filosofía-arte contemporáneo, cine-rock-contracultura-jiujitsu-fútbol-prácticasdelectura-política-jeetkunedo-libros, UFC, artes marciales.

Mostrando entradas con la etiqueta Ferias del Libro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ferias del Libro. Mostrar todas las entradas

sábado, 4 de julio de 2015

CRÍTICA A LA FERIA DEL LIBRO DE SANTA CRUZ – PARTE I


Por: Jorge Luna Ortuño

I

La Feria del Libro que se realiza en la Fexpocruz año tras año es un espejo más o menos fidedigno de la actualidad cultural e intelectual de Santa Cruz. Por el lado negativo, refleja el vaciamiento ideológico, la irrelevancia, además de cierta banalidad de contenidos y los juegos de vanidades que se observan con frecuencia en sus distintos espacios de cultura, salvo excepciones puntuales. Por el lado optimista, refleja una energía latente en segmentos importantes de la ciudadanía cruceña, la cual busca la forma de emerger y canalizar su sed de arte, cultura y conocimiento en formas articuladas.

La versión XVII de la FIL 2015 se realizó entre el 27 de mayo y el 7 de junio. La organización estuvo dirigida por la nueva presidenta de la Cámara del Libro de Santa Cruz, la promotora de lectura infantil Sarah Mancilla, quien se mostró siempre entusiasta y llena de intenciones positivas para la realización de esta cita. De entrada se evidenció una apuesta más fuerte por la elaboración de una campaña publicitaria, pero lastimosamente con un criterio simplista muy escaso de ideas. Ya el Spot Oficial que presentaron días antes fue el augurio de la decepción que resultó esta nueva versión.  El Spot está disponible en el canal “Fil Santa Cruz” en YouTube, el lector juzgará por sí mismo.




Es cierto que podríamos también ser diplomáticos y quedarnos callados, y conformarnos porque niños y adolecentes de diversas escuelas –es decir los públicos cautivos que asisten por acuerdos con los directores– colorearon con su presencia los pabellones del campo ferial. Pero sucede que en los medios de prensa cruceños, como El Deber, que coadyuva en la organización, y en general alrededor de la Cámara del Libro local, se observa una llamativa falta de autocrítica, como si existiese un pacto de complacencia entre ciertos actores de la escena local cultural y mediática. Sin embargo, con ello sólo se contribuye al montaje de una escena mediocre que nunca podrá despegar. Tampoco estamos seguros de que sea especialmente alentador que en una ciudad con más de 2 millones de habitantes –consumidora por excelencia de las ferias– una feria del libro haya recibido 100000 visitantes en diez días de oferta.  Pero en los medios locales se publica la noticia en son de que ha sido un “éxito rotundo”, declaración ya clásica de los funcionarios de la Cámara del Libro en el final de cada versión.

Hace falta darse cuenta que una crítica honesta a este tipo de solapamiento es la única forma de amar a Santa Cruz y de conectarse con su reservorio pleno de posibilidades por venir. Al respecto, me han contado de la existencia del libro de un arquitecto americano llamado Buckminster Fuller, titulado Manual para gestionar la nave espacial Tierra, en el que propone el concepto de una nueva arquitectura, de un nuevo paradigma de coherencia constructiva al que llama "tensintegridades". Esta palabra es un híbrido construido por los términos tensión e integridad. “Las "tensintegridades" son arquitecturas en las que el conjunto se aguanta por la sinergia de elementos que en el fondo no están juntos. Las fuerzas que quieren crear el hundimiento del sistema son las que, de alguna manera, lo mantienen en pie.”[1] Así también debe funcionar la crítica afirmativa, que aparentemente conspira en contra, pero en realidad funciona para sostener lo que sin ella sólo se tambalearía.   


