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lunes, 29 de diciembre de 2014

DESAVENENCIAS CON LA SERIE "REVENGE"





La idea de cruzarse con una mujer resentida, que está decidida a vengarse a como de lugar, es de por sí una idea inquietante, esto ha sido así desde el principio de los tiempos. Ahora, si esta mujer es además una rubia joven y atractiva, que aparece de la nada con una identidad falsa, como quien no tiene nada que perder, y que encima de ello sabe desenvolverse en los círculos de la alta sociedad, que tiene una fortuna en su cuenta bancaria, que sabe invertir en la bolsa de valores o al menos lo aparenta, que tiene un aliado circunstancial (el repelente y millonario Nolan), y además tiene un motivo tan fuerte que sabemos que no parará hasta conseguir lo que se ha propuesto, entonces tenemos una historia que puede narrarse al compás de un festival de carnes y sangre derramada por todas partes. Pero no es eso exactamente lo que nos ofrece "Revenge" en sus inicios, la serie de televisión creada por Mike Kelley que retrata la historia de Amanda, una joven mujer que retorna a la boca del lobo para ajustarles cuentas a los frívolos millonarios que arruinaron la vida de su padre hasta llevarlo a su muerte.  Por supuesto que ella retorna años después, convertida en mujer, con un nombre y una identidad falsas, además con un historial arreglado y previsto para posibles investigaciones de sus nuevos vecinos en los Hamptons, un lugar de lujos y de alto estatus. 

¿Qué se puede decir de la serie por sus tres primeros episodios? Demasiada edición a momentos, muchos cortes. Claro que todo lo que uno puede decir es lo que alcanza a ver, aquello con lo que se relaciona de uno u otro modo. Se me aparece inicialmente como una propuesta atractiva, pero con una manera de narrar bastante simplificada, nos presentan a un personaje, el de Emily Thorne, que no tiene fondo ni profundidad, tal vez los productores y guionistas creyeron que era mejor enfocarse primero en el desarrollo del lugar y de la trama general antes de empezar a cavar muy profundo en la psicología de la protagonista. Pero presentar a una jovencita que aparece de la nada como la gran vengadora que sabe congelar su sangre cuando está en frente de aquellos a los que quiere destruir, si no aplastar, y que sólo aparece casi siempre en las reuniones sociales vestida de princesa o de soltera ricachona, nos parece una manera muy "light" de dibujarnos la singularidad de su personaje. Parece una nueva espía, una feme nikita sin artes marciales, el ángel blanco que cabalga en una columna de hielo, la ven venir y la dejan entrar con facilidad. No se muestra nada casi de sus modos de lidiar con la soledad,  no sabemos si lee o escribe o se entrena, si medita o hace baños de inmersión en agua helada, todo lo que vemos cuando no está con otros es que se sumerge en su computadora para recordar imágenes de noticieros tal como pasaron el momento del juicio a su padre, donde lograron que se le inculpe de participar de un atentado terrorista con su financiamiento. Cuando mira la computadora, generalmente en las noches, la cámara se enfoca especialmente en su rostro, como deseando captar algún aire de malignas intenciones camuflados por debajo de su belleza. No se ve mucho, la actuación de la protagonista es convincente dentro de los márgenes que le han rayado.

Así las cosas, "Revenge" es la historia de una simpática jovencita que controla su temperamento y parece estar lista para dejarlo todo en el intento de vengarse; embarcada está en un viaje de persecución de su propia ballena Moby Dick, consciente quizá de que esa ruta la irá a transformar. Pero no se nos muestra nada de su preparación, como si su fortuna y sus deseos de vengarse fueran suficientes para que tenga el plan perfecto. Todo lo que alcanzamos a ver es la ejecución, la parte divertida digámoslo así. Tal vez se trate de un deseo por captar a las masas primero, a un público indiferenciado que puede engancharse con la posibilidad de que exista romance, entre la heroina justiciera y el hijo de sus víctimas, o del adulterio que hubo entre su enemiga y su padre, mientras permanecen en la sombra personajes como su amigo de la niñez, que no resultó ser un ricachón, sólo se mantuvo como el tipo sencillo y trabajador entre los ricos, como si fuera la señal del devenir-minoritario en medio de esa abundancia y despilfarro con glamour. 

Un recurso que me llama la atención es la cantidad de cámaras que utilizan incluso en tomas sencillas, como un diálogo por teléfono; es como si intentaran introducirle una velocidad y un dinamismo a la escena que no tiene tanta velocidad de por sí. Los diálogos son cortos, llenos de ingenio, de falsa cortesía, de hipocresía y de recelos camuflados. Las cámaras se mueven con una ráfaga hacia los lados, o nos dan una panorámica en 360 grados, o bien apelan al zoom instantáneo para mostrarnos la vista de Emily desde su nueva casa hacia la mansión de sus enemigos. ¿Seducción en la narración visual para los más jóvenes? Válido recurso por cierto.

