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lunes, 6 de febrero de 2012

PROGRAMA DE AMPLIACIÓN DE LA FILOSOFÍA (II)

El devenir-filosofía del arte



Se trata de una primera experiencia que, al ser novedosa, afronta también los desafíos de toda iniciativa que camina sus primeros pasos. Desde un comienzo nos planteamos la tarea de abrir la filosofía, al contrario de lo que hace la academia, que consiste en cerrar, cerrar, especializar y producir esa suerte de relaciones incestuosas que no salen de las mismas cuatro paredes. En las reuniones con los más amigos, con Ramiro Majluf y Jaira Rivera, luego con Fernando Iturralde, y ya después con Joseph Oblitas, siempre surgía la necesidad de rasgar la tela, y convencernos de que no habíamos estudiado solamente para entrar en la carrera de ítems como profesores escolares de filosofía.


La idea siempre fue trazar líneas diagonales desde la filosofía hacia su afuera, y en mi caso este trabajo ha estado más dirigido hacia el campo del arte y la cultura. Producir relaciones de amistad entre la filosofía y el arte, es decir, afinidad, simpatía, convergencia creadora. Amar=Crear un plano compartido. Hacer filosofía=crear un plano. Escribir=trazar un plano. Todos los verbos en la vida implican la confección de un plano. Nosotros queríamos construir un plano con la filosofía para escaparnos a los espacios predeterminados que en La Paz ya nos condicionaban, o bien a meternos en la carrera por ser ayudantes, profesores y luego docentes, o bien al desempleo. O bien a trabajar como secretarias de biblioteca.




En nuestro plano siempre hay espacio para los cantos y para los gritos, incluso ahora que nos vemos menos por la distancia, pero no porque nos juntemos solo con los que nos dan la razón, sino más bien porque nuestras complicidades son lo suficientemente lejanas. La mayoría de las veces nos encontramos con una idea, un video o un libro, y le pasamos el dato inmediatamente al otro. Facebook lo ha hecho muy fácil en ésta época. Cada uno se encuentra primero con una idea, antes que con una persona. No necesitamos que nos pase lo mismo que le pasó, por ejemplo, a Fernando Diez de Medina, que terminó admirando a un Franz Tamayo idealizado, que era el que había dibujado su pluma, y terminó sufriendo al hombre, que resultó ser una frustración cuando lo miró más de cerca. (Léase Franz Tamayo Hechicero del Ande). En otras ocasiones nos encontramos con gentes que trabajan en otros campos, y más bien parecen venir de muy lejos, y la sintonía no siempre se presenta de entrada. Luego cuando sucede es algo mágico. Fanny, la esposa de Deleuze, tiene una bella expresión: como si fueran dos linternas que se encuentran a contrapelo en la noche de una carretera... Ella lo dice mejor, creo que la cito mal. Pero eso sí, lo que nos une a todos es el deseo de hacer algo. Que algo pase, o que algo salte en medio de la noche, cuando menos se espera. Por un lado hacer, pero por el otro saber abandonarse, estar a la espera de los devenires que no habremos espantado. Jaira en Uyuni, Fernando en los colegios, o Ramiro con el suspenso del tigre que acecha por su presa desde las tierras bajas.


En toda la historia de la filosofía no ha habido ningun gran filósofo que no haya tenido que construir su plano sin tener que ir al mismo tiempo contra una imagen del pensamiento preestablecida. Cuando Pascal filosofa sobre la existencia de Dios tiene que dar un giro que hace que su problema sea completamente otro, no pregunta ya si Dios existe, sino saber cuál es el modo de existencia más conveniente: el de aquel que apuesta por Dios o de aquel que no cree en su existencia. Esa era una nueva forma de pensar, que se salía, que rompía, que no entraba en la vieja discusión precedente. Escapaba a la imagen.


