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miércoles, 7 de noviembre de 2012

POSIBLES ANTÍDOTOS A LA MENTE TERRORISTA PENSANTE


Jorge Luna Ortuño – Martes 9 de octubre 2012
Un análisis que es, en el fondo, la presentación de un modo de pensar inalámbrico



Después del nefasto 11/9, el más atroz acto de terrorismo que conoció el mundo se produjo el  22 de julio del 2011 en la ciudad de Oslo, día en el que el noruego de 34 años Anders Behring Breivik hizo explotar una bomba junto a la Sede del Gobierno –provocando la muerte de ocho personas–. Habiendo logrado su cometido tuvo todavía la frialdad para dirigirse a la Isla de Uteya, donde disparó casi durante media hora a mansalva a cientos de jóvenes que se reunían en una acampada veraniega, hasta que las autoridades policiales lograron detenerlo. Sumaron en total 93 el número de víctimas mortales, además de centenas de heridos. Poco después haría conocer a la prensa, a través de su abogado, que consideraba crueles sus actos, “pero completamente necesarios”. Además que estaba "un poco sorprendido" de que su matanza, "planeada durante años", saliese tal y como la había planeado, pues contaba con que la policía le detuviese antes. Un dato importante es que pocas horas antes del doble atentado, subió a la red un manifiesto de 1518 páginas, escrito en inglés y titulado “2083: una declaración europea de independencia” – firmado con el seudónimo “Andrew Berwick”. 

Esto evidenció que el tipo no era simplemente un “loco”[1], en el sentido clínico, tampoco un estúpido (de hecho era un lector empedernido que cultivaba el hábito de escribir sus pensamientos), pero tenía una obsesión, había algo que lo atormentaba, una responsabilidad más grande que su resistencia, tal vez el aguijoneo de “un llamado divino”, y la posesión de unas ideas que lo sobrepasaron. En ese manifiesto se encuentran una serie de posiciones radicalistas que sustentaban la necesidad de sus actos, y le sirve para calificarse como “cazador de marxistas”. (“Me etiquetarán como el monstruo (nazi) más grande desde la Segunda Guerra Mundial”). En realidad después la opinión pública lo catalogó como “extremista”, “islamofóbico” y “ultraderechista”, pero estas etiquetas no terminaban de explicar nada, y es que las etiquetas sirven para dar una idea, pero no son de utilidad cuando se quiere avanzar en la comprensión de un fenómeno. En todo caso, Anders Behring no era un simple idiota –insistamos en ello– pues, por decir algo, supo encubrir hasta el último momento su posición radicalmente contraria al discurso de su gobierno, a las políticas en torno a la inmigración en su país, y planeó estratégicamente un ataque. Él decía que su acción era parte de una obra, y serviría para hacer notar que Noruega perdió el rumbo por sus “flaquezas liberales”, pues le disgustaba la pasividad de los políticos ante la islamización de Europa. El texto dio la impresión de haber sido terminado apenas unas horas antes del comienzo de su doble ataque, donde marca un límite: “La lucha contra las élites multiculturales en Europa no debería ser superior a 45.000 muertos y un millón de heridos”.


El viernes 24 de julio del presente año se conoció que una corte de Oslo lo condenó a 21 años en prisión, que es la sentencia máxima existente en ese país. La sentencia es con “detención preventiva,” lo que quiere decir que puede ser extendida si se considera que Breivik es aún peligroso para la vida en sociedad. La juez Wenche Elisabeth Arntzen, presidiendo la corte, leyó el veredicto formulado por ella misma y otros cuatro jueces, dictaminando que el acusado actuó con conciencia de sus actos, y no por una crisis psicótica tal como la fiscalía había alegado. Como la culpabilidad de Breivik no estaba en duda, el tema central del juicio había sido su salud mental. En un cambio de roles poco común, la fiscalía pidió que Breivik fuera internado en un asilo psiquiátrico, mientras que la defensa pidió que su cliente sea reconocido mentalmente sano, es decir, penalmente responsable. Probablemente se debió a que Breivik había dicho en el pasado que ser condenado al manicomio sería “lo peor que le podría ocurrir”, de modo que hizo todo lo posible por demostrar su cordura. Además, impedía así que se reste importancia a la consistencia de sus creencias políticas. Por tanto se declaró no culpable y pidió su absolución, afirmando haber cometido los ataques para proteger al país de la “invasión musulmana”, explicando que atacó a los laboristas por su política de inmigración favorable al multiculturalismo[2]. Siguiendo la línea de la “Orden Militar y Tribunal Penal Europeo-los Caballeros Templarios”, que inició junto a otras ocho personas en Londres en 2002, el autoproclamado miliciano anti-musulmán había escrito su objetivo en aquel manifiesto: “una guerra preventiva contra los regímenes culturalmente marxistas/multiculturales de Europa” para “rechazar, vencer o debilitar la invasión/colonización islámica en curso, para tener una ventaja estratégica en una guerra inevitable antes que la amenaza se materialice”. “El tiempo del diálogo ya pasó. Dimos una oportunidad a la paz. La hora de la resistencia armada sonó”[3].


No es descabellado que en medio de este análisis intentemos relacionar el fenómeno Breivik –que se presenta como “comendador de los caballeros justicieros”–, con algunas últimas películas hollywoodenses que tratan el tema, para intentar profundizar nuestra comprensión de la “mente terrorista”. Desde que el mismo pensamiento es producción de imágenes, ¿acaso no estamos forzados a pensar nuestro tiempo con el cine de por medio? Bueno, nos bastarán tres casos, primero el thriller psicológico Inthinkable (2010), dirigido por Gregory Jordan, y después dos de las últimas propuestas de Christopher Nolan: Batman The Dark Knight (2008) e Inception (2010).



