camión con carrocería, de colores vivos, rojo y azul, es el más grande de los autobots, al menos porque generalmente se rodea de otros más pequeños como Bumblubee, Jazz, Cliff Jumper, Mirage, o los mismos Iron Hide y Ratchet. Cuando yo era un niño alucinaba tanto como los otros mozalbetes de mi generación con esos juguetes, resulta que la serie de televisión es un poderoso instrumento de marketing para la colección de juguetes Hasbro. Terminado cada capítulo lo que sigue es la idea de coleccionar los autos nuevos que van apareciendo, o el tanque (Warpath), tal vez el bombero (Inferno), el cohete que los lleva a Sivertron (Omega Suprime), o un avión de perfil heroico (SkyFire).

Mi hijo se ha tomado bien la ruptura que significa la película animada que salió en 1986 si no me equivoco, en la que muchos de los autobots de la G1 perecen a manos de los Decepticons; uno de los momentos traumantes para un niño y hasta para un adolescente tiene que haber sido presenciar la muerte de Optimus Prime, pues lo que hacen los nuevos realizadores de la serie en ese periodo es presentarla con demasiados paralelos a la muerte de un humano, con todo el sufrimiento inherente de un niño, Danny, su amigo, llorando a los pies de la plataforma donde ya descansa inerte el viejo líder. Confieso que por un buen tiempo salté esa escena en la película para que mi hijo no la viera y evitarle el impacto, o al menos el desencanto. Sólo cuando me dí cuenta de que podía asimilarlo bien, pues en la película de Michael Bay también han sucumbido a la tentación de hacer morir a Optimus Prime y revivirlo, pasé a explicarse que se trataba de un descanso que se iba a tomar Optimus. Cuando lo ve, ayer sábado 20 de diciembre lo volvimos a ver, se reconforta inmediatamente diciendo "pero sólo es un descanso, porque necesita descansar". La serie de cuatro películas de Michael Bay tiene puntos rescatables, sobre todo en la primera entrega, pues además de cierta fidelidad en el argumento, ofrece puntos de contacto entre generaciones, une a los padres con sus hijos en cierto sentido, sin ese paso por el cine de Hollywood no se habría reanimado en tal modo el movimiento en torno a los juguetes, eso hay que reconocerlo. Sin embargo para mi hijo el puente directamente fueron los juguetes que le mostré, los que tenía guardados en una caja grande para dárselos a él. Esto fue un día de octubre del 2013, su mamá estaba con nosotros. Saqué la caja con más ansias que él seguramente, había imaginado ese momento varias veces, tal vez incluso de que él naciera. Desempolvar los viejos juguetes de la niñez es comunicarse con puntos emotivos de nuestro pasado. Los juguetes son paquetes sensibles, aglutinan bloques de espacio-tiempo, de alguna manera te retrotraen hacia otro tiempo dentro del presente en el que te encuentras. En esas condiciones, lo que hace falta es un interlocutor, alguien a quien contarle los detalles de la transmisión, de dónde vienen esos juguetes, cómo jugabas tú con ellos, cómo los guardaste, qué hacías tú de niño, y ese interlocutor ideal es tu hijo, que te mira con ojos luminosos, sonriente, sorprendido, sabiendo en su corazoncito que está presenciando su paso a un nuevo mundo mágico, se inaugura un nuevo lenguaje que compartirá con su papá. Sivertron, ¿qué es eso?, y ¿qué me dice de energón o de chispa suprema? Una mamá o unos abuelos difícilmente podrán hablarle de ello a un niño, pero el padre sí. Así que comencé a mostrarle a mi pequeño las bondades de esos juguetes, de robot a volqueta, a peta, a jeep, a bombero, camioneta, coche de carreras... ¡Qué niño no se sentiría maravillado! Al mismo tiempo, claro está, le enseñaba del cuidado, cosa todavía algo difícil cuando tienen menos de cuatro años, pero igual, inculcarle que maneje con cierto cuidado las trasnformaciones, saber conservar las piezas. Su mamá me atacaba en alguna que otra ocasión diciéndome que eran chinos, que se rompían sólo por eso. Se lo grabó a mi hijo en la cabeza, y hasta el día de hoy él tiene ese argumento, que comparto cuando corresponde, pero que es rebatido cuando comprueba que varios de esos juguetes imitados, no necesariamente chinos, se mantuvieron sanos hasta el momento presente, casi 20 años, y que si no los pisa, si no los deja caer en pavimento, si no los aplasta al caerse en su cama, podrán todavía sobrevivir un tiempo más para engrosar su colección. 

Por ahora quisiera cerrar esta entrada comentando algo que me llamó la atención respecto de la serie de televisión, de la transición que se opera de la Generación 1, protagonista en las dos primeras temporadas, hasta el momento en que deciden hacer la película y llevar el argumento por otros derroteros. Cuando termina la película se ha producido una especie de limpieza, como si la vieja idea debiera ser reanimada. Optimus Prime y varios de sus acompañantes claves fueron muertos. Megatron es ahora Galvatron, se mueve junto a otros soldados azules que en poco se diferencian unos de otros. Rodimus asume la lideranza en los autobots, acompañado por el otrora candidato a ese puesto, UltraMagnus. De los dinobots ya no se ve lo mismo, a GrimLock le dan un toque más caricaturesco, algo ridículo, en sus diálogos. La gran variante es que la trama ya no se desenvuelve en la Tierra, es decir, ya no se trata de un guerra en la que los autobots protegen a los humanos de la amenaza de los decepticons, que buscan fuentes de energía a como de lugar para exportarlas a su planeta destruido Sivertron. Ahora la trama se desenvuelve en lo largo y ancho del universo, con visitas a planetas desconocidos, con la inclusión de otros robots y personajes de lo más raros, algunos demasiado humanizados (manía Walt Disney), robots a los que les han agregado barba, bigote, e incluso bigotes estilo francés, como si fueran unos Rene Descartes mecánicos que se alisan el bigote en sus meditaciones a la luz de una chimenea. ¿Y los labios? Los labios en la autobot mujer, además de sus formas, tan humanas cuando es robot, todo ello le da un toque burdo a la serie. 

Pero eso no es todo. Cuando era niño, ya en tránsito a la adolescencia, todavía no habían las empresas de cable televisivo en Bolivia, años 92, 94, 95. La serie se transmitió de manera continua en Cadena ABC, que recuerdo con cariño, incluso sus espacios de comerciales. De pronto, después de la creación de los Stunticons y Aelialbots, sin ningún aviso, el salto a la nueva Generación liderada por Rodimus. Ya no me gustó para nada, paré inmediatamente de ver la serie, y pocos días después ya ni siquiera se volvió a transmitir, pasaron a poner otros dibujos animados como Casafantasmas, Johny Quest, y creo que hasta Tortugas Ninja. Eso era mejor que ver cómo arruinaban la idea original de la serie. En esos años recuerdo que no me gustaba para nada los nuevos personajes, el cambio radical en el trasfondo de la serie, los dibujos de los nuevos robots, ni la forma en que mostraban sus transformaciones, de una manera tan cortada que perdía ese mínimo de credibilidad, y esos bigotes, incluso en algunos la forma de un sombrero tejano, todo ello era idiota, tenía 13 años y me daba cuenta perfectamente. 