Pasa casi en todo, los espacios ya están predeterrminados, la universidad lo está, el libro lo está, la hoja en blanco que le espera al escritor no está nunca en blanco, pues una serie de líneas ya se le han prefijado, "está lleno de clichés" dirá un pintor al asomar su lienzo nuevo. Bueno, mi amigo Justo Pastor Mellado lo diría así: hay que desorganizar para organizar algo nuevo. Nosotros quisiéramos hacer todo lo posible por derribar esa vieja imagen de la filosofía, al menos en nuestro medio, aquella que la pinta como una disciplina inservible, poco aplicable, y obsoleta para el mercado laboral de nuestro tiempo, en el que se impone la velocidad y el pensamiento rápido, además de la escritura en formatos pequeños y desechables: Twitter, e-mail, text message, facebook, ya ni siquiera la velocidad que producía el telegrama, muchas veces ya solamente la transferencialidad de la nada.
Del arte hacia la filosofía
¿Y cómo le podría servir toda esta cháchara a un artista? Un artista se aproxima siempre a la filosofía, aunque sea por su cuenta y en silencio, y aunque él mismo muy poco pueda racionalizar de todo ello. ¿Cómo puede hacer uso de la filosofía un cineasta para su película? El cineasta bolivano Marcos Loayza decía en su ponencia que la relación se da a partir de la escala de valores, de las decisiones que el cineasta toma en lo que muestra y lo que corta. ¿Un problema de ser y de valor? En otro caso, cuando vi la película Zona Sur de Juan Carlos Valdivia sentí que se había aproximado en algo. Él mismo cuenta (en un documento que nos obsequió en la premier a todos los de la prensa) que estando en un barco de viaje a Europa estuvo tumbado por días leyendo la trilogía Esferas de Peter Sloterdijk, el genial filósofo alemán. Claro, es muy posible decir que ¡no entendió nada!, pero al mismo tiempo podríamos decir que su lectura fue no-filosófica, que es, como diría Deleuze, una lectura a la que no le falta nada.  De modo que el director boliviano se apropió de la idea de las esferas vitales en la construcción estética de su film, cargado de largas tomas circulares, y en eso Joaquín Sanchez lo secundó muy bien. Ese fue un atisbo... 

¿Y en cuanto a la pintura? ¿Y la música? No estamos seguros de qué puede aportarle la filosofía (hoy) a la pintura. Tito Kuramoto, el destacado pintor cruceño-japonéz, me ha contado algo sobre su manera de trabajar: él dice: ¿cómo hace un pintor para crear un efecto de mayor profundidad en un cuadro? Comienza a retirar los elementos claros de adelante y pinta los oscuros en el fondo, va creando contraste para tirar la mirada del observador hacia atrás. En el teatro se puede hacer lo mismo jugando con las telas y los colores oscuros. Estos son trucos de un artista. El filósofo también puede crear estos efectos de profundidad de campo. con su escritura. La cuestión es qué es lo que tiene necesidad de omitir cuando escribe sobre otro filósofo. Badiou critica a Deleuze que su Spinoza siempre le resultó un monstruo irreconocible. Pero él no entiende aquella mirada que descarta el interés de escribir un libro que redondeee en general tooodo Spinoza, o tooodo Hegel. Se puede producir un efecto concentrando conservando la energía para hacerla explotar en un par de cuestiones. Es que para Deleuze no se trataba de reproducir un semblante fotográfico, sino de volver a producir un efecto, el-efecto-Spinoza, lo cual ni siquiera consistía en limitarse a repetir lo que dijo. Esta es la misma pugna del pintor, incluso cuando pinta la naturaleza. Kuramoto dice que un gran cuadro sobre la naturaleza siempre será superior a una fotografía a colores de veinte megapixeles del mismo paisaje. "Porque la pintura trae en sí los trucos que la cámara nunca podrá realizar". Esta diferencia es también válida entre el filósofo y el monografista licenciado en filosofía. (Jesús Urzagasti le hace decir a uno de sus personajes en Un verano con Marina San Gabriel que el filósofo es un fotógrafo sin cámara).