Inthinkable se centra en la polémica que provocan los crueles métodos de interrogación que se utilizan al tratar con un terrorista que amenaza la seguridad nacional. El terrorista interrogado, víctima a su vez, se llama Steve Arthur Younger (Martin Sheen), y la historia pasa por saber si el torturador llamado “H” (Samuel Jackson) podrá quebrarlo mentalmente, romper sus líneas de resistencia al dolor, y hacerle confesar dónde ha colocado las tres bombas nucleares. Se establece una pugna mental entre ambos para ver hasta dónde está dispuesto a llegar cada uno. Lo curioso es que incluso a nivel de los métodos ilegales de interrogación que utiliza aquel departamento de seguridad, no puede superarse la imagen arbórea del cerebro, y entonces todo su empeño consiste en cortar en su mente las ramificaciones, los cables secundarios, hasta encontrar un tallo central, y llegar a las raíces, que al ser atacadas, se supone, lograrán quebrar al interrogado y por tanto dejarlo a merced de sus órdenes. Pero “H” utiliza como estrategia infligirle dolor físico, atacar dedos, uñas y otras barbaridades, no entendiendo el hecho de que la verdadera fortaleza del interrogado proviene de las creencias que cultiva en su mente, es decir, del cable o el conjunto de cables imaginarios que lo unen a un cuerpo de ideas cristalizado, y que lo mantienen firme en su propósito. Los paralelos que se pueden hacer entre el personaje ficticio Steve Arthur Younger y el noruego Anders Behring Breivik son varios, pero hay uno que es descollante: ninguno de los dos entra como un guante en los estereotipos de la figura “terrorista”, no tienen ni barba ni turbante, no son musulmanes ni hablan en idiomas incomprensibles para un occidental. “Breivik es blanco, rubio y cristiano. Pasea por las mismas calles, compra las mismas marcas de ropa, acude a los mismos colegios. Es blanco, de esos que llaman de raza pura. Esa cercanía preocupa, conmociona a una sociedad europea que se encuentra en un laberinto: necesidad de inmigrantes (menor con la crisis; sin trabajo, vienen menos y se van más) y rechazo a la multiculturalidad, un rechazo mutuo, del que está y del que llega”[4]. En pocas palabras, ellos son de nuestro bando. En el caso de Steve Arthur Younger, él es un ciudadano americano, padre de dos hijos, que sirvió para la milicia de USA, pero es un creyente musulmán y decide, en nombre de Alá y Mahoma, seguir su lucha contra las políticas del gobierno norteamericano, autobautizándose Yusuf Atta Mohammed. En el fondo, lo que les dice a sus compatriotas es el grito de un musulmán: “mírense a ustedes mismos, con su moral de papel, me tratan como a un monstruo pero en realidad los monstruos son ustedes. Se ponen a llorar por cincuenta víctimas en una explosión, pero esa es la cantidad de gente que su gobierno asesina afuera cada día”.


En cuanto a la referencia a Batman The Dark Knight, debemos recordar al Guasón, que no es más que una máscara pensante, un ser sin rostro, sin referencias, imposible identificarlo y por tanto controlarlo. Tal vez Nolan nos quiere decir lo mismo, no importa el color de la piel, ni la forma de vestir, ni la nacionalidad, el terrorismo es una existencia mental que supera las fronteras. Tanto el terrorista noruego como Steve Arthur Yunger y el Guasón son algo más que lunáticos con ideas, son fanáticos de sus creencias, y si escucharan a Nietzsche sabrían que la debacle del ser intelectual inicia cuando cree en lo que piensa. Esto quiere decir que su enfermedad no es la locura, sino la rigidez, la dureza anormal con la que ligan sus actos a sus creencias. Las creencias son lo más peligroso para la mente, se convierten en motores y en brújulas, lo sabía muy bien Einstein cuando escribió su libro “Mis creencias”, horrorizado ante la bomba nuclear, queriendo establecer pautas éticas para la investigación científica; y lo sabía también Hitler cuando escribió ¨Mi lucha”, asentando así la tierra para el árbol tenebroso que plantó en su mente. Los fanáticos siempre han tenido necesidad de manifiestos. Pero se nota además que todos ellos dan la apariencia de ser dueños de sí mismos, nadie puede manipularlos ni doblegarlos, están por encima de todos los valores consensuados, establecen sus propias reglas, sus fines valen más que su propia vida, y es gracias a que encuentran en sus creencias el único centro que necesitan, el cable a tierra que impide que se conviertan en dementes.


Esta extrema independencia respecto de todo lo establecido hace posible que existan tipos como, por ejemplo, James Holmes (un joven americano de 24 años), el delincuente que el pasado 21 de julio disparó a mansalva, dentro de un cine, a los espectadores que asistieron al estreno de Batman The Dark Knight Rises (2012) en un barrio de Denver, Colorado. Según se supo iba vestido de negro y usaba un chaleco antibalas y una máscara anti-gas, parecido al de Bane, acorde a la versión de los testigos; además, estaba armado con un rifle de asalto y tres pistolas. El saldo fueron 12 muertos y 59 heridos. Cae por su propio peso la pregunta: ¿debería censurarse la producción del cine de acción de Hollywood? Después de todo, con el pretexto del entretenimiento ¿qué ideas están metiendo en las cabezas de los espectadores, qué viejos miedos se reviven y qué nuevas paranoias se instalan? En el último capítulo de la saga de Batman, Nolan gasta un presupuesto millonario para mostrar cómo el villano Bane lidera a un grupo de asesinos que ejecuta un terrible ataque con explosivos en un estadio de fútbol, y en medio de un partido colmado de espectadores y autoridades. ¿Hasta qué punto el cineasta, en tanto que artista, deja ahí de hacer una lectura de su tiempo, de su sociedad o de su país, y prefiere imaginar la manera delincuencial más espectacular en la que se podría conmocionar a su sociedad o a su país? ¿En qué punto deberían establecerse los límites a la imaginación del director y en cual otro demarcarse sus responsabilidades, toda vez que construye un imaginario colectivo popular? Dejemos esto ahí.


