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viernes, 19 de diciembre de 2014

TIAGO, SU PAPI, Y LOS TRANSFORMERS



Por: Jorge Luna Ortuño

Pocas veces la vida sonríe con tal intensidad como cuando estoy con mi pequeño hijo cruzando el parque para comprar unos jugos de lima. Mi hijo no vive conmigo, pero hemos construido un mundo entre los dos. Con él aprendí que una gran parte de ser padre consiste en construir un plano de encuentro con el hijo. Ese plano está compuesto por unos cimientos que son los valores que se desea transmitir, pero el vehículo, la materia prima de ese plano son los juegos. Es jugando que los niños aprenden, que logramos entrar en el mecanismo de sus cabecitas y entender qué es lo que los mueve, lo que los lleva hasta el cielo, lo que no los deja dormir, la ilusión secreta que guardan en sus ojos luminosos. Con Tiago comenzamos por los dinosaurios, al principio jugábamos con peluches. Él hacía de bebe-dino y a mí me bautizó de papá-dino. Juntos defendíamos la aldea de otros monstruos que buscaban llevarse algo en la oscuridad de la noche, juntos nos cobijábamos de las lluvias torrenciales que imaginábamos. El sonido del viento soplando, el aullido de un lobo resoplando a la distancia, cualquier sonido que nos hablara del afuera, de lo que ocurre fuera del espacio seguro que era ese pequeño techo que nos construíamos con una frazada, servía para darnos una idea de que había un juego, algo en riesgo. Inmediatamente él salía para encargarse del asunto, yo pasaba a ser el intruso, y bebé-dino le daba una buena paliza, con sus cuernos delante llegaba para dar un cabezaso proverbial. Esa la maniobra preferida de mi hijo, ponerse de cuatro, y llegar gateando muy rápido para de un choque de cabeza en mi estómago voltearme. Luego el bebe-dino volvía reconfortado a la villa, cerca de su papi, a cobijarse de nuevo en la seguridad, y a contar cómo había vencido al lobo que acechaba. En otras ocasiones los intrusos eran sus peluches más grandes, les daba verdaderas palizas, deseando desde tan chiquito que no exista ningún tipo de amenaza a los buenos, que eran los otros pequeños peluches de la aldea a los que cuidaba. 

El sonido de un relámpago es mágico, evoca algo inexplicable en el hombre, es un contacto de la tierra con el cielo, anuncio de una lluvia, una interferencia en el normal desarrollo del día en la ciudad, ni qué decir en los campos donde no existen muchos lugares para cobijarse. En nuestro juego era sinónimo de emoción, la lluvia anticipa una sensación de fragilidad, es necesario protegerse más, cerrarse en la base o en la cueva, así el pequeño monito de mi hijo reforzaba su sensación de seguridad a mi lado. Le hablaba de compañerismo, de cuidar a los menores, de la valentía, de la precaución a veces, de esperar para salir de la cueva, por supuesto que no le hablaba a él directamente, era papa-dino el que dialogaba con bebe-dino, pero el mensaje le quedaba a él desde luego. Así como se ha dicho que la lectura de algunos libros nos enseña a vivir, o nos preforma la vida por venir, la manera en que reaccionamos, así también pienso que funcionan los juegos para nuestros hijos, de una u otra manera. 