Y en cuanto a la música, Cergio Prudencio y la OEIN es una prueba pero también la cifra de una frustración. Él escribe en algún lado estas líneas: “Los compositores nos parecemos, sobre todo los compositores "cultos" o "académicos". Somos un poco niños: frágiles, inocentes o ingenuos (no sé), ensimismados; también sensibles y vulnerables. Por eso encontrarnos interesante descubrirnos –por ejemplo– estableciendo afinidades y complicidades, o lo contrario: desafinaciones y complicaciones. Unos con otros, somos espejos o precipicios. Es como una fiesta de cumpleaños con piñata”. Esto que dice está muy bien, pasa también entre filósofos. Él es un hombre fuerte, pensador serio, una referencia, sin duda, pero me desencantó conocer que su idea de la filosofía era tan cuadrada, casi considerándola una anti-poesía. Cuando leyó su ponencia en éste encuentro, en el que fue uno de los invitados, Tomás Abraham, que estaba presente, no pudo aguantarse, le refutó: la filosofía no es pura racionalidad, no todo está tan controlado, también existe en ella un mono saltarín, viene con locura, con juego, imaginación, de otro modo no rompería nada. Pero era un cruce amistoso, la diferencia surgida no cambiaba nada en el mundo de esos dos grandes en sus campos. ¿Y acaso toda la experimentación que ha desencadenado la Orquesta Experimental de Instrumentos Nativos que dirige Cergio no se apoya en una filosofía de la diferencia y de la pluralidad? Al parecer no, no ha necesitado de la filosofía. La música se pensó a sí misma, lo cual es perfectamente posible. El trabajo de aprovecharnos de ella nos corresponde a nosotros: hacer, como filósofos, una lectura no musical de su música. Por otra parte, nos alegra como se dio todo esto, puesto que la experiencia pedagógica descolonizadora que lleva adelante el proyecto de la OEIN es ya por sí solo un modelo de trabajo que merece seguirse, que nos confirma lo que ansiábamos saber: existe gente remando en la misma dirección ahí afuera. Nosotros tenemos necesidad de aliados, ellos, quizás, no. 
Finalmente, no podemos dejar de hablar de la amistad, que fue la primera condición en la antigua Grecia que posibilitó el surgimiento de la filosofía. Amigo es en filosofía incluso aquel con el que no coincidimos en nuestras posiciones, pero la amistad como base del pensamiento hace que la divergencia no nos exima de pensarlo, de leerlo, y de intentar dialogar con sus escritos. Tomás Abraham lo hace así cuando escribe sobre Richard Rorty y subtitula el libro "el amigo americano". El amigo es a veces el lejano. En otras ocasiones el amigo es alguien tan cercano que se ha hecho indiscernible, parte nuestra, un tono de nuestra propia risa; no es sólo por una admiración mutua, es también una sincronicidad involuntaria de afectos, de risas, y una coincidencia de fugas, la que hace que estos amigos siempre estén, desde su camino, tirando un coche que los lleva a ambos un poco más lejos, a un espacio un poco más conveniente para sus naturalezas. Es muy probable que yo no estaría aquí de no haber sido porque el estudio de la filosofía me juntó con mi cumpa, con Ramiro Majluf, filósofo chaqueño, ahora ejerciendo como funcionario en favor de la cultura en la pujante tierra de Villamontes. Le debo mucho más de lo que él a mí, porque con la filosofía trazamos el plano de la amistad, un plano  que hizo posible que disfrutara tanto de su estudio. No podría relacionar la filosofía con repentinas carcajadas de nos ser por nuestra amistad. Cómo olvidar aquellas cálidas sesiones de lectura en las que entendíamos lo que podíamos y viajábamos en el tiempo, no como en El mundo de Sofía, sino a nuestro estilo más campechano,  más casero, a punta de mateadas y coqueadas, con diccionario a la mano, codéandonos de noche o de día con las ideas de Demócrito y Epicuro, Hobbes y Rousseau, Horkheimmer y Adorno, Marx y Engels, ó ya después de Clastres y Deleuze, pero en el modo de contarnos lo que habíamos descubierto por nuestra cuenta. Él era y todavía es algo más flojo, yo escribía más, pero con el tiempo fui dándome cuenta que lo hacía para compensar la ventaja que él me llevaba. Él siempre era más rápido para comprender por qué aguas rumbeaba un filósofo. Antes éramos jóvenes y estábamos algo confundidos. Ahora somos un poco más viejos y seguimos confundidos, y lo bueno es que no hemos perdido la locura, esa locura que te protege de no acomodarte en la solemnidad, de romper la cuerda y dar un salto. Quería hablar de esto porque la amistad debería ser siempre el trasfondo buscado cuando se plantean relaciones creadoras entre las artes, cuando se gestiona una acción cultural o se cura una bienal. 