El creador de la serie se ha encargado de que la historia de venganza de Emily tenga algún cable a tierra con el que los espectadores nos podamos identificar y que acabemos diciendo en algún punto que estamos de acuerdo con ella, que debe lograr su venganza. Este cable es el recuerdo de su padre perfecto, hidalgo, justo, tan solo e indefenso en el juicio, traicionado por la mujer que amaba. Emily pone su maquinaria en movimiento, desde el primer episodio todo avanza perfecto, parece que lo hará sin problemas, de modo que la serie se convierte en una curiosidad por ver cómo lo hará y si se puede aprender algo de ello. Nosotros podemos adelantar que se trata sin embargo de una empresa destinada al fracaso, incluso aunque logre su objetivo. ¿Cuándo han terminado como un verdadero triunfo las vendettas, pregunten a los sicilianos que han crecido con miles de historias de ese tipo? Se nos antoja irreal la figura de esta jovencita con un rostro benigno capaz de planear todo ello y de manejarse con tal frialdad ante los vecinos que son su objetivo final. Alguna vez uno piensa o trata de imaginar, ante todos los problemas del mundo: ¿qué haría si tuviera toda la plata del mundo, si tuviera además un aliado poderoso que conoce todo acerca de los sistemas informáticos, que quiere ayudarnos y está entre los hombres más ricos del mundo? Bueno, pues eso que parece una utopía lo tiene ella, Emily, y decide usarlo todo para hundir a los que arruinaron a su padre, va por ellos uno por uno.  Está movida por una pasión baja, una pasión triste, ¿dónde puede acabar esto? Spinoza, el filósofo del siglo XVII, diría que esta muchacha está afectada por una pasión triste que debilita su potencia. La serie nos presenta a una mujer que se alimenta de su deseo de venganza, parece como si alimentar esos sentimientos en uno te harían más fuerte, más cínico y calculador, más cool, es decir, más acorde con los tiempos que corren para ser aceptado en los altos círculos. Pero debía despertar alguna sospecha que haya hecho quebrar a un tal Michael, que dirigía un negocio de fondos de inversión. Luego del segundo capítulo desaparece, no se escuchan rastros de él, simplemente se sabe que había estado ahí por décadas, poderoso, otro traidor del padre de Emily, y de repente el mal consejo de esa jovencita que lo induce a invertir mal, especulando con el valor real de una compañía de celulares, termina por hacer que su firma compre acciones equivocadas como un verdadero novato. Todo parece muy conveniente y algo adolescente en la narración del personaje y la manera en que se va acomodando en esa esfera de lobos y de zorros. Algunos desenlaces se antojan demasiado fáciles, la combinación más desafortunada para sus enemigos sucede siempre tal como ella quería, casi como si tuviera una bola de cristal, su plan avanza maravillosamente. Pero no deja lugar para el asombro, no nos deja boquiabiertos como lo haría una escena de El Padrino donde un hombre despierta y siente la sangre helada de su mejor caballo, mientras la cabeza del animal yace a los pies de su cama. Eso es horror, lo impensable, el poderío de un hombre que sabe aterrorizar. En la serie todo es más light, el soundtrack es otra versión casi calcada de la onda de las series juveniles de nuestro tiempo, en este punto no nos sorprendería que la heroína de esta serie se revelara más adelante como una vampiro muy parecida a Bela en la zaga de Crepúsculo. Mientras, todavía no conocemos una faceta realmente humana de la protagonista, lo único que nos da su creador es el link con su niñez, donde se retrata a un padre amoroso que la habría criado con enorme cariño, de entrada está ahí puesta la semilla que se nos recuerda de tanto en tanto, que ella es la perjudicada, la buenita, que es justo su deseo de venganza, y deberíamos desearlo con nuestras fuerzas... Pero vivir tramando, confabulando, hundido en las noches en la confección de un plan tan minucioso, en el que se deben chequear tantos detalles sobre la vida del otro, sin contar con la intervención del azar, todo ello ensombrece el rostro y la vida de cualquier persona, la distrae de lo que podría estar conectado a su vida, simplifica su mirada, afecta su capacidad de recepción de las señales dichosas y desinteresadas de la vida, la coloca en un plan de guerra que se oculta lo mejor que se puede, pero no puede avanzar en sus propias líneas de desarrollo, pues está demasiado involucrada en el objetivo de arruinar a otros, su móvil es el resentimiento, actuar como juez, destruir antes que crear algo, tanta negación para tan poca afirmación, no puede quedarle mucho tiempo para encargarse de trazar tus líneas, de establecer su plano de creación y de vida. Sin embargo la rubia protagonista aparece cada mañana tan cristalina y radiante como siempre, no hay mucho que de señales de un aire sombrío en ella, ni insomnio ni resaca, es casi una princesa de Disney envuelta en papel de regalo, siempre vestida con colores claros, bien dormida y bien comida, está sola y su vida sexual es incierta por el momento. Pero ella es un sueño envuelto en guirnaldas, su empresa de destrucción no le afecta en su talante ni en la vibración de su presencia, solamente Victoria, la macabra mujer enemiga en cuestión, intuye algo y siente que no todo cuaja en ella. La hace investigar por el jefe de seguridad de su esposo, comienza así una especie de contraespionaje, pero Emily ya ha tomado sus recaudos, al menos hasta donde imaginó que sería necesario, no sabemos qué pasará. 

