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miércoles, 22 de marzo de 2017

ENRIQUE VILA MATAS, DIFERENCIA Y REPETICIÓN

Introducción
No existe material suficiente para completar una biografía satisfactoria del escritor catalán Enrique Vila-Matas. A lo mucho, lo que alcanzamos a imaginar, por la textura de los personajes en los que habla en primera persona, es un ser meditativo, experto en fugas, que ve literatura en todo y que goza con la mutabilidad de las identidades. Se ha dicho que hace “metaliteratura”, “autoficción”, pero él se declara inocente de ambos dictámenes. Su forma irreverente de trabajar con las citas es el asunto más controvertido de su obra. En este artículo me limitaré a sugerir que los procedimientos que usa Vila-Matas, siguen un trayecto paralelo con los que utilizó el filósofo francés Gilles Deleuze (1925-14995) al interior de la historia de la filosofía.

Contexto
Enrique Vila-Matas es un autor poco comentado en nuestro país, pero su obra heterodoxa guarda múltiples afinidades con más de un autor boliviano, entre ellos con nuestro querido narrador Jesús Urzagasti (1940-2013), especialmente respecto del género híbrido de novela ensayística o ensayo novelado, que constituye En el país del silencio. (¿Y acaso Tirinea no es un doblez de las meditaciones metafísicas de Descartes, pero con otro final más feliz?)
Antes de entrar en materia, habrá que contextualizar. Vila-Matas nació en Barcelona-España, ronda los 68 años, es uno de esos escritores que te devuelve la confianza en la escritura y en la ficción cuando más lo necesitas. Sin duda, es uno de los autores más traviesos e inclasificables del panorama mundial. Destacan en su producción Historia abreviada de la literatura portátil, Bartleby y compañía, El mal de Montano, Doctor Pasavento, Kassel no invita a la lógica, entre otros. Recientemente este año, bajo el sello de Seix-Barral, presentó su última travesura: Mac y su contratiempo.

En esta última incursión, el autor catalán saluda explícitamente a Gilles Deleuze por su libro Diferencia y repetición (1968). Lo mencionó en varias ocasiones, como en este extracto de una entrevista para El País de Madrid:

“[…] el protagonista quiere producir el efecto de una novela póstuma incompleta, para apuntarse a la moda de estas novelas. Al mismo tiempo, Mac lucha por que la novela no invada su diario de debutante. Es también un ensayo sobre la repetición y la diferencia, como decía Gilles Deleuze, y también es un libro de cuentos. Este trasvase de géneros es bastante sencillo. La cuestión es que sea cuatro cosas al mismo tiempo. Vengo de una trayectoria en la que he manejado mucho esos trasvases”.[1]

Es un encuentro afortunado en el que se cumple lo que Deleuze postulaba: la filosofía debe ser como la música, no se necesita ser un estudioso de la música para escucharla, para sentirla o disfrutarla. Con mucha lucidez, Enrique Vila-Matas efectúa una comprensión no-filosófica de un planteamiento filosófico. Más que a Deleuze, lo que le interesa es recuperar su concepción sobre las categorías de repetición y diferencia. Søren Kierkegaard, Nietzsche, Bergson, son varios filósofos que se reúnen en esa línea, catalogados por Deleuze según ese criterio en ese libro Diferencia y repetición de 1968.

Para el autor de Mac y su contratiempo se trata de una cuestión de escritura, o de re-escritura, porque en literatura, considera, no se hace otra cosa que repetir sobre lo que ya se hizo, para afirmar algo diferente. “Toda la historia de la literatura es modificar los textos ya escritos y esto es lo que intento explicar en el libro”. Por ello, seguramente, abundan en internet los estudios del palimpsesto en la obra de Enrique Vila-Matas.

Sin entrar en profundidades con el palimpsesto –conocida categoría literaria– mi teoría es que la obra de Enrique Vila Matas se alumbra de modo inaudito leyéndola desde el pensamiento de Gilles Deleuze. Entre ellos resuenan varios intereses compartidos. Alguna vez se dijo que si Fernando Pessoa hubiera hecho filosofía, sería la de Gilles Deleuze. Ahora yo diré que si Gilles Deleuze hubiera hecho novelas, hubiera sido Enrique Vila-Matas. Por supuesto que esto es mucho más un ejercicio lúdico, pues cada uno de ellos es un Original.

Deleuze-Vila-Matas

No soy el primero en relacionar a Enrique Vila-Matas con Gilles Deleuze, y recomiendo entre otros el bello artículo de Luis Reguero “Los Bartleby no se acaban nunca”[2]. La diferencia es que aquí me intereso por el procedimiento de escritura. En ese sentido, Vila-Matas es una radicalización del filósofo francés. En su libro Conversaciones, Deleuze explica cómo, desde sus primeras monografías sobre Nietzsche, Bergson, Hume, usó las citas de un modo controversial, aunque siempre fue exacto y riguroso en ese sentido. “Era necesario que el autor haya dicho efectivamente lo que le hacía decir”. Sin embargo él usaba esas citas para que se piense algo diferente de lo que se decía del autor en cuestión. El mundo académico no entendía que usaba las citas como sintaxis, porque lo que estaba haciendo era evocar una presencia, había algo vivo, eléctrico, ocurriendo ahí. Una cita es un conector de párrafos, como trampolín del pensamiento; a veces sirve para reforzar algo que se ha dicho, pero los grandes autores utilizan la cita para ingresar algo nuevo que va subiendo el tono del texto en general, y dispara nuevas posibilidades de conexión. Afecta en la prosa general de todo el texto, eleva la exigencia, irradia su belleza. Es un pensamiento hipertextual, de las multiplicidades, abierto a las múltiples conexiones, el que les da lugar.   