Mientras mi hijo y yo nos sumergimos en el mundo de los transformers cada día que estamos juntos, algo nos acompaña, al menos rodea el panorama del pequeño departamento en el que lo recibo; me refiero a los libros, también los papeles y cuadernos de anotaciones, además de las hojas de exámenes y pruebas de mis estudiantes en la universidad: son una presencia constante en el panorama de mi casa que debemos sortear, hacer a un lado o en otros casos usar como apoyo o como obstáculo en nuestros mismos juegos. Creo que esto se me ocurrió mientras graneaba el aróz ayer. Desde la óptica de la relación con mi hijo, los libros pueden ser vistos como transformers en sí mismos. Los libros son otro tipo de juguetes con los que nos obsesionamos, somos abducidos, asaltados y en ellos nos perdemos o encontramos muchas veces. Me explico: cuando un autor(a)escribe un libro, lo que hace es compartir sus formas de leer otros libros. Pero él, o ella, no comparten esa manera de hacer en modo directo, o sea, ellos no nos dicen "mira yo leo así..." Lo que ellos hacen es poner en la página lo que tienen para decir, mientras que los detalles de su forma de leer están impresos en su escritura casi de modo subterráneo, tanto como en su forma de organizar el libro, en sus citas, en los mismos apartados, si usan pies de página o no, si tienden a buscar el hipertexto o se encierran en la unidad de un solo texto, etcétera; es decir, hay algo que está ahí que el autor no dice, que le toca decodificar al lector(a) de turno. En este sentido, existen algunos autores que escriben para ciertos públicos lectores más atentos que otros. Puedo pensar en Luis H. Antezana si hablamos de nuestro medio local. Otro ejemplo es Ricardo Piglia, el crítico y novelista argentino, que es un lector muy atento, desmenuza los libros y sus referencias internas, nos hace sentir su goce a tiempo que se manifiesta como un lector minucioso. Pues bien, es válido suponer que cuando escribe espera dialogar con ese tipo de espíritu de lectura, y un buen ejemplo de ello es su libro "El último lector", publicado con Anagrama. En él Piglia dialoga imaginariamente con Borges y con Kafka, aunque en el lenguaje formal debamos decir que "ha escrito sobre ellos en esas páginas". Lo que hace ahí en realidad es ponernos como testigos mientras dialoga con ellos, se hace cómplice del ánimo obsesivo que emana de esas obras, se sumerge en la mecánica que sostiene la escritura de estos autores que admira, Piglia es una especie de relojero amable que observa y precisa. En tanto que lector, algo que hace muy bien Piglia es desdoblar los textos, opera con agilidad, de modo que da testimonio de su modo de desplegar aquello que los autores habían dejado replegado en sus obras. Aquí no basta con decir que los libros están vivos, de algún modo esto lo intuye cualquiera que se ha relacionado con un libro y ha llegado a amarlo. Decimos además que los libros están a la espera de ser transformados, son susceptibles de ser transformados, de hecho esperan que eso suceda, pues sólo así preservan su actualidad y pertinencia. Por supuesto, el libro no se transforma por sí solo, precisa del lector atento para ser transformado, en un proceso que llamamos "lectura", en el que tanto el libro como el lector se transformarán en modos íntimos y no siempre percibidos por el ojo distraído y ordinario. Un libro es un transformer, porque contiene en sí múltiples planos que lo habitan, planos que cohabitan como en una vecindad, junto con estados de deseo enganchados con un exterior siempre contemporáneo. No nos referimos sólo al contenido, principalmente a esa composición interestelar que reposa entre las palabras. La reordenación de esos planos en un libro, la capacidad para hacer de unos la superficie y de otros la profundidad, la manera en que se enfatiza algo, se selecciona un enfoque, o se le resta importancia a esa faceta, todas esas son operaciones que configuran la transformación de un libro por medio de la lectura. Virginia Wolf era la que decía "¿quién habla de la escritura?, el escritor no, a él le interesan otras cosas..."; lo mismo podríamos decir de los libros, a ellos no les interesan ni el libro ni las bibliotecas, ellos están ahí para formar parte de un proceso extraliterario que tiene mucho más que ver con la Vida, los flujos impersonales que recorren la atmósfera, los deseos desatados sin rumbo aparente, la música que emana de los mil orificios de la Tierra. 