Pero volvamos a la comprensión de la independencia de la mente terrorista. Es menester no conformarse con las interpretaciones reduccionistas, que se contentan con tachar a estos individuos de “desquiciados” o de “locos”[5], porque no se gana nada con equiparar la intolerancia y la xenofobia a la locura. Hay que primero reconocer que se trata de individuos que creen no tener que rendirle cuentas a nadie más que a sus dioses ocultos. Se diría que representan la imagen de Batman en Gótica, pero en reversa. Se hacen cargo de hacer cumplir aquello que ni el gobierno, ni el sistema judicial ni la ciudadanía en general no terminan de asumir. Es valorable su decisión de no esperar por nuevas políticas gubernamentales para que las cosas marchen mejor, lo inaceptable son los medios a los que recurren. Batman elige como fachada para sus operaciones clandestinas la imagen de un yuppie multimillonario llamado Bruce Wayne, personaje frívolo si los hay; sólo así puede hacer justicia por sus propias manos en las noches, aliándose con figuras claves de las fuerzas del orden. Algo similar, pero en reversa, pensó Anders Behring Breivik, que en el otoño del 2009, en su incendiario manifiesto, escribió que entraba a una nueva fase en su proyecto, relatando que fundó una empresa minera y abrió una pequeña granja para utilizarlas como “cobertura” para sus compras de productos explosivos. “Ahora tengo que comprar legalmente un fusil semiautomático y una (pistola) Glock”, redactó en septiembre de 2010, dos armas para las que obtuvo una licencia, según la prensa noruega. En cada detalle se reconoce los movimientos de una mente estratega, inteligente, como la del Guasón en la película de Nolan.


El otro punto en común entre las mentes terroristas pensantes es que una vez que han efectuado su ataque, no intentan escapar, de hecho se entregan sin oponer resistencia. Por ejemplo, Steven Arthur Yunger se entrega en un Centro Comercial en Phoenix, quedándose parado por horas frente a una cámara de seguridad en un shopping. Anders Behring “esperaba que lo detuvieran antes”, pero cumplió su cometido también gracias a la incompetencia de la policía noruega. ¿Por qué ni siquiera les interesa escapar? Porque el acto terrorista es simplemente la parte del espectáculo, la intervención traumática de una escena, pero lo que realmente quieren es que los atentados sirvan para poner en el tapete el fuego de sus creencias. Se toman en serio sus ideas. En Inthinkable el torturador amenaza al terrorista: “todo hombre, sin importar cuán fuerte sea, se miente a sí mismo sobre algo. Encontraré tu mentira y te romperé”. Intenta mostrarle que la única autoridad que respeta es él mismo, que nada lo detendrá, no tendrá ningún remordimiento ni asco físico en despedazarlo. Se confrontan así dos seres que aparentan ser inalámbricos, pues no están atados a nada externo, más que a sus convicciones, enraizadas en viejas creencias propias. Pero nada bueno sale de ahí, como se verá en el final, pues ambos están demasiado sujetos a unas ideas que perdieron flexibilidad, mientras que ser libre o inalámbrico es ante todo tener libertad respecto de la propia manera de pensar, ser  capaz de variar o de pensar diferente cuando una situación lo amerita.



Tal vez el mismo Christopher Nolan nos haya proporcionado una alternativa de solución para tratar con las mentes terroristas en el argumento de Inception. Se explica ahí que el parásito más difícil de extirpar no es ningún microorganismo, sino las ideas. “Una idea es resistente, altamente contagiosa, y una vez que se ha apoderado del cerebro es casi imposible erradicarla”. La trama de la película consiste en que las ideas se pueden robar, y eso se logra en el estado del sueño, cuando las defensas están bajas y los pensamientos son susceptibles de robo. A eso se le llama “extracción” (inception), y los protagonistas de la historia serán los extractores que deben apoderarse de una idea que vale millones de dólares. La mente terrorista no piensa con conceptos, lo hace por medio de ideas-parásito, que se quedaron enraizadas en algún lugar de sus cerebros. Es por ello que, pese a su aparente autosuficiencia y a su libertad extrema, en realidad los terroristas pensantes son los mayores esclavos, pues son sirvientes de una o dos ideas que les fueron contagiadas. Se nos ocurre entonces que la mejor manera de lidiar con ellos no debe consistir en tentar los límites de su resistencia al dolor, sino en la manipulación a nivel mental, extracciones, pequeñas lobotomías, o incluso ejercicios de dialéctica socrática. Es más necesario confrontarlos al nivel de las ideas que al nivel corporal. Tal vez sea la tarea del filósofo, y sólo de él, comprender la estructura de sus razonamientos, una tarea similar a la que cumplen los “arquitectos” en Inception, que son los que diseñan la estructura de los sueños del paciente. El filósofo tendría que identificar los puntos de asentamiento y de deslizamiento de sus razonamientos, determinar los centros, ahí donde sus declaraciones sólo parecen remitirnos a las ramas dispersas de sus ideales, y atacar sobre las inconsistencias, debilitarlos ahí donde han erigido todas sus barricadas de resistencia. Es posible que esto sea un importante postulado o la más grande tontería, pero en realidad no es tan disparatado si se recuerda la tarea de partero que se le atribuía a Sócrates, quien con sus preguntas limaba la pared de las ideas establecidas para que fuera posible dar a luz un nuevo conocimiento, una nueva forma de ver y escuchar.