Vila-Matas es Deleuze llevado a las últimas consecuencias, no cualquier Deleuze, sino el de sus primeras dos etapas, el de Lógica del sentido o Diferencia y repetición, antes de su encuentro con Guattari. Vila-Matas introduce citas, o hace guiños constantes dentro de su prosa, algo que le han criticado, pero lo hace como sintaxis o ejercicio de estilo. Tanto es así que, para dejarlo claro, muchas veces inventa citas que atribuye a autores imaginarios, en otras modifica citas de autores conocidos, y otras les atribuye frases que en realidad no son suyas. De mil formas desdobla su voz polifónica, y deshace la figura del sujeto del enunciado. Para explicarse ha utilizado otra cita: “Sólo se puede citar lo que uno mismo piensa, aunque haya sido dicho en palabras de otro y en otros contextos”. Y esto es cierto: ¿cuántas veces no le habrá pasado al lector que se encuentra con algo que pensaba pero que otro autor ha puesto en palabras exactas? Con todo lo discutible que podría resultar este procedimiento, es plenamente coherente con su ímpetu de escritor de “ficción-radical”.



[1] “La autenticidad me parece el santo grial de la mala literatura”. Diario El País, Madrid. Entrevista de Ferrán Bono, 13 febrero 2017.
[2] Disponible en http://www.culturamas.es/blog/2015/09/05/los-bartlebys-no-se-acaban-nunca/

lunes, 13 de febrero de 2012

TIRINEA: UN DIARIO COMO VIAJE A LA CLANDESTINIDAD




Sin ocultar mi aspiración de formar parte de esos “devotos usuarios de los libros aún no escritos”, haré notar de entrada que la escritura de estas líneas sobre Fielkho y el diario en el que deja constancia de su viaje hacia la clandestinidad –diario que se ha venido a llamar Tirinea– no tiene otro propósito que el de saludar respetuosamente a mi amigo Jesús Urzagasti (Gran Chaco, 1941), el narrador más importante que tiene Bolivia, y cuya obra casi completa está siendo reeditada, en buena hora, por la Editorial Gente Común. Agradezco al poeta Nervol Kunsted por haber introducido a mi mundo semejante joya el día que me obsequió el libro que nos ocupa aquí.
No se ha dejado suficiente constancia de los diversos ejercicios de lectura que promueve la obra de este genial escritor chaqueño, pero no nos queda duda de que su primera novela, Tirinea (Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1969), ha provocado bastantes resonancias en el medio, tanto críticas como extraliterarias. El año pasado, dentro de una gestión del Ministerio de Culturas, Plural editores lanzó una nueva edición de la novela, al haber sido seleccionada entre las diez más importantes de la literatura boliviana. Si cité antes la primera edición, que es la fuente de este impulso, es porque las ligeras variaciones internas de división que su autor introdujo en la nueva versión no me han permitido todavía dejarme llevar en su (re)lectura con la misma fluidez que me permitió su predecesora. Probablemente sea una cuestión de cariño al viejo libro, en cuya contratapa Claudia Bowles apunta con lucidez: “esta novela que se repliega sobre sí misma, Tirinea –territorio imaginario– es el lugar de lo utópico. La ironía de registrar los vanos intentos de escribir algo, confluye con la paradoja de finalmente lograrlo”. Hablamos de Tirinea, pero también de lecturas de Tirinea. Debo acotar que la más minuciosa e invitadora de esas lecturas, en mi criterio, es el notable ensayo “Del nomadismo: Tirinea de Jesús Urzagasti”, de Luis H. Antezana, al que pude acceder gracias a la reciente publicación de su libro Ensayos escogidos (Plural editores, 2011), libro que funciona como un inagotable campo de conexiones y que reclama ser usado en tanto “saco de aparapita” (según la descripción de Jaime Saenz). Si los textos de “Cachín” Antezana son una invitación a la lectura, los de Jesús Urzagasti son una invitación a la narración.

Martes 13 de diciembre 2011:
A propósito de su inexistente inclinación por la caza, queriendo favorecer una vida más tranquila, “sin la mínima convulsión”, Fielkho toma una decisión que será un momento-bisagra en su vida: “Dejaré la Universidad. La carrera de ingeniero no es que no me llevará a ninguna parte, sino que me arrastrará hacia donde yo no quiero ser arrastrado”. (T. pp. 14-15).  Más allá de que Fielkho sea ducho para la Química, con su decisión afirma que se opone terminantemente a que “una circunstancial habilidad mental” lo lleve al desastre. Pero entonces: ¿a dónde sí quiere ser arrastrado? No importa tanto el lugar sino la puesta a punto de sí mismo que generará el proceso. Fielkho decide alejarse de la ingeniería geológica, y también de Cayetano y Córdoba. No es nada personal, simplemente es porque los mundos que estos ponían en movimiento, a partir de sus inclinaciones, no eran afines con los de Fielkho, por ejemplo, en su tonta insistencia por llevarlo a fiestas. “A esta altura de mi vida estoy convencido de que lo único que uno hace es librarse de un montón de cosas: […] en buenas cuentas, de ser un atorrante de siete suelas. De todo puede uno librarse, hasta de escribir lo que estoy escribiendo, pero ¡guarda con alargar el camino que nos separa la muerte!”. (pp. 53-54). De todo puede uno librarse, es decir, cada uno tiene a su alcance la posibilidad de organizar sus encuentros, aquellos que le sean más convenientes para mantener la máquina aceitada. Pero al mismo tiempo Fielkho reconoce que es la vida según su propio reloj interno la que determinará el abanico de encuentros que se le podrán presentar. “Me alegra lo que acabo de comprobar: miles de personas transitan esta ciudad […] Muchas de ellas están destinadas a ser mis amigos o mis enemigos; todavía no lo son y así caminan, como yo, y no pueden explicar el extraño temblor que les estremece el cuerpo. He aprendido a reconocerlas, pero al tiempo lo dejo en su labor y no lo interfiero. Que tomen los litros de agua que deben tomar antes de que llegue la hora sagrada”.



