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lunes, 13 de febrero de 2012

RESEÑA DEL LIBRO "DELEUZE, EL CLAMOR DEL SER", DE ALAIN BADIOU





En las últimas décadas se han escrito varios libros, tesis y monografías sobre la filosofía de Gilles Deleuze (1925-1995), haciendo que aquel grito de Foucault, "algún día el siglo será deleuziano", retumbara con mayor cercanía. De todos modos esa nunca fue más que una contraseña entre amigos. Lo que habría que decir de entrada respecto de los libros que se escriben sobre Deleuze, es que deben abordarse siempre como productos que conciernen a sus autores, y no a Deleuze, puesto que o bien han tratado de explicarlo sistemáticamente o bien se han puesto a dialogar con él; pero Deleuze está en otra parte. Cuando unos periodistas le preguntaron en una ocasión a Deleuze por qué había escrito un libro sobre Foucault, les respondió que, en primera instancia, había sido por necesidad, por la falta que le hacía después de su muerte, y también por intentar hacerlo hablar una vez más. En lo concreto, se trataba de seguir con la vieja estrategia, hacer que sea la fuerza Foucault la que presionara su pensamiento, trazar una línea diagonal desde las problemáticas de Foucault hasta las suyas, y ver qué se producía en el espacio entre. Esto puede entenderse como un devenir-Foucault-de-Deleuze, o un devenir-Deleuze-de-Foucault, como lo han hecho notar ya otros autores. En el caso de este libro titulado Deleuze, el clamor del ser, el efecto es similar, y la pregunta que se podría hacer a Alain Badiou es parecida: ¿Por qué escribir un libro de este tipo sobre Deleuze? En sus páginas se respira un poco de reproche, un poco de impotencia, también algo de admiración, pero se trata sobre todo de "un enemigo" escribiendo desde el otro lado de la barda. Él responde a esta interrogante en la primera parte: “para mí es como una gran última carta póstuma”. Es también lo que le hubiera gustado decirle acerca de las cuestiones que admiraba en el pensamiento del autor de Lógica del sentido, pero también de las cuestiones con las que nunca llegó a estar de acuerdo. Fiel al proyecto nietzscheano, Deleuze intentaba salir de la trascendencia platónica a partir de la postulación de la univocidad del ser, mientras Badiou intenta fundar un platonismo de lo múltiple, cuestión que los aleja en diversas líneas, y que es el hilo conductor de esta obra[1].

Acerca de Badiou
Alain Badiou (Marruecos, 1937) es un filósofo, dramaturgo y novelista francés. Imparte cursos en el Collège international de philosophie. Fue discípulo de Louis Althusser, el cual lo influenció fuertemente en sus primeros trabajos epistemológicos. Entre sus obras más destacadas están: “Teoría del Sujeto" (1982), “Manifiesto por la filosofía” (1989), “La ética” (1993), “Deleuze, el clamor del ser” (1997), y Circunstancias (2004). Su obra principal es sin embargo, “El ser y el acontecimiento”, que salió a la luz en 1988, donde defiende las matemáticas como la verdadera ontología, o "la ciencia del ente en cuanto ente". En 2006 publicó su segunda parte, “Logique des mondes. L'être et l'événement 2”. Ambos libros sobre el acontecimiento vinieron acompañados de dos publicaciones menores, que fueron los Manifiestos por la filosofía. 