De derecha a izquierda: Ramiro, Jaira Rivera, el que escribe, y Claudia
 
La amistad es una misteriosa afinidad,  una especie de emanación que otra persona capta, y el encuentro sucede, ambas pasan a crear y habitar un terreno de indiscernibilidad donde ya no interesan los juicios ni los reclamos,  sólo la camaradería, uno empuja y el otro jala más lejos de lo que hubieran podido por sí solos. No es necesario teorizarlo demasiado puesto que todos tenemos una noción vivencial de la amistad. Así que sin un básico sentido de amistad, el pensamiento está condenado a ser abortado desde el inicio, puesto que nadie oye al otro, y cuando oye sólo piensa en refutar. ¿No se ve esto ya demasiado en los coloquios o en los congresos de filosofía que organiza la universidad?
Esto continuará

sábado, 4 de febrero de 2012

EL ASCENSOR, UNA PELÍCULA DE PERSONAJES


La mejor película boliviana de los últimos cuatro años: El Ascensor*
 
“Por primera vez una película boliviana se centra y sostiene en los personajes (…) espero que este sea un gran aporte a nuestro cine. Yo particularmente, cuando voy al cine, veo al actor, más allá de la importancia de los otros elementos en el lenguaje cinematográfico. Para mi lo central en la película es el actor porque es el que hace creer si es verdadera o no la historia que estás contando. En esto muchas veces he notado en otros trabajos una especie de descuido, parece que la parte visual es más importante en otros casos, ese no es mi camino”[1].
Tomás Bascopé, Director de El ascensor.

     El director de esta excelente película, Tomás Bascopé, confiesa ser todavía un director de cine en formación, y no un cineasta. Es sensato, nada pretencioso, pero muy consciente del valor que tiene su trabajo ya en este momento. Dado el modesto presupuesto con que contaba, en un par de oportunidades dijo que para dar vida a ésta su ópera prima, lo único que quería era agarrar una camarita, conseguirse a los actores y hacer una película “de batalla”, pues estaba muy seguro del guión, que el guión iba a sostenerlo todo. Después de su estreno podemos darle la razón. El Ascensor es más que una muy grata sorpresa, es un golpe de aire fresco, una propuesta suelta, desenfadada, sin los complejos habituales del cine boliviano, la cual nos ofrece un elemento que veníamos extrañando en la gran mayoría de las películas nacionales estrenadas este año: un guión con calidad, primero, y luego las excelentes actuaciones de los protagonistas que terminan de sellar el alto vuelo de la propuesta. 

El escenario central del film es un ascensor en un edificio de la ciudad de Santa Cruz. La idea de la película es simple: tres hombres –un empresario (camba) y sus dos secuestradores (un kolla y un cochalo)-, quedan encerrados en el ascensor de un edificio de oficinas durante los días que la ciudad está festejando a pleno su carnaval. De entrada afronta el desafío de hilvanar una historia amena y ágil que se desenvuelve casi enteramente dentro de un ascensor y donde no se ven ni señas de una sola mujer (¿Acaso es un contra-efecto que se busca producir respecto de la excesiva presencia en el imaginario visual de Santa Cruz, donde aparecen posando hasta para una propaganda de chinches?). Por esto el nivel de los actores le da notorio realce a la película, pues son sus personajes los que deben generar la magia que nos haga olvidar a los espectadores de todos los otros patrones que estamos habituados a encontrar en las películas que tenemos valoradas como "buenas", "entretenidas", etcétera. Los sucesos empiezan a darse y entre el acorralado y los acorraladores, que van intercambiando sus papeles, se produce una química que nos entretiene, nos magnetiza, el tiempo se pasa, el problema aparente es cómo salir del ascensor, pero de repente los problemas son otros, y ellos siguen ahí sin poder salir, pero la interacción entre ellos nos hace pensar en cuestiones referidas a los grandes problemas de la nación, y hasta nos hace reír de nuestros modos de vida tan enraizados en algunos casos. Hablemos un poco de los personajes.