Así avanza la novela donde un Fielkho en sus distintas etapas, y el viejo, se intercalan en la narración. Algo extraordinario ocurre durante estos meses en los que se la pasan tomando limonadas, observando los cabellos de Orana dormida y escuchando sonatas de Bach, mientras se turnan para escribir las 60 páginas de su diario. No pueden hacer otra cosa que expresar su asombro por la nueva vida en La Paz, desde donde tienden un puente a la tierra original. Los lectores somos testigos del intento de Fielkho por encontrar su verdadera voz, la del viejo, que está ahí tan cerca y sin embargo lo espera hace mucho tiempo. “¡Cómo me gustaría cantar para ella con una voz distinta, tan distinta como la mía, que a todo se parece cuando me quedo en el más profundo silencio! Yo soy el templo de mi voz, pero mi voz apenas es mía y viene precedida por la voz de tantos seres que han muerto sin haber nacido”. (p. 120) Y es sólo al ir terminando el libro que nos damos cuenta de este intento de Fielkho por hallar su voz, o por hacerse un cuerpo-sin-órganos. A medida que llega al final experimenta dificultades para terminar las 60 páginas que se había propuesto inicialmente, pues la necesidad de entender la causa de su ignorancia va desapareciendo, y él se torna en una especie de casilla vacía desde la cual el viejo puede hablar. Tirinea es un viaje inmóvil de encuentro con la propia voz. Al principio Fielkho debe vaciarse de aquello que lo inmoviliza; tiene que deshacer la manera en que la Universidad y otras instancias han organizado su cuerpo. No es tanto recuperar la soltura, pues Fielkho sorprende por sabernos narrar su encrucijada de una manera tan ágil, amena, y desenfadada. Se trata más bien de volver a comenzar. “Hay una edad en que todo comienza de nuevo, con una luz nueva en el corazón, en que uno es el único invitado de la soledad y ella se hace esperar para siempre. Yo estoy en esa edad”. (p. 29) Las afirmaciones de la parte final del libro evidencian este intento finalmente logrado. “No soy el que dice estas cosas, sino las cosas las que me dicen a mi”. (p. 111) ¿Quién escribe? No es el yo de un autor. Pero para llegar ahí tiene primero que hacerse un cuerpo-sin-órganos. En adelante el que habla es una individualidad impersonal no sujetada que solamente puede decir: “esto es lo que me pasa a través mío”. Un parque, un enjambre, una constelación antes que un hombre.

Un viejo amigo de Urzagasti, Henry Miller, lo explica con estas palabras: “No somos nosotros quienes firmamos los libros. ¿Quién es un artista? Es un tipo que tiene unas antenas, quien conoce cómo enganchar las corrientes que están en la atmósfera, en el Cosmos. Él simplemente tuvo la felicidad de engancharlos tal como eran”[1]. Tirinea es un prolijo cuerpo-sin-órganos (CSO), y Jesús Urzagasti es en este sentido un artista. Él no habla de CSO, no tiene necesidad de ello. En una entrevista en la que Ricardo Bajo le pregunta cómo se prepara para escribir una novela, Urzagasti decía: “Soy un aficionado a la escritura. Hay que recuperar la humildad y la ignorancia. Estar a cero para producir un lenguaje sin antecedentes. Si aplicas lo que sabes, te repites. De la nada hay que sacar algo”[2]. Estar a cero. CSO. Vacío productivo de nuevas formas. Probablemente se refiere también a esto mismo cuando habla del analfabeto funcional como un individuo que tiene fondos para acceder a los libros “pero se le atrofió el órgano que combina vista, tacto y oído para producir la magia de la lectura”[3]. Liberar al cuerpo de la organización que le han hecho es necesario no solamente para poder escribir, sino también para saber leer.

Por su parte Fielkho confiesa: “estoy escribiendo algo que mi cuerpo exige para vivir (…). Cuando permanezco en silencio mis oídos perciben la música del universo; son apenas sonidos, pero bastan para hacerme perder la identidad que guardo con ese camión que acaba de zumbar”. (p.31). Al empezar a borrar los contornos de la identidad hay siempre un devenir-imperceptible que está en marcha. A través de la escritura Fielkho comienza a liberarse, a romper los estratos, o las cortinas. El viejo comienza a hablar más seguido: “A su acto de escribir se debe que yo esté a punto de salir a flor de piel. Claro que él no tiene idea de lo que está sucediendo. Cada fracaso suyo es una cortina menos que nos separa…” (p. 66) Explica también cuál era la pretensión de Fielkho al escribir su relato: “presenciar el mecanismo que moviliza a su mundo”, pues de ahí en adelante “jamás se le ocurrirá meter a su mundo aquello que no le pertenece”. (p. 116) Si se encontró con algunos problemas en este proceso es porque lo hizo quizás muy de golpe, “desarmó totalmente la maquinaria y ahora está atolondrado y no sabe cómo iniciar la reconstrucción, fuera de que le tomó de sorpresa la inmovilización que sufre su organismo”. (p.116). Pero al final logró deshacer la organización y se hizo un CSO pleno, productivo, susceptible de ser recorrido por corrientes vitales creativas. “Creo, sin embargo, que Fielkho a través de esta experiencia dará más agilidad a sus miembros, mayor frescura y pujanza a su ser por la sencilla razón de que gran parte de sus secciones vivían en el olvido y ahora que la mayoría de ellos han sido alabadas en forma es casi seguro que su funcionamiento será de una precisión asombrosa”. (p.117).

Fielkho ha dejado de tener procedencia y su origen se colocará en el futuro. Llegan las páginas 109-110 y de repente nos encontramos con dos de los párrafos más maravillosos que la literatura universal tiene para ofrecer. Un grandioso canto a la vida:
“Aunque las catástrofes se avecinen y tu figura tienda a desaparecer en manos del crimen o de la oscuridad, aunque el mundo se venga abajo con el objeto de no favorecer tu existencia (…) nunca olvides que por primera, única y última vez eres lo más formidable y maravilloso que habita en este mundo. […] Hay paisajes maravillosos en el universo que nadie, ni tú, verá jamás; pero eres tú el sendero único para llegar a esos paisajes. […]  Levántate y agradece, antes de que tengas ese olor a ropa guardada en tu cuerpo, agradece por haber venido sin tener nada a un mundo que lo tiene todo; así regresarás con todo al país de la nada y sin haber abierto el pico”.