Hoy, 20 años después, cuando veo ese paso de la serie, ese salto abrupto, mejor entendido con la visualización de la película animada, puedo observar otras razones y entender porqué se esfumó el encanto. Aquellos años, la decepción de ese cambio contribuyó a que se sumara un sentimiento más al de la admiración que teníamos a esos personajes, Optimus Prime, Perceptor, Power Gly, Megatron, Sound Wave..., junto a todos sus aliados Combiners, y es que habíamos pasado a sentir además nostalgia por la atmósfera y familiaridad de esos capítulos. Así, para muchos representó el fin de un ciclo en la niñez, se siguió coleccionando los juguetes mientras llegaron, sobre todo imitaciones, sólo en base a la reserva de admiración y cariño que le teníamos a la serie en sus primeras temporadas, a la idea original. Luego pusimos todo ese cariño en una cajita, cerramos con llave, y lo dejamos en las cajones de la niñez, listos para dar otros pasos en la vida que se abría de par en par ante nosotros. Y así como revive Optimus en algún punto de la historia, así como lo encuentran los Primales en Beast Wars, en una especie de museo autobot, así también vuelven en nosotros una serie de flujos cuando reabrimos la cajita para compartirla a brazos abiertos con el hijo amado. 

Retomo la serie junto con Tiago y noto algunos elementos en los que perdieron el toque los que pasaron a encargarse de los capítulos de la serie después de la muerte de Optimus. Bajó la calidad de los dibujos, pero también de las transformaciones, como ya hemos dicho. Pero principalmente se volvió más oscuro, más violento, dirigido a un público un poco más grande, en sus mismos diálogos y argumentos, no por complejos, sino por lo que daban por sentado, hablaban de engaño, de maniobras para engatusar a la víctima, o mostraba escenas algo fuertes para un niño, como por ejemplo en la serie de cinco capítulos titulada "Las cinco caras de la oscuridad", donde no tienen problemas en mostrar cómo trituran en pedacitos a uno de los héroes, el helicóptero verde que acompañaba a Rodimus; es una descuartización, probablemente algo chocante para los niños que estaban encariñados con ese autobot. Sin embargo los nuevos productores de la serie no supieron mantener esos lazos emocionales de los espectadores con los personajes de la serie, ahora eran demasiados elementos en cada capítulo, galaxias y planetas en una misma sopa, monstruos de cinco cabezas o robots con cabezas giratorias, pulpos monstruosos, salamandras asesinas robóticas, además del fantasma del planeta devorador Unicron, viajes espaciales por aquí y por allá, todo ello era más difícil de absorber, la trama se abría y abría, en algún momento llegaba el cansancio, la dispersión, no había el encanto tampoco en la trama, algo más seria, algo más adulta, como si hubieran olvidado que se trataba de una serie de dibujos animados para los niños, ahora querían captar la atención de los niños que ya había crecido un poco, tal vez hasta de los chicos de quince años. 


jueves, 6 de febrero de 2014

MICHEL ONFRAY, PRESENCIA CERTERA



Por: Jorge Luna Ortuño

Hay algunos en el panorama teórico actual que ven con muy malos ojos a los intelectuales que aparecen con demasiada frecuencia en los medios, peor si es la televisión siendo entrevistados. Michel Onfray, filósofo francés, responde con sarcasmo: "también existen los intelectuales que se quejan porque nadie los invita a un programa y sus libros no los leen más que sus amigos en la academia y colegas, también existe eso, yo elijo a qué programas quiero ir, no acepto cualquier invitación, eso no está tan mal". 

Onfray, que a sus 28 años sufrió un paro cardíaco, nos ofrece una especie de filosofía novelada, aunque él no la presenta así ni tiene necesidad de hacerlo. Escribiendo sobre el Jardín de Epicuro como modelo para la Universidad Popular -que fundó el 2002 junto a sus amigos colegas en Caen-, utiliza el denominativo de personaje conceptual. Así es, el Jardín aludido funcionaría como una especie de personaje conceptual en sí mismo, siguiendo la propuesta de Deleuze y Guattari en Qué es la filosofía. Sería una "oportunidad de filosofía y de filosofar", "una casa destinada a la idea". Así Onfray avanza y nos hechiza, conjuga la capacidad de entusiasmarnos con un estilo vigoroso y de escasas citas, su prosa es encendida, no se contiene, dispara por ráfagas, párrafos cortos, y de vez en cuando se da tiempo para abundar en el uso de adjetivos y descripciones sensoriales. 

Sus libros son best sellers, al menos algunos de ellos, tiene publicados más de 50 y cuenta menos de 55 años. No es un cínico como lo era Diógenes de Sinope, ni es un escéptico como lo fue Pirrón, y tiene especial afecto por Epicuro. Sin ser como ellos, logra un impacto demoledor, llama la atención y es leído por públicos muy amplios. ¿Cómo? No es un gurú de autoayuda, no no, pero entra en ese circuito que tan bien aprovechan las multinacionales como las marcas de ropa americana, que mediante sus productos invitan a la individualidad, a la originalidad, a la rebeldía, a cierta construcción de uno mismo, liberalismo democrático mal entendido. Onfray utiliza la filosofía para contradecir en ese circuito. Entiende que la filosofía de la época helenística se preocupaba por teorizar en función de efectos prácticos para la vida, que tiene conexión todavía con las preocupaciones actuales de la gente en Europa. Robert Kiyosaki logra un éxito editorial con su serie de libros "Padre Rico Padre Pobre", porque cuenta su historia mientras enseña nociones de economía con la promesa de que te ayudará a volverte financieramente independiente. Jurgen Habermas en cambio escribió un libro junto al penúltimo Papa, sabemos que le interesan temas relacionados con la comunicación, pero vaya a saber cuál es el público que lo lee. Michel Onfray se destaca en este campo, sabe ventilar sus ideas, sabe construir sus canoas para decorar el envoltorio, y ofrece algo que cultiva a los que lo leen, o lo van a escuchar en sus clases magistrales en la Universidad Popular. 

Pero habíamos dicho que buena parte de su propuesta consiste en escribir una filosofía novelada. Entendemos aquí la novela de una manera muy simple: un género literario en el que se narran las peripecias de unos personajes. Onfray nos narra las peripecias de ciertos personajes dentro de la historia de la filosofía, por supuesto que en la página que escribe los héroes tienen que tener buenos tratos con la inmanencia. Para Onfray los buenos de la película son Epicuro, Demócrito, Nietzsche, Montaigne, Deleuze, entre los que más rescata y utiliza como "filósofos de cabecera". El gran villano en su novela siempre es Platón, a quien no le tiene la menor misericordia; ocasionalmente Kant y Descartes juegan también ese papel poco honroso. El personaje del malo en Onfray es bastante plano, no tiene matices, no se permite el mínimo grado de admiración, o los quiere o los odia por completo, no admite medias tintas. De modo que su villano es siempre un personaje plano, muy cercano a esos villanos truchos que se encuentran en una película de acción de clase B. Ahora, si se trata de un uso adecuado de lo que es un personaje conceptual, lo que hará Onfray, pese a la dureza de sus palabras, no será decirnos que le cae mal Platón, o que tiene casi un problema personal con él. Lo que pasa es que en la construcción teórica de su plano, el que cumple el rol de frontera, aquel que devuelve todo a la cochina trascendencia, es Platón, porque la misma historiografía oficial se ha encargado de ponerlo en ese lugar referencial. Es una cuestión de ser consecuente en su forma de ver las cosas. El personaje cercano es un amigo del concepto, ayuda a rayar los vértices del problema al que remite, y al mismo tiempo existe el otro, que Deleuze llama el personaje antipático, el que señala los peligros propios del plano, las malas percepciones, las distorsiones, aquello que invoca un carácter repulsivo, y que sin embargo es también parte de la trama del plano que se está construyendo. El gran antipático para la generación precedente en Francia, conocida por algunos como los posestructuralistas, había sido Hegel con su dialéctica devoradora. En la lectura de Onfray parece darse por sentado que la batalla contra el idealista Hegel ya fue superada por sus antecesores. Foucault, Lyotard y Deleuze, principalmente, prolongando el proyecto nietzscheano, ya lograron cavar una serie de salidas para el pensamiento filosófico frente a la hegemonía que ostentaba el autor de La ciencia de la lógica. Pero necesitaban de esa inercia en contra para dar vida a sus proyectos, y lo mismo pasa con Platón en la construcción de una Contrahistoria de la filosofía, la colección de más de 10 tomos que Onfray viene trabajando como sostén teórico de la Universidad Popular. De modo que Onfray concentra el furibundo poder de su pluma para descargarlo contra Platón y su edificio teórico desde distintos ángulos; avanza en bloque, sentando bases para una erótica, una dietética, una ética y una política. 