Nos parece algo forzado e irreal este modo de enfocarlo. Nos interesan más historias del tipo Los próximos tres días, con Roussell Crowe, que tiene sólo 72 horas para tener todo listo en la fuga que ha planeado para recuperar la vida que les han robado a él y a su familia injustamente, habiendo encerrado de por vida a su esposa por un crimen que no cometió. La vida de este hombre se ensombrece por supuesto, comienza a moverse en un plano subterráneo, comienza a alejarse de todos, su modo de hablar cambia, frecuenta su soledad, planea un escape, tiene un problema contra la sociedad en cuyo sistema y formas de establecer el orden creía, pero no es el resentimiento el fondo de su motivación, es más bien su impulso por crear otro modo de vivir, no recuperarán ya el que tenían, pero se crearán otro en otra parte, muy lejos, aunque deban huir hacia el Sur, a Venezuela, con tal de conseguir estar juntos otra vez, a salvo de la ineficiente justicia de su país. Dirigida por Paul Haggis, este film representa un tipo de historia más real y al mismo tiempo más estimulante, porque plantea además las relaciones de ese acto corajudo y heroico con los viajes y añoranzas de Don Quijote, el irracional, o el que alucinaba de algún modo, deformando una realidad que a ciencia cierta nadie sabe muy bien cuál es. 

Lo cierto es que el ser humano debe hacerse cargo también de la ficción en su vida, y a veces una manera de relacionarse con la ficción es ver estas series, pero empobrecen en gran medida la imaginación, como si estuvieran reunidas varias recetas comprobadas taquilleras en un solo trago que sirve lo mismo para jóvenes y adultos televidentes. No nos sorprende por ahora esta serie, pero le damos el beneficio de la duda, si llega a buen puerto no seremos testigos, pero algún buen espectador quizá nos comente algo en estas páginas. 


viernes, 19 de diciembre de 2014

TIAGO, SU PAPI, Y LOS TRANSFORMERS



Por: Jorge Luna Ortuño

Pocas veces la vida sonríe con tal intensidad como cuando estoy con mi pequeño hijo cruzando el parque para comprar unos jugos de lima. Mi hijo no vive conmigo, pero hemos construido un mundo entre los dos. Con él aprendí que una gran parte de ser padre consiste en construir un plano de encuentro con el hijo. Ese plano está compuesto por unos cimientos que son los valores que se desea transmitir, pero el vehículo, la materia prima de ese plano son los juegos. Es jugando que los niños aprenden, que logramos entrar en el mecanismo de sus cabecitas y entender qué es lo que los mueve, lo que los lleva hasta el cielo, lo que no los deja dormir, la ilusión secreta que guardan en sus ojos luminosos. Con Tiago comenzamos por los dinosaurios, al principio jugábamos con peluches. Él hacía de bebe-dino y a mí me bautizó de papá-dino. Juntos defendíamos la aldea de otros monstruos que buscaban llevarse algo en la oscuridad de la noche, juntos nos cobijábamos de las lluvias torrenciales que imaginábamos. El sonido del viento soplando, el aullido de un lobo resoplando a la distancia, cualquier sonido que nos hablara del afuera, de lo que ocurre fuera del espacio seguro que era ese pequeño techo que nos construíamos con una frazada, servía para darnos una idea de que había un juego, algo en riesgo. Inmediatamente él salía para encargarse del asunto, yo pasaba a ser el intruso, y bebé-dino le daba una buena paliza, con sus cuernos delante llegaba para dar un cabezaso proverbial. Esa la maniobra preferida de mi hijo, ponerse de cuatro, y llegar gateando muy rápido para de un choque de cabeza en mi estómago voltearme. Luego el bebe-dino volvía reconfortado a la villa, cerca de su papi, a cobijarse de nuevo en la seguridad, y a contar cómo había vencido al lobo que acechaba. En otras ocasiones los intrusos eran sus peluches más grandes, les daba verdaderas palizas, deseando desde tan chiquito que no exista ningún tipo de amenaza a los buenos, que eran los otros pequeños peluches de la aldea a los que cuidaba. 

