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viernes, 22 de noviembre de 2013

TRAS LAS HUELLAS DE UN FRONTERIZO SINGULAR



Estilo
Jesús Urzagasti nació un 15 de octubre de 1941 en el Chaco tarijeño, y felizmente no falleció un 14 de agosto de 1977, como auguraba El Otro en su novela En el país del silencio. Jesús se fue a morar a las tierras de antaño recién en abril de este año. En el transcurso de ese tiempo vivido nos dejó legada su límpida filosofía de vida, nada de pirotecnia ni teorías, más bien una escritura que revela la calidad de sus tendones curtidos por los azotes de la adversidad y bendecidos por la compañía de las fuerzas amigas.

Friedrich Nietzsche nació en el mismo día y mes que el chaqueño. Es un dato que no tiene mayor relevancia salvo para aquellos que se toman en serio la significación de los números. Conozco poco de ello pero también pienso para mis adentros que no hay razón para negarle entrada a la morada del asombro. Sé muy bien que Jesús leyó a Nietzsche y que también apreció con justa distancia la calidad del filósofo alemán, pero creo que Así habló Zarathustra le pareció un poco pasado de melancólico. Entre Nietzsche y Urzagasti es muy difícil establecer alguna comparación, tampoco es deseable; la única que me animo a hacer por no pasar de tibio es que en ambos rebosa una irrenunciable voluntad de afirmar lo vital, venga por donde venga y en la forma que lo haga.

Alguna vez Nietzsche escribió unas líneas sobre el estilo que me endulzaron la vista y el tacto, por ejemplo cuando dice que la riqueza de la vida se traduce por la riqueza de los gestos, y que hay que aprender por ello a considerar todo como un gesto, desde la puntuación, la cesura de las frases hasta las respiraciones. Escribir es un gesto como el de tantos otros seres anónimos que ponen su grano de arena sin esperar ni un aplauso. Jesús Urzagasti también puntea algunas ideas sobre el estilo: Tirinea, ese elogiado relato experimental, es un manual de estilo de cabo a rabo; luego, En el país del silencio contiene un par de páginas dedicadas a la misma cuestión. Y luego todas las páginas donde lo revela sin tener la intención.

¨Aunque los tratados digan lo contrario, no hay escritor de sangre o de buena estirpe que no escriba como habla; es decir, escribe en la página sólo aquello que ha de leer sin trabas ni fatigas, sin respiración opresiva ni tartamudeos¨. (En el país del silencio, p. 209).

La cosa es práctica: se escribe como se respira y se respira a cabalidad como se anda por el mundo. Pero a mi corto entender siento que Jesús nos ha dejado una serie de enseñanzas todavía más urgentes. Nos puso a la vista por ejemplo las desdichas del boliviano que reniega de su procedencia, o que simplemente está perdido por la confusión que provoca la existencia de varias naciones en un solo país. Existe también mucho boliviano que pierde las cuentas por endiosar a los que vienen del extranjero. ¡Sufrirás muchacho de la vida para ser profeta en tu propia tierra!

Asumir lo propio
Para Jesús esta inseguridad es en gran medida una cuestión del lenguaje. En toda su obra existe una atención al tema de la coexistencia de los idiomas nativos en el país. La gran pregunta le sobrevive: ¿cómo asumir nuestro mestizaje sin traicionar otros idiomas nuestros como el guaraní, el quechua, el aymara...? Él encontró su respuesta, decía que lo mejor era interceder, por ejemplo, para que entre ellos existieran relaciones amistosas, robos y capturas fraternales antes que intromisiones inconscientes. Sirwiñaku. Y es así que en su prosa los idiomas nativos y el castellano se están ahí nomás, transitando con soltura cada uno por su lado sin estorbarse ni incomodarse cuando tienen ocasión de darse la mano.

Pero la cuestión de la inseguridad o falta de identidad no pasa sólo por ahí. Como todo chaqueño de cepa, Jesús también sabía decir Yo con confianza y sin ventilar nada de arrogancia. Templado como estaba en la vía de los peligros, no desconocía la probabilidad de dar un mal paso en algún momento, no sabía en qué forma, pero tenía por seguro que no iba a recular en caso de hacerlo.