Crítica a una feria del libro en el extranjero

Sobre una feria del libro chilena y la venta de libros escolares



[1] Citado por Peter Sloterdijk en una entrevista con Fabrice Zimmer.  Publicada en Magazine Littéraire, mayo de 2001.

lunes, 22 de abril de 2013

LECTURA, VIDA Y FILOSOFÍA





Jorge Luna Ortuño - Filósofo

 El mundo de los libros es un mundo maravilloso, demasiado extenso para el tiempo de una vida. Y dentro de la gran biblioteca humana, la filosofía como área temática ocupa un importante espacio que será el legado de la especie en los siglos por venir. Pero no es la existencia de una impresionante cantidad de libros de lectura obligada lo que nos plantea un gran problema a los seres humanos; es decir, no es lo primero tener que lamentarse al darse cuenta que habrá un montón de ellos que desconoceremos, que será imposible leerlo todo. Pues lo más difícil, lo que realmente hace inimaginable el tiempo que necesitaríamos es el hecho de que las prácticas de lectura se renuevan constantemente, generación tras generación.

Hace poco leí en Internet que la firma japonesa Neurowear creó un auricular inteligente, llamado “Mico”, que permite controlar la lista de reproducción musical en función del análisis del estado de ánimo de la persona que lo tiene puesto. El equipo consta de unos cascos de música convencionales en los que va situado un sensor situado en la frente, y que es capaz de detectar las ondas cerebrales. (www.alt1040.com). Cito esto porque algo similar se podría dar con la lectura: imaginen que en el futuro aparecerán unos I-pods o tablets sensibles, conectados por unos cátodos a nuestros cerebros, que nos permitirán leer libros digitales, pero ofreciéndonos una versión variable del texto según el estado de ánimo en que nos encontremos. No es algo tan descabellado. Después de todo, ya sea cuando observamos un hecho, hablamos de una persona, apreciamos un cuadro, escuchamos una canción o leemos un libro, siempre tenemos la capacidad de teñirlos del color que corresponde a nuestro propio estado de ánimo, a nuestros conocimientos, a nuestra actitud, a nuestra buena o mala digestión y otros cien factores.   

De modo que la apabullante cantidad de libros existentes, sumada al  inagotable material disponible en Internet, no es nada cuando nos damos cuenta que ni siquiera es suficiente con leer una sola vez cada libro, puesto que existe una pluralidad de formas de leer cada uno de ellos, y además éstas se renuevan. Muchas veces decir que un libro no sirve es una equivocación, más correcto es decir que no te ha servido a ti en un momento puntual, según los recursos de lectura con los que contabas, el desarrollo de tu ser como persona y el estado de ánimo en el que te encontrabas. Más importante aún –algo que se aprende en filosofía– es que no se puede pedir al libro que nos interese; no existe relación verdadera con el libro si antes no viene cada uno con preguntas e intereses propios, en búsqueda de algo, aunque sea el simple hecho de querer sentirse acompañado.

Esto nos lleva a ver algo que se omite cuando se habla de leer. Es muy común escuchar en diversas esferas de nuestra sociedad que se necesita fomentar más “el hábito de la lectura”. Pero casi nadie en nuestra sociedad se anima a precisar qué tipos de prácticas de lectura deben fomentarse, según qué concepto de la lectura e idea de lector(a). Año tras año se organizan ferias del libro, se abren librerías, se expande la piratería de libros universitarios, de autoayuda y organización empresarial; de hecho, actualmente en Bolivia se especula sobre la aprobación en el Senado de la Ley del Libro y de la Lectura Óscar Alfaro. Al respecto, Pablo Groux, ministro de culturas, sostiene que un objetivo de la ley es “ofrecer a la ciudadanía una mayor accesibilidad a los libros, con precios más baratos y mayor acceso a bibliotecas públicas, las cuales se crearán en cada municipio”. (La Razón, Bolivia 26-03-2013). Aunque suene positivo, nos parece que ésta política de incentivo se mueve en base a una comprensión estándar, muy pobre y desactualizada del acto de leer en el mundo que vivimos. No es una cuestión de precios ni de falta de bibliotecas lo que facilita el acceso a los libros, puesto que existen libros de todos los precios y escasos son los ciudadanos que van a leer a una biblioteca otra cosa que no sea el periódico. Lo que realmente puede fomentar las relaciones con los libros, y el acceso a los textos, es cambiar nuestra manera de concebir el acto mismo de la lectura.

Hasta aquí hemos planteado brevemente un problema, y ese problema exige que se piense el término lectura como un concepto. Brindaremos un ejemplo para mostrar hacia donde vamos.