El sonido de un relámpago es mágico, evoca algo inexplicable en el hombre, es un contacto de la tierra con el cielo, anuncio de una lluvia, una interferencia en el normal desarrollo del día en la ciudad, ni qué decir en los campos donde no existen muchos lugares para cobijarse. En nuestro juego era sinónimo de emoción, la lluvia anticipa una sensación de fragilidad, es necesario protegerse más, cerrarse en la base o en la cueva, así el pequeño monito de mi hijo reforzaba su sensación de seguridad a mi lado. Le hablaba de compañerismo, de cuidar a los menores, de la valentía, de la precaución a veces, de esperar para salir de la cueva, por supuesto que no le hablaba a él directamente, era papa-dino el que dialogaba con bebe-dino, pero el mensaje le quedaba a él desde luego. Así como se ha dicho que la lectura de algunos libros nos enseña a vivir, o nos preforma la vida por venir, la manera en que reaccionamos, así también pienso que funcionan los juegos para nuestros hijos, de una u otra manera. 


Mientras mi hijo y yo nos sumergimos en el mundo de los transformers cada día que estamos juntos, algo nos acompaña, al menos rodea el panorama del pequeño departamento en el que lo recibo; me refiero a los libros, también los papeles y cuadernos de anotaciones, además de las hojas de exámenes y pruebas de mis estudiantes en la universidad: son una presencia constante en el panorama de mi casa que debemos sortear, hacer a un lado o en otros casos usar como apoyo o como obstáculo en nuestros mismos juegos. Creo que esto se me ocurrió mientras graneaba el aróz ayer. Desde la óptica de la relación con mi hijo, los libros pueden ser vistos como transformers en sí mismos. Los libros son otro tipo de juguetes con los que nos obsesionamos, somos abducidos, asaltados y en ellos nos perdemos o encontramos muchas veces. Me explico: cuando un autor(a)escribe un libro, lo que hace es compartir sus formas de leer otros libros. Pero él, o ella, no comparten esa manera de hacer en modo directo, o sea, ellos no nos dicen "mira yo leo así..." Lo que ellos hacen es poner en la página lo que tienen para decir, mientras que los detalles de su forma de leer están impresos en su escritura casi de modo subterráneo, tanto como en su forma de organizar el libro, en sus citas, en los mismos apartados, si usan pies de página o no, si tienden a buscar el hipertexto o se encierran en la unidad de un solo texto, etcétera; es decir, hay algo que está ahí que el autor no dice, que le toca decodificar al lector(a) de turno. En este sentido, existen algunos autores que escriben para ciertos públicos lectores más atentos que otros. Puedo pensar en Luis H. Antezana si hablamos de nuestro medio local. Otro ejemplo es Ricardo Piglia, el crítico y novelista argentino, que es un lector muy atento, desmenuza los libros y sus referencias internas, nos hace sentir su goce a tiempo que se manifiesta como un lector minucioso. Pues bien, es válido suponer que cuando escribe espera dialogar con ese tipo de espíritu de lectura, y un buen ejemplo de ello es su libro "El último lector", publicado con Anagrama. En él Piglia dialoga imaginariamente con Borges y con Kafka, aunque en el lenguaje formal debamos decir que "ha escrito sobre ellos en esas páginas". Lo que hace ahí en realidad es ponernos como testigos mientras dialoga con ellos, se hace cómplice del ánimo obsesivo que emana de esas obras, se sumerge en la mecánica que sostiene la escritura de estos autores que admira, Piglia es una especie de relojero amable que observa y precisa. En tanto que lector, algo que hace muy bien Piglia es desdoblar los textos, opera con agilidad, de modo que da testimonio de su modo de desplegar aquello que los autores habían dejado replegado en sus obras. Aquí no basta con decir que los libros están vivos, de algún modo esto lo intuye cualquiera que se ha relacionado con un libro y ha llegado a amarlo. Decimos además que los libros están a la espera de ser transformados, son susceptibles de ser transformados, de hecho esperan que eso suceda, pues sólo así preservan su actualidad y pertinencia. Por supuesto, el libro no se transforma por sí solo, precisa del lector atento para ser transformado, en un proceso que llamamos "lectura", en el que tanto el libro como el lector se transformarán en modos íntimos y no siempre percibidos por el ojo distraído y ordinario. Un libro es un transformer, porque contiene en sí múltiples planos que lo habitan, planos que cohabitan como en una vecindad, junto con estados de deseo enganchados con un exterior siempre contemporáneo. No nos referimos sólo al contenido, principalmente a esa composición interestelar que reposa entre las palabras. La reordenación de esos planos en un libro, la capacidad para hacer de unos la superficie y de otros la profundidad, la manera en que se enfatiza algo, se selecciona un enfoque, o se le resta importancia a esa faceta, todas esas son operaciones que configuran la transformación de un libro por medio de la lectura. Virginia Wolf era la que decía "¿quién habla de la escritura?, el escritor no, a él le interesan otras cosas..."; lo mismo podríamos decir de los libros, a ellos no les interesan ni el libro ni las bibliotecas, ellos están ahí para formar parte de un proceso extraliterario que tiene mucho más que ver con la Vida, los flujos impersonales que recorren la atmósfera, los deseos desatados sin rumbo aparente, la música que emana de los mil orificios de la Tierra. 