Curiosamente, no es muy fácil toparse con lectores interesantes de la obra de Onfray: o lo leen para responderle, cayendo en el juego, o lo leen para seguirlo de manera fanática. Sin embargo, Luis Diego Fernández, filósofo argentino radicado en Buenos Aires, es el caso privilegiado de un lector cómplice. Él nos hace notar con acierto que "Onfray no es un gran creador de conceptos, como sí lo era Deleuze, pero en cambio es un gran sistematizador de tradiciones". Esto es muy interesante porque existen una serie de filósofos interesantes a los cuales la definición de D-G no les acomoda. Por ejemplo, sin ir muy lejos geográficamente, a Tomás Abraham; el rumano-argentino no es un aficionado a la creación de conceptos, él prefiere hablar de ideas y no complicarse la vida. Pero vaya que Abraham es una compañía invaluable a la hora de ponerse el casco y lanzarse a los campos de follaje verde de la filosofía, y teniéndolo cerca como guía y mano amiga. En este sentido, Onfray funciona de una manera parecida, es un hacedor de brújulas. No se propone crear, no es un innovador. Se autodenomina como hedonista, nietzscheano de izquierda, pero me parece que es, ante todo, un ecléctico, reivindica aquella corriente poco retomada de la época helenística. ¿En qué sentido? Porque elige y selecciona lo mejor, pero no lo mejor en sí, sino lo mejor para su proyecto, lo que le permite avanzar en su propio proyecto. Esto requiere que él tenga muy claras las cosas, y las tiene, por ello otra característica que Luis Diego Fernández también resalta en su corpus filosófico, y es la coherencia. 


La primera tarea, por tanto, es cartografiar estos territorios. Enseñar a practicar relevos, identificar los pasajes, anotar los callejones sin salida. Aquí se subraya el obstáculo, el imposible flujo; allá se descubre la línea de paso. [...] Así, la filosofía se enseña a la manera de como se hace un mapa. Luego se entrega una brújula y se invita a cada uno a dibujar su ruta, a inventar su propio camino. 
 (Michel Onfray, La comunidad filosófica, p. 117. Gedisa editorial. 


Volvamos a la imagen de Onfray como "sistematizador de tradiciones". Su trabajo consiste en extraer y conectar, uniendo cabos para dar una figura de mosaico, donde teorías filosóficas que mantienen una amistad silenciosa por su vocación afín se pueden finalmente encontrar juntas. Por ejemplo, en Las sabidurías de la antiguedad, la manera en que raya un territorio y pone juntos a los filósofos hedonistas que deben ser recuperados para su mundo no canónico. Se trata de una radicalización de una intuición que ya se hallaba en el trabajo de Gilles Deleuze. Si uno lee las palabras de Deleuze en libros como Diálogos o Conversaciones -ideales para aprender a leerlo- se verá que él ya se refería a la existencia de un linaje subterráneo dentro de la historia de la filosofía, una especie de linaje lateral, contracultural, marginal si se quiere, donde colocaba a Lucrecio,  Duns d´Scotto, Bergson, Spinoza... Sentía que había una especie de conexión eléctrica entre ellos. En su obra se hallaron los vínculos para entender esa secreta filiación. 

En el caso de Onfray el trabajo de hacer esas filiaciones se efectúa sin la misma profundidad. Su caso no es el de una ballena que se interna en lo más hondo de los mares, más bien se trata de un pez saltarín que no puede estar quieto ni a gusto demasiado tiempo en un solo lugar, vive de la variación, de la velocidad, de la producción obsesiva. Escribe como máquina, un flujo de escritura con vida propia -como atestigua después de su infarto- apenas pasa los cincuenta años y ya tiene algo así como sesenta títulos publicados. Es una barbaridad, es como si Onfray no se limitara a meterse al baño con un libro para leerlo, ¡él prefiere meterse con su computadora portátil para escribir!. Dejando la broma de lado, lo cierto es que una deficiencia de la publicación frecuente se nota cuando un escritor escribe más de lo que lee. Onfray es prolijo y exitoso editorialmente, pero esto nos deja dudas. Existe muchísimo que leer, posturas nuevas, reactivaciones, giros interesantes, trabajos que ya han sido hechos por otros. A Onfray parece no importarle si se repite, tiene un coraje de producir que por otra parte es notable. Juega según sus reglas, es un egoísta en más de un sentido, pero también habla del contrato hedonista, "gozar y hacer gozar al otro". Me resulta algo chocante su manía de encontrar siempre alguien contra quien estrellarse para poder dar rienda suelta a su admiración por el otro bando. Cuando escribe su libro sobre Camus tiene demasiada necesidad de denigrar a Sartre, de hacerlo papilla de algún modo, o de vengar las duras palabras que éste le había dedicado al argelino en una correspondencia muy agitada. Sartre le había dicho a Camus, entre otras cosas, que sus lecturas de filósofos no eran de primera mano, que su lectura era débil, que no había entendido a Hegel, que era un filósofo clase B... Onfray responde con malicia lo que Camus prefirió callar en su momento. Según él sólo se limita a exponer los hechos, poniendo al descubierto una incongruencia política que pocos supieron perdonarle al autor de El ser y la nada. Entonces, y ya finalizando, lo que choca en Onfray es su gusto por la polémica, por las palabras subidas de tono, su necesidad de ahondar en detalles de la vida privada, de cómo vivía tal o cual, descartarlo, hacerlo quedar mal, y luego comenzar a afirmar su propia vena productiva. En este sentido se puede decir que Onfray esboza un antirelato radical. No es "contra", es "anti". La diferencia es grande, la contracultura por ejemplo en los 60 no se definía como algo opuesto, sino como una compensación, "contra" era más algo así como equilibrar del otro lado, compensar. Pero Onfray es anti, y es el filósofo anti-Platón, sin la menor pena. Reduce toda crítica posible a su propia altura, no se toma el tiempo de encontrar algo admirable en aquellos con los que no está de acuerdo. Es amigo de las simplificaciones, mejor evitar los rodeos antes que dar oportunidades. ¿Será correcto decir que Onfray escribe a veces con el hígado, que es un escritor algo visceral? 

No importa. Nosotros a la vez podemos también ejercer el eclecticismo al leerlo. Hay mucho para tomar de Onfray, hay líneas de intersección en las que se puede trabajar a su lado, o al menos con la sensación de su enfoque. Destaco sobre todo su reivindicación, muy justa, al saber poner una distancia entre los temas y los tratamientos filosóficos. No es ya lo que caracteriza a la filosofía el objeto del que se ocupa; antes bien, lo que garantiza su singularidad son los procedimientos que pone en marcha, la manera de leer, de abordar sus temas. No es que lo haya dicho antes, pero le ha insuflado una energía desbordante a esa posición, y esto origina nuevos campos de trabajo, como por ejemplo, lo que denomina la "gastrosofía". 