Pienso que un curso intensivo de lectura de las novelas de Jesús le vendría de pelos a todos aquellos que manejan los hilos del fútbol nacional. Nuestro fútbol nos muestra de manera amplificada la herida ocasionada por la falta de autoestima y de confianza en lo propio. Porque cuando uno se pregunta ¿a qué juega nuestra selección?, lo que sigue es el silencio que emana la presencia de un mudo. No hay estilo, ni mística, menos un lugar común. En raras ocasiones la verde juega con rabia, con un poco de asco, esto suele pasar después de que furibundos hinchas y periodistas han desahogado sus frustraciones y les han calentado las orejas a jugadores y cuerpo técnico, y de repente aparecen goleando en La Paz. Pero ni siquiera es la rabia la seña que puede reflejar la magia de nuestros paisajes ni el talante de la gente de nuestro pueblo. Los charrúas hablan de su garra, los brasileños de su juego bonito, los paraguayos de su juego aéreo… pero ¿nosotros?

Bolivia, país mediterráneo, poblado de seres majestuosos que soportan la arbitrariedad sin rendirse ante las amenazas del que afana lo ajeno, más preocupado por ser rico que por reivindicar lo originario. La selección boliviana debería jugar como escriben nuestros grandes escritores, aquellos que han presentido el ritmo oculto de nuestra tierra, los que han logrado hacer respirar en su escritura esas pulsaciones doloridas todavía actuales que escuchar su encanto.

Jesús Urzagasti tuvo este asunto de la pertenencia bastante claro, incluso desde muy joven, aunque él diga que barajó esas certezas con algo de retraso. Por eso se observa el fenómeno de que desde su ¨Alabanza Nro 2 al Gran Chaco¨, escrita con menos de veinte años, hasta su último poemario El árbol de la tribu (2012), su voz es siempre la de un caminante maduro de presencia certera.

El centro oculto
Podemos ahondar un poco más en estas cavilaciones gracias a un par de artículos compartidos en ¨Nueva Crónica y buen gobierno¨ por Norma Klhan y Guillermo Delgado, donde Jesús habla de varias cosas. Refiriéndose al carácter fronterizo de su procedencia, habla de las fuerzas centrípetas y fuerzas centrífugas a las que responde todo ser humano, no es un concepto teórico, es algo que vivenció en carne propia y fue marca referencial en su vida. Habiendo nacido en el Gran Chaco, ahí en la frontera con la Argentina, se consideraba fronterizo. La fuerza centrífuga lo animó a irse a Salta, pero luego fue más intensa la fuerza centrípeta que lo ligaba con el ¨centro secreto de Bolivia¨, y que terminó devolviéndolo a La Paz. 

¨Ese centro secreto lo tenemos todos los seres humanos incorporado a nuestro organismo y toda mi vida lo único que hice o lo fundamental fue buscar ese centro secreto. Vaya a saber si lo hallé, pero yo he intuido ese centro secreto que a muchos les causa desasosiego y es motivo de extravío para muchas gentes de Bolivia. Pueden ser muy inteligentes, pueden ser muy avispados, pueden ser muy afortunados, pero ese centro no rinde sus misterios secretos, valga la redundancia, sino al que va con otro talante, con la suficiente humildad para reconocer la grandeza de una tierra como la boliviana¨[1]. (Jesús Urzagasti por él mismo (II): la obra)

La conocida frase que suele empeñarse para desanimar a un idealista, ¨hay que mantenerse con los pies en la tierra¨, no termina de alcanzar las alturas del enfoque de Jesús, porque él era otro tipo de soñador. Lo que el escurridizo chaqueño había descubierto era la necesidad de avanzar prescindiendo de las ataduras que lo jalaban hacia mundos ajenos al suyo, pero preservando simultáneamente la conexión vital que lo ligaba a su lugar, no sólo físico, emocional, afectivo. Lo importante era mantenerse orientado. Pues él también tocó a las puertas del desconcierto que provoca el desamparo extremo, que narra en buena parte de En el país del silencio, y aunque no arrugó caminó un buen trecho sin acertar en el clavo hasta que esa luz le fue revelada.   
¿Pero qué hacer para mantenerse en relación con ese centro? Ante todo, ¡no transar! Esa la máxima de Jesús. Luego, respira.

En ocasión de una cena en casa de Jesús y Sulma
Cuando te sientas perdido retorna a lo más básico de la vida: la respiración –decía un maestro de artes marciales–. Sin respiración no hay vida. La exhalación del aire nos permite soportar el peso del mundo. Pero también nos conecta, nos permite alinear lo que estaba desenfocado. Sin haber usado la palabra conexión, Jesús nos enseñó que hay que hacer todo aquello que preserve la conexión que organiza saludablemente el organismo.