He dicho antes que Tiago y yo nos sumergimos en el mundo de los transformers. Para la gran mayoría de jóvenes de mi edad que vieron la serie animada de los Transformers en su niñez, no es nada difícil relacionarse con lo que expreso. Existe en muchas partes del mundo toda una generación de fans de la serie, de los personajes sobre todo, y de alguna manera esa antorcha se está pasando ahora a los menores de esta nueva época. Mi hijo tiene 5 años y ya convierte a sus robots en automóviles y viceversa con pericia, tiene la habilidad que yo creo haber tenido a los 7 u 8 años. No recuerdo haber tenido tan temprano la calidad de los juguetes que él tiene hoy, ni eran de la misma complejidad, lo cual me hace recordar que los tiempos son otros y que todo ello está bien. En su cumpleaños le regalé un Stegosaurus Dinobot, de los originales de Hasbro, no fui el único, su madre y sus abuelos hicieron lo mismo, de modo que todo su afán esos días fue el de relamerse pensando en la colección completa que iba a tener. Se había encargado ya con semanas de anticipación de hacer pactos con todos para saber cuál le iba a regalar cada uno, así, a mí me había tocado el Perodactylus. Llegando a la tienda sin embargo ambos quedamos medio desencantados, el robot se veía bastante simple, falto de chiste, y la transformación en dinosaurio era medio rara, con esas dos cabezas y dos colas que le han impuesto en la película de Michael Bay. Después de sopesar las diferencias se decidió por el Stegosaurus, y al sacarlo después de la caja estuvimos seguros de que era la mejor decisión. 

Desde hace más de un año juntos nos hemos dedicado a explorar en el mundo de la serie animada. Por su cuenta en el cable Tiago disfruta de los estrenos de RescueBots, pero cuando está conmigo lo llevo siempre un poco más hacia los orígenes, la Generación 1. Optimus Prime tiene un montón de características para encantar a cualquier niño: es un flamante camión con carrocería, de colores vivos, rojo y azul, es el más grande de los autobots, al menos porque generalmente se rodea de otros más pequeños como Bumblubee, Jazz, Cliff Jumper, Mirage, o los mismos Iron Hide y Ratchet. Cuando yo era un niño alucinaba tanto como los otros mozalbetes de mi generación con esos juguetes, resulta que la serie de televisión es un poderoso instrumento de marketing para la colección de juguetes Hasbro. Terminado cada capítulo lo que sigue es la idea de coleccionar los autos nuevos que van apareciendo, o el tanque (Warpath), tal vez el bombero (Inferno), el cohete que los lleva a Sivertron (Omega Suprime), o un avión de perfil heroico (SkyFire).