En ese momento ya no sabemos quién lo dijo. ¿Fue el viejo? Ya no interesa. A fuerza de deshacerse de sus bordes y de sus particularidades Fielkho se ha hecho indiscernible a sí mismo, su presencia es la de un nuevo Bartleby, pero más alegre. El viejo dice que Fielkho “por lo menos ahora está seguro de amar con mayor intensidad al mundo. Y esto es tan cierto que cuando tiene un libro en las manos y parece estar leyendo, no está haciendo eso sino amando al mundo”. (p. 124). “Es el primer convencido de que es un extranjero, un desconocido”. (p.125) Fielkho ha devenido imperceptible, clandestino. Escribe como un piano que toca solo. La música fluye. Se ha cumplido aquello que meses antes añoraba, pero no lo recordará porque él ya es otro:

“Algún día estaré frente a lo desconocido, tendré en mis manos lo que mi memoria se empeña en ocultar; ese día perderé para siempre el nombre con el que me identifica el mundo, el famoso nombre que tiene la virtud de separarme de lo que soy. Sé muy bien que soy un animal perdido en la noche y por lo tanto un nombre más, un sonido más. Cuando suceda lo que espero seré el mundo y no estaré lejos de nada”. (p. 83)

Jorge Luna Ortuño 
(Dic-2011)



[1] George Wickes, Entrevista a Henry Miller.
[2] En una entrevista de Ricardo Bajo a Urzagasti, realizada el 2008 a propósito de la publicación de su novela El último domingo de un caminante.   
[3] Ibid.

viernes, 13 de enero de 2012

Buenos Aires de Feria del Libro

Jorge Luna Ortuño

Un relato cargado de experiencias y sensaciones, con motivo de una visita a la más grande Feria del Libro de habla hispana. Algo más parecido a la crónica de una inmersión.

 Ingreso
Dos de la tarde, mayo del 2011, remoloneo en medio de uno de esos adormecedores domingos paceños. Es una tarde nublada, tranquila, perfecta para el ocio, de modo que me siento a continuar mi lectura de un maravilloso libro que me tiene cautivado: El tiempo de los asesinos, de Henry Miller. Nadando entre sus páginas me siento en casa, pero sin darme cuenta, una serie de sensaciones relacionadas a lo leído se amontonan, de repente me siento viajar, un par de líneas me transportan inauditamente a mi habitación en el Gran Hotel España, muy cerca del Obelisco, en pleno centro de Buenos Aires. Estoy en el espacio en el que me había encerrado el pasado Viernes Santo para disfrutar de mis nuevas adquisiciones y leer todo lo que me diera la gana. Sentado en un sillón antiguo siento nuevamente el calor de esa bella ciudad en la que éste librito fue mi acompañante. Hileras de avenidas coloridas y llenas de cafés, de librerías, de buses enormes y de hombres y mujeres desparramados caminando por todos lados saltan a mi memoria. Franqueo el umbral de esa puerta, al otro lado la 37° Feria del Libro de Buenos Aires me espera, justo en el año en que la ciudad ha sido nombrada por la UNESCO como Capital Mundial del Libro, un motivo más de orgullo para los porteños.
  
 Pabellón azul
La primera porción que recorro de Buenos Aires me la presenta como una ciudad agitada y acogedora, salpicada de un sinnúmero de estímulos auditivos y visuales, y digo esto por los enormes letreros luminosos, las lujosas vitrinas y galerías, los coches de último modelo, los toldos que adornan los restaurants…, pero principalmente por las bellísimas mujeres de todas las edades que recorren sus calles. Camino por Palermo Viejo y estoy encantado, eso es una invasión de bocados, es como si cayeran del cielo, como si se hubiera desencadenado un desfile improvisado de coquetas porteñas y otras que aparentan ser turistas. Dato adicional: Según el Censo Nacional de Población y Viviendas realizado el 2010, en Buenos Aires hay 100 mujeres por cada 86 hombres[1]. Un gran aliciente, quizás. Por el estado de mi bolsillo, los primeros días eso no será nada más que una degustación.