Tal vez no sea una verdad para todos, y está muy bien. Quienes difieran de este enfoque, allá ellos, siguen su camino y tienen nuestros respetos y las más atentas consideraciones, como diría Jursafú.





Texto e imágenes: Jorge Luna Ortuño


[1] ¨Jesús Urzagasti por él mismo (II): la obra. 

lunes, 13 de febrero de 2012

TIRINEA: UN DIARIO COMO VIAJE A LA CLANDESTINIDAD




Sin ocultar mi aspiración de formar parte de esos “devotos usuarios de los libros aún no escritos”, haré notar de entrada que la escritura de estas líneas sobre Fielkho y el diario en el que deja constancia de su viaje hacia la clandestinidad –diario que se ha venido a llamar Tirinea– no tiene otro propósito que el de saludar respetuosamente a mi amigo Jesús Urzagasti (Gran Chaco, 1941), el narrador más importante que tiene Bolivia, y cuya obra casi completa está siendo reeditada, en buena hora, por la Editorial Gente Común. Agradezco al poeta Nervol Kunsted por haber introducido a mi mundo semejante joya el día que me obsequió el libro que nos ocupa aquí.
No se ha dejado suficiente constancia de los diversos ejercicios de lectura que promueve la obra de este genial escritor chaqueño, pero no nos queda duda de que su primera novela, Tirinea (Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1969), ha provocado bastantes resonancias en el medio, tanto críticas como extraliterarias. El año pasado, dentro de una gestión del Ministerio de Culturas, Plural editores lanzó una nueva edición de la novela, al haber sido seleccionada entre las diez más importantes de la literatura boliviana. Si cité antes la primera edición, que es la fuente de este impulso, es porque las ligeras variaciones internas de división que su autor introdujo en la nueva versión no me han permitido todavía dejarme llevar en su (re)lectura con la misma fluidez que me permitió su predecesora. Probablemente sea una cuestión de cariño al viejo libro, en cuya contratapa Claudia Bowles apunta con lucidez: “esta novela que se repliega sobre sí misma, Tirinea –territorio imaginario– es el lugar de lo utópico. La ironía de registrar los vanos intentos de escribir algo, confluye con la paradoja de finalmente lograrlo”. Hablamos de Tirinea, pero también de lecturas de Tirinea. Debo acotar que la más minuciosa e invitadora de esas lecturas, en mi criterio, es el notable ensayo “Del nomadismo: Tirinea de Jesús Urzagasti”, de Luis H. Antezana, al que pude acceder gracias a la reciente publicación de su libro Ensayos escogidos (Plural editores, 2011), libro que funciona como un inagotable campo de conexiones y que reclama ser usado en tanto “saco de aparapita” (según la descripción de Jaime Saenz). Si los textos de “Cachín” Antezana son una invitación a la lectura, los de Jesús Urzagasti son una invitación a la narración.

Martes 13 de diciembre 2011:
A propósito de su inexistente inclinación por la caza, queriendo favorecer una vida más tranquila, “sin la mínima convulsión”, Fielkho toma una decisión que será un momento-bisagra en su vida: “Dejaré la Universidad. La carrera de ingeniero no es que no me llevará a ninguna parte, sino que me arrastrará hacia donde yo no quiero ser arrastrado”. (T. pp. 14-15).  Más allá de que Fielkho sea ducho para la Química, con su decisión afirma que se opone terminantemente a que “una circunstancial habilidad mental” lo lleve al desastre. Pero entonces: ¿a dónde sí quiere ser arrastrado? No importa tanto el lugar sino la puesta a punto de sí mismo que generará el proceso. Fielkho decide alejarse de la ingeniería geológica, y también de Cayetano y Córdoba. No es nada personal, simplemente es porque los mundos que estos ponían en movimiento, a partir de sus inclinaciones, no eran afines con los de Fielkho, por ejemplo, en su tonta insistencia por llevarlo a fiestas. “A esta altura de mi vida estoy convencido de que lo único que uno hace es librarse de un montón de cosas: […] en buenas cuentas, de ser un atorrante de siete suelas. De todo puede uno librarse, hasta de escribir lo que estoy escribiendo, pero ¡guarda con alargar el camino que nos separa la muerte!”. (pp. 53-54). De todo puede uno librarse, es decir, cada uno tiene a su alcance la posibilidad de organizar sus encuentros, aquellos que le sean más convenientes para mantener la máquina aceitada. Pero al mismo tiempo Fielkho reconoce que es la vida según su propio reloj interno la que determinará el abanico de encuentros que se le podrán presentar. “Me alegra lo que acabo de comprobar: miles de personas transitan esta ciudad […] Muchas de ellas están destinadas a ser mis amigos o mis enemigos; todavía no lo son y así caminan, como yo, y no pueden explicar el extraño temblor que les estremece el cuerpo. He aprendido a reconocerlas, pero al tiempo lo dejo en su labor y no lo interfiero. Que tomen los litros de agua que deben tomar antes de que llegue la hora sagrada”.