He dicho antes que Tiago y yo nos sumergimos en el mundo de los transformers. Para la gran mayoría de jóvenes de mi edad que vieron la serie animada de los Transformers en su niñez, no es nada difícil relacionarse con lo que expreso. Existe en muchas partes del mundo toda una generación de fans de la serie, de los personajes sobre todo, y de alguna manera esa antorcha se está pasando ahora a los menores de esta nueva época. Mi hijo tiene 5 años y ya convierte a sus robots en automóviles y viceversa con pericia, tiene la habilidad que yo creo haber tenido a los 7 u 8 años. No recuerdo haber tenido tan temprano la calidad de los juguetes que él tiene hoy, ni eran de la misma complejidad, lo cual me hace recordar que los tiempos son otros y que todo ello está bien. En su cumpleaños le regalé un Stegosaurus Dinobot, de los originales de Hasbro, no fui el único, su madre y sus abuelos hicieron lo mismo, de modo que todo su afán esos días fue el de relamerse pensando en la colección completa que iba a tener. Se había encargado ya con semanas de anticipación de hacer pactos con todos para saber cuál le iba a regalar cada uno, así, a mí me había tocado el Perodactylus. Llegando a la tienda sin embargo ambos quedamos medio desencantados, el robot se veía bastante simple, falto de chiste, y la transformación en dinosaurio era medio rara, con esas dos cabezas y dos colas que le han impuesto en la película de Michael Bay. Después de sopesar las diferencias se decidió por el Stegosaurus, y al sacarlo después de la caja estuvimos seguros de que era la mejor decisión. 

Desde hace más de un año juntos nos hemos dedicado a explorar en el mundo de la serie animada. Por su cuenta en el cable Tiago disfruta de los estrenos de RescueBots, pero cuando está conmigo lo llevo siempre un poco más hacia los orígenes, la Generación 1. Optimus Prime tiene un montón de características para encantar a cualquier niño: es un flamante camión con carrocería, de colores vivos, rojo y azul, es el más grande de los autobots, al menos porque generalmente se rodea de otros más pequeños como Bumblubee, Jazz, Cliff Jumper, Mirage, o los mismos Iron Hide y Ratchet. Cuando yo era un niño alucinaba tanto como los otros mozalbetes de mi generación con esos juguetes, resulta que la serie de televisión es un poderoso instrumento de marketing para la colección de juguetes Hasbro. Terminado cada capítulo lo que sigue es la idea de coleccionar los autos nuevos que van apareciendo, o el tanque (Warpath), tal vez el bombero (Inferno), el cohete que los lleva a Sivertron (Omega Suprime), o un avión de perfil heroico (SkyFire).