El ascensor
Aquí otra vez la idea de que los espacios definen quiénes somos, es decir, que nos constituyen como sujetos circunstanciales. Que los espacios definen las preguntas que vale la pena hacer. Se puede aquí hacer una conexión con la idea de Juan Carlos Valdivia en Zona Sur, pues en ambas historias toda la acción transcurre prácticamente en un solo espacio. Este es un aporte del filósofo Peter Sloterdijk: concebir el espacio como una esfera y hacerlo concepto. Solo que en el caso de Tomás Bascopé la esfera ya no es una casa sino un ascensor. La circularidad de la forma no interesa tanto como los efectos que va ha producir. En ambas películas es necesario generar sensaciones de apremio, de encierro y hasta de asfixia. Pero esto lo maneja mejor Bascopé. Por ejemplo, utiliza como recurso el uso de efectos especiales (bastante buenos) para dejar que la imaginación tenga su lugar en la historia. Bascopé maneja mejor las líneas de escape a tiempo que construye  el escenario opresivo. Nos referimos a los descansos, a una escena maravillosa en la que unas papitas Pringels sirven para trazarle una salida imaginaria al opresivo encierro; esto sumado a la sana combinación entre el humor criollo y los diálogos serios, a las variaciones en la música que escapan al tedio, y a la irrupción de ciertas interferencias en el rítmo de la narración. A diferencia de Valdivia, Bascopé se dio cuenta de que no era necesario prolongar la monotonía al infinito (por ejemplo repitiendo mil veces tomas circulares de 360 grados), para producir esa atmósfera de encierro que el espectador ya capta perfectamente en los primeros veinte minutos. En el cine también habría que medir la cualidad de un espacio de encierro mediante sus líneas de fuga, y no al revés. 

En El Ascensor el problema del espacio viene dado por su funcionamiento. Un ascensor que no se mueve deja de ser simplemente un ascensor. Tres individuos atrapados en él lo convierten en un escenario de lucha de clases. Al producirse un bloqueo en el movimiento, surge la pregunta: ¿qué pasa cuando un espacio deja de servir según la función con la que fue pensado? Bascopé contaba en la premier que escribió una buena parte del guión durante los días en que se reunía la Asamblea Constituyente en Sucre para redactar la CPE, que es justamente la imagen de un espacio que a la larga dejó de funcionar para aquello que se suponía. Es un escenario en el que todos se encierran a cuidar sus propios intereses, y cuando la situación se hace apremiante, sólo les queda agarrarse del cuello en busca desesperada por el control. Un país maniatado, o una Asamblea Constituyente fallida: el ascensor estancado, en peligro de descender vertiginosamente, es un excelente simulacro, una bella parodia.

La pistola
La pistola sirve para generar juegos de lucha por el poder y el control. A medida que avanza la película se van turnando la posesión del arma, y cada cambio de mando es también un descenso del ascensor. Esto produce divertidas situaciones. Carlos (Jorge Arturo Lora) nos muestra la completa apatía de su clase, la clase media, ese conglomerado de deshabitados incapaz de movilizarse por sí mismo. Esta clase trabaja obediente prefiriendo la tranquilidad y la seguridad, lo que no viene a ser mucho más que recibir por lo menos unas cuantas papas mientras los de arriba tienen controlados a los de más abajo. Pero así no puede existir democracia ni siquiera en el ascensor. Carlos sólo comienza a reaccionar cuando la injusticia le afecta directamente: por ejemplo, en la repartición de la comida. Pero como vive para ser manso, cuando tiene que actuar contra el orden es un tonto incapaz. Entonces Carlos decide contratar a un pillo, el de abajo, para que se ensucie las manos, y planea su golpe movido por resentimiento y deseo de venganza; no puede evitar seguir siendo sumiso y respetuoso con el de arriba, el empresario al que le cobrará cuentas. En cambio Johny (Alejandro Molina), digamos de la clase baja, es el hombre irreverente que puede faltar el respeto al que tiene el poder; se caga en todos, y aunque también es un resentidísimo, está provisto de ese humor vital que se encuentra en las clases pobres; es el personaje que se lleva la flor en la película. Él rompe todos los climas, crea su proio clima apenas habla. Finalmente Héctor (Pablo Fernández) es el empresario adinerado por herencia, el joven exitoso que lo tiene todo, pero parece mostrarse que su falla inesperada es confesar su estatus de gay. Su actuar es típico de las clases altas: en momentos de crisis, cuando hay que ajustarse los cinturones, les ajusta a los de abajo, pero él quiere mantener su ración alta. Al repartir la comida, su explicación sobre las calorías es divertidísima: “vos por ser enano necesitás menos calorías para sobrevivir, mientras yo estoy acostumbrado a una buena alimentación, por tanto necesito más”. El que tiene la pistola define quién come, toma o habla. La pistola sólo amplifica las características de su portador, sea en la arrogancia, la ignorancia o el resentimiento. Pero la imagen es bella: en realidad la pistola no tenía balas de verdad, la única verdadera la tenía Carlos, el apático, pero prefería quedar callado con tal de mantener las cosas como estaban. "Estaba bien -le dice a Héctor- porque mientras tú tenías la pistola tenías controlado al pillo de Johny".   