Pero volvamos a lo que nos convoca: la Feria del Libro. Se realiza en el predio de La Rural, un enorme campo ferial, situado casi frente al zoológico, al cual se puede acceder por las tres avenidas que lo rodean. El lema es: “Una ciudad abierta al mundo de los libros”. El gran antecedente es la presencia del sector editorial argentino en la última Feria del Libro de Frankfurt, gracias a un programa estatal de apoyo a la traducción al alemán de las publicaciones locales. A un par de días de su inicio, algunas personas de la zona, con las que converso ocasionalmente, me hacen dar cuenta de algo curioso: muchos de los lugareños no le tiran ni la mínima pelota a ésta Feria, su inicio les es indiferente. (Arriesgaremos una explicación más adelante). Y uno se imagina que hablar de la Feria debería consistir en hablar de libros, pero no es ese el primer tema de conversación que despierta. En los periódicos, en algunos subtes, cafés y pizzerías, uno de los temas de conversación es la polémica que se ha generado en torno a Mario Vargas Llosa, el flamante Premio Nobel de Literatura. Los intelectuales kirchneristas no lo quieren, han logrado que no sea él quien encabece la inauguración. Incluso el director de la Biblioteca Nacional, Horacio González, propuso vetar su participación. Sin embargo, pasada la tempestad, finalmente se establece que dará una conferencia durante la inauguración en la sala “Jorge Luis Borges”. En el periódico Clarín, emparentado con la oposición, las palabras del autor de novelas como La ciudad y los perros, Conversación en la Catedral y otras, se convierten en primerísima noticia: “No quiero dar la impresión de que vengo a criticar a la Presidenta. Sería falso, inelegante. Pero sí hablo con mucha libertad, cuando corresponde, sobre lo que ocurre aquí, porque es mi derecho”; “al director de la biblioteca, lo menos que se le puede pedir es que debería respetar el principio de la diversidad”… La Feria del Libro, como cualquier dispositivo, es un diagrama de fuerzas y tensiones que la sostienen, y en un año marcado claramente por las Elecciones Presidenciales, una de esas líneas de tensión, quizá la más obvia, se nos ha revelado. Recapitulemos: Vargas Llosa se había manifestado anteriormente contrario a las políticas implementadas por la Presidenta Cristina Kirchner, lo que le valió esas réplicas junto a las de algunos aludidos y sectores progresistas.[2] “Cuidado con opinar desde afuera sobre países soberanos como la Argentina” –le había respondido idiotamente una de las voces oficialistas. Se llegó a temer que sectores de la juventud kirchnerista sabotearan el acto de inauguración. Aunque se prometía quilombo, al final todo se desenvolvió con tranquilidad, afortunadamente. Cabe apuntar que fue la propia Presidenta Cristina quién defendió a Vargas Llosa, pidiendo que la presentación del Nobel se desarrolle con normalidad. Y es que era una tontería politizar un evento en el que el invitado principal es la literatura, aunque la intromisión de la política sea ya una constante de las últimas ferias en Buenos Aires. En mi criterio, la mejor respuesta contra ésta estupidez la dio el filósofo español Fernando Savater, y fue dentro de un encuentro con periodistas en el patio de una escuela del conurbano en Villa Ballester: “Yo conozco la Feria del Libro, conozco a Vargas Llosa, pero no conozco a ninguno de los que intervienen en la polémica… por algo será –afirmaba con ironía–. Son las ganas de buscarse publicidad de personas que no tienen una categoría intelectual para conseguirla por otros medios”.[3] Lo cierto es que el último premio Nobel de la Literatura, algo parco pero no carente de fino sentido del humor, suele hacer gala de una gran maestría para provocar admiración y rechazo casi simultáneos por donde pasa. Cuando una periodista de Clarín le consultó qué pensaba de los que dicen que es taaan buen escritor pero con ideas taaan feas, apresuró una respuesta con las orejas coloradas, quizás de rabia: “Estoy cansado de escucharlo”.

Pabellón amarillo
El predio de La Rural, donde se desarrolla esta Feria, es tan grande que uno puede perderse fácilmente los primeros días, pese a lo bien señalizados que están los largos y alfombrados pasillos. En detalle, son 47500 metros cuadrados de superficie, 1500 expositores, 11 salas de actos y 42 países presentes en ésta que es, para muchos, la Feria del Libro más grande del mundo de habla hispana. Además, cuenta con una sobria sala de prensa donde están dispuestas cuatro computadoras para periodistas del extranjero, junto a una sala de conferencias. “La gran novedad de esta edición –nos cuenta Carlos Pasos, funcionario de la Fundación El Libro– es que ofrecerá al público un espacio de lectura digital”. Y en efecto, se aprecia en uno de los stands (Moviestar) una pantalla gigante en la que se emula la experiencia de lectura de un libro electrónico en un I-phone, donde, entre otros gustitos, uno puede recorrer las páginas con tan solo acariciar con un dedo la pantalla. Entre los cursos de las Jornadas Profesionales, algunos temas de siempre, “los derechos de autor en la era del libro digital”, “libertad de expresión”, etc., pero hay uno que disfruto en especial: “El lenguaje de la ciudad”.

La Feria del Libro es una buena metáfora de Buenos Aires: es enorme, variopinta, atractiva, demandante, agotadora, organizada y caótica a la vez… Al comienzo quieres devorártela, pero al final de la jornada descubres invariablemente que es ella la que te ha devora-do. Hay que desnudarla, pero lo más antes posible, antes de que ella te desnude a ti. Los precios son muy altos en Capital, los alojamientos, los taxis, la ropa, pero sobre todo la comida y la bebida. Los libros no se quedan atrás. Es cierto que la mayoría de las editoriales nos reconocen un jugoso descuento del 40% a los editores del extranjero, pero eso no quita que la mayoría de los libros deseados nos provoquen un estremecimiento en la garganta cuando nos informan de su precio. Para darles una idea, la edición completa, en dos tomos, de las Memorias de Giacomo Casanova llegaba a costar el equivalente a Bs. 1500… Lo bueno es que en la extraordinaria librería El Ateneo, uno puede ojearlo sentado cómodamente tomando un café sin que nadie lo moleste. De todos modos, en este pabellón se encuentran algunas ofertas: 3 libros por 15 pesos (argentinos), 2 por 10, etc.

Esto nos lleva a hablar del otro tema contiguo: el por qué a mucha gente de la Capital no le interesa visitar la Feria, por más grande y pomposa que sea. Podría decirse que es porque en realidad está enfocada primordialmente para los visitantes del interior (mucha gente de Tucumán, de Rosario, de Santa Cruz de la Patagonia) y del extranjero. La doctora en filosofía Esther Díaz, a quien tuve el gusto de conocer en mi estadía, me hizo dar cuenta de algo que comprobé luego: Buenos Aires es ya en sí misma una gran feria del libro, los 365 días al año. Por eso cualquier hombre o mujer que disfruta de las letras se siente inmediatamente en su casa cuando la visita. Es verdaderamente una capital del libro, como Vargas Llosa hacía notar en su discurso en la feria, que en ese ítem nada tiene que envidiarle a París ni a Barcelona. No sólo por las innumerables librerías, antiguas y modernas, por su tradición de grandes escritores, también por los cientos de cafés literarios en Palermo, San Telmo, Corrientes, etcétera, donde las últimas novedades ya están apostadas en sus estantes, y al mismo precio que se ofertan en la Feria. Desde luego, en lugar de hacer un viaje de cuarenta minutos, o más, hasta Palermo, cualquiera prefiere buscar el libro requerido en una de estas flamantes librerías, donde además tiene la posibilidad, en algunos casos, de sentarse a hojear los libros sin que ningún vendedorsito de pacotilla apresure la lectura, es decir, la compra. Además, en avenidas como la Rivadavia y la Santa Fe se pueden encontrar pequeñas ferias llenas de casetas donde se venden miles de libros usados y donde, curiosamente, hasta se puede pagar con tarjeta. Lo único que hay que hacer es meterse en el bulto y buscar con ojo felino.