Mi hijo se ha tomado bien la ruptura que significa la película animada que salió en 1986 si no me equivoco, en la que muchos de los autobots de la G1 perecen a manos de los Decepticons; uno de los momentos traumantes para un niño y hasta para un adolescente tiene que haber sido presenciar la muerte de Optimus Prime, pues lo que hacen los nuevos realizadores de la serie en ese periodo es presentarla con demasiados paralelos a la muerte de un humano, con todo el sufrimiento inherente de un niño, Danny, su amigo, llorando a los pies de la plataforma donde ya descansa inerte el viejo líder. Confieso que por un buen tiempo salté esa escena en la película para que mi hijo no la viera y evitarle el impacto, o al menos el desencanto. Sólo cuando me dí cuenta de que podía asimilarlo bien, pues en la película de Michael Bay también han sucumbido a la tentación de hacer morir a Optimus Prime y revivirlo, pasé a explicarse que se trataba de un descanso que se iba a tomar Optimus. Cuando lo ve, ayer sábado 20 de diciembre lo volvimos a ver, se reconforta inmediatamente diciendo "pero sólo es un descanso, porque necesita descansar". La serie de cuatro películas de Michael Bay tiene puntos rescatables, sobre todo en la primera entrega, pues además de cierta fidelidad en el argumento, ofrece puntos de contacto entre generaciones, une a los padres con sus hijos en cierto sentido, sin ese paso por el cine de Hollywood no se habría reanimado en tal modo el movimiento en torno a los juguetes, eso hay que reconocerlo. Sin embargo para mi hijo el puente directamente fueron los juguetes que le mostré, los que tenía guardados en una caja grande para dárselos a él. Esto fue un día de octubre del 2013, su mamá estaba con nosotros. Saqué la caja con más ansias que él seguramente, había imaginado ese momento varias veces, tal vez incluso de que él naciera. Desempolvar los viejos juguetes de la niñez es comunicarse con puntos emotivos de nuestro pasado. Los juguetes son paquetes sensibles, aglutinan bloques de espacio-tiempo, de alguna manera te retrotraen hacia otro tiempo dentro del presente en el que te encuentras. En esas condiciones, lo que hace falta es un interlocutor, alguien a quien contarle los detalles de la transmisión, de dónde vienen esos juguetes, cómo jugabas tú con ellos, cómo los guardaste, qué hacías tú de niño, y ese interlocutor ideal es tu hijo, que te mira con ojos luminosos, sonriente, sorprendido, sabiendo en su corazoncito que está presenciando su paso a un nuevo mundo mágico, se inaugura un nuevo lenguaje que compartirá con su papá. Sivertron, ¿qué es eso?, y ¿qué me dice de energón o de chispa suprema? Una mamá o unos abuelos difícilmente podrán hablarle de ello a un niño, pero el padre sí. Así que comencé a mostrarle a mi pequeño las bondades de esos juguetes, de robot a volqueta, a peta, a jeep, a bombero, camioneta, coche de carreras... ¡Qué niño no se sentiría maravillado! Al mismo tiempo, claro está, le enseñaba del cuidado, cosa todavía algo difícil cuando tienen menos de cuatro años, pero igual, inculcarle que maneje con cierto cuidado las trasnformaciones, saber conservar las piezas. Su mamá me atacaba en alguna que otra ocasión diciéndome que eran chinos, que se rompían sólo por eso. Se lo grabó a mi hijo en la cabeza, y hasta el día de hoy él tiene ese argumento, que comparto cuando corresponde, pero que es rebatido cuando comprueba que varios de esos juguetes imitados, no necesariamente chinos, se mantuvieron sanos hasta el momento presente, casi 20 años, y que si no los pisa, si no los deja caer en pavimento, si no los aplasta al caerse en su cama, podrán todavía sobrevivir un tiempo más para engrosar su colección. 

Por ahora quisiera cerrar esta entrada comentando algo que me llamó la atención respecto de la serie de televisión, de la transición que se opera de la Generación 1, protagonista en las dos primeras temporadas, hasta el momento en que deciden hacer la película y llevar el argumento por otros derroteros. Cuando termina la película se ha producido una especie de limpieza, como si la vieja idea debiera ser reanimada. Optimus Prime y varios de sus acompañantes claves fueron muertos. Megatron es ahora Galvatron, se mueve junto a otros soldados azules que en poco se diferencian unos de otros. Rodimus asume la lideranza en los autobots, acompañado por el otrora candidato a ese puesto, UltraMagnus. De los dinobots ya no se ve lo mismo, a GrimLock le dan un toque más caricaturesco, algo ridículo, en sus diálogos. La gran variante es que la trama ya no se desenvuelve en la Tierra, es decir, ya no se trata de un guerra en la que los autobots protegen a los humanos de la amenaza de los decepticons, que buscan fuentes de energía a como de lugar para exportarlas a su planeta destruido Sivertron. Ahora la trama se desenvuelve en lo largo y ancho del universo, con visitas a planetas desconocidos, con la inclusión de otros robots y personajes de lo más raros, algunos demasiado humanizados (manía Walt Disney), robots a los que les han agregado barba, bigote, e incluso bigotes estilo francés, como si fueran unos Rene Descartes mecánicos que se alisan el bigote en sus meditaciones a la luz de una chimenea. ¿Y los labios? Los labios en la autobot mujer, además de sus formas, tan humanas cuando es robot, todo ello le da un toque burdo a la serie. 