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Parque De Filosofía -- Aeropuerto de Ideas




La noche avanza inclemente en su paso sin hacer el menor caso a las expectativas de las mentes vacilantes, se detiene y mira con cautela, no hay nada que temer, todo está bien. En las calles algunos seres anónimos para nosotros duermen sobre pedazos de cartón y utilizan otros tantos para cubrirse del aire frío que nos visita en horas de madrugada. No lleva a nada en este momento lanzarse en un discurso sobre las desigualdades, como el hecho de que yo escribo esto en una computadora portátil sentado en un cómodo cuarto mientras otros seres se acomodan cada tanto de uno y otro lado para aminorar los moretones y el dolor que empiezan a sentir en los costados. No podría concebir ni siquiera en este marco en afanarme por tener un reloj de marca que, según la cotización de un amigo, vale alrededor de $us 15000, sería convertirse en un atorrante de siete suelas.  

Lo que sí me interesa apuntar es que al menos se me ocurrieron un par de ideas en estos dos últimos días. Leí en la fantástica Revista Ñ de Clarín un artículo en el que se cuestionaba el valor e impacto sobre la literatura del twitter. Un escritor decía que prefiere tener una idea al año que sirva para escribir un libro, que tener 20 ideas al día para usarlas como tweets. Esto me hizo cavilar durante dos minutos sobre el valor de las ideas, sobre el mercado en el que son expuestas, y la importancia que pueden tener o no en un circuito simbólico. El caso es que mi idea era básicamente una agrupación de varias otras ideas que desfilaron por mi mente desde hace un par de años. No sólo es el Parque De Filosofía el tipo de espacio que asegura las trasferencias que deseamos efectuar. La niñez y sobre todo la adolescencia son etapas de la vida en formación que extrañan ciertas transferencias educativas que no reciben a nivel colegial. Nos ocupamos entonces de diseñar y poner en movimiento espacios sustitutos, eso que Justo Pastor Mellado denomina espacios editoriales. 

Parque De Filosofía está plenamente conectado con un Aeropuerto de Ideas. Los porteños de Valparaíso organizan cada cierto tiempo un Puerto de Ideas. La idea me parece llamativa. En mi caso sin embargo la creación impulsa un Aeropuerto de Ideas. Qué quiere decir puerto aéreo. No es que el puerto esté en el aire, pero es un puerto que sirve para hacer aterrizar naves que están en el aire, y para hacer despegar otras. Se trata de dos momentos complementarios. Hace un tiempo cuando leía un libro de Hegel tuve una especie de visión, justamente en una espera en la sala de pre-embarque para que saliera mi avión de Cochabamba a Santa Cruz. Soñaba que tenía tratos personales con filósofos referenciales de la historia como Rosseau, Hobbes, Diderot e incluso creo Spinoza. En un momento dado se anunciaba en los megáfonos la llegada del vuelo de Rousseau, y eso nos ponía a todos en movimiento, el anuncio era en realidad la apertura de una temática. Era alucinante estar sentado en una sala de espera y saber que en los próximos vuelos llegaban filósofos de la Antigüedad. Estoy seguro que Jostein Gardner, el autor del best seller El mundo de Sofía, podría escribir una buena novela usando esta idea; yo no creo que tendría el tiempo ni el suficiente talento y motivación como para escribir una novela acerca de ello, pues mi manera de prolongar la idea sigue otros derroteros más ligados al campo del ensayo y la gestión de acciones culturales. Me pregunto ¿qué querría decir que la voz en el sueño anunciara la partida de un filósofo por la salida de su vuelo? Probablemente que su estadía en nuestro espacio aéreo terminaba, aunque no quedaba clausurada la posibilidad de conexión próxima, y de que un siguiente vuelo le haga tomar una escala para revisitar el mismo lugar. El aeropuerto es también importante por la facilidad con la que permite establecer paralelos para dar un sentido clave del doble trabajo con las ideas: algunas hay que hacerlas aterrizar, concretizarlas con respecto a nuestra actualidad, a condición de operarles ligeras modificaciones, pero ellas están en nuestro espacio aéreo; otras hay que terminar de ensamblarlas y dotarlas de suficiente aliento para hacerlas despegar, mandarlas al mundo de las conexiones donde se enlazarán con otras de variadas procedencias para hacer crecer agenciamientos específicos. Se trata siempre de un espacio aéreo, en el sentido que Henry Miller se refiere a las ideas y los grandes libros. Él dice ¿quiénes firman los grandes libros? No somos nosotros, aclara, pues concibe al artista como un ser que tiene una antena, que tiene la felicidad de captar ciertas ideas que están en el aire y de "engancharlas" en modo adecuado. Se podría decir entonces que el artista hace conexiones; un aeropuerto también sirve como espacio de conexión entre un destino y otro. Si bien en temas de vuelos los destinos y los puntos de partida siempre están bien delimitados desde un principio, en cuanto al trabajo de las ideas lo que nos interesa recalcar es ese estado de estar en medio, de que un aeropuerto no sea nunca el lugar de llegada ni el lugar de partida específicamente, sólo es un medio. Nunca se viaja a una ciudad para ir a conocer el aeropuerto de esa ciudad... si me dejo entender. 



martes, 20 de agosto de 2013

OTRA FERIA DEL LIBRO EN SANTA CRUZ. ¿PERO LA LECTURA?



"Lectura. Instrumento del proceso cognoscitivo de determinadas clases de información o ideas contenidas en un soporte y transmitidas mediante algún tipo de código, usualmente un lenguaje visual, táctil o auditivo, que permite interpretar y descifrar el valor fónico de una serie de signos escritos, ya sea mentalmente o en voz alta".
Ley del Libro y la lectura Oscar Alfaro

En Santa Cruz se vive con especial entusiasmo la llegada de las diversas ferias que engalanan el año de ésta bella ciudad. La Expo Feria, por ejemplo, lo paraliza todo durante el mes de septiembre. La Feria del Libro no tiene el mismo lugar acaparador en las preferencias de la ciudadanía, pero despierta atención y promueve vida social en un espacio diferente, con los libros pasando a ser un poco el decorado de la ocasión.

Es posible que esta última afirmación despierte una mirada chueca en algún miembro de la Cámara del Libro, pero no tiene el objetivo de enemistarse con nadie.

 Veamos. La última Feria del Libro cruceña se realizó entre mayo y junio de este año. El periódico La Razón publicó una nota informando que asistieron 116 mil visitantes en esas dos semanas. Fantástico. Jorge Luis Rodríguez, presidente de la Cámara del Libro, se sintió complacido con la cifra, que establecía un nuevo récord. “Teníamos varios objetivos para este año y logramos cumplirlos todos. Se puede decir que cada nueva versión de la feria representa un éxito más grande que las anteriores ocasiones”, señaló a modo de balance inicial.

¿Pero se puede decir que por esa Feria del Libro la gente lee ahora más en Santa Cruz? Más importante aún, ¿acaso han aprendido a leer mejor lo que leen? Porque no basta con decir que se conoce el alfabeto para decir que se lee. Jesús Urzagasti planteó una distinción en un gran artículo ("El libro en manos del analfabeto"), entre el analfabeto a secas, y el otro que es el analfabeto funcional. El primero nunca tuvo las posibilidades de acceder a educación; el segundo es el que no lee porque no le da la gana, aunque haya ido a la escuela e incluso se haya enrolado correctamente en la maquinaria social.

Los institutos que venden paquetes para leer más rápido, o captar más palabras por segundo, podrán hacer su agosto creyendo que ellos poseen la fórmula para la lectura. Pero sus afanes les son ajenos a los organismos entrenados para la ficción. En realidad, en una feria del libro, el agosto lo hacen los libreros y las editoriales, y de manera completamente válida, puesto que arman su plataforma de negocios como se hace en cualquier otra industria.