Baños
Esta gran Feria que aglutina a las más importantes editoriales de Argentina, y a varias otras del extranjero, se constituye, sólo hasta cierto punto, en un incentivo a la lectura, y menos aún en un dispositivo de lectura de la ciudad. Por su funcionamiento, es más apropiado llamarla la Feria de las editoriales, dado que ellas son las que le dan vida y sentido al usarla como estrategia de presentación y aceleración de ventas y convenios. En cierta forma, el lector queda reducido a jugar un  rol secundario, y esto es algo sutil y difícil de explicar. La Feria del Libro, también en Buenos Aires, no deja de tener ese aire de plaza de comidas, de Megacine, es decir, de un complejo donde se mete de todo para multiplicar la oferta y acrecentar las posibilidades de venta por asociación, aunque con la salvedad de que en ésta Feria, eso sí, se encuentre una variedad de primera calidad, ni duda cabe.

Pabellón verde
Me sorprende Buenos Aires en cada nueva caminata, “aquí todo es aventura –dice Morgane Amalia, una divertida turista francesa–, acá se siente que todo es posible, es una ciudad surrealista”. El porteño es algo petulante, le gusta hablar fuerte, vocalizar muy bien las palabras, terminar las oraciones con un “¿viste?”, y cosas así, y como los hay amables también los hay prepotentes. Lo importante es no amilanarse con nadie. Por eso mismo, recuerdo lo que me escribió mi amigo Jesús al despedirme: “Hallándote entre el gauchaje, conviene que recuerdes la sabia sentencia de Martín Fierro: “Yo no me aparto de la huella, aunque vengan degollando”. Aquí a los timoratos se los comen como a un bizcocho. Comentar que uno es boliviano no es precisamente una gran referencia, lo que sigue es la sensación de que algo se ha diluido en la conversación. Una señora me confiesa: “¿Los bolivianos?, y, y, son laburantes ¿no?, por el centro no se los suele ver, ellos están en las partes más de afuera, Linniers…” Algo me irrita de esa apreciación, no sé, pero hay que usarlo como empuje hacia adelante. No hay tiempo de reflexionar mucho, Buenos Aires es como un animal, su locura te salta como un mono en contraruta, te mantiene alerta, con apetito, estimulado, ya sea para escribir, para pensar, para conectar...




Me llama la atención la gran cantidad de gente que circula por las calles con audífonos en los oídos, a toda hora, muchas personas se ven como desenchufadas, escuchando música, o quién sabe qué, tal vez nada, pero parecen desconectados del entorno, o quizás conectados, pero a otra cosa, al mundo al que la música les transporta, o del que no deja que salgan, especie de ritornelo. Vivimos en un mundo en el que las distancias se acortan, pero en el que también es más palpable la sensación de desconexión. No se lo puede negar, ésta, como tantas otras, es una ciudad polarizada: por un lado está llena de barrios donde predomina el confort del Primer Mundo, y por el otro de extensas zonas donde campea la pobreza. No hemos visto nada parecido a las favelas pero de todos modos existe mucha desigualdad, y hay gente, mucha gente que necesita des-conectarse de su realidad, quizá por eso mismo persista siempre la necesidad de la lectura, del libro, en tanto herramienta de conexión con otros mundos posibles más alentadores, avivadores de la imaginación, que luego se usará en favor propio en una realidad concreta. ¿Qué nos diría Cervantes, que concibió el libro de los libros –El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha– mientras estaba encerrado en una prisión? Un libro nos permite respirar otros aires, concebir la ficción, le agrega fantasía a nuestras vidas. Si la Feria del Libro se debe elogiar es principalmente por ser una enorme estantería discontinua en la que están acomodadas en fila las más increíbles fantasías, mundos posibles que nunca veremos si no es a través de tal o cual libro que nos busca afanoso y nos espera.







Salida
En el teatro se estrena con mucho éxito la obra “Un tranvía llamado deseo”. En la televisión el Papa Benedicto responde en vivo a los twiters en plena Semana Santa, aunque, como buen sacerdote, en realidad no responde nada, solo alarga el misterio. La gran sensación, sin embargo, es “Gran Hermano”, el reality show que se pasa por Telefé y que ya llega a su fin. Ricardo Darín está en cartelera con su nueva película, Cuentos Chinos, la sucesora de Carancho y El secreto de sus ojos. Pero la que más parece atraer es de un cineasta tailandés: El hombre que recordaba sus vidas pasadas. Todavía está fresco el recuerdo del paso de U2 360° tour por aquí. A media semana Pete Sampras y André Agassi llegan para jugar partidos de demostración en la zona de Tigres. La ciudad vive con atención los cuatro choques entre Barcelona y Real Madrid; Messi despierta pasión y provoca lágrimas cuando los azulgranas pierden La Copa del Rey; existe también sin embargo otro sentimiento encontrado, que se sintetiza en la portada de una revista que leo en un kiosko: “¿Por qué nos cuesta tanto a los argentinos identificarnos con Messi?”. Un taxista me dice alzando el tono: “lo que pasa es que ese pibe no siente la camiseta albiceleste, sólo la del Barcelona”. Supongo que hay de todo. Llega el día de mi retorno. A la Feria le queda una semana más de duración, pero ya la recorrí de cabo a rabo. El libro de Jorge Edwards, La Torre de Montaigne, es el que se me queda impreso en la cabeza. La nostalgia me invade ya en el aeropuerto de Ezeiza; Buenos Aires es una ciudad a la que hay que volver para desmenuzarla. Ahora toca digerirla de a poco. Me doy cuenta de que es preciso salir de la inmersión. Necesito también desconectarme. Termino este artículo y estoy en La Paz otra vez, ya es de noche. Desde este momento la hoja es tuya.