Tomemos el artículo publicado en el diario El País, Madrid, por Javier Goma Lanzón (Suplemento Babelia, 14-03-2013) que titula “¿Dónde está la gran filosofía?”.  El autor defiende la tesis de que en los últimos 30 años, la filosofía contemporánea habría desertado de su misión de proponer un ideal y un relato totalizador a la sociedad de su tiempo, y por ello estaría en deuda. Además enfatiza que la filosofía siempre existió para proveer ideales intemporales y universales, una especie de objetivos morales que inspiren a los ciudadanos, que les dicten normas sobre cómo deberían ser. Pero ¿acaso es esa la tarea de la filosofía?  En una carta al director, (publicada el 23-03-2013), el lector Violant Barquet le objeta al autor que “los ideales no se proponen, ya existen”. Nosotros sumaríamos además que las diferentes formas de religión organizada ya se encargan de proponer ideales (paraíso terrenal, p.e.), y que ésta visión corresponde a la propuesta del gran Platón –tierra de cultivo de la teología cristiana– pero que no se puede hacer de ella una generalización para toda la filosofía. Siguiendo con la carta de Violant, él agrega que “la tarea de la filosofía, desde su origen hasta nuestros días, fue y debería seguir siendo la de poner en duda, es decir, cuestionarse lo que se da por hecho”.

La pregunta fácil sería ¿quién tiene la razón? Pero plantearlo carece de interés. Cierto es que nos sentimos más cercanos a los criterios de Violant Barquet, pero no porque él posea la razón, simplemente por una mayor afinidad en la forma de leer los textos filosóficos. Goma Lanzón termina así su artículo: “Si la filosofía quiere recuperarse como gran filosofía, debe hallar el modo de proponer un ideal cívico para el hombre democrático…”.  No compartimos esta idea porque, en nuestra práctica de lectura, no esperamos de una filosofía que nos provea de respuestas ya masticadas y digeridas –antes todo lo contrario. Lo que el autor del  artículo mencionado propone es completamente legítimo, y no hay lugar para la discusión, simplemente se trata de diferentes acentuaciones en la lectura. Es evidente que éste señor ha leído bastante, o al menos tiene un conocimiento amplio de la bibliografía filosófica moderna y contemporánea. Pero lo que él busca en los textos de la historia de la filosofía es probablemente algo que encontraría mejor en manuales de vida, tratados de moral. Hegel nos ha dejado un relato totalizador quijotesco, pero de difícil lectura, ¿cuántos lo llegan a leer? ¿Y cuánto ha influido positivamente en la historia? Kant construyó su obra como una maquinaria perfecta, nos proveyó del imperativo categórico, ¿dónde más se puede llegar en filosofía en temas de moral? Nietzsche planteó la inversión de todos los valores, nada le hubiera resultado más repugnante que hacer de sus libros unos recetarios normativos.

Por otra parte, la manera que tiene Javier Goma de etiquetar a los filósofos corresponde a las que se dan en los manuales de filosofía, los cuales tienen su propio código de lectura, más abarcador, revisionista y divulgador. Él cita decenas de libros y autores contemporáneos de manera erudita, sólo para despacharlos como insuficientes o ajenos a su idea de “gran filosofía”. Hay que entender cuál es el problema que plantea: su problema es que la ciudadanía se encuentra carente de modelos, certezas, bases bien fundadas sobre cómo vivir hoy en día de una manera superior, y le reclama a la filosofía contemporánea la responsabilidad de establecerlas. Para nosotros el problema que interesa es otro. Sólo para ubicarse en un plano, es bueno poder identificar según qué tipo de lectura plantea lo que plantea; nos parece una lectura más propia del comentarista y recopilador de textos. No es ni mala ni buena, simplemente es una práctica de lectura posible. La cuestión es que esa práctica de lectura, que no sabemos si es plenamente consciente, le marca también topes y límites a su manera de aprovecharse de la filosofía.