Lectura a contracorriente
En “Deleuze. El clamor del ser”, Ed Manantial, Badiou presenta algunos principios generales que, considera, deben gobernar el examen de la filosofía deleuziana, y que, siendo fieles a su espíritu, están alejados de la doxa que se constituyó a su alrededor. Es también un intento por entrar en el corazón del pensamiento de Deleuze a partir de una afirmación que éste hizo en Diferencia y repetición: “nunca hubo otra proposición ontológica: el Ser es unívoco”. Badiou piensa que es ésta condición del ser la que determina todo el recorrido deleuziano por la historia de la filosofía: “allí se encuentran sus camaradas, sus apoyos, sus casos de pensamientos privilegiados, quienes sostuvieron explícitamente que el ser tenía una sola voz. Duns Scotto, los estoicos, Spinoza, Nietzsche, Bergson…” Es sabido que a partir de estos filósofos laterales en la historia de la filosofía Deleuze desarrolló un estilo indirecto, logrando hacerse indiscernible a sí mismo, y evitando las condicionantes del discurso que aluden al ¿quién habla? Esto es así porque no eran repeticiones ni interpretaciones, sino producciones por presión, sobre Deleuze, de lo que a través de ellos, hacía caso de otra presión, de otra coacción. Nos sentimos tentados a decir que en este libro le pasó lo mismo a Badiou que, al parecer, no pudo evitar experimentar con la estrategia deleuziana, pues al escribirlo, encontró también una manera de hacer saltar, en su pensamiento, las fuerzas impersonales que lo poblaban, y que se veían forzadas a salir bajo la presión de la fuerza-Deleuze[2]. Y el resultado es particularmente interesante, pues lo que surge es una nueva afirmación de la diferencia, un chispazo. Todos sabemos que en el pensamiento de Foucault, Guattari, Allez, Hardt, etc., se pueden encontrar referencias muy favorables y esclarecedoras acerca del pensamiento de Deleuze, precisamente porque se movían dentro de una frecuencia imperceptible de afinidad, y en cierto modo esto los hacía cómplices, los unía hacia una línea convergente. Pero en el caso de Badiou, lo que encontramos es el producto de una divergencia, de un marcado contraste, y de las referencias opuestas que Badiou tiene: Platón, Hegel Husserl, a partir de las cuales ensaya una defensa contra Deleuze; lo acusa, por ejemplo, de no haber podido hacer otra cosa que dar vueltas en torno al platonismo pues, habiendo tratado de invertirlo, produjo el mismo efecto que se logró con Hegel, cuya inversión por parte de Marx significó el soporte para una larga perpetuación. “Deleuze propuso desde luego el anti-platonismo más generoso, el más abierto a las creaciones contemporáneas, el menos destinal, el más progresista. Solo le faltó terminar con el propio anti-platonismo” (p. 140). De este modo, la vieja pregunta “dime que piensas de Platón y te diré quién eres” es usada como una linterna para explorar en el proyecto filosófico de Deleuze.
            Badiou plantea algunas cuestiones discutibles, algunas paradojas, pues le parece que Deleuze reivindicó, de manera doctrinal y condicionada, la continua liberación del pensamiento. “Solo tenía una pasión intelectual auténtica: proseguir su obra de acuerdo con el método intuitivo y riguroso que había fijado de una vez por todas. Sin duda hacia falta la infinita multiplicidad de casos que componen la vivacidad de la época, pero sobre todo la tenacidad incomparable de su tratamiento uniforme, bajo la terrible ley de la univocidad del ser” (p. 133). En este punto Badiou encuentra un procedimiento inflexible en la obra de Deleuze, que hacía aceptar la diversidad, pero solo en cuanto le servía sin retocar sus iniciales convicciones. 
“Su bergsonismo refinado termina dándole la razón, en última instancia, a lo existente. La vida hace posible la multiplicidad de evaluaciones, pero ella misma no puede ser evaluada. Podría decirse que no hay nada nuevo bajo el sol porque todo lo que pasa es solo una inflexión del Uno, eterno retorno de lo Mismo. Puede decirse igualmente que todo es constantemente nuevo, ya que el uno vuelve indefinidamente, en su contingencia absoluta, a través de la perpetua creación de sus propios pliegues” (p.145)
De todo lo que se dice en esta obra se puede objetar que es cierto solo en parte, que se pierde a momentos en los pedidos por compromisos que le solían hacer a Deleuze algunos “intelectuales” o representantes de escuelas, manteniéndose atrapados en la interpretación de las interpretaciones, mientras Deleuze se mantenía impávido sin atender ni conceder, limitándose a decir: “las cosas que hicimos son como cajas de herramientas, los que quieran usarlas, allá ellos, nosotros ya estamos en otra parte” En favor de esta aproximación de Badiou habría que decir que no ha confeccionado una pura formalización de sus desacuerdos con Deleuze, menos aun un homenaje, pero sobre todo ha dado vida a una provocación, una invitación para pensar a partir y en contra de Deleuze. 
Epílogo
El último capítulo del libro es especialmente bello, pues nos deja esa sensación que ya presentíamos: Deleuze nos impulsa, sin prometer nada, a que nosotros también nos liberemos de nuestras cadenas particulares o locales, a que hagamos algo de las imposibilidades que nos amaniatan, a que convirtamos los obstáculos en medios. Interesante acercamiento de Badiou, tanto para los lectores que con este libro quieran alimentar sus posiciones de confrontación con Deleuze (y con los llamados “pensadores posmodernistas” en general), como para los que quieran profundizar en su obra abiertamente y sin contemplaciones.