[1] Dato extraído del Diario Z de Buenos Aires, “Ciudad bipolar”. Número 70.
[2] “Cristina Fernández es un desastre total. Argentina está conociendo la peor forma de peronismo: populismo y anarquía. Temo que sea un país incurable”, le había dicho Vargas Llosa un tiempo atrás al diario italiano Corriente della Sera.
[3] En el periódico La Nación del miércoles 20 de abril.

martes, 3 de enero de 2012

ENSAYOS ESCOGIDOS de un lector polifacético


Reseña sobre el libro de compilación de ensayos de Luis H. Antezana; apuntes y apreciaciones a modo de primeras reacciones; juego de complicidad entre lectores.

Dentro de la gran cantidad de obras que se publicaron el año pasado en el ámbito editorial boliviano, no hay duda de que Ensayos escogidos 1976-2010 (Plural editores, La Paz-2011), de Luis H. Antezana J. (1943) se encuentra entre lo más destacable. ¿Ejercicios de crítica? No necesariamente. Se trata más bien de un catálogo de ejercicios de lectura de la cultura boliviana, ejercicios que ningún crítico, literato, estudiante de humanidades ni investigador social debería dejar de revisar. Al analizar una obra, el autor orureño, más conocido como “Cachín Antezana”, hace escuchar la voz de la tribu que lo habita, la de una nutrida biblioteca que respira en sus venas. Así reflexiona en sus Posdatas: “Pese a las apariencias, nunca practiqué, creo, la crítica literaria. Lo más cerca que estuve de ella han debido ser las reseñas breves, aunque, en general, aun éstas tiendan a ser sólo descriptivas, poco o nada valorativas. La crítica implica interpretación y valoración. Mis capacidades me inclinan simplemente al análisis. Como en medicina, antes de diagnosticar la enfermedad o su ausencia, o, más aún, emprender un tratamiento o hasta una cirugía, que serían labores críticas, me inclino por una labor previa al diagnóstico, el simple análisis de laboratorio”. (pp. 653-654). Es modesto Antezana, no se florea, en el inicio de cada ensayo avisa brevemente al lector cuál es la operación que se propone realizar e inmediatamente pasa a dialogar con el texto que lo ocupa; por ejemplo, señalar algunos aspectos narrativos de Tirinea de Urzagasti, o en otro caso destacar el funcionamiento narrativo de Aluvión de fuego de Cerruto. Al lector le corresponde valorar hasta dónde lleva Antezana sus juegos de desarme y conexión del texto. Estas palabras del español José A. Rojo –editor de opinión de El País de Madrid que dictó recientemente un taller sobre crítica cultural en La Paz– parecen describir cabalmente la tarea que realiza Antezana: “Para mí es muy importante la crítica para orientar a los lectores. De todo lo que hay, yo te recomiendo esto; o de todo lo que hay, yo voy a relacionar esto que está surgiendo ahora con otras cosas que hubo antes; yo te voy a hacer un mapa de qué cosas son verdaderamente importantes; o de todo lo que hay, yo voy a conseguir que te enamores de esto. Todas estas son funciones del crítico, como cartógrafo, como detective, como Celestina…”*.


Antezana es un crítico literario en el sentido de que hace una invitación orientada a la lectura de textos clásicos bolivianos. En un siguiente momento pasa a inventar, como es el caso del saco de aparapita en Felipe Delgado, donde realiza una tentativa que será retomada por Justo Pastor Mellado, el curador general de la VII Bienal Siart 2011, usando el concepto de aparapita de Saenz como un modelo de trabajo. Consiste en observar cómo un poeta logra esbozar la visualidad de la sociedad paceña a partir de una figura, “el que carga”, que se mueve en sus márgenes, y cómo esto será un diagrama de trabajo para organizar una bienal de arte. Lo más seguro es que ésta no era una novedad para Antezana –que fue invitado en la oportunidad para hablar sobre el tema–, puesto que ya antes había utilizado la idea aparapita para ilustrar, por ejemplo, el concepto de “formación social abigarrada” de Zavaleta (p. 653). Es capaz de extraer un término de una narrativa e inventarle un uso en otro campo; así puede hablar de un devenir-aparapita de La Paz, imagen poética de una sociedad como la nuestra, que parece desarmarse, desparramarse constantemente, pero al mismo tiempo se reestructura y se vuelve a coser, dejando sus nuevas costuras a la vista. “Este saco es, se diría, un mundo hecho de fragmentos, un mundo de desgaste y de recreación y es como si un delirio cubriera el cuerpo de estos personajes”. (p. 216). Así también son los ensayos de Antezana, materias delirantes que inesperadamente remiendan trozos de tela con pedazos de cuero y tiras de zapato, que se pueden desparramar al infinito sin por ello perder su sentido de unidad. “En el caso del saco de aparapita hay una paradoja que me llama la atención: a la larga, cuando el saco original se ha desgastado totalmente, cuando ha sido reemplazado por una serie de innumerables remiendos, pese a todo, ese abigarrado conjunto conserva no el (saco) original, pero sí la forma del saco original. No otra cosa sería la literatura: una forma quizá arbitraria que, sin embargo, conserva el origen del original”. (p. 653). Claro y prolijo en su exposición, Antezana invita, luego orienta, y dando un paso más inventa. Es inventor, primero, de aparatos de lectura, o lentes que le funcionan (a la Proust), y después de llaves, a la manera de un cerrajero; nos recuerda a aquel personaje del film Matrix Reloaded (2003), “the key maker”, el portador de todas las llaves que permitían acceder a los pasillos laterales, una suerte de puentes que conectaban espacios lejanos dentro de la Matrix. 