Chucho
Interpretado de manera excelente por Mario Cháves, es el guardia de seguridad del edificio. Es un recurso ingenioso que utiliza Bascopé para darle respiro a la tensión narrativa y para aportar nuevos toques de humor. Se nota aquí que el director piensa en el espectador. Además, de manera sutil, con Chucho mantiene todavía la sensación de aislamiento de un hombre encerrado, esa falta de contacto con el sexo opuesto, pues a la mujer sólo se la deja aparecer como objeto de fantasía (p.e. a partir de una llamada de Chucho a una “línea caliente”, donde todo lo que escuchamos es la voz de la mujer).

Publicidad
Felizmente ésta no es un personaje en este film, pero entra en nuestra nota por lo siguiente: dado que en Bolivia es muy difícil conseguir financiamiento para hacer un cine de calidad, una cuestión que deben cuidar siempre las películas nacionales es la manera en que introducen la marca o el sello de sus patrocinadores en medio de la narración. Si no está bien camuflada por lo menos su inclusión debe quedar muy natural. La paupérrima Historias de vino singani y alcoba, de Rodrigo Ayala, es un ejemplo de lo que se debe evitar a toda costa para no promover un cine falto de sustancia que se conforma con entretener y ser rentable. En El Ascensor se tienen suficientes cuidados en este sentido, dentro de la trama van apareciendo la marca de una soda, de una bebida alcohólica, o hasta de unas papas fritas, pero esto está muy bien pensado para que no sea taan notorio.

Epílogo
La explosión de estrenos de películas nacionales en este año 2009  seguramente demandará un balance general en algún momento. Por lo pronto nos preguntamos: ¿Qué es lo que hemos estado viendo? Películas que curiosamente pasaban de una u otra forma por el tema de las mujeres. En Zona Sur, Verse, Escríbeme-Postales a Copacabana, y Rojo Amarillo Verde, existe un interés común por retratar las vidas de mujeres atravesando distintas etapas de la vida, aunque claro, los tratamientos son distintos. Comparten su interés por poner en escena sus problemas: desde los sueños y conflictos de la juventud, pasando por las peripecias que vive una madre soltera, hasta el dolor que sufren cuando sus hijos dejan el hogar. Se trata mayormente de mujeres que están solas. Pero llega El ascensor y nos ofrece una historia sin mujeres. Es una interesante variación que adquiere un tono a parte en este contexto. No obstante en algo sí se parece a todas las anteriores, y es que tampoco logra terminar bien la película. Por lo menos la escena final de la presentadora de noticias nos parece innecesaria, pues rompe esa sobriedad lograda. Pero es un detalle muy menor, lo que cabe destacar es que en Bolivia existe un talento joven para el cine y arte que se encuentra en tiempo de ebullición, y que este inicio auspicioso del joven director cruceño merece ser aplaudido y estimulado por un mayor patrocinio para sus proyectos venideros.

*(Artículo publicado en la Revista Pulso en noviembre del 2009)

Jorge Luna Ortuño






[1] Alex Aillón Valverde, Todo lo que sube...