Lo que sí sería conveniente es diferenciar entre las Ferias que organiza la Cámara del Libro, que equivocadamente se apellidan “Del Libro”, y otras plataformas que realmente se ocupen de la lectura como herramienta de formación ciudadana. En realidad lo que siempre vemos son Festivales de las editoras, de los libreros y las imprentas, y en Santa Cruz también del periódico El Deber. Porque si se tratara de fomentar la lectura, sería muy distinto. En ese caso se pensaría primero en el lector. Sin embargo, en los Festivales de las Editoras sólo se aprecia al consumidor, y el libro es de repente mera mercancía. Lo decía así Jesús Urzagasti cuando criticaba la encapsulación del aliento mágico del libro en favor de su impulso comercial: “el libro viene con el prestigio del antiguo hechizo de la lectura pero pierde el aliento y se desmorona entre tantos intermediarios, fríos y desconocidos”.

Puede esto constatarse cuando una librería bastante elitista por sus precios, como El Ateneo de Santa Cruz, anuncia que poblará su stand con un nutrido número de ejemplares del último libro de conspiraciones de Dan Brown como oferta central. Lo mismo pasa cuando el sello editorial Comunicarte hace noticia por su masiva venta, durante la Feria, de un libro de historias de superación que anuncian como “el nuevo “best seller de Bolivia”: Manjar para el corazón del adolescente. Pido disculpas al lector que acaba de echar la tasa de café o atorarse con la empanada que estaba comiendo después de leer estas líneas, pero la realidad es que es esa la gran literatura que triunfa en la feria del libro cruceña.

Pero no es todo esto motivo de queja o lamentación, simplemente cabría hacer diferenciaciones. Frente al Festival de las Editoras, podríamos los demás construir un espacio alternativo que se llame Bienal del Libro. (¿Dónde están los escritores independientes, que en la Feria del Libro fueron devorados por la maquinaria editorial?) La intención de organizar una Bienal de la Lectura sería intervenir efectivamente el espacio social donde se realice. Debería servir para realizar diagnósticos del estado de la literatura de la ciudad. No quedarse en la presentación de las novedades, sino rumiar también lo valioso que pasa desapercibido. Enseñar que leer no es una sola cosa, más bien que existen prácticas de lectura múltiples, unas cargadas de tristeza, otras rebosantes de un deseo inagotable de conexiones. Que leer no es descifrar lo que otro quiso decir, sino encontrar nuestras relaciones contemporáneas con tal o cual libro; y crearlas si es necesario.

En esta Bienal de la Lectura no nos preocuparíamos por las estadísticas, ni por acumular expositores. Se instalarían espacios grandes con asientos cómodos para que los lectores puedan cortejar al libro de su preferencia, sin que el vendedor esté encima para apurar la compra. ¿Han visitado la librería Ateneo de Buenos Aires? Porque para salir a la caza de un libro debe uno ponerse en estado de ánimo, centrar un poco los sentidos, y comenzar a hojear. No es lo mismo que ir a una feria de calzados o artesanías para el hogar.

En todo caso, no se trata de pedir que desaparezcan las mal llamadas Ferias del Libro, que organiza la Cámara del Libro. Simplemente hay que constatar que su formato es insuficiente para decirnos algo sobre prácticas de lectura. Que cumple su función en cierto nivel, pero después deben crearse espacios posteriores. Pues una Feria del Libro muchas veces capta la atención de alguna gente por el acto de leer, pero no se trata de que lean cualquier cosa y de leerla como sea. Se debe hacer también un trabajo para encauzar ese interés despertado por la lectura en los ciudadanos de todas las edades.

Finalmente, recuérdese que la Feria del Libro cruceña estuvo marcada por la reciente aprobación de la Ley del Libro y la Lectura Oscar Alfaro, donde se precisa un concepto de la lectura opaco, demasiado burócrata, que citamos en el epígrafe. Es una ley cuadrada a la medida de sus ferias. Lo curioso es que mucho se habló de si los libreros dejaban de emitir facturas o no por los libros, pero nadie se acordó de hacer algo por el escritor. Ni se puso una medida definitiva contra la piratería en nuestro país, ni se tocó siquiera el tema de los pobres porcentajes que conceden las editoriales a los escritores nacionales por publicar sus libros con ellos. El festín es de los intermediarios, por ahora. El banquete del escritor(a) y los lectores pasa por una complicidad de músicas por venir y comunicaciones silenciosas. 


lunes, 17 de junio de 2013

PROGRAMA DE AMPLIACIÓN DE LA FILOSOFÍA: EL ENFOQUE


¿Qué es la filosofía? En más de un libro leí que no se puede hablar de la existencia de filosofía, pero sí de filósofos. Tomás Abraham, filósofo argentino, dice que lo único que se ve son filósofos, y que hablar de filosofía a secas es quedarse en la abstracción. Es algo similar a lo que muchos críticos dicen sobre el arte, que el arte no existe, sólo los artistas. Otros podrán afirmar que existe una disciplina llamada filosofía que es independiente de quienes la practiquen y que puede transmitirse de generación en generación.

Es posible que estas dos posiciones no estén reñidas. Todo depende de hallar el enfoque. Pero lo que nos interesa señalar es que no se trata de una mera diferencia de opiniones. Se trata en realidad de una diferencia de enfoques. Un enfoque plantea una problemática, además de una manera de posicionarse frente al problema. Entonces, en filosofía siempre nos preguntamos por qué se dice lo que se dice; qué problema plantea aquello que se dice. Esto está brillantemente expuesto en el libro Qué es la filosofía, de Deleuze y Guattari. Es básicamente un modus operandi que puede observarse a lo largo de la historia de la filosofía.

Pero vamos concretando algunos puntos de nuestra propia cosecha. Sostenemos que la filosofía, el ejercicio de filosofar, tiene que ver con la búsqueda del ángulo más comprensivo a la hora de abordar una situación, un conflicto, un objeto, un libro, un film, una manera de combatir, etc. En este sentido, se lee filosofía para aprender a variar el ángulo de visión. Hacer filosofía es, para nosotros, el arte de variar el ángulo, saber elegir el enfoque, replantear la visión de un acontecimiento, objeto o relación. Esto se puede aceptar a condición de entender que se varía siempre por una cuestión de necesidad, no de gusto o de capricho. De ahí es que muchas veces la filosofía ha estado relacionada con periodos de crisis, tal es el caso del contexto que ve surgir a la llamada escuela cínica. Cuando hay crisis se debe replantear las cosas, pensar de nuevo, pues se trata de un momento de ruptura, y lo que se buscar es lograr una mayor eficiencia en la manera que se llevan las cosas. 

Todo esto tiene que ver con la lectura, aunque claro que no basta con leer. El filósofo escribe, la escritura es parte de sus prácticas cotidianas, es su modo de expresión, y cuando inscribe su escritura en el espacio público actúa para intervenir una escena. Cuando se escribe se plantean preguntas como: ¿Qué es lo que se va ha conectar y qué es lo que se mantendrá separado? ¿Qué referencia lateral es importante y cuál otra no? Y todo ello tiene que ver con el ángulo de abordaje. En el arte de escribir de esa forma, uno de los pulmones del filósofo es su biblioteca, y no sólo ella, también lo pueden ser su colección de películas en Dvd, sus álbums musicales, su misma relación con la internet, por qué no. 