Krishnamurti cuestionaba si es el pensador el que da vida al pensamiento, o es el pensamiento el que otorga existencia al pensador. En el final siempre abogaba por lo segundo, y es por ello el precursor de un pensamiento inalámbrico en su fase más desarrollada. “Cuando el pensamiento se da cuenta de sus limitaciones, y de que todos sus movimientos se producen dentro del tiempo, el pensador se vuelve completamente silencioso”[6]. El pensamiento y el pensador están limitados, puede que logren expandirse desde sus ataduras, pero permanecen sujetos a ese poste que son sus experiencias, sus creencias. La mente terrorista es el caso más grave de sujeción al poste de las creencias, ideas-parásitos, lo que en occidente se designa como fundamentalismo (ultranacionalismos, religiones inflexibles, severa distorsión de las creencias religiosas, etc.). Pero el fundamentalismo debería extenderse como definición a la sujeción extrema del individuo a sus ideas, sean estas liberales, neo-marxistas, provenientes del islamismo, socialistas o anárquicas. Es una tontería pensar que la mente fundamentalista se encarna únicamente en los que tienen apariencia de Osama Bin Laden. En realidad ellos están entre nosotros, sin importar el credo o la nacionalidad se configuran como tales según la dureza o la flexibilidad de sus ideas en una toma de decisiones. En el caso concreto del terrorismo, la naturaleza de la mente terrorista es lo que se debería comprender, y no elegir la satanización de una figura o un rostro circunstancial que sería el “radicalmente otro”. En el artículo “El final de un capítulo”, el analista libanés George Chaya realiza la siguiente lectura: “nada acabó con la muerte de Bin Laden, toda vez que, a diez años de la guerra Al Qaeda es hoy más fuerte que cuando ejecutó los atentados del 11 de septiembre de 2001. […] Él ya no está, pero su ideología seguirá generando y produciendo nuevos líderes en sus respectivos movimientos. Esto es así, puesto que Al Qaeda es vista como una organización central por los integristas en todo el mundo árabe-islámico, donde la mayoría de los grupos militantes ve en ella el centro de gravedad de sus ideas”[7]. En vista de esta realidad, tal vez la filosofía sea después de todo, y en despecho de su publicitada caducidad, el arma más poderosa que queda para esgrimir contra la mente terrorista.






[1] Para ver el ejemplo de una postura que se contenta con reducir la cuestión a una insania mental, léase la nota “Podemos estar tranquilos: Anders Behring Breivik está loco”, disponible en http://blogs.elpais.com/aguas-internacionales/2011/07/podemos-estar-tranquilos-anders-behring-breivik-esta-loco.html.
[3] Extraído de la web CUBA DEBATE Contra el terrorismo mediático. Disponible en: http://www.cubadebate.cu/noticias/2011/07/24/el-manifiesto-de-breivik/

[4] Ramón Lobo, “Podemos estar tranquilos: Anders Behring Breivik está loco”, disponible en http://blogs.elpais.com/aguas-internacionales/2011/07/podemos-estar-tranquilos-anders-behring-breivik-esta-loco.html.

[5] La periodista Isabel Mercado comenta que lo primero que se dijo del noruego es que era un desquiciado, y ella, economizando en pensamiento, se apresura en dictaminar: “sin duda lo está”. (Página Siete, Ideas N° 64, domingo 7 de agosto, 2011).

[6] Jiddú Krishnamurti, Tradición y revolución. Ed Sirio, Argentina, p. 298.
[7] La Razón, Animal Político, 29 de mayo del 2011.

BENJAMIN BUTTON Y LAS LINEAS DE LA VIDA



Por: Jorge Luna Ortuño.

Un reloj que avanza hacia adelante o un reloj que avanza hacia atrás[i], no hay gran diferencia; un niño que envejece o un viejo que enjuvenece, no hay gran diferencia realmente. Lo que importa en la vida pasa en el medio, en el trayecto. Algunos enjuvenecen, y ciertamente todos envejecen, pero lo que importa al final no se mide en años, sino en el crecimiento individual que se logra mientras esos años avanzan.

Empezamos así afectados por lo que nos impulsa a pensar la maravillosa historia que se retrata en “El curioso caso de Benjamin Button”(2008) de David Fincher. El film está basado en un cuento de Scott Fitzgerald, y aunque pocas cosas del cuento original se mantuvieron, el curioso film tiene el cuidado de no olvidar ciertos elementos que a éste gran literato le gustaba tratar en sus escritos[ii] (las caídas, la demolición, la ruptura). Quizás fue Fitzgerald quien mejor nos mostró que la vida transcurre en distintas líneas, y que todos, individuos o grupos, estamos hechos de líneas de diversa naturaleza. Somos como la palma de una mano, estamos cruzados por múltiples líneas, unas más profundas que otras, unas largas, otras cortas, y todas están enmarañadas entre sí; Fitzgerald crea esta historia para hacernos ver algo que las sociedades se esfuerzan en ocultar, nos muestra que en la vida de todo individuo se deben saber diferenciar dos líneas vitales: la del envejecimiento y la del crecimiento. Podríamos referirnos a la primera como la línea horizontal de la vida, que se desarrolla en el tiempo social, es lineal, acumulativa y va de A a B; es la línea en la que se evoluciona, se acumula, se envejece y se muere. En este sentido, la segunda debería remitirnos a la línea vertical, que nos afronta con la eternidad, fuera de la categoría del tiempo que todos conocemos, ya no es lineal, sino que avanza en intensidad, va de A a A a A…; en ella se involuciona, se aprende la sencillez, la economía del vivir, y se crece. En la línea horizontal se vive en términos de pasado o futuro: así lo hacen los hombres que viven anhelando el futuro soñado y los ancianos que viven rememorando el pasado dorado. En cambio en la línea vertical se vive solo lo actual.