Así avanza la novela donde un Fielkho en sus distintas etapas, y el viejo, se intercalan en la narración. Algo extraordinario ocurre durante estos meses en los que se la pasan tomando limonadas, observando los cabellos de Orana dormida y escuchando sonatas de Bach, mientras se turnan para escribir las 60 páginas de su diario. No pueden hacer otra cosa que expresar su asombro por la nueva vida en La Paz, desde donde tienden un puente a la tierra original. Los lectores somos testigos del intento de Fielkho por encontrar su verdadera voz, la del viejo, que está ahí tan cerca y sin embargo lo espera hace mucho tiempo. “¡Cómo me gustaría cantar para ella con una voz distinta, tan distinta como la mía, que a todo se parece cuando me quedo en el más profundo silencio! Yo soy el templo de mi voz, pero mi voz apenas es mía y viene precedida por la voz de tantos seres que han muerto sin haber nacido”. (p. 120) Y es sólo al ir terminando el libro que nos damos cuenta de este intento de Fielkho por hallar su voz, o por hacerse un cuerpo-sin-órganos. A medida que llega al final experimenta dificultades para terminar las 60 páginas que se había propuesto inicialmente, pues la necesidad de entender la causa de su ignorancia va desapareciendo, y él se torna en una especie de casilla vacía desde la cual el viejo puede hablar. Tirinea es un viaje inmóvil de encuentro con la propia voz. Al principio Fielkho debe vaciarse de aquello que lo inmoviliza; tiene que deshacer la manera en que la Universidad y otras instancias han organizado su cuerpo. No es tanto recuperar la soltura, pues Fielkho sorprende por sabernos narrar su encrucijada de una manera tan ágil, amena, y desenfadada. Se trata más bien de volver a comenzar. “Hay una edad en que todo comienza de nuevo, con una luz nueva en el corazón, en que uno es el único invitado de la soledad y ella se hace esperar para siempre. Yo estoy en esa edad”. (p. 29) Las afirmaciones de la parte final del libro evidencian este intento finalmente logrado. “No soy el que dice estas cosas, sino las cosas las que me dicen a mi”. (p. 111) ¿Quién escribe? No es el yo de un autor. Pero para llegar ahí tiene primero que hacerse un cuerpo-sin-órganos. En adelante el que habla es una individualidad impersonal no sujetada que solamente puede decir: “esto es lo que me pasa a través mío”. Un parque, un enjambre, una constelación antes que un hombre.

Un viejo amigo de Urzagasti, Henry Miller, lo explica con estas palabras: “No somos nosotros quienes firmamos los libros. ¿Quién es un artista? Es un tipo que tiene unas antenas, quien conoce cómo enganchar las corrientes que están en la atmósfera, en el Cosmos. Él simplemente tuvo la felicidad de engancharlos tal como eran”[1]. Tirinea es un prolijo cuerpo-sin-órganos (CSO), y Jesús Urzagasti es en este sentido un artista. Él no habla de CSO, no tiene necesidad de ello. En una entrevista en la que Ricardo Bajo le pregunta cómo se prepara para escribir una novela, Urzagasti decía: “Soy un aficionado a la escritura. Hay que recuperar la humildad y la ignorancia. Estar a cero para producir un lenguaje sin antecedentes. Si aplicas lo que sabes, te repites. De la nada hay que sacar algo”[2]. Estar a cero. CSO. Vacío productivo de nuevas formas. Probablemente se refiere también a esto mismo cuando habla del analfabeto funcional como un individuo que tiene fondos para acceder a los libros “pero se le atrofió el órgano que combina vista, tacto y oído para producir la magia de la lectura”[3]. Liberar al cuerpo de la organización que le han hecho es necesario no solamente para poder escribir, sino también para saber leer.