He aquí la gran diferencia. Para nosotros no se trata de cuánto puedes esperar de un libro de filosofía, sino de cuán preparado estás para saber aprovecharte de éste. Antes que la lectura, el lector. ¿Dónde lee? ¿Cómo lee? ¿Para qué lee? Jean Marie Goulemont señala que “el lector, en su relación con el texto, se define por una fisiología, una historia y una biblioteca”. (En su ensayo: “La lectura como producción de sentido”). Siempre que leemos estamos relacionando lo leído con nuestra biblioteca leída (sea grande o chica), con nuestro pasado, con nuestras vivencias, y nuestro entorno. Todo lo que tenemos es nuestra memoria y nuestra imaginación, por eso es importante leer, para enriquecerlos cada vez más, de modo que la siguiente lectura sea más productiva, más comprensiva, más placentera. Para nosotros el problema es otro, porque nos damos cuenta de que los grandes filósofos que admiramos, todos ellos, escribieron según los problemas de sus sociedades y según las condiciones de lectura de esas épocas. La forma de leer ha cambiado radicalmente en los últimos 30 años, sería tonto negarlo. Entonces el problema es ¿cuáles son las prácticas de lectura idóneas para el aprovechamiento de los textos filosóficos en la actualidad?

Hace ya un tiempo que se popularizan los institutos que enseñan métodos para leer más rápido (“lectura veloz”, “lectura inteligente”), pero están enfocados principalmente a textos de no ficción. ¿De qué serviría en filosofía leer más palabras en un minuto si no se comprende? Ahora, comprender es algo que depende mucho más de las condiciones del lector que de la prosa del escritor, del sentido que éste ha querido darle al texto o de la forma que lo ha hecho. Y hoy en día los textos multimedia, el uso de los blogs, las aplicaciones móviles para leer libros digitales en tablets o I-phones, todo ello implica una revolución en las maneras de leer, en la forma de captar pensamientos. El libro de Gordon Dryden y Jeannette Vos, La revolución del aprendizaje, es de lectura indispensable para ponerse al tanto.

Por otro lado, todo nuestro trabajo está enfocado en relacionar la filosofía con la práctica. Creemos que ya no funciona aquella definición que la considera sólo reflexiva, o contemplativa. En todos los ámbitos de la vida se demanda mayor reflexión, ya sea en torno a la crisis de la Iglesia Católica, del fútbol nacional, de la política, del Estado, de la economía mundial. Y en todos lados se murmura lo mismo: “debemos reflexionar sobre los temas de fondo”, “hay que reflexionar acerca de la estructura misma”, “hay que llegar a la esencia de las cosas”… ¿Cómo es que se sigue considerando inútil a la filosofía? Pero su utilidad no viene de que sea reflexiva. Nadie necesita de la filosofía para reflexionar sobre su campo, pero si se sale de su campo y busca en la filosofía puede ampliar sus maneras de aproximarse al problema, de plantearlo, de rayar sus vértices. Para nosotros la filosofía no enseña ideales, en cambio enseña a leer. Y no es poca cosa, pues la manera en que usted lee una situación, un problema, un partido, un libro, un cuadro, una relación, etc., puede cambiar la manera en que usted piensa, vive, aprende, trabaja, enseña y actúa. El filósofo no es un sabio, pero es justo esperar de la filosofía una mayor comprensión de las cosas, del funcionamiento del mundo, de las relaciones de poder, de la construcción de uno mismo…

Para nosotros leer, antes que buscar significados, es "hacer algo" con el texto, ponerlo en acción en otra parte, y no existe una sola lectura erudita ni profesional que pueda reclamarse como la “verdadera”. Nuestras formas de experimentar el estar-en-el-mundo cambian, y nuestra experiencia del libro también. Así, leer es como analizar un combate de boxeo: Cus D`Amatto y Mike Tyson visionando cintas de boxeo históricas: Dempsey, Louis, Frazier, Alí, Foreman… Y viendo esas cintas con el propósito de tomar algo para incorporarlo a su propio arsenal, construir su estilo. Esa es una práctica activa de lectura. Lo mismo se puede hacer cuando se entra en el fabuloso mundo de la filosofía. ¡Tanto para extraer! Lo único que se necesita es tener cada uno su propio plan en marcha, una dirección a la que tiende espiritual y profesionalmente, y entonces se sabrá mejor qué es lo que hay que buscar, dónde pulir y dónde potenciar. Antes que un “hábito”, la lectura es un “placer” de vida.