Lo asombroso de Benjamin Button (interpretado por Brad Pitt) no es que su vida transcurra en sentido inverso, sino que nos hace ver que el crecimiento en la vida es independiente del envejecimiento. Todos los seres humanos, como cualquier animal, son capaces de envejecer, pero solo unos pocos son capaces de crecer mientras eso sucede. Los grandes maestros ya nos lo han hecho notar de todas las maneras posibles, hemos olvidado la línea vertical al estar demasiado ocupados por nuestras ansias de éxito, fama, poder, riqueza, amor, dios, etc. Benjamín Button aprende a vivir en la línea vertical y no dejar de estar en contacto con ella -¿Cuánto tiempo me queda?- le pregunta a su madre. Ella con sabiduría le dice: “no te preocupes por el futuro, solo agradece el tiempo que ya se te ha dado, pues ya es más del que se suponía tenías”. Es una sencilla filosofía de vida, y cuando él la pone en práctica se produce el acontecimiento Benjamín Button: un niño que no vive esperando un futuro soñado, y al mismo tiempo, un anciano que no vive rememorando un pasado dorado. Todo lo que tiene es el presente, y esto lo hace ser el tipo más cuerdo y sobrio entre todos.






Pero luego lo más grandioso de Benjamin Button es que en él la vida recupera su sorpresa. Las sociedades se han encargado de organizar tanto la vida que la han enterrado en un cuarto plano, la han hecho repetitiva y falta de sabor, pero eficiente; la organización de las sociedades capitalistas de hoy, con sus curas, sus políticos, sus padres y maestros, solo están interesados en que se recorra la línea horizontal de la vida con éxito y sin dar problemas. Los gobiernos no consideran ninguna otra cuando hablan de vivir bien como consigna política para sus ciudadanos. Apenas naces te ingresan en una maquinaria: guardería-escuela-universidad-cuartel-universidad-trabajo-matrimonio, y cada vez esto sucede más antes…, porque además es cada vez más frecuente que surgan niños de hogares rotos. La vida es eso que esta sucediendo mientras nosotros estamos ocupados, no recuerdo quién lo dijo pero resuena en mi mente en este momento. Esto es lo que, en la historia, afirma Mike Pock, capitán de un buque remolcador, amigo de Benjamin; aquellos días de viaje interminables le cuenta que desde pequeño deseaba ser un artista, pero su padre le vociferaba: “¡¡ ¿quién diablos te crees que eres?, ¿qué diablos crees que puedes hacer?, vos tienes que ser un remolcador igual que yo!!”. En otras palabras, le exigía que prolongue su misma línea. La mayoría de los padres solo quieren detenerte, incluso con buena intención, la sociedad está repleta de ellos, solo que andan disfrazados con distintas máscaras; esto más notorio en un país tan conservador como Bolivia en el núcleo de sus familias. Lo curioso es que aquel remolcador (Mike) se encontró una salida: trabajó como remolcador para pagarse sus necesidades del dia, pero secretamente se cultivó así mismo como artista de los tatuajes. ¡Ja!, un artista que lleva su arte en su piel. ¿Quién se lo podría quitar? A los ojos de la sociedad era un simple remolcador, y esta era la parte previsible de su vida, pero en su línea vertical era un artista, y así se escapaba, soltaba algunos chistes y todo en él era una sonrisa zigzageante. 

Benjamín se escapa también a las visiones que pretenden limitarlo. A primera vista es un anciano viviendo sus últimos años, pues su cuerpo le puede fallar en cualquier momento. Pero en esa incertidumbre está la magia, pues cada día lo vive como una posibilidad, podría morir mañana pero qué más da, si ya tiene mucho por lo que preocuparse en sus actividades del mismo día. Baruch Spinoza, el gran filósofo, dijo en su tiempo, en el libro de la Ética: “ustedes no saben lo que puede el cuerpo”, y Nietzsche se agregó después a esta ola así: “Lo sorprendente es el cuerpo”. Benjamin Button es una prueba de este tipo de afirmación, él nos muestra que el cuerpo, como la vida, es todavía un misterio, no dominamos los principios de funcionamiento de sí mismo, el Oráculo de Delfos se queda desairado. A esto se refiere la madre del pequeño Benjamin cuando le dice a propósito de su cuerpo: “uno nunca sabe lo que espera”. De modo que ya desde sus primeros años, siendo un anciano, Benjamin avanza sorprendiéndose él mismo, y llega a decir cosas como: “No hay límite de edad mientras puedas hacer el trabajo”, “todo es posible”. En el final, le escribe a su hija unas palabras póstumas: “nunca es demasiado tarde o demasiado temprano para que seas quien quieras ser. No hay límite de tiempo. Puedes cambiar o quedarte en lo mismo. No hay reglas para esta cosa”. ¿Acaso no se le está hablando del cuerpo? Puedes realizar la potencia de tu cuerpo… Él lo hace desde que nace, aunque de la impresión de que lo hace en reversa. Recuérdese que el médico lo había desahuciado poco después de su nacimiento, insinuando que no estaba predestinado para vivir mucho tiempo. Ante aquel terrible veredicto la madre de Benjamín, como cualquier madre, se resistió a otorgar veracidad a esa triste idea, y eligió pensar algo más alegre, diciendo a todos: “este niño no es un anciano desahuciado, es un MILAGRO”.

Fitzgerald definía la vida como un proceso de demolición, y así recorren los años de Benjamin Button, suceden transformaciones dentro suyo de las cuales se percata tiempos después, cuando el cambio operado ya es irreversible. Mayormente vive en la línea vertical, solo se preocupa de exprimirle a cada experiencia su esencia vital. Y se deshace de todo, él mismo se retira hacia una anonimidad, hacia un ser nadie, hasta ser solamente un niño frágil de más de sesenta años que ha tenido una grandiosa vida. En su diario se encontrarán estas palabras, que despiden el film y también este artículo: “no tengo muchas posesiones ni dinero que dejar, saldré de este mundo de la misma manera que llegué: solo y con nada. Todo lo que tengo es mi historia y la estoy escribiendo ahora mientras todavía la recuerdo.”