Por su parte Fielkho confiesa: “estoy escribiendo algo que mi cuerpo exige para vivir (…). Cuando permanezco en silencio mis oídos perciben la música del universo; son apenas sonidos, pero bastan para hacerme perder la identidad que guardo con ese camión que acaba de zumbar”. (p.31). Al empezar a borrar los contornos de la identidad hay siempre un devenir-imperceptible que está en marcha. A través de la escritura Fielkho comienza a liberarse, a romper los estratos, o las cortinas. El viejo comienza a hablar más seguido: “A su acto de escribir se debe que yo esté a punto de salir a flor de piel. Claro que él no tiene idea de lo que está sucediendo. Cada fracaso suyo es una cortina menos que nos separa…” (p. 66) Explica también cuál era la pretensión de Fielkho al escribir su relato: “presenciar el mecanismo que moviliza a su mundo”, pues de ahí en adelante “jamás se le ocurrirá meter a su mundo aquello que no le pertenece”. (p. 116) Si se encontró con algunos problemas en este proceso es porque lo hizo quizás muy de golpe, “desarmó totalmente la maquinaria y ahora está atolondrado y no sabe cómo iniciar la reconstrucción, fuera de que le tomó de sorpresa la inmovilización que sufre su organismo”. (p.116). Pero al final logró deshacer la organización y se hizo un CSO pleno, productivo, susceptible de ser recorrido por corrientes vitales creativas. “Creo, sin embargo, que Fielkho a través de esta experiencia dará más agilidad a sus miembros, mayor frescura y pujanza a su ser por la sencilla razón de que gran parte de sus secciones vivían en el olvido y ahora que la mayoría de ellos han sido alabadas en forma es casi seguro que su funcionamiento será de una precisión asombrosa”. (p.117).

Fielkho ha dejado de tener procedencia y su origen se colocará en el futuro. Llegan las páginas 109-110 y de repente nos encontramos con dos de los párrafos más maravillosos que la literatura universal tiene para ofrecer. Un grandioso canto a la vida:
“Aunque las catástrofes se avecinen y tu figura tienda a desaparecer en manos del crimen o de la oscuridad, aunque el mundo se venga abajo con el objeto de no favorecer tu existencia (…) nunca olvides que por primera, única y última vez eres lo más formidable y maravilloso que habita en este mundo. […] Hay paisajes maravillosos en el universo que nadie, ni tú, verá jamás; pero eres tú el sendero único para llegar a esos paisajes. […]  Levántate y agradece, antes de que tengas ese olor a ropa guardada en tu cuerpo, agradece por haber venido sin tener nada a un mundo que lo tiene todo; así regresarás con todo al país de la nada y sin haber abierto el pico”.

En ese momento ya no sabemos quién lo dijo. ¿Fue el viejo? Ya no interesa. A fuerza de deshacerse de sus bordes y de sus particularidades Fielkho se ha hecho indiscernible a sí mismo, su presencia es la de un nuevo Bartleby, pero más alegre. El viejo dice que Fielkho “por lo menos ahora está seguro de amar con mayor intensidad al mundo. Y esto es tan cierto que cuando tiene un libro en las manos y parece estar leyendo, no está haciendo eso sino amando al mundo”. (p. 124). “Es el primer convencido de que es un extranjero, un desconocido”. (p.125) Fielkho ha devenido imperceptible, clandestino. Escribe como un piano que toca solo. La música fluye. Se ha cumplido aquello que meses antes añoraba, pero no lo recordará porque él ya es otro:

“Algún día estaré frente a lo desconocido, tendré en mis manos lo que mi memoria se empeña en ocultar; ese día perderé para siempre el nombre con el que me identifica el mundo, el famoso nombre que tiene la virtud de separarme de lo que soy. Sé muy bien que soy un animal perdido en la noche y por lo tanto un nombre más, un sonido más. Cuando suceda lo que espero seré el mundo y no estaré lejos de nada”. (p. 83)

Jorge Luna Ortuño 
(Dic-2011)



[1] George Wickes, Entrevista a Henry Miller.
[2] En una entrevista de Ricardo Bajo a Urzagasti, realizada el 2008 a propósito de la publicación de su novela El último domingo de un caminante.   
[3] Ibid.