Por: Jorge Luna Ortuño 
(Agosto 2008)


[1] Por ejemplo, en la vía de la univocidad del fundamento, Badiou considera que el concepto de virtual ocupa un lugar estratégico en la obra de Deleuze, y a la vez, es el concepto que los separa más abruptamente
[2] Badiou observa en el prólogo a la edición castellana de “El ser y el acontecimiento”, que esta obra le sirve como reservorio de conceptos y métodos de pensamiento, y que extiende en su uso para precisar su concepción de la filosofía. En el caso de Deleuze, la estrategia es el contraste, no tanto para explicar a Deleuze, sino para afirmarse a sí mismo.



HOMENAJE TARDÍO A UNA HERÓICA EXPEDICIÓN


Reseña del libro de Daniel Campos, De Tarija a Asunción. 


No se revela nada nuevo cuando se afirma que el libro De Tarija a la Asunción. Expedición boliviana de 1883 (Editorial El País 2010), tiene un enorme valor como documento histórico, y que además despunta por la frescura y simpleza de su narrativa.  Ante todo, se trata de un cuaderno de apuntes en el que Daniel Campos (1829-1902) comparte con talento poético una serie de imágenes bellas que guarda del Chaco, de los guaraníes, de la psicología intemporal del ser humano, y de los pormenores de una travesía de sesenta y tres días en la que una tropa de voluntarios –que él mismo dirigió– se jugó la vida.

El producto final es un libro que retrata la vida y sus desafíos. “El único medio racional de avanzar en el Chaco es el de las ‘cruzadas’ que consiste en tomar cierta altura, lejos del río, caminar vía recta, e ir a caer a su borde en horas dadas, ya para mitigar la sed, ya para acampar”. (p. 63) Más que de historia se trata de geografía: La cuestión urgente todo el tiempo es cómo avanzar, cómo hallar una salida, qué ruta tomar, cómo evitar un bosque o seguir un río, prolongar la línea y seguir adelante. Pero los obstáculos surgen todo el tiempo. No es sólo el Chaco –que hasta ese momento es considerado terreno hostil e infranqueable; es también la falta de agua y alimentos, las infecciones, la inclemencia de los pantanos, la presencia amenazante de las tribus, aunque ésta amenaza exista más por prejuicio que por conocimiento verdadero del “otro”; y luego también las negligencias del Coronel Pareja o del francés Arthur Thouar, que intercambiaron durante y después de la expedición el papel de villano y de traidor.



Pintoresco personaje
Daniel Campos, abogado, ministro, y delegado de la expedición a Asunción por invitación del gobierno, fue un potosino que se declaró enamorado del Chaco; hombre variado, de diversas ocupaciones y gustos, talentoso escritor de poemas, aunque estos no llegaron a ver la luz más que en algunos periódicos de la época, allá por los inicios del Siglo XX. Sin embargo, su afecto por la poesía se respira ya en varios pasajes de este informe, especialmente en el maravilloso capítulo titulado “La Borrasca”, en el que su prosa parece alcanzar su temperatura ideal, provocada quizá por la situación extrema que viven en ese momento, por la incertidumbre de la situación, empeorada por el violento temporal que los azota, y por el cercano encuentro que tiene con la muerte, todas ellas cuestiones que relampaguean ante sus ojos y chorrean sangrantes a través de sus palabras…

Campos llevaba en su corazón el sueño de la integración como motivación rectora del viaje: conectar territorios, abrirle nuevas puertas a Bolivia por la vía del Paraguay, desmitificar el trabajo de las misiones, integrar a los indios chiriguanos con el resto del mundo… Al mismo tiempo, atestiguamos el recorrido de un hombre siguiendo su sueño, el sueño de abrir una ruta hacia el Paraguay. Más allá del tema particular que sirva de detonante, es siempre ilustrativo aprender de las lecciones que nos heredan aquellos grandes personajes que no se alejaron de sus ideales para conseguir sus objetivos.