Mi hijo se ha tomado bien la ruptura que significa la película animada que salió en 1986 si no me equivoco, en la que muchos de los autobots de la G1 perecen a manos de los Decepticons; uno de los momentos traumantes para un niño y hasta para un adolescente tiene que haber sido presenciar la muerte de Optimus Prime, pues lo que hacen los nuevos realizadores de la serie en ese periodo es presentarla con demasiados paralelos a la muerte de un humano, con todo el sufrimiento inherente de un niño, Danny, su amigo, llorando a los pies de la plataforma donde ya descansa inerte el viejo líder. Confieso que por un buen tiempo salté esa escena en la película para que mi hijo no la viera y evitarle el impacto, o al menos el desencanto. Sólo cuando me dí cuenta de que podía asimilarlo bien, pues en la película de Michael Bay también han sucumbido a la tentación de hacer morir a Optimus Prime y revivirlo, pasé a explicarse que se trataba de un descanso que se iba a tomar Optimus. Cuando lo ve, ayer sábado 20 de diciembre lo volvimos a ver, se reconforta inmediatamente diciendo "pero sólo es un descanso, porque necesita descansar". La serie de cuatro películas de Michael Bay tiene puntos rescatables, sobre todo en la primera entrega, pues además de cierta fidelidad en el argumento, ofrece puntos de contacto entre generaciones, une a los padres con sus hijos en cierto sentido, sin ese paso por el cine de Hollywood no se habría reanimado en tal modo el movimiento en torno a los juguetes, eso hay que reconocerlo. Sin embargo para mi hijo el puente directamente fueron los juguetes que le mostré, los que tenía guardados en una caja grande para dárselos a él. Esto fue un día de octubre del 2013, su mamá estaba con nosotros. Saqué la caja con más ansias que él seguramente, había imaginado ese momento varias veces, tal vez incluso de que él naciera. Desempolvar los viejos juguetes de la niñez es comunicarse con puntos emotivos de nuestro pasado. Los juguetes son paquetes sensibles, aglutinan bloques de espacio-tiempo, de alguna manera te retrotraen hacia otro tiempo dentro del presente en el que te encuentras. En esas condiciones, lo que hace falta es un interlocutor, alguien a quien contarle los detalles de la transmisión, de dónde vienen esos juguetes, cómo jugabas tú con ellos, cómo los guardaste, qué hacías tú de niño, y ese interlocutor ideal es tu hijo, que te mira con ojos luminosos, sonriente, sorprendido, sabiendo en su corazoncito que está presenciando su paso a un nuevo mundo mágico, se inaugura un nuevo lenguaje que compartirá con su papá. Sivertron, ¿qué es eso?, y ¿qué me dice de energón o de chispa suprema? Una mamá o unos abuelos difícilmente podrán hablarle de ello a un niño, pero el padre sí. Así que comencé a mostrarle a mi pequeño las bondades de esos juguetes, de robot a volqueta, a peta, a jeep, a bombero, camioneta, coche de carreras... ¡Qué niño no se sentiría maravillado! Al mismo tiempo, claro está, le enseñaba del cuidado, cosa todavía algo difícil cuando tienen menos de cuatro años, pero igual, inculcarle que maneje con cierto cuidado las trasnformaciones, saber conservar las piezas. Su mamá me atacaba en alguna que otra ocasión diciéndome que eran chinos, que se rompían sólo por eso. Se lo grabó a mi hijo en la cabeza, y hasta el día de hoy él tiene ese argumento, que comparto cuando corresponde, pero que es rebatido cuando comprueba que varios de esos juguetes imitados, no necesariamente chinos, se mantuvieron sanos hasta el momento presente, casi 20 años, y que si no los pisa, si no los deja caer en pavimento, si no los aplasta al caerse en su cama, podrán todavía sobrevivir un tiempo más para engrosar su colección. 

Por ahora quisiera cerrar esta entrada comentando algo que me llamó la atención respecto de la serie de televisión, de la transición que se opera de la Generación 1, protagonista en las dos primeras temporadas, hasta el momento en que deciden hacer la película y llevar el argumento por otros derroteros. Cuando termina la película se ha producido una especie de limpieza, como si la vieja idea debiera ser reanimada. Optimus Prime y varios de sus acompañantes claves fueron muertos. Megatron es ahora Galvatron, se mueve junto a otros soldados azules que en poco se diferencian unos de otros. Rodimus asume la lideranza en los autobots, acompañado por el otrora candidato a ese puesto, UltraMagnus. De los dinobots ya no se ve lo mismo, a GrimLock le dan un toque más caricaturesco, algo ridículo, en sus diálogos. La gran variante es que la trama ya no se desenvuelve en la Tierra, es decir, ya no se trata de un guerra en la que los autobots protegen a los humanos de la amenaza de los decepticons, que buscan fuentes de energía a como de lugar para exportarlas a su planeta destruido Sivertron. Ahora la trama se desenvuelve en lo largo y ancho del universo, con visitas a planetas desconocidos, con la inclusión de otros robots y personajes de lo más raros, algunos demasiado humanizados (manía Walt Disney), robots a los que les han agregado barba, bigote, e incluso bigotes estilo francés, como si fueran unos Rene Descartes mecánicos que se alisan el bigote en sus meditaciones a la luz de una chimenea. ¿Y los labios? Los labios en la autobot mujer, además de sus formas, tan humanas cuando es robot, todo ello le da un toque burdo a la serie. 

Pero eso no es todo. Cuando era niño, ya en tránsito a la adolescencia, todavía no habían las empresas de cable televisivo en Bolivia, años 92, 94, 95. La serie se transmitió de manera continua en Cadena ABC, que recuerdo con cariño, incluso sus espacios de comerciales. De pronto, después de la creación de los Stunticons y Aelialbots, sin ningún aviso, el salto a la nueva Generación liderada por Rodimus. Ya no me gustó para nada, paré inmediatamente de ver la serie, y pocos días después ya ni siquiera se volvió a transmitir, pasaron a poner otros dibujos animados como Casafantasmas, Johny Quest, y creo que hasta Tortugas Ninja. Eso era mejor que ver cómo arruinaban la idea original de la serie. En esos años recuerdo que no me gustaba para nada los nuevos personajes, el cambio radical en el trasfondo de la serie, los dibujos de los nuevos robots, ni la forma en que mostraban sus transformaciones, de una manera tan cortada que perdía ese mínimo de credibilidad, y esos bigotes, incluso en algunos la forma de un sombrero tejano, todo ello era idiota, tenía 13 años y me daba cuenta perfectamente. 