[i] La historia comienza con el sueño de un hombre: construir un reloj que avance hacia atrás: “Para que nuestros hijos, que están muriendo en la Guerra retornen a casa; para que vivan vidas largas y plenas”.
[ii] En “Cuentos de la era del jazz”, Fitzgerald explicó así la génesis de este cuento: «Me inspiró un comentario de Mark Twain: era una lástima que el mejor tramo de nuestra vida estuviera al principio y el peor al final. He intentado demostrar su tesis, haciendo un experimento con un hombre inserto en un ambiente absolutamente normal

sábado, 6 de octubre de 2012

Perdido en el Aeropuerto Barajas de Madrid

Por: Jorge Luna Ortuño


El ticket electrónico, la prueba del delito, por así decirlo

Existe un placer muy intenso en la experiencia de aparecer en un lugar en el que no se suponía se debía estar. Me explico: El pasado 29 de mayo me encontré colgado en el  Aeropuerto de Barajas en Madrid, y fue maravilloso. Retornaba al país, mi ruta era desde París hasta el Aeropuerto Viru Viru de Santa Cruz, con trasbordo en Madrid, donde debía cambiar a un avión de Aerosur, vuelo 5L 544, 21:30 horas; acótese que un día antes el mismo aparecía confirmado en la página www.ebookers.fr, donde Susy, mi hermanita, me había comprado el boleto. Ya habrá intuido el lector lo que viene. Aquella tarde calurosa con 26° C en tierras madrileñas me sumé a la larga lista de pasajeros perjudicados por Aerosur, y quedé parado como un papanatas en medio de la vertiginosa circulación de aquel enorme aeropuerto. 
La oficina de AeroSur en Madrid, paralizada
 Corriendo inútilmente de una terminal a otra en busca de una pantalla o punto que informara sobre mí vuelo, me enteré de que el vuelo 5L no existía, que Aerosur había dejado de operar en Madrid hace casi dos meses, que no había ni señas de un funcionario de la compañía, y que nadie, ni siquiera Air Europa –que me había llevado hasta Madrid– se hacía responsable de mi ticket de vuelo, que a esas alturas parecía de alasitas. Volvía solo al país después de haber pasado tres semanas en Paris y de haber viajado con mi familia por el Sur de Francia, no tenía más de 60 Euros en el bolsillo, no tenía ni tarjeta de crédito ni un celular con número de Europa –graves errores. Pero tenía de mi lado energía y optimismo, además de una extraña filosofía de vida, así que decidí convertir la experiencia en una aventura. Eran ya más de las 9 de la noche, había aceptado la cruda realidad. En las oficinas de información eran atentos, me preguntaban todo, y siempre terminaban deseándome suerte. “Vale, fuerza tío”. Solamente Rosa, una gentil funcionaria de Aena, se agitó conmigo y me ayudó a recuperar mi maleta de 22 kilos que, al no haber existido trasbordo, había quedado guardada en un depósito. Me dejó su número para cualquier eventualidad y se fue. Su imagen en mi memoria es la de un ángel. 



 Me mantuve sereno. Lo que cabía era adentrarse en el aeropuerto, familiarizarse y hacer buenas migas. Me podía mover a mis anchas de una terminal a otra. Cintas corredizas, elevadores, escaleras eléctricas, letreros, cafés y tiendas desfilaban a mí alrededor, el tráfico de gente iba disminuyendo y afuera, desde una gran ventana, se divisaba la noche madrileña. Dado mi presupuesto, me quedé a dormir en el aeropuerto; después de escribir un par de mails avisando de mi situación, hice como cualquier animal, busqué por ahí hasta encontrar mi territorio, y así llegué a “Salidas” de la Terminal 2, segundo piso, donde me acomodé para pasar la noche. Encontré placenteros los asientos especialmente diseñados para que la gente no se pasara mucho tiempo en ellos. Conocí a un potosino radicado en Palmar, que hacía hora para su vuelo de retorno al país,  exhausto después de cuatro años de trabajo en la construcción, pero afectado como tantos por la crisis. 
El espacio se llenó, a media noche los asientos faltaban, mucha gente se desparramaba en el piso en algún rincón. Ofrecí caballerosamente a una joven mujer que parecía Penélope Cruz que se sentara a mi lado, pues veía que no encontraba donde refugiarse. Nabilia se llamaba, de Mokesha, Marruecos, una modelo en tránsito a Suiza; nos entendíamos en inglés, pero la piropeaba en francés, con las pocas frases que conozco. Era tan linda que me la hubiera llevado plastificada. Nos apegamos en todo lo posible para combatir el frío que empezaba a sentirse en la madrugada. Algo logramos dormir.
Horas después, temprano, cuando todo volvía a la vida en el aeropuerto, salimos a fumar un pucho y después la acompañé a tomar su vuelo en EuroJet. 

 
Descubrí que tanto los teléfonos como las máquinas de internet al paso eran un verdadero robo, que una dona costaba el equivalente a unos Bs 40, y que al sistema wireless del aeropuerto sólo se accedía mediante un prepago por tarjeta. Mientras mi familia me ayudaba a ver por internet si conseguíamos el reembolso del ticket, me lancé a las calles de Madrid, gracias a que la estación de metro se conecta con el aeropuerto. Y así llegué a Plaza Sol, donde conocí el fantástico bar “Cien montaditos” (cualquier piqueo o cerveza costaba 1 euro), luego El Prado, el Palacio de Cibeles, Parque de Retiro, donde se llevaba adelante la Feria del Libro de Madrid… gente muy simpática, colorido, verano, caos ordenado, Europa a pié. 
Mi cama


La salvación a medio día, en los miércoles de "Euromanía": todo a un dólar, un buena caña con sus sandwiches

Pleno centro de Madrid

La Feria del Libro de Madrid, impecable y atractiva


 Aquella noche también la pasé en el aeropuerto. 