Acerca de ser mejor
Tomás Abraham, en una serie de conferencias que brindó en la Facultad Libre de Rosario, insistió en la idea de que la filosofía no te hace mejor persona, es decir, no necesariamente, no se busque eso en ella, es lo que dice. De hecho, muchas veces una revisión por la historia nos hará ver que los filósofos no se caracterizan por ser buenos tipos, buenas personas. ¿Los griegos? No lo sabemos, ¿qué dirían los más amanerados, hoy dando clases de ética en las palestras, de un Diógenes de Sinope? Shopenhauer era casi depresivo, Nietzsche terminó como terminó sin que esto abra un espacio de permisión para juzgarlo. Kant era el asceta de escasos tratos con el mundo femenino, ese era su mundo es todo. Hegel no es recordado como un tipo agradable... Pero es inútil entrar en ese detalle. El caso es que no estamos seguros de que la filosofía sirva para mejorar a las personas, no es un asunto de ayuda personal ni de motivación. Pero la práctica de filosofar, ¿qué es eso? ¿En qué aporta la disciplina del leer? ¿En qué aporta la disciplina de abordar lo que se vive con una mirada más integral? Siguiendo lo antes dicho, filosofar viene a ser buscar el mejor enfoque, la mejor manera de entrar en una cuestión, y por tanto de plantear el problema. La filosofía no aporta soluciones ni nuevos conocimientos. No aporta información. Pero en un mundo de inflación de información, donde la red permite un intercambio masivo de conocimientos de todo tipo y cualidad, lo que hace falta son filtros, criterio, capacidad de valoración, discernimiento. Tomemos el caso del Gracie Jiu Jitsu: una cosa es el conocimiento de las técnicas, puede un practicante conocer el sumario de técnicas que se requieren para ser un cinturón azul. Pero lo que ofrecen los Gracies, y aquello que los convierte en excelentes profesores, es su grado de comprensión de cada técnica. Ryron Gracie y Rener Gracie han hecho un trabajo formidable en su serie de DVD´S titulada Gracie Combatives. Véase ahí cómo desmenuzan cada técnica, cómo analizan sus variantes, los puntos de apoyo y las prevenciones necesarias que requieren para no perder la posición al efectuarlas; son años de destilación. Entonces, una cosa es el conocimiento en general, otra cosa es la comprensión de ese conocimiento. Y no se llega del primero al segundo sin que intervenga de una u otra manera la filosofía. 

Al leer a Proust, Deleuze recuperó la imagen de aquel que lee para construirse sus propios lentes. Es muy acertado: se filosofa para construirse lentes o, en otras palabras, aparatos de lectura. Hay que aprender a hallar el enfoque más comprensivo en cualquier cosa que se haga en la vida. 

Comprensión
Terminaré estos apuntes usando un ejemplo de otro campo para redondear la idea. Esta mañana visité al ingeniero Juan Carlos Gutiérrez de un Supermercado de Veterinaria en Santa Cruz de la Sierra. Conversamos acerca de las maneras de lidiar con la maleza para proteger lo que se llama "la libre expresión de los cultivos". La entrevista era para una revista. Ambos acordamos la reunión porque deseábamos un encuentro productivo para ambas partes. Es decir, queríamos economizar en el tiempo invertido y sacar el mayor provecho de la conversación. Y no es diferente en cuanto al campo de la agropecuaria (que íbamos a tratar), pues cuando se habla de productividad en las tierras, también manda el criterio de la eficiencia: "lograr el mayor rendimiento con el menor gasto posible de recursos". En la ocasión el ingeniero me comentó que la manera más eficiente de lidiar con la maleza es la prevención. Dependiendo de la fase de daño que haya producido la maleza, y del tipo de maleza, se puede actuar con estrategias manuales, mecánicas o químicas. Pero él recomienda una primero: la prevención. Cierto que la prevención demanda gastos -apunta-, pero asegura que "prevenir es más barato que curar". Tiene razón, y nos damos cuenta en este detalle de que entre el campo agrícola y la medicina general existen una serie de paralelos. En suma, lo que cada uno está buscando en su área específica de desenvolvimiento, casi siempre, es abaratar sus costos y acrecentar su rentabilidad. Eso se llama eficiencia. Y lo que decimos es que una manera más comprensiva de evaluar los hechos es un paso hacia la eficiencia en tu campo. 

Ahora, nosotros creemos que la filosofía, la manera en que planteamos la lectura de la filosofía, puede ayudar a desarrollar ejercicios de comprensión que se aplican a cualquier área de la vida. Esto llevará a vivir de manera más eficiente. 

No basta con tener muchos conocimientos; hace falta dar un paso posterior: ¿cuánto comprendes de lo que sabes? La filosofía enseña el arte de la minuciosidad. Muchos hallan engorrosa su vocación por la pregunta, ese constante martilleo que parece prolongarse en una espiral inagotable. Así fue desde Sócrates, pues era esta la forma en que el pequeño personaje incomodaba a sus interlocutores, llevándolos a salir de su zona de confort mental. Les hacía preguntas minuciosas y molestas acerca de sus convicciones, sin tener él mismo una convicción definida aparente. Dialéctica socrática se le llamó a su arte, y eso lo supimos por Platón. Una manera de leer, de analizar los hechos de una situación, tiene necesariamente que romper con otras que están acostumbradas, muchas veces incluso impuestas, siendo defendidas en ocasiones por instituciones esclerosadas. Existe una manera institucionalizada de leer (y escribir) y existe una manera creativa. Incluso desde sus inicios en la antigua Grecia, tiene que romperse con el mito para que nazca la filosofía, es decir, tiene que romperse con una forma de ignorancia para que nazca otra. 

Es posible que hayamos logrado ya plantear aquí la idea germen. No hay necesidad de un tratado. Se trata de algo simple. Filosofía=construcción de ángulos de entrada=comprensión alta. Desde esta base, no es difícil imaginarse que se plantee la filosofía como una disciplina que necesita reactivarse en nuestra comunidad, renovarse como práctica creativa, siendo parte de nuestra interacción con el mundo caótico y la era que nos tiene como protagonistas.  

Nota: Este artículo se publicó el 23 de junio en el suplemento La Ramona, del periódico Opinión de Cochabamba. Véase el enlace para visitar otros artículos del suplemento.

FILOSOFÍA Y EFICIENCIA ¿COMPATIBLES?









lunes, 6 de mayo de 2013

La lectura y un Presidente indígena



El presidente Evo Morales volvió a hacer noticia a partir de una de sus afirmaciones medio despistadas medio acertadas. O tal vez sea más correcto decir que los medios de prensa nacionales se sirven de una de sus afirmaciones para convertirlo en línea de primera plana. Lo concreto es que hace unos días se encontraba promulgando la nueva Ley del libro y la lectura Óscar Alfaro (366), ocasión en la que confesó que tiene problemas para leer, que "a lo mucho ve los títulos o unas páginas" de los libros que le regalan. Se critica su sentido de la ubicación y del momento, pero tal vez aquel acto haya sido el más idóneo para plantear el problema. 

Breve rodeo: Al no tener Evo especial inclinación por la lectura, menos aún lo tendrá por la escritura, y entre ambas se pierde un mundo, sin que por ello éste mundo deba ser ajeno a sus aventuras. Resulta curioso sin embargo que en los últimos años haya sorprendido por la publicación de libros donde oficiaba como el prologuista. El primero del que tuve conocimiento fue "El fin de la prehistoria. Un camino hacia la libertad" de Tomás Hirsch. Si Evo Morales hablara como aparece redactando en ese texto, seguramente no habría llegado a ser el primer presidente indígena, pues sería uno más del montón. Para no caer en la monotonía hay que saber tomar cuenta de la singularidad de un personaje. El que escribe ese prólogo lo hace de la manera más uniforme, no patea al castellano en ningún momento, respeta las reglas de puntuación obedientemente, no se sale, no rompe nada, no provoca ni una fuga ni una risa.  Es tan "rectito" que termina por ser olvidable. Pero firma Evo Morales. Desconozco el valor que pueda tener ese texto aunque él lo firme, pues no corresponde con la relación que Morales mantiene con el idioma castellano. El autor Tomás Hirsh lo vio de otra manera, cosa suya. 