Pero eso no es todo. Cuando era niño, ya en tránsito a la adolescencia, todavía no habían las empresas de cable televisivo en Bolivia, años 92, 94, 95. La serie se transmitió de manera continua en Cadena ABC, que recuerdo con cariño, incluso sus espacios de comerciales. De pronto, después de la creación de los Stunticons y Aelialbots, sin ningún aviso, el salto a la nueva Generación liderada por Rodimus. Ya no me gustó para nada, paré inmediatamente de ver la serie, y pocos días después ya ni siquiera se volvió a transmitir, pasaron a poner otros dibujos animados como Casafantasmas, Johny Quest, y creo que hasta Tortugas Ninja. Eso era mejor que ver cómo arruinaban la idea original de la serie. En esos años recuerdo que no me gustaba para nada los nuevos personajes, el cambio radical en el trasfondo de la serie, los dibujos de los nuevos robots, ni la forma en que mostraban sus transformaciones, de una manera tan cortada que perdía ese mínimo de credibilidad, y esos bigotes, incluso en algunos la forma de un sombrero tejano, todo ello era idiota, tenía 13 años y me daba cuenta perfectamente. 

Hoy, 20 años después, cuando veo ese paso de la serie, ese salto abrupto, mejor entendido con la visualización de la película animada, puedo observar otras razones y entender porqué se esfumó el encanto. Aquellos años, la decepción de ese cambio contribuyó a que se sumara un sentimiento más al de la admiración que teníamos a esos personajes, Optimus Prime, Perceptor, Power Gly, Megatron, Sound Wave..., junto a todos sus aliados Combiners, y es que habíamos pasado a sentir además nostalgia por la atmósfera y familiaridad de esos capítulos. Así, para muchos representó el fin de un ciclo en la niñez, se siguió coleccionando los juguetes mientras llegaron, sobre todo imitaciones, sólo en base a la reserva de admiración y cariño que le teníamos a la serie en sus primeras temporadas, a la idea original. Luego pusimos todo ese cariño en una cajita, cerramos con llave, y lo dejamos en las cajones de la niñez, listos para dar otros pasos en la vida que se abría de par en par ante nosotros. Y así como revive Optimus en algún punto de la historia, así como lo encuentran los Primales en Beast Wars, en una especie de museo autobot, así también vuelven en nosotros una serie de flujos cuando reabrimos la cajita para compartirla a brazos abiertos con el hijo amado. 

Retomo la serie junto con Tiago y noto algunos elementos en los que perdieron el toque los que pasaron a encargarse de los capítulos de la serie después de la muerte de Optimus. Bajó la calidad de los dibujos, pero también de las transformaciones, como ya hemos dicho. Pero principalmente se volvió más oscuro, más violento, dirigido a un público un poco más grande, en sus mismos diálogos y argumentos, no por complejos, sino por lo que daban por sentado, hablaban de engaño, de maniobras para engatusar a la víctima, o mostraba escenas algo fuertes para un niño, como por ejemplo en la serie de cinco capítulos titulada "Las cinco caras de la oscuridad", donde no tienen problemas en mostrar cómo trituran en pedacitos a uno de los héroes, el helicóptero verde que acompañaba a Rodimus; es una descuartización, probablemente algo chocante para los niños que estaban encariñados con ese autobot. Sin embargo los nuevos productores de la serie no supieron mantener esos lazos emocionales de los espectadores con los personajes de la serie, ahora eran demasiados elementos en cada capítulo, galaxias y planetas en una misma sopa, monstruos de cinco cabezas o robots con cabezas giratorias, pulpos monstruosos, salamandras asesinas robóticas, además del fantasma del planeta devorador Unicron, viajes espaciales por aquí y por allá, todo ello era más difícil de absorber, la trama se abría y abría, en algún momento llegaba el cansancio, la dispersión, no había el encanto tampoco en la trama, algo más seria, algo más adulta, como si hubieran olvidado que se trataba de una serie de dibujos animados para los niños, ahora querían captar la atención de los niños que ya había crecido un poco, tal vez hasta de los chicos de quince años. 