 El tercer día las tripas ya resonaban. Gracias a la ayuda de Ricardo pude ir a la ciudad nuevamente, esta vez al Consulado de Bolivia. Hablé con la Vice Consul, Eva Chuquimia Mamani, una persona nula, me informó que no brindaban ninguna ayuda, con la única excepción de que podían ayudar a volver a un boliviano una vez que había fallecido, para repatriar el cuerpo. (¿?) Risas. El aroma que se respira en esas oficinas es el de la incompetencia y la indiferencia, así lo denotan los rostros de cincuenta bolivianos en un hall esperando a ser atendidos. Los que me hicieron sentir orgulloso de mi tierra fueron los paisanos que ofrecían sus servicios a la salida del Consulado: ellos me dieron ánimos, consejos, direcciones, y Janett, una cochala de enorme corazón, me invitó una salteña y una linaza, además de ofrecerme generosamente que me quede en su casa por un tiempo, hasta que pudiera conseguir un medio de ingreso. 
Otra vida más desesperada se divisaba, pero los caminos se bifurcaron, mi familia, y una amiga de agencia de turismo, me consiguieron un vuelo con descuentos para regresar a Bolivia vía Buenos Aires en Aerolíneas Argentinas. Suerte la mía, sentí pena por aquellos compatriotas desesperados que han debido corretear por ahí como yo sin contar con la misma salvación, y que se han perdido como el humo del cigarro en la noche del anonimato. 
Aquella misma noche a las 21 despegamos rumbo a Buenos Aires. Habiendo viajado casi tres horas el jefe de cabina nos informó que debido a una grave descomposición de uno de los pasajeros el piloto había decidido retornar a Madrid para que el susodicho fuera atendido de emergencia. La aerolínea se haría cargo de hospedarnos en un hotel en Barajas con desayuno y almuerzo incluidos; el vuelo sería a las 18:00 del siguiente día. 
Nos hospedaron en el Hotel Auditórium, de cuatro estrellas, habitaciones ejecutivas, dormí como bendito, me duché, gran noticia, y al igual que los demás comí las suculentas opciones del menú buffet casi como si no existiera un mañana. 
El resto es historia. Salimos de la crisis de España para reacomodarnos dentro de la ya familiar crisis boliviana, algo así como llegar a casa y ponerse las pantuflas. 




Con paisanos bolivianos en el retaurant


mi nueva cama



tres bolitas en el Aeropuerto de Buenos Aires, esperando conexión a Santa Cruz


La salida, hasta una próxima oportunidad



 Nota: Este artículo fue escrito por invitación de la revista Miradas, del matutino paceño Página Siete, y publicado en junio del 2012

Entrevista a Tito Kuramoto



La pintura anímica 

Por: Jorge Luna Ortuño



En el cielo azul y el paisaje variado de las artes plásticas bolivianas se observa cruzar como un rutilante meteorito a un pintor cruceño que entrega sobriedad y un aura de misticismo envuelto en sus cuadros. Es un hombre gentil y sereno, de extremidades cortas, es de ascendencia japonesa, bien podría pasar por el maestro de kárate kid, pero su mundo tiene mucho más que ver con Santa Cruz, su tierra amada, por ello se reconoce ante todo como un camba. Radicado en la tierra oriental la mayor parte de su vida, Tito Kuramoto es un artista que no para de moverse. En esta entrevista comenta por qué, mientras comparte varias de las inquietudes que sostienen invisiblemente su obra. De la pintura hacia el gran afuera, la vida misma. 

-     En tu obra se pueden observar varias mutaciones, estás moviéndote sin que se sepa muy bien por dónde aparecerás en tu siguiente trabajo.

Así es, yo creo que el artista está todo el tiempo cambiando, y aguanta miserias o tiempos difíciles porque tiene en su mente la convicción de que su arte es lo que vale. Con el arte está descubriendo el porqué de las cosas. No sé bien cómo explicarlo, es difícil, pero yo mismo cuando estoy pintando voy descubriendo cosas al poner ese color, ese contraste, esas líneas o esa armonía de formas; me dicen algo, pero yo mismo no sé qué. Todos los artistas trabajamos un poco a ciegas, igual que los hombres de ciencia. 

-      ¿Cómo procedes cuando te sientes bloqueado, cómo haces avanzar la obra?
La verdad es que sigo insistiendo, ese mismo día y el otro y el siguiente... Mira, yo hace tres meses que no pinto. Es porque mis ideas están disgregadas, y necesito tener una cohesión. Además, otra cosa, no todas las ideas son plásticas, hay cosas que no se pueden expresar en la pintura, son demasiado abstractas, incluso para una pintura abstracta. Ahora, lo interesante del arte es que no innova nada; el arte de las cavernas fue tan bueno como el arte actual. El descubrimiento de la gravedad de Newton es algo terminado, no hay más vuelta que darle. En cambio todavía podemos gozar de un cuadro de Rembrandt tanto como gozaríamos de un buen cuadro de la actualidad. El arte está siempre vigente, no hay innovación, sólo cambio. Picasso es el ejemplo claro, él manipulaba sus cuadros, “Las meninas”, creo que le dio ochenta vueltas, le hacía trasposiciones, al estilo cubista, al estilo expresionista… Es un juego, poner las mismas fichas de una manera y luego de otra. 