LINKS RELACIONADOS:

éste artículo publicado en La Razón, Tendencias

viernes, 13 de enero de 2012

Buenos Aires de Feria del Libro

Jorge Luna Ortuño

Un relato cargado de experiencias y sensaciones, con motivo de una visita a la más grande Feria del Libro de habla hispana. Algo más parecido a la crónica de una inmersión.

 Ingreso
Dos de la tarde, mayo del 2011, remoloneo en medio de uno de esos adormecedores domingos paceños. Es una tarde nublada, tranquila, perfecta para el ocio, de modo que me siento a continuar mi lectura de un maravilloso libro que me tiene cautivado: El tiempo de los asesinos, de Henry Miller. Nadando entre sus páginas me siento en casa, pero sin darme cuenta, una serie de sensaciones relacionadas a lo leído se amontonan, de repente me siento viajar, un par de líneas me transportan inauditamente a mi habitación en el Gran Hotel España, muy cerca del Obelisco, en pleno centro de Buenos Aires. Estoy en el espacio en el que me había encerrado el pasado Viernes Santo para disfrutar de mis nuevas adquisiciones y leer todo lo que me diera la gana. Sentado en un sillón antiguo siento nuevamente el calor de esa bella ciudad en la que éste librito fue mi acompañante. Hileras de avenidas coloridas y llenas de cafés, de librerías, de buses enormes y de hombres y mujeres desparramados caminando por todos lados saltan a mi memoria. Franqueo el umbral de esa puerta, al otro lado la 37° Feria del Libro de Buenos Aires me espera, justo en el año en que la ciudad ha sido nombrada por la UNESCO como Capital Mundial del Libro, un motivo más de orgullo para los porteños.
  
 Pabellón azul
La primera porción que recorro de Buenos Aires me la presenta como una ciudad agitada y acogedora, salpicada de un sinnúmero de estímulos auditivos y visuales, y digo esto por los enormes letreros luminosos, las lujosas vitrinas y galerías, los coches de último modelo, los toldos que adornan los restaurants…, pero principalmente por las bellísimas mujeres de todas las edades que recorren sus calles. Camino por Palermo Viejo y estoy encantado, eso es una invasión de bocados, es como si cayeran del cielo, como si se hubiera desencadenado un desfile improvisado de coquetas porteñas y otras que aparentan ser turistas. Dato adicional: Según el Censo Nacional de Población y Viviendas realizado el 2010, en Buenos Aires hay 100 mujeres por cada 86 hombres[1]. Un gran aliciente, quizás. Por el estado de mi bolsillo, los primeros días eso no será nada más que una degustación.