martes, 10 de diciembre de 2013

TIAGO SU PAPI Y LOS DINOS


Tener un hijo es un privilegio que desborda cualquier expectativa. Yo también he sido bendecido con la llegada de un hijo, que está a unos días de cumplir cuatro años. Se llama Tiago Giuliano y es la porción más traviesa de mi sonrisa. Voy a contarles aquí algo sobre nuestra amistad con los dinosaurios. Todo comenzó con el gusto que fue adquiriendo por los animales desde muy pequeñito, algo que se estimulaba también con las visitas al zoológico. Cierto día en la más tierna edad su mami le mostró libros con ilustraciones fantásticas de dinosaurios y le despertó así de golpe el asombro por esos enormes animales. Cuando yo volví después de meses él ya tenía un gran interés en los dinosaurios, tenía varios juguetes de goma con distintas formas de dinos. Ahí retomé yo el asunto. Pienso que existe una especie de complicidad en los juegos que un niño sólo puede tener con su papá, y tal vez con sus hermanos mayores, es algo así como una conexión de camaradería, lo que no descuenta que el hijo tenga sus propias zonas de conexión única con la mamá. 

Y así fueron pasando los días, poco a poco en nuestros juegos nos fuimos internando en el mundo de los dinosaurios. Curioso es que cuando uno crece, aquellas obsesiones y gustos de niñez son en cierto modo desarraigadas de nuestras vidas, como por ejemplo este popular gusto por los dinosaurios. Pero puede suceder que seas como el personaje Ross en la serie Friends y te dediques a la paleontología, prolongando esos afanes de la niñez. (¿Serán los dinosaurios para los niños algo similar a lo que la filosofía es para algunos de nosotros?). 

Al principio jugábamos a los dinos con Tiago imaginando un montón de cosas, el juego era físico, a los niños les encanta dar manotasos, andar de cuatro, rugir, subirse sobre sus papás, chocar la cabeza llevándote por delante... y pocas cosas son tan lindas en la vida como enrollarte con tu pequeño hijo en una de esas batallas en que el dino te está comiendo los cachetes. Luego llegó un día especial, fue cuando descubrimos un museo donde tenían un alosaurio impresionante, de algo más de 1,80 m. Fue en el museo del CBA de Santa Cruz, y el hecho de que después pasaran una película sobre dinosaurios en la sala de cine terminó de desatar la fiebre por los dinos, iniciándolo también en la amistad con un nuevo amigo: el cine. Esa fue la primera vez que mi nene entraba a una sala oscura con todo lo que representa, desde los sonidos amplificados, la pantalla gigante, el compromiso de empezar y terminar la película... el gusto de comer unas galletas y papas a oscuras sin despegar la vista de las imágenes... Y salió complacido, deseoso de volver, rebosante de energía. Así, esta se volvió una de nuestras actividades de ritual papá-hijo.


Hace un tiempo que se me vino a la mente la idea de escribir historias para niños partiendo de las experiencias que tengo con mi hijo. Revisé en internet un par de cuentos sobre dinosaurios. Puede encontrarse en la red blogs excelentes que tienen todo al respecto (revisen este link). Sin embargo, todavía no encontré un cuento donde se plantee la magia de esta relación entre niños padres y dinosaurios tal como la vivimos mi Tiago y yo semana a semana. Todos esos cuentos plantean una relación muy exterior a los dinosaurios, como ellos y nosotros, pero no grafican esa camaradería que los niños sienten con los dinosaurios. En un número de la revista Selecciones Reader´s Digest, de agosto de 1996, me topé también con un breve relato, escrito por Dave Berry, que comienza diciendo: "hace tiempo ya que los dinosaurios están por todas partes". El relato de Berry es simpático, cuenta algo que le pasó con su hijo en la calle. Pero tampoco terminé de sentirme relacionado. En realidad se trata de cómo su hijito le pedía en la calle que le diga a una pareja de desconocidos que estaban cerca que él era un dinosaurio..., no iba más allá de eso. Sin embargo me recordó algo a tener presente si hago un cuento: todo papá debe saber que el primer dinosaurio es su propio hijo. A ellos les encanta jugar con dinosaurios, al menos a Tiago, pero sobre todo le gusta que sepan que él es el dinosaurio. En su caso, es un triceratops, ya saben, de esos agachados que tienen dos cuernos y arremeten contra árboles y lo que tengan en frente, regios adversarios de los tiranosaurios rex. Desde que un día Tiago vio cómo estos formidables dinosaurios podían arremeter con sus cuernos y hacer volar un montón de cosas se quedó entusiasmado con la idea de ser un triceratops. Desde entonces reconocemos ese movimiento como "choque de cabezas", es casi un grito de guerra que se toma muy en serio. David Berry interpreta en su relato que los niños deben disfrutar de los dinos porque ellos les transmiten una sensación de poder, que les gusta imaginar un poder mucho más grande que el de sus papás y mamás, que les dan órdenes durante el día. No lo había pensado en ese sentido, que sea una especie de línea de fuga. En mi caso mantenemos una relación bastante flexible con mi hijo, no suelo imponerle cosas, pero trato de que a la larga termine haciendo por sí mismo lo que le inculco entre juego y juego, sobre todo en cuestiones de su cuidado y de orden. Existe una especie de camaradería natural entre padre e hijo cuando hay fuerte amor de por medio, y esa camaradería se manifiesta tarde o temprano, los niños son mucho más inteligentes de lo que imaginamos. Por ejemplo, él suele aguantar mucho para ir al baño a hacer pis, prefiere jugar y decir que no tiene ganas. Entonces le digo que los dinos también hacen pis, le digo que el dino debe ir a descargar dentro del mismo juego, no le digo que debemos hacer un alto en el juego, y lo voy llevando al baño con su consentimiento. Si uno se mantiene cerca del esquema del juego hay más chances de que quiera hacerlo por su propia voluntad.