Hoy, 20 años después, cuando veo ese paso de la serie, ese salto abrupto, mejor entendido con la visualización de la película animada, puedo observar otras razones y entender porqué se esfumó el encanto. Aquellos años, la decepción de ese cambio contribuyó a que se sumara un sentimiento más al de la admiración que teníamos a esos personajes, Optimus Prime, Perceptor, Power Gly, Megatron, Sound Wave..., junto a todos sus aliados Combiners, y es que habíamos pasado a sentir además nostalgia por la atmósfera y familiaridad de esos capítulos. Así, para muchos representó el fin de un ciclo en la niñez, se siguió coleccionando los juguetes mientras llegaron, sobre todo imitaciones, sólo en base a la reserva de admiración y cariño que le teníamos a la serie en sus primeras temporadas, a la idea original. Luego pusimos todo ese cariño en una cajita, cerramos con llave, y lo dejamos en las cajones de la niñez, listos para dar otros pasos en la vida que se abría de par en par ante nosotros. Y así como revive Optimus en algún punto de la historia, así como lo encuentran los Primales en Beast Wars, en una especie de museo autobot, así también vuelven en nosotros una serie de flujos cuando reabrimos la cajita para compartirla a brazos abiertos con el hijo amado. 

Retomo la serie junto con Tiago y noto algunos elementos en los que perdieron el toque los que pasaron a encargarse de los capítulos de la serie después de la muerte de Optimus. Bajó la calidad de los dibujos, pero también de las transformaciones, como ya hemos dicho. Pero principalmente se volvió más oscuro, más violento, dirigido a un público un poco más grande, en sus mismos diálogos y argumentos, no por complejos, sino por lo que daban por sentado, hablaban de engaño, de maniobras para engatusar a la víctima, o mostraba escenas algo fuertes para un niño, como por ejemplo en la serie de cinco capítulos titulada "Las cinco caras de la oscuridad", donde no tienen problemas en mostrar cómo trituran en pedacitos a uno de los héroes, el helicóptero verde que acompañaba a Rodimus; es una descuartización, probablemente algo chocante para los niños que estaban encariñados con ese autobot. Sin embargo los nuevos productores de la serie no supieron mantener esos lazos emocionales de los espectadores con los personajes de la serie, ahora eran demasiados elementos en cada capítulo, galaxias y planetas en una misma sopa, monstruos de cinco cabezas o robots con cabezas giratorias, pulpos monstruosos, salamandras asesinas robóticas, además del fantasma del planeta devorador Unicron, viajes espaciales por aquí y por allá, todo ello era más difícil de absorber, la trama se abría y abría, en algún momento llegaba el cansancio, la dispersión, no había el encanto tampoco en la trama, algo más seria, algo más adulta, como si hubieran olvidado que se trataba de una serie de dibujos animados para los niños, ahora querían captar la atención de los niños que ya había crecido un poco, tal vez hasta de los chicos de quince años. 


lunes, 25 de febrero de 2013

LAS RELACIONES SEGÚN TWO AND A HALF MEN



Por: Jorge Luna Ortuño
 Two and a half men (Dos hombres y medio) fue, hasta la salida de Charliee Sheen, la  serie de Tv más exitosa de los Estados Unidos. Creada por Chuck Lorre y transmitida por Warner Bross desde 2003, la serie es una amena compañía para un público amplio, principalmente para todos los que deseamos liberar la mente del ajetreo cotidiano en las tempranas horas de la noche. Es fantástica, pero también detestable a momentos, combina escenas de delicioso sarcasmo con otras de terrible crueldad, y de una visión mercantilista elevada a la máxima potencia.

El mundo del capitalismo tardío quisiera que todos centremos nuestras vidas en una sola línea, la línea dura, escuela-universidad-trabajo-matrimonio-retiro…, donde todo se mide en crecimiento de lo que está a la vista, mayor dinero, mayor fama, mayores logros… Alan lo ha perdido casi todo en esa línea, tiene 35 años, es un quiropráctico con escaso éxito profesional, su hijo Jake no lo respeta, se divorció de la única mujer que había tenido en su vida y perdió el juicio, junto con la casa y sus amigos; estando quebrado en la calle, solo le queda replegarse al sofá-cama en casa de su hermano. Está convencido de que su ex-esposa le despojó de la poca autoestima que tenía. Lo cómico es que a pesar de toda su desgracia, se especializa en arruinar las pocas oportunidades que se le presentan para salir del hoyo, como cuando provoca el incendio de la casa de su novia por dejar su habano encendido. La serie es despiadada con Alan, el perdedor: aquel  que no tiene éxito ni con las mujeres ni con el dinero, quien deja que una mujer domine sus actos, y encima de ello no sabe divertirse. El filósofo Slavoj Zizek ya señaló que el terrible imperativo de nuestro tiempo es que el goce es obligatorio; “tener mucho sexo, realizarse” es ahora un deber.  