-      Dices que no todas las ideas son plásticas, ¿cómo trabaja un pintor con las ideas?
Bueno, recuerdo algo de Platón, pienso en la diferencia, por ejemplo, de la idea de cama que tiene el carpintero, y luego la idea de cama del pintor. En mi trabajo lo primero que uno hace es trazar límites, porque de otro modo no podría hacer nada, es tan vasto lo que se puede hacer. Una vez que se tiene ciertos parámetros, uno se pone el paracaídas y se tira, y ya si no se abrió el paracaídas mala suerte. Uno se lanza del precipicio a pintar. Sale o no sale. Es todo anímico. Ya uno se abandona a lo que verifique el subconsciente. En ocasiones, en una exposición no hay más que un cuadro que vale la pena. Y no hablo de los otros sino de los míos; a veces hay un solo cuadro que está bien logrado. Uno no puede pensar que todo lo que hace está bien. Cuando uno ve una obra y se emociona pienso que está logrado lo que se quería. 

-    Claro, darle preponderancia a la emoción. Pero ocurre también, por ejemplo en el arte contemporáneo, que la mayor intelectualización de la obra parece ser el criterio central de valoración. ¿Coincides?
Claro, es más intelectualizado en el sentido de que tiene una idea literal, porque en lo que expresa y hace es otra cosa. Yo siempre he sido enemigo del arte literal. No veo por qué el arte tenga que expresar la idea de libertad, por ejemplo, que es una idea abstracta. Se puede pintar a un hombre rompiendo unas cadenas, pero eso para mí es una idea literaria, que la literatura se encarga de expresar. La pintura tiene otro lenguaje, de ahí por ejemplo que no me gustan los muralistas mexicanos, ni tampoco me gusta Dalí. Todos ellos dominan la pintura, pero el tema del mensaje es lo que no me va. 

-       Y aquel famoso cuadro de Goya, un grupo de hombres en el paredón a punto de ser fusilados, y en medio de ellos uno que da el paso al frente sacando el pecho...
En esos cuadros intervienen elementos que no tienen nada que ver con la pintura. El cuadro en sí es bello. No se puede olvidar lo que vivió España en ese tiempo, y Goya comenta el valor de la gente para afrontar la muerte. Eso es real. Es buena pintura, pero la temática, mm… Por ejemplo, para mí el mejor cuadro que se ha pintado hasta el día de hoy es “Las meninas” de Velásquez. No tiene mayor pretensión de dar un mensaje. Ese cuadro es mi paradigma. Por lo demás las ventas de ideas nunca me han gustado. Una vez le dije a Lorgio Vaca: el muralismo mexicano no hizo la revolución, simplemente comentó la revolución. Lo mismo pasó con la Revolución Francesa, la pintura sirvió para comentar e ilustrar las nuevas ideas democráticas. 

-     Bueno, pero volvamos a la emoción, ¿cómo surge de ahí el color?
Del color yo hago abstracción, porque el color es algo que no se piensa; sólo sé que el color me va salir como le dé la gana. Yo no pienso “voy a hacer este cuadro más amarillo”, ni nada. El color es anímico. Así que comienzo haciendo bosquejos con el pincel, el color de partida me pide un color a un lado, y eso se va formando, eso sale, no sé de dónde. Probablemente uno tenga esto ya organizado dentro del archivo de su mente, porque muchas veces veo en mis cuadros que utilizo analogías que ya había usado antes, pero eso vuelve involuntariamente, es ya parte del repertorio de uno. Por eso es que un pintor viejo pinta más rápido que un joven, porque tiene más repertorio. 

-       Claro, y con el mayor repertorio vienen también las trucos, ¿verdad?
Todo arte tiene una serie de trampas de las que se vale el artista para lograr un efecto. Por ejemplo, no es lo mismo ver a un tipo que está haciendo mímica de jalar algo pesado, que a aquel que realmente está jalando algo pesado. El mimo introduce elementos para hacerlo más creíble, lo exagera. En cambio el otro no tiene que hacer ninguna exageración, simplemente está jalando. En una obra de teatro al actuar no tienes que emocionarte, basta con que representes una emoción, y para eso existen recursos que el público no siempre se dará cuenta. Si un actor quiere dirigir la atención del público hacia un sitio, puede hacerlo usando el color negro; si un pintor quiere darle profundidad a un paisaje, le quita, por decir, elementos claros y luego pone elementos oscuros que hagan contraste y lleven la vista más atrás, luego otra vez claro sobre oscuro y oscuro sobre claro… Son pequeños trucos que todo el tiempo está usando el artista. Y hay algunos trucos tan ingenuos que ni siquiera el mismo artista sabe que los está usando. El artista más realista no puede lograr lo que ha hecho la naturaleza, pero un cuadro realista de la naturaleza siempre será superior a una fotografía a colores de la naturaleza. Porque está llena de trucos que la cámara no puede hacer. Ya es un truco seleccionar lo que se va a pintar y lo que se deja de lado en un paisaje. 

-        Finalmente, ¿consideras que el artista debe trabajar siempre a partir de alguna incomodidad?
Creo que hay algo de eso. No existe en la historia del arte un artista millonario. Los artistas suelen salir de la clase media, pequeño burgués –no salen de la clase obrera–, y antes la clase pequeño burgués terminaba rechazándolos, expulsándolos, así que el artista era un poco paria. Esa carencia hace que se tenga todo más trágico. Esos momentos que no hay dinero, que quedan las deudas, yo sentía eso y me refugiaba en el arte. Toda esta corriente de instalaciones, video arte y demás, es de gente con recursos, no de gente pobre, porque requiere de algunos materiales caros. Por ejemplo, ese par de artistas que hicieron una intervención con una silla presidencial de cinco metros. Eso cuesta plata. Y esa es una idea literaria. Qué le importa al arte la ecología o la sociología. Nada. El arte es formas, colores, líneas, nada más.

* Publicado en Nueva Crónica y buen gobierno (agosto 2012)