Además de este, se sabe también que hizo el prólogo del libro  “Abya Yala: una visión indígena” (2012), pero ese lo desconozco.

Volvamos a referirnos a las palabras de Evo respecto de la Ley Óscar Alfaro. Una reflexión un poco más acuciosa de sus palabras nos llevará a evitar los juicios, y más bien a reparar en las implicaciones. Alguien ya dijo, Evo Morales no es un ser que pasó a pertenecer a alguna realeza por haberse convertido en Presidente; su victoria electoral no lo exime de su pasado; en realidad es también un producto de las deficiencias y virtudes de la evolución de nuestro sistema educativo. En nuestro país se habla fácil de "incentivar la lectura", pero es como un eslogan vacío. La lectura es una actividad subestimada, y se la suele relacionar con los "hábitos", como cuando se enseña a los niños a que tiendan su cama. Pero la lectura habría que relacionarla mucho más con el juego que con los deberes. Dicho esto, es una falacia pretender que la palabra Presidente equivalga a decir "hombre leído", no por definición, sino por las muestras que nos brinda nuestra realidad.

Algunos comedidos le increparon velozmente por sus palabras, señalaron que les daba un mal ejemplo a los niños. Carlos Cordero, según una nota de Mónica Salvatierra en El Deber (5-5-2013), entiende que el mensaje condenable que se extrae de las palabras del primer mandatario sería que "sin importar que no se lea, igual se puede llegar a ser presidente". Pero eso sólo asumiendo que los niños o cualquier otro ser que siente el paso del tiempo, desee ser presidente. Hay muchas cosas más importantes y deseables que entrar en la política y convertirse en presidente. De hecho, nos resulta familiar la noticia de que los políticos leen poco, o apenas leen, sólo de ese modo pueden moverse a gusto en sus aguas. Esto también va acorde con la idea del actual gobierno, que consiste en quitarle relevancia a la formación académica, y valorar mucho más la experiencia de trabajo sindical.

Lo que no debe olvidarse es que la aventura de la lectura le sucede a cada uno de diversas formas, un poco gracias a la formación, al espacio geográfico que se ocupa, a las posibilidades de la casa paterna, pero otro gran trecho gracias a la valentía de cada uno para asumir su mundo, y elegir sus pasos en concordancia con sus asombros e interrogaciones más recónditas. No se lee "gracias" al colegio, la universidad o el precio alto o bajo de los libros, más bien se lee "a pesar" de todo ello. 

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lunes, 22 de abril de 2013

LECTURA, VIDA Y FILOSOFÍA





Jorge Luna Ortuño - Filósofo

 El mundo de los libros es un mundo maravilloso, demasiado extenso para el tiempo de una vida. Y dentro de la gran biblioteca humana, la filosofía como área temática ocupa un importante espacio que será el legado de la especie en los siglos por venir. Pero no es la existencia de una impresionante cantidad de libros de lectura obligada lo que nos plantea un gran problema a los seres humanos; es decir, no es lo primero tener que lamentarse al darse cuenta que habrá un montón de ellos que desconoceremos, que será imposible leerlo todo. Pues lo más difícil, lo que realmente hace inimaginable el tiempo que necesitaríamos es el hecho de que las prácticas de lectura se renuevan constantemente, generación tras generación.

Hace poco leí en Internet que la firma japonesa Neurowear creó un auricular inteligente, llamado “Mico”, que permite controlar la lista de reproducción musical en función del análisis del estado de ánimo de la persona que lo tiene puesto. El equipo consta de unos cascos de música convencionales en los que va situado un sensor situado en la frente, y que es capaz de detectar las ondas cerebrales. (www.alt1040.com). Cito esto porque algo similar se podría dar con la lectura: imaginen que en el futuro aparecerán unos I-pods o tablets sensibles, conectados por unos cátodos a nuestros cerebros, que nos permitirán leer libros digitales, pero ofreciéndonos una versión variable del texto según el estado de ánimo en que nos encontremos. No es algo tan descabellado. Después de todo, ya sea cuando observamos un hecho, hablamos de una persona, apreciamos un cuadro, escuchamos una canción o leemos un libro, siempre tenemos la capacidad de teñirlos del color que corresponde a nuestro propio estado de ánimo, a nuestros conocimientos, a nuestra actitud, a nuestra buena o mala digestión y otros cien factores.   

De modo que la apabullante cantidad de libros existentes, sumada al  inagotable material disponible en Internet, no es nada cuando nos damos cuenta que ni siquiera es suficiente con leer una sola vez cada libro, puesto que existe una pluralidad de formas de leer cada uno de ellos, y además éstas se renuevan. Muchas veces decir que un libro no sirve es una equivocación, más correcto es decir que no te ha servido a ti en un momento puntual, según los recursos de lectura con los que contabas, el desarrollo de tu ser como persona y el estado de ánimo en el que te encontrabas. Más importante aún –algo que se aprende en filosofía– es que no se puede pedir al libro que nos interese; no existe relación verdadera con el libro si antes no viene cada uno con preguntas e intereses propios, en búsqueda de algo, aunque sea el simple hecho de querer sentirse acompañado.

Esto nos lleva a ver algo que se omite cuando se habla de leer. Es muy común escuchar en diversas esferas de nuestra sociedad que se necesita fomentar más “el hábito de la lectura”. Pero casi nadie en nuestra sociedad se anima a precisar qué tipos de prácticas de lectura deben fomentarse, según qué concepto de la lectura e idea de lector(a). Año tras año se organizan ferias del libro, se abren librerías, se expande la piratería de libros universitarios, de autoayuda y organización empresarial; de hecho, actualmente en Bolivia se especula sobre la aprobación en el Senado de la Ley del Libro y de la Lectura Óscar Alfaro. Al respecto, Pablo Groux, ministro de culturas, sostiene que un objetivo de la ley es “ofrecer a la ciudadanía una mayor accesibilidad a los libros, con precios más baratos y mayor acceso a bibliotecas públicas, las cuales se crearán en cada municipio”. (La Razón, Bolivia 26-03-2013). Aunque suene positivo, nos parece que ésta política de incentivo se mueve en base a una comprensión estándar, muy pobre y desactualizada del acto de leer en el mundo que vivimos. No es una cuestión de precios ni de falta de bibliotecas lo que facilita el acceso a los libros, puesto que existen libros de todos los precios y escasos son los ciudadanos que van a leer a una biblioteca otra cosa que no sea el periódico. Lo que realmente puede fomentar las relaciones con los libros, y el acceso a los textos, es cambiar nuestra manera de concebir el acto mismo de la lectura.

Hasta aquí hemos planteado brevemente un problema, y ese problema exige que se piense el término lectura como un concepto. Brindaremos un ejemplo para mostrar hacia donde vamos.

Tomemos el artículo publicado en el diario El País, Madrid, por Javier Goma Lanzón (Suplemento Babelia, 14-03-2013) que titula “¿Dónde está la gran filosofía?”.  El autor defiende la tesis de que en los últimos 30 años, la filosofía contemporánea habría desertado de su misión de proponer un ideal y un relato totalizador a la sociedad de su tiempo, y por ello estaría en deuda. Además enfatiza que la filosofía siempre existió para proveer ideales intemporales y universales, una especie de objetivos morales que inspiren a los ciudadanos, que les dicten normas sobre cómo deberían ser. Pero ¿acaso es esa la tarea de la filosofía?  En una carta al director, (publicada el 23-03-2013), el lector Violant Barquet le objeta al autor que “los ideales no se proponen, ya existen”. Nosotros sumaríamos además que las diferentes formas de religión organizada ya se encargan de proponer ideales (paraíso terrenal, p.e.), y que ésta visión corresponde a la propuesta del gran Platón –tierra de cultivo de la teología cristiana– pero que no se puede hacer de ella una generalización para toda la filosofía. Siguiendo con la carta de Violant, él agrega que “la tarea de la filosofía, desde su origen hasta nuestros días, fue y debería seguir siendo la de poner en duda, es decir, cuestionarse lo que se da por hecho”.