Pero volvamos a lo que nos convoca: la Feria del Libro. Se realiza en el predio de La Rural, un enorme campo ferial, situado casi frente al zoológico, al cual se puede acceder por las tres avenidas que lo rodean. El lema es: “Una ciudad abierta al mundo de los libros”. El gran antecedente es la presencia del sector editorial argentino en la última Feria del Libro de Frankfurt, gracias a un programa estatal de apoyo a la traducción al alemán de las publicaciones locales. A un par de días de su inicio, algunas personas de la zona, con las que converso ocasionalmente, me hacen dar cuenta de algo curioso: muchos de los lugareños no le tiran ni la mínima pelota a ésta Feria, su inicio les es indiferente. (Arriesgaremos una explicación más adelante). Y uno se imagina que hablar de la Feria debería consistir en hablar de libros, pero no es ese el primer tema de conversación que despierta. En los periódicos, en algunos subtes, cafés y pizzerías, uno de los temas de conversación es la polémica que se ha generado en torno a Mario Vargas Llosa, el flamante Premio Nobel de Literatura. Los intelectuales kirchneristas no lo quieren, han logrado que no sea él quien encabece la inauguración. Incluso el director de la Biblioteca Nacional, Horacio González, propuso vetar su participación. Sin embargo, pasada la tempestad, finalmente se establece que dará una conferencia durante la inauguración en la sala “Jorge Luis Borges”. En el periódico Clarín, emparentado con la oposición, las palabras del autor de novelas como La ciudad y los perros, Conversación en la Catedral y otras, se convierten en primerísima noticia: “No quiero dar la impresión de que vengo a criticar a la Presidenta. Sería falso, inelegante. Pero sí hablo con mucha libertad, cuando corresponde, sobre lo que ocurre aquí, porque es mi derecho”; “al director de la biblioteca, lo menos que se le puede pedir es que debería respetar el principio de la diversidad”… La Feria del Libro, como cualquier dispositivo, es un diagrama de fuerzas y tensiones que la sostienen, y en un año marcado claramente por las Elecciones Presidenciales, una de esas líneas de tensión, quizá la más obvia, se nos ha revelado. Recapitulemos: Vargas Llosa se había manifestado anteriormente contrario a las políticas implementadas por la Presidenta Cristina Kirchner, lo que le valió esas réplicas junto a las de algunos aludidos y sectores progresistas.[2] “Cuidado con opinar desde afuera sobre países soberanos como la Argentina” –le había respondido idiotamente una de las voces oficialistas. Se llegó a temer que sectores de la juventud kirchnerista sabotearan el acto de inauguración. Aunque se prometía quilombo, al final todo se desenvolvió con tranquilidad, afortunadamente. Cabe apuntar que fue la propia Presidenta Cristina quién defendió a Vargas Llosa, pidiendo que la presentación del Nobel se desarrolle con normalidad. Y es que era una tontería politizar un evento en el que el invitado principal es la literatura, aunque la intromisión de la política sea ya una constante de las últimas ferias en Buenos Aires. En mi criterio, la mejor respuesta contra ésta estupidez la dio el filósofo español Fernando Savater, y fue dentro de un encuentro con periodistas en el patio de una escuela del conurbano en Villa Ballester: “Yo conozco la Feria del Libro, conozco a Vargas Llosa, pero no conozco a ninguno de los que intervienen en la polémica… por algo será –afirmaba con ironía–. Son las ganas de buscarse publicidad de personas que no tienen una categoría intelectual para conseguirla por otros medios”.[3] Lo cierto es que el último premio Nobel de la Literatura, algo parco pero no carente de fino sentido del humor, suele hacer gala de una gran maestría para provocar admiración y rechazo casi simultáneos por donde pasa. Cuando una periodista de Clarín le consultó qué pensaba de los que dicen que es taaan buen escritor pero con ideas taaan feas, apresuró una respuesta con las orejas coloradas, quizás de rabia: “Estoy cansado de escucharlo”.

Pabellón amarillo
El predio de La Rural, donde se desarrolla esta Feria, es tan grande que uno puede perderse fácilmente los primeros días, pese a lo bien señalizados que están los largos y alfombrados pasillos. En detalle, son 47500 metros cuadrados de superficie, 1500 expositores, 11 salas de actos y 42 países presentes en ésta que es, para muchos, la Feria del Libro más grande del mundo de habla hispana. Además, cuenta con una sobria sala de prensa donde están dispuestas cuatro computadoras para periodistas del extranjero, junto a una sala de conferencias. “La gran novedad de esta edición –nos cuenta Carlos Pasos, funcionario de la Fundación El Libro– es que ofrecerá al público un espacio de lectura digital”. Y en efecto, se aprecia en uno de los stands (Moviestar) una pantalla gigante en la que se emula la experiencia de lectura de un libro electrónico en un I-phone, donde, entre otros gustitos, uno puede recorrer las páginas con tan solo acariciar con un dedo la pantalla. Entre los cursos de las Jornadas Profesionales, algunos temas de siempre, “los derechos de autor en la era del libro digital”, “libertad de expresión”, etc., pero hay uno que disfruto en especial: “El lenguaje de la ciudad”.

La Feria del Libro es una buena metáfora de Buenos Aires: es enorme, variopinta, atractiva, demandante, agotadora, organizada y caótica a la vez… Al comienzo quieres devorártela, pero al final de la jornada descubres invariablemente que es ella la que te ha devora-do. Hay que desnudarla, pero lo más antes posible, antes de que ella te desnude a ti. Los precios son muy altos en Capital, los alojamientos, los taxis, la ropa, pero sobre todo la comida y la bebida. Los libros no se quedan atrás. Es cierto que la mayoría de las editoriales nos reconocen un jugoso descuento del 40% a los editores del extranjero, pero eso no quita que la mayoría de los libros deseados nos provoquen un estremecimiento en la garganta cuando nos informan de su precio. Para darles una idea, la edición completa, en dos tomos, de las Memorias de Giacomo Casanova llegaba a costar el equivalente a Bs. 1500… Lo bueno es que en la extraordinaria librería El Ateneo, uno puede ojearlo sentado cómodamente tomando un café sin que nadie lo moleste. De todos modos, en este pabellón se encuentran algunas ofertas: 3 libros por 15 pesos (argentinos), 2 por 10, etc.