¿Cómo funciona?
En los ensayos de Antezana se encuentra implícita una concepción de lo que es un libro: no una materia acabada, cerrada, sino un sistema abierto de guiños y enlaces, casi una página web, cuya posibilidad de conexiones es inagotable. Por ello, al escribir sobre otros autores no tiene interés en preguntar ¿qué ha querido decir?, ni ¿cuál es el mensaje? Se pregunta cuestiones más prácticas: ¿cómo funciona tal texto?, ¿en conexión con qué puede funcionar de tal o cual manera? Luego pasa a analizarlos con la profundidad del relojero, del mecánico, como si cada libro fuera una máquina de engranajes particular. Máquina-cuerpo-articulaciones. ¿Y qué hace que escriba sobre un libro y no sobre otro? Seguramente el interés personal, el gusto, una resonancia, o quizá por una cuestión de desarticulación, que para él es fundamental, según señala en sus “Posdatas”: “Es cierto que esta compilación no destaca aquellas otras obras sobre las cuales no escribí o no acabé de escribir, pero, que, sin duda, insistiría en su lectura, como Juan de la Rosa, o De la ventana al parque, o Reflexiones maquiavélicas, entre otras, cuyos diseños de texto intenté alguna vez pero cuya forma definitiva nunca pude articular definitivamente”. (p. 637). Escribe articulando, y lee aquello que las articulación tienen para decir. Su interés por algunos textos es similar al de un mecánico automotriz que se maravilla al contemplar el funcionamiento de un motor. Leyendo reconoce al libro como máquina de engranajes, máquina entre máquinas, pero también como un pequeño engranaje de una maquinaria exterior mucho más compleja. Por ello el ejercicio de leer consistirá también en reconocer las posibles relaciones de un libro con su afuera, ya que, como dice Foucault “os márgenes de un libro nunca están neta ni rigurosamente cortados; más allá del título, de las primeras líneas y del punto final, más allá de su configuración interna y la forma que lo autonomiza, está envuelto en un sistema de citas de otros libros, de otros textos, de otras frases, como un nudo en una red”. (Michel Foucault, La arqueología del saber, p. 37).

¿De dónde viene?
Ensayos escogidos es un libro de filiaciones, en el entendido de que ninguna obra se hace de la nada, que siempre remite a otra obra, a un linaje, a una secuencia no siempre explicitada. Cachín es un hilador de textos, de lenguajes. Su tarea desea aportar tanto al objeto como al inventario de herramientas de la disciplina. Comentando el ensayo sobre las “Canciones Chimane” dice: “Los tratamientos convergentes en literatura, es decir, el acercamiento de la literatura hacia temas o argumentos que, en principio, le son ajenos, son los más difíciles porque deben aportar conocimiento tanto al material tratado literariamente como a la disciplina que los presenta o examina”. (p. 653). Cachín Antezana, como buen detective de biblioteca, investiga de qué trama de otras obras anteriores, o laterales, la obra proviene, se construye, es decir, cuál es su proceso, dónde están sus continuidades, discontinuidades, encubrimientos, fallas…, en fin. Así, en el cuadro de un pintor, en el caso concreto del ensayo “En torno a un cuadro de Fernando Rodríguez Casas: Flora y la muerte”, Antezana se interesa también por mostrar de qué secuencia forma parte esa obra, casi en un sentido musical. Analiza el lienzo como un tejido, “un texto que se entrelaza, directa o indirectamente, con otros textos”; luego ¿cuál será el mundo teórico del pintor?, ¿cómo tal figura es un homenaje a Boticelli?, todo esto será objeto de estudio. Esta su premisa: “Porque el arte es necesaria y quizá esencialmente plural: un complejo sistema de ecos, un continuo desplazamiento, un permanente diálogo entre los que estamos y los que estuvieron, un espacio nómada –se diría con Deleuze y Guattari–, un sistema de fragmentos de viejas canciones olvidadas (Shakespeare)”. (p. 319). El ensayo se irá conformando –de manera erudita– identificando los elementos dentro del cuadro que le sugieren un otro eco literario, intertextual, anexo, para ver qué tiene que ver el cuadro de Rodríguez Casas con Hamlet de Shakespeare, con Borges, con un pasaje de Eliot, o con la Teoría de la Relatividad de Einstein.

Análisis por gusto
“La crítica como reseña es un servicio más que el periódico o los medios de comunicación brindan a sus lectores para que éstos eduquen, cultiven y profundicen en sus gustos. Cuando se dice gusto parece una cosa muy burguesa. Pero cuando digo gusto quiero decir: tu visión de mundo y tu relación con la vida, lo que te da placer en la vida, lo que te hace crecer como hombre”. (José A. Rojo). En el prólogo del libro Mauricio Souza hace notar que los ensayos presentados son sobre obras de la literatura boliviana que “no habría que dejar de leer”. Está muy bien, pero por otro lado, ¿por qué serían imperdibles tales obras? ¿Leerlas para qué? ¿De qué serviría la lectura de este itinerario propuesto a los que no son doctores en literatura? He aquí un último elemento: el alto valor que Antezana le asigna al simple acto de la lectura en la vida. Quizá el objetivo de nuestro paso por esta Tierra sea el de lograr confeccionar una visión original de mundo, singular, y quizá la lectura sea un excelente camino para lograrlo. Que todo lo que ames, construyas, visites, leas, conozcas, etc., sea en el fondo un medio para elaborar una visión de mundo singular, que te permita conectar lo in-conectable. Para qué leería uno si no fuera para involucrarse en sus propias transformaciones, y hacer todo lo que le permitirá acceder a la siguiente página de su vida. ¿De qué serviría leer toneladas de libros si esta disciplina no configurara una forma de vivir más alegre, más a tono con la propia vida? No se trata de leer por leer, como se viaja por viajar, sino de leer para averiguar si se puede pensar diferente, percibir diferente al modo en que se percibe ordinariamente. Lectura: ejercicio crítico de diálogo con uno mismo, potenciación de la tolerancia, creación de ciudadanía. Por ello no es una casualidad que Luis H. Antezana además de ser un eximio lector sea una persona tan querida por donde pasa. Suele ser elogiado por su neutralidad como crítico, por su capacidad para poner una distancia respecto de la obra que analiza, pero nosotros hemos querido subrayar aquí otros motivos para admirar su labor.