Tiago con su papi y con su abuelo

Para mí la magia de dejarse llevar por el mundo de los dinosaurios es que nos permite a los padres instaurar un plano común de encuentro y un lenguaje compartido con los hijos, al menos con los varoncitos. (Aun no tengo la experiencia de una hija mujer). Nos lleva juntos a una tierra desconocida sin importar dónde estemos, ya sea en la sala de la casa, en la terraza, en la plaza o caminando por una calle donde los huecos en la tierra inmediatamente son relacionados con huellas de dinos. Rugimos, caminamos de cuatro patas, alzamos cosas con la boca, hacemos volar almohadones por aquí y por allá... No sólo por hacer reír a nuestro nene, que ríe y se asombra al principio, sino por meterse en el papel del juego con autenticidad, no hay mejor manera de estar totalmente presente y compartir así, lo que se llama tiempo de calidad.

En las noches inventé canciones que me salían espontáneamente mientras él pretendía dormir en su aldea de dinos. Con Tiago descubrí que los dinos roncan, y muy fuerte, también que su cola es muy poderosa cuando la agitan, vaya que más de una vez el dulce dino del que les hablo hizo volar a su papá al agitar su cola como aspavientos (simulando con su pie y dando un medio giro en posición de rodillas). También cuando simula dormir en el juego le canto que cuando los dinos se enojan hacen así... y él ruge con gran emoción; luego cantamos que el dino ronca así: inmediatamente estalla un ronquido atronador mientras frunce su naricita y mantiene los ojos cerrados, con una expresión que parece contener una risilla. Luego cantamos que los dinos tienen unas garras así, y él muestra al tiro sus manitos con dedos curveados en señal de amenaza; finalmente cantamos sobre sus dientes afilados, y no tarda nada en hacer una mueca y mostrar sus dientes de leche y fruncir el ceño. Finalmente, le digo que la tormenta ya pasó, el dino bebé despierta y está listo para una nueva misión, o para ir a comer unas ramas de árbol por ahí con su papá dino. Ingenuo error sería llamarle a tu hijo por su nombre en alguna parte de ese interín, él mismo te corregiría y te diría en voz baja, como si no quisiera que se enteren los otros personajes en el juego, que él no es un niño, ¡él es dino bebé! Y tú eres papá dino. Concéntrate.