Es importante decirle al potencial lector de este libro que en él no encontrará únicamente datos referidos a la geografía de la zona, ni una colección de interpretaciones lúcidas del momento histórico que se vivía tras la creación de la Patria y la pérdida del Litoral arrebatado por Chile, sino también una serie de valiosos aportes de otro orden: en su relato de la expedición Campos hace gala de una profunda comprensión de las relaciones humanas, de su don innato para liderar a hombres cargados de ego, y de la fortaleza de su espíritu a la hora de afrontar la adversidad. En sus apuntes capta detalles y gestos aparentemente insignificantes, pero que, como él mismo apunta, terminan definiendo a una persona y a una situación,  y a la postre serán decisivos para que este viaje que se relata llegue a buen término. Campos valora perfectamente el temple y fortaleza de los hombres que lo rodean y los usa en beneficio de la expedición; como buen líder, prefiere que los otros hombres que componen el grupo expedicionario lo sigan por convencimiento antes que por obligación; con tranquilidad, paciencia e ingenio argumentativo logra su cometido la mayoría de las veces.

Un logro fundamental, que atraería algunas reacciones negativas contra su libro, es que desmiente la imagen de feroces salvajes que se tenía de los chiriguanos, y los defiende invariablemente a lo largo de varios pasajes, aunque su humanitarismo no termine de imponerse a su visión utilitarista: “sus tribus, tratadas con energía y benevolencia, lejos de ser el obstáculo son el poderoso auxiliar del explorador y mañana serán los fuertes brazos del trabajo productor”. (p. 245) Los guaraníes, desprovistos ya de la imagen de animales que se cierne sobre ellos, son seres accesibles, juguetones hasta cierto punto, e ingeniosos.

El aporte
La exploración del Gran Chaco ha impulsado a varias generaciones a meditar en la travesía y realizar una serie de esfuerzos, sin que ninguna de las expediciones realizadas desde los primeros tiempos del coloniaje alcanzara a cumplir su objetivo, siendo que nunca pudieron avanzar más allá del Piquirenda. Fue recién con la expedición de 1883 que se logró cruzar ese desconocido territorio. En el mediocre prólogo que escribe Mariano Baptista Gumucio podemos retomar el apunte con el que inicia sus comentarios: no existe una epopeya propiamente boliviana al estilo de El Cid Campeador en España, o del Martín Fierro de Hernández en la Argentina. Pero si hay en nuestra historia una experiencia que se le aproxima es la que queda retratada en De Tarija a la Asunción, fabuloso relato que –con los recursos adecuados– bien podría inspirar la realización de una memorable película boliviana en los años por venir.

Cinco años después de que se llevara a cabo esta expedición se publicó el libro sin que lograra captar la atención que se esperaba. Hasta hace muy poco permanecía olvidado en los estantes de alguna que otra biblioteca pública. Ahora, en la obra reeditada por la editorial El País, se publican los tres capítulos más sustanciosos, dejando fuera las extensas advertencias preliminares, la correspondencia y los balances, los cuales no interesaron en su momento y menos lo harían ahora. Se sabe que por aquellas fechas el gobierno boliviano premió con tierras baldías y otros obsequios a los voluntarios de la expedición, pero no premiaron nunca su esfuerzo como correspondía, pues por largo tiempo no se escucharon las recomendaciones esbozadas en el informe, y se mantuvo invariable la abusiva instalación de haciendas en los territorios indígenas.

A más de cien años de la realización de este viaje, por segunda oportunidad, Daniel Campos reclama algo más que la dulzura del reconocimiento, o quizás le dé igual. “¿Quién sabe el misterio de nuestro fin? Náufragos talvez del insondable abismo donde nos arrojamos, permanecerán ocultos nuestros restos, borradas como sombras nuestras memorias, hasta que la mano de los siglos pueda revelarlas a una generación indiferente”.  (p. 65)