Las siete temporadas que tienen a Charlie como protagonista se centran en diferenciar dos caminos de vida, la comparación entre el ganador y el perdedor. Lo deseable se presenta como la capacidad para burlar las opresiones del compromiso, no ser dominado por una mujer en relaciones monogámicas, sino por los vicios: el juego, el alcohol y las mujeres fáciles. Charlie es el ganador, disfruta de la comodidad de su casa en la playa de Malibú, sus días están llenos de siestas, ropas planchadas en el cajón, romances cortos, wiskhy, habanos, Bourbon, algo de TV y más Bourbon. En algún punto intentan variar el perfil de su personaje, aparecen Mia primero, y después Chelsea, las dos mujeres con las que convive e intenta algo serio. 
Algunos de los momentos más hilarantes de la serie llegan cuando Charlie y Alan discuten sus puntos de vista sobre las relaciones con mujeres. Charlie está comprometido con Mia, pero se ve a ocultas con Kendhi. Alan aboga porque sea fiel a su pareja, pero Charlie cree que es conveniente tener un bote salvavidas siempre, “por si el barco se hunde”. Alan critica su falta de confianza en la relación, pero él sostiene que se trata de un “saludable respeto por el poder del océano”. De hecho sería positivo, pues “son desahogos saludables para volver después nutrido a la relación primaria”.

La gran diferencia entre ambos es la actitud frente a la vida. En una ocasión, con el consejo de su tío Charlie, Jake gana $us 1200 apostando en una carrera de caballos. Alan le dice “pongámoslos en el banco en una cuenta de ahorros”.  Charlie le dice: “gástalos”. Alan sugiere  que es mejor tener un colchón, pues “no hay mejor sensación que tener un respaldo cuando llegan los días difíciles”. Charlie no concuerda: “Conozco al menos ocho sensaciones mejores que esa”. Así, entre éstas dos visiones, se cría Jake, un tiro al aire, quedando en posición de escribir una nueva versión del libro “Padre rico padre pobre” (Kiyosaki).

Pueden tachar a Charlie de inmaduro, pero ¿qué es ser maduro al final de cuentas? Nos reímos con Charlie de aquellos/as que creen que ser hombre maduro es "dar gusto", y resguardarse bajo las faldas de la “responsabilidad” a costa de callar los impulsos de la sangre y acomodarse en una vida que sea mejor vista por la sociedad. Hay personas que sólo aman aquello que creen pueden moldear a su medida. Es el tema que se toca cuando Charlie y Mia rompen. Ella le había pedido: “comprométete en una relación en la que no tendremos sexo hasta que la relación sea sólida, mientras: no puedes tener sexo con nadie más”. La propuesta escandaliza a Charlie: ¿ser exclusivos sexualmente y no tener sexo? Entonces piensa que no están sacrificando lo mismo, si él deja el sexo ella tendría que donar un hígado, o dejar el baile, lo que tanto ama. Imposible. Ella piensa en invertir en la relación para ver futuro; él sólo piensa en gozar juntos los placeres del presente, que son los que abrirán la puerta a un futuro. Después de romper ella le pedirá que hablen, pero el diálogo no fructificará. La mujer es muy astuta, cuando dice que quiere hablar, lo que está diciendo realmente es que está lista para escuchar lo que quiere que le digan. (Quizá por ello el consejo que una vez diera Charlie a Alan: “debes absolutamente fingir que estás siendo sincero”). Si este tipo de mujeres escuchan una palabra que se sale de la idea que han elaborado previamente, se cierra todo diálogo, por ello son pocas las mujeres dispuestas a "dialogar", en realidad esperan que el otro ya esté listo para ceder. Mia se despide así por una carta: “Te amo demasiado como para intentar cambiarte, y me amo demasiado como para conformarme con el que eres”. Duro, sincero.

Al volver a casa Charlie le cuenta a Alan: “nos separamos, lo que es bueno porque puedo volver a ser yo mismo”. ¿Y quién eres? – pregunta Alan con sarcasmo. Un borracho que se alimenta de relaciones superficiales de puro sexo. Charlie, a diferencia de su hermano, es alguien que no necesita de un sentido, ni de algo significativo por lo cual vivir. No necesita que le muestren una zanahoria por delante para que corra tras ella por la vida. Sentado en su terraza, con una cerveza helada en la mano y la playa de frente, se congratula por ser un hombre que “se deja llevar por el cauce misterioso de la vida”, mientras toma muchas cervezas y hace muchas siestas. “Son las decisiones difíciles que uno debe tomar, dónde hacer la siesta… bajo el mango o bajo la palta… que pavada que no hayan higueras en Malibú… y se pone difícil la vida, levantarse a la una para no perderse la siesta, ¿a qué hora dormir?, elegir la hamaca… paf! Es mucho stress…” (Mi cumpa).

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