La pregunta fácil sería ¿quién tiene la razón? Pero plantearlo carece de interés. Cierto es que nos sentimos más cercanos a los criterios de Violant Barquet, pero no porque él posea la razón, simplemente por una mayor afinidad en la forma de leer los textos filosóficos. Goma Lanzón termina así su artículo: “Si la filosofía quiere recuperarse como gran filosofía, debe hallar el modo de proponer un ideal cívico para el hombre democrático…”.  No compartimos esta idea porque, en nuestra práctica de lectura, no esperamos de una filosofía que nos provea de respuestas ya masticadas y digeridas –antes todo lo contrario. Lo que el autor del  artículo mencionado propone es completamente legítimo, y no hay lugar para la discusión, simplemente se trata de diferentes acentuaciones en la lectura. Es evidente que éste señor ha leído bastante, o al menos tiene un conocimiento amplio de la bibliografía filosófica moderna y contemporánea. Pero lo que él busca en los textos de la historia de la filosofía es probablemente algo que encontraría mejor en manuales de vida, tratados de moral. Hegel nos ha dejado un relato totalizador quijotesco, pero de difícil lectura, ¿cuántos lo llegan a leer? ¿Y cuánto ha influido positivamente en la historia? Kant construyó su obra como una maquinaria perfecta, nos proveyó del imperativo categórico, ¿dónde más se puede llegar en filosofía en temas de moral? Nietzsche planteó la inversión de todos los valores, nada le hubiera resultado más repugnante que hacer de sus libros unos recetarios normativos.

Por otra parte, la manera que tiene Javier Goma de etiquetar a los filósofos corresponde a las que se dan en los manuales de filosofía, los cuales tienen su propio código de lectura, más abarcador, revisionista y divulgador. Él cita decenas de libros y autores contemporáneos de manera erudita, sólo para despacharlos como insuficientes o ajenos a su idea de “gran filosofía”. Hay que entender cuál es el problema que plantea: su problema es que la ciudadanía se encuentra carente de modelos, certezas, bases bien fundadas sobre cómo vivir hoy en día de una manera superior, y le reclama a la filosofía contemporánea la responsabilidad de establecerlas. Para nosotros el problema que interesa es otro. Sólo para ubicarse en un plano, es bueno poder identificar según qué tipo de lectura plantea lo que plantea; nos parece una lectura más propia del comentarista y recopilador de textos. No es ni mala ni buena, simplemente es una práctica de lectura posible. La cuestión es que esa práctica de lectura, que no sabemos si es plenamente consciente, le marca también topes y límites a su manera de aprovecharse de la filosofía.

He aquí la gran diferencia. Para nosotros no se trata de cuánto puedes esperar de un libro de filosofía, sino de cuán preparado estás para saber aprovecharte de éste. Antes que la lectura, el lector. ¿Dónde lee? ¿Cómo lee? ¿Para qué lee? Jean Marie Goulemont señala que “el lector, en su relación con el texto, se define por una fisiología, una historia y una biblioteca”. (En su ensayo: “La lectura como producción de sentido”). Siempre que leemos estamos relacionando lo leído con nuestra biblioteca leída (sea grande o chica), con nuestro pasado, con nuestras vivencias, y nuestro entorno. Todo lo que tenemos es nuestra memoria y nuestra imaginación, por eso es importante leer, para enriquecerlos cada vez más, de modo que la siguiente lectura sea más productiva, más comprensiva, más placentera. Para nosotros el problema es otro, porque nos damos cuenta de que los grandes filósofos que admiramos, todos ellos, escribieron según los problemas de sus sociedades y según las condiciones de lectura de esas épocas. La forma de leer ha cambiado radicalmente en los últimos 30 años, sería tonto negarlo. Entonces el problema es ¿cuáles son las prácticas de lectura idóneas para el aprovechamiento de los textos filosóficos en la actualidad?

Hace ya un tiempo que se popularizan los institutos que enseñan métodos para leer más rápido (“lectura veloz”, “lectura inteligente”), pero están enfocados principalmente a textos de no ficción. ¿De qué serviría en filosofía leer más palabras en un minuto si no se comprende? Ahora, comprender es algo que depende mucho más de las condiciones del lector que de la prosa del escritor, del sentido que éste ha querido darle al texto o de la forma que lo ha hecho. Y hoy en día los textos multimedia, el uso de los blogs, las aplicaciones móviles para leer libros digitales en tablets o I-phones, todo ello implica una revolución en las maneras de leer, en la forma de captar pensamientos. El libro de Gordon Dryden y Jeannette Vos, La revolución del aprendizaje, es de lectura indispensable para ponerse al tanto.

Por otro lado, todo nuestro trabajo está enfocado en relacionar la filosofía con la práctica. Creemos que ya no funciona aquella definición que la considera sólo reflexiva, o contemplativa. En todos los ámbitos de la vida se demanda mayor reflexión, ya sea en torno a la crisis de la Iglesia Católica, del fútbol nacional, de la política, del Estado, de la economía mundial. Y en todos lados se murmura lo mismo: “debemos reflexionar sobre los temas de fondo”, “hay que reflexionar acerca de la estructura misma”, “hay que llegar a la esencia de las cosas”… ¿Cómo es que se sigue considerando inútil a la filosofía? Pero su utilidad no viene de que sea reflexiva. Nadie necesita de la filosofía para reflexionar sobre su campo, pero si se sale de su campo y busca en la filosofía puede ampliar sus maneras de aproximarse al problema, de plantearlo, de rayar sus vértices. Para nosotros la filosofía no enseña ideales, en cambio enseña a leer. Y no es poca cosa, pues la manera en que usted lee una situación, un problema, un partido, un libro, un cuadro, una relación, etc., puede cambiar la manera en que usted piensa, vive, aprende, trabaja, enseña y actúa. El filósofo no es un sabio, pero es justo esperar de la filosofía una mayor comprensión de las cosas, del funcionamiento del mundo, de las relaciones de poder, de la construcción de uno mismo…

Para nosotros leer, antes que buscar significados, es "hacer algo" con el texto, ponerlo en acción en otra parte, y no existe una sola lectura erudita ni profesional que pueda reclamarse como la “verdadera”. Nuestras formas de experimentar el estar-en-el-mundo cambian, y nuestra experiencia del libro también. Así, leer es como analizar un combate de boxeo: Cus D`Amatto y Mike Tyson visionando cintas de boxeo históricas: Dempsey, Louis, Frazier, Alí, Foreman… Y viendo esas cintas con el propósito de tomar algo para incorporarlo a su propio arsenal, construir su estilo. Esa es una práctica activa de lectura. Lo mismo se puede hacer cuando se entra en el fabuloso mundo de la filosofía. ¡Tanto para extraer! Lo único que se necesita es tener cada uno su propio plan en marcha, una dirección a la que tiende espiritual y profesionalmente, y entonces se sabrá mejor qué es lo que hay que buscar, dónde pulir y dónde potenciar. Antes que un “hábito”, la lectura es un “placer” de vida.


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éste artículo publicado en La Razón, Tendencias