Es cierto que los niños disfrutan de una especie de poder y fortaleza cuando se convierten en dinos. Mi Tiago cambia su voz, camina de cuatro patas, lentamente, y se predispone a embestir al peluche que representa al malo dentro del juego. Con los peluches aprendí que se pueden enseñar muchas cosas importantes a los niños, y de manera indirecta. Se trata de una transferencia, y es algo que no se hace con la gravedad del padre inculcando algo al hijo, en realidad le enseñas al peluche, a través de tu hijo. `Pero quien lo asimila es tu hijo, lo verás la próxima vez que jueguen lo mismo, es impresionante todo lo que se les graba a los niños según el medio que se usa. Cada niño aprende para sí mismo al enseñarles a sus peluches más queridos. Aprende por ejemplo del cuidado de los otros: en la aldea de peluches todos deben estar a salvo, si uno cae al agua inmediatamente mi hijo dino lo rescata; ya con los peluches aprende a hacer diferenciaciones entre los pequeños, los más débiles, y los fuertes. Si viene una tormenta dino bebé se encarga de cobijarlos a todos debajo de una frazada, sabe cuáles están en desventaja, trata de mantener las cosas justas dentro del juego, como por ejemplo no dejar que un grande moleste a un pequeño. Si en la noche se agazapa la figura de un animal intruso, dino bebé sale inmediatamente a encargarse del asunto y tomarlo por el cuello hasta tirarlo muy lejos. Si un mono o un gato se perdió en la aldea dino sale en su búsqueda, hasta encontrar dónde puse a ocultas al mencionado peluche. Y dino bebé está preparado para luchar con otros dinos de cuello largo, rescatar a los perdidos, y traerlos de vuelta a la aldea. Él es el protagonista, el fuerte, el que arregla todo y tiene las cosas en orden.

Debo recalcar que cuando mi hijo es dino bebé inmediatamente yo paso a ser papá dino. Esto fue idea suya desde el principio. Cuando ambos somos dinos me parece que le encanta confirmar que los papás están para cuidar a los dinos bebés, que los hacen dormir, los cobijan para protegerlos del frío, y les traen comidas, en este caso pedazos de árboles y otras pedazos de carnes. Cuando ambos somos dinos mi gordo se viene inmediatamente muy cerca mío, como para refugiarse, y desde ahí encuentra la seguridad de su base. En el fondo, el mundo de los dinos nos sirve para acentuar nuestra unión. Luego cuando debo irme volvemos a ser el niño y papá, o papá y su nene, y nos sentimos naturalmente más cercanos. Tiaguito entiende naturalmente que lo que le dice su papá es para cuidarlo, justo como papa dino cuida a su bebe dino. Y Tiago entiende que debe comer muy bien y tomar mucha agua para estar sano y recargar sus energías. 

Es difícil imaginar siempre un capítulo nuevo, una nueva aventura, como ya sabemos a los niños les encanta la repetición. Si algo les gusta quieren hacerlo de nuevo y de la misma forma varias veces. En ocasiones me permito una variante en el siguiente juego que sorprende a mi gordo, le hace reír o pedirme que repita ese nuevo gesto. Esto los pone en contacto con la imaginación, estoy seguro, así de a poco aprenden que existe un mundo fantástico, el mundo de los juegos, en el que ellos son los dueños, pueden elegir la trama que deseen, pueden cambiarla o desarreglarla a su antojo, los muñecos que prefieran, si gana el bueno o si gana el bueno... En el mundo de mi Tiago no existen los malos, si aparecen es muy brevemente y sólo para ser despachados en un 2x3. 

Estos días mi nene está de viaje con su mamá, probablemente ya hayan visitado ese museo de dinos en la nueva ciudad que los acoge por unos días. Lo espero, con ansias, pero lo espero investigando, leyendo cosas, buscando en las viejas revistas que guardé de la época de colegio, como por ejemplo Chaski, la gran colección. Alimento mi imaginación, todo lo que puedo. Encontré un juguete que estoy seguro hará las delicias en su mente tan inteligente. Por ahora aguardo. En el siguiente post me referiré al siguiente nivel, el día en que descubrió a los autobots, y estos a su vez lo llevaron a los dinobots, el nivel más alucinante para un niño de 3 años tan lleno de amor como el mío.