Esto nos lleva a hablar del otro tema contiguo: el por qué a mucha gente de la Capital no le interesa visitar la Feria, por más grande y pomposa que sea. Podría decirse que es porque en realidad está enfocada primordialmente para los visitantes del interior (mucha gente de Tucumán, de Rosario, de Santa Cruz de la Patagonia) y del extranjero. La doctora en filosofía Esther Díaz, a quien tuve el gusto de conocer en mi estadía, me hizo dar cuenta de algo que comprobé luego: Buenos Aires es ya en sí misma una gran feria del libro, los 365 días al año. Por eso cualquier hombre o mujer que disfruta de las letras se siente inmediatamente en su casa cuando la visita. Es verdaderamente una capital del libro, como Vargas Llosa hacía notar en su discurso en la feria, que en ese ítem nada tiene que envidiarle a París ni a Barcelona. No sólo por las innumerables librerías, antiguas y modernas, por su tradición de grandes escritores, también por los cientos de cafés literarios en Palermo, San Telmo, Corrientes, etcétera, donde las últimas novedades ya están apostadas en sus estantes, y al mismo precio que se ofertan en la Feria. Desde luego, en lugar de hacer un viaje de cuarenta minutos, o más, hasta Palermo, cualquiera prefiere buscar el libro requerido en una de estas flamantes librerías, donde además tiene la posibilidad, en algunos casos, de sentarse a hojear los libros sin que ningún vendedorsito de pacotilla apresure la lectura, es decir, la compra. Además, en avenidas como la Rivadavia y la Santa Fe se pueden encontrar pequeñas ferias llenas de casetas donde se venden miles de libros usados y donde, curiosamente, hasta se puede pagar con tarjeta. Lo único que hay que hacer es meterse en el bulto y buscar con ojo felino.

Baños
Esta gran Feria que aglutina a las más importantes editoriales de Argentina, y a varias otras del extranjero, se constituye, sólo hasta cierto punto, en un incentivo a la lectura, y menos aún en un dispositivo de lectura de la ciudad. Por su funcionamiento, es más apropiado llamarla la Feria de las editoriales, dado que ellas son las que le dan vida y sentido al usarla como estrategia de presentación y aceleración de ventas y convenios. En cierta forma, el lector queda reducido a jugar un  rol secundario, y esto es algo sutil y difícil de explicar. La Feria del Libro, también en Buenos Aires, no deja de tener ese aire de plaza de comidas, de Megacine, es decir, de un complejo donde se mete de todo para multiplicar la oferta y acrecentar las posibilidades de venta por asociación, aunque con la salvedad de que en ésta Feria, eso sí, se encuentre una variedad de primera calidad, ni duda cabe.

Pabellón verde
Me sorprende Buenos Aires en cada nueva caminata, “aquí todo es aventura –dice Morgane Amalia, una divertida turista francesa–, acá se siente que todo es posible, es una ciudad surrealista”. El porteño es algo petulante, le gusta hablar fuerte, vocalizar muy bien las palabras, terminar las oraciones con un “¿viste?”, y cosas así, y como los hay amables también los hay prepotentes. Lo importante es no amilanarse con nadie. Por eso mismo, recuerdo lo que me escribió mi amigo Jesús al despedirme: “Hallándote entre el gauchaje, conviene que recuerdes la sabia sentencia de Martín Fierro: “Yo no me aparto de la huella, aunque vengan degollando”. Aquí a los timoratos se los comen como a un bizcocho. Comentar que uno es boliviano no es precisamente una gran referencia, lo que sigue es la sensación de que algo se ha diluido en la conversación. Una señora me confiesa: “¿Los bolivianos?, y, y, son laburantes ¿no?, por el centro no se los suele ver, ellos están en las partes más de afuera, Linniers…” Algo me irrita de esa apreciación, no sé, pero hay que usarlo como empuje hacia adelante. No hay tiempo de reflexionar mucho, Buenos Aires es como un animal, su locura te salta como un mono en contraruta, te mantiene alerta, con apetito, estimulado, ya sea para escribir, para pensar, para conectar...




Me llama la atención la gran cantidad de gente que circula por las calles con audífonos en los oídos, a toda hora, muchas personas se ven como desenchufadas, escuchando música, o quién sabe qué, tal vez nada, pero parecen desconectados del entorno, o quizás conectados, pero a otra cosa, al mundo al que la música les transporta, o del que no deja que salgan, especie de ritornelo. Vivimos en un mundo en el que las distancias se acortan, pero en el que también es más palpable la sensación de desconexión. No se lo puede negar, ésta, como tantas otras, es una ciudad polarizada: por un lado está llena de barrios donde predomina el confort del Primer Mundo, y por el otro de extensas zonas donde campea la pobreza. No hemos visto nada parecido a las favelas pero de todos modos existe mucha desigualdad, y hay gente, mucha gente que necesita des-conectarse de su realidad, quizá por eso mismo persista siempre la necesidad de la lectura, del libro, en tanto herramienta de conexión con otros mundos posibles más alentadores, avivadores de la imaginación, que luego se usará en favor propio en una realidad concreta. ¿Qué nos diría Cervantes, que concibió el libro de los libros –El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha– mientras estaba encerrado en una prisión? Un libro nos permite respirar otros aires, concebir la ficción, le agrega fantasía a nuestras vidas. Si la Feria del Libro se debe elogiar es principalmente por ser una enorme estantería discontinua en la que están acomodadas en fila las más increíbles fantasías, mundos posibles que nunca veremos si no es a través de tal o cual libro que nos busca afanoso y nos espera.







Salida
En el teatro se estrena con mucho éxito la obra “Un tranvía llamado deseo”. En la televisión el Papa Benedicto responde en vivo a los twiters en plena Semana Santa, aunque, como buen sacerdote, en realidad no responde nada, solo alarga el misterio. La gran sensación, sin embargo, es “Gran Hermano”, el reality show que se pasa por Telefé y que ya llega a su fin. Ricardo Darín está en cartelera con su nueva película, Cuentos Chinos, la sucesora de Carancho y El secreto de sus ojos. Pero la que más parece atraer es de un cineasta tailandés: El hombre que recordaba sus vidas pasadas. Todavía está fresco el recuerdo del paso de U2 360° tour por aquí. A media semana Pete Sampras y André Agassi llegan para jugar partidos de demostración en la zona de Tigres. La ciudad vive con atención los cuatro choques entre Barcelona y Real Madrid; Messi despierta pasión y provoca lágrimas cuando los azulgranas pierden La Copa del Rey; existe también sin embargo otro sentimiento encontrado, que se sintetiza en la portada de una revista que leo en un kiosko: “¿Por qué nos cuesta tanto a los argentinos identificarnos con Messi?”. Un taxista me dice alzando el tono: “lo que pasa es que ese pibe no siente la camiseta albiceleste, sólo la del Barcelona”. Supongo que hay de todo. Llega el día de mi retorno. A la Feria le queda una semana más de duración, pero ya la recorrí de cabo a rabo. El libro de Jorge Edwards, La Torre de Montaigne, es el que se me queda impreso en la cabeza. La nostalgia me invade ya en el aeropuerto de Ezeiza; Buenos Aires es una ciudad a la que hay que volver para desmenuzarla. Ahora toca digerirla de a poco. Me doy cuenta de que es preciso salir de la inmersión. Necesito también desconectarme. Termino este artículo y estoy en La Paz otra vez, ya es de noche. Desde este momento la hoja es tuya.











[1] Dato extraído del Diario Z de Buenos Aires, “Ciudad bipolar”. Número 70.
[2] “Cristina Fernández es un desastre total. Argentina está conociendo la peor forma de peronismo: populismo y anarquía. Temo que sea un país incurable”, le había dicho Vargas Llosa un tiempo atrás al diario italiano Corriente della Sera.
[3] En el periódico La Nación del miércoles 20 de abril.