TIRINEA: UN DIARIO COMO VIAJE A LA CLANDESTINIDAD




Sin ocultar mi aspiración de formar parte de esos “devotos usuarios de los libros aún no escritos”, haré notar de entrada que la escritura de estas líneas sobre Fielkho y el diario en el que deja constancia de su viaje hacia la clandestinidad –diario que se ha venido a llamar Tirinea– no tiene otro propósito que el de saludar respetuosamente a mi amigo Jesús Urzagasti (Gran Chaco, 1941), el narrador más importante que tiene Bolivia, y cuya obra casi completa está siendo reeditada, en buena hora, por la Editorial Gente Común. Agradezco al poeta Nervol Kunsted por haber introducido a mi mundo semejante joya el día que me obsequió el libro que nos ocupa aquí.
No se ha dejado suficiente constancia de los diversos ejercicios de lectura que promueve la obra de este genial escritor chaqueño, pero no nos queda duda de que su primera novela, Tirinea (Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1969), ha provocado bastantes resonancias en el medio, tanto críticas como extraliterarias. El año pasado, dentro de una gestión del Ministerio de Culturas, Plural editores lanzó una nueva edición de la novela, al haber sido seleccionada entre las diez más importantes de la literatura boliviana. Si cité antes la primera edición, que es la fuente de este impulso, es porque las ligeras variaciones internas de división que su autor introdujo en la nueva versión no me han permitido todavía dejarme llevar en su (re)lectura con la misma fluidez que me permitió su predecesora. Probablemente sea una cuestión de cariño al viejo libro, en cuya contratapa Claudia Bowles apunta con lucidez: “esta novela que se repliega sobre sí misma, Tirinea –territorio imaginario– es el lugar de lo utópico. La ironía de registrar los vanos intentos de escribir algo, confluye con la paradoja de finalmente lograrlo”. Hablamos de Tirinea, pero también de lecturas de Tirinea. Debo acotar que la más minuciosa e invitadora de esas lecturas, en mi criterio, es el notable ensayo “Del nomadismo: Tirinea de Jesús Urzagasti”, de Luis H. Antezana, al que pude acceder gracias a la reciente publicación de su libro Ensayos escogidos (Plural editores, 2011), libro que funciona como un inagotable campo de conexiones y que reclama ser usado en tanto “saco de aparapita” (según la descripción de Jaime Saenz). Si los textos de “Cachín” Antezana son una invitación a la lectura, los de Jesús Urzagasti son una invitación a la narración.

Martes 13 de diciembre 2011:
A propósito de su inexistente inclinación por la caza, queriendo favorecer una vida más tranquila, “sin la mínima convulsión”, Fielkho toma una decisión que será un momento-bisagra en su vida: “Dejaré la Universidad. La carrera de ingeniero no es que no me llevará a ninguna parte, sino que me arrastrará hacia donde yo no quiero ser arrastrado”. (T. pp. 14-15).  Más allá de que Fielkho sea ducho para la Química, con su decisión afirma que se opone terminantemente a que “una circunstancial habilidad mental” lo lleve al desastre. Pero entonces: ¿a dónde quiere ser arrastrado? No importa tanto el lugar sino la puesta a punto de sí mismo que generará el proceso. Fielkho decide alejarse de la ingeniería geológica, y también de Cayetano y Córdoba. No es nada personal, simplemente es porque los mundos que estos ponían en movimiento, a partir de sus inclinaciones, no eran afines con los de Fielkho, por ejemplo, en su tonta insistencia por llevarlo a fiestas. “A esta altura de mi vida estoy convencido de que lo único que uno hace es librarse de un montón de cosas: […] en buenas cuentas, de ser un atorrante de siete suelas. De todo puede uno librarse, hasta de escribir lo que estoy escribiendo, pero ¡guarda con alargar el camino que nos separa la muerte!”. (pp. 53-54). De todo puede uno librarse, es decir, cada uno tiene a su alcance la posibilidad de organizar sus encuentros, aquellos que le sean más convenientes para mantener la máquina aceitada. Pero al mismo tiempo Fielkho reconoce que es la vida según su propio reloj interno la que determinará el abanico de encuentros que se le podrán presentar. “Me alegra lo que acabo de comprobar: miles de personas transitan esta ciudad […] Muchas de ellas están destinadas a ser mis amigos o mis enemigos; todavía no lo son y así caminan, como yo, y no pueden explicar el extraño temblor que les estremece el cuerpo. He aprendido a reconocerlas, pero al tiempo lo dejo en su labor y no lo interfiero. Que tomen los litros de agua que deben tomar antes de que llegue la hora sagrada”.



Así avanza la novela donde un Fielkho en sus distintas etapas, y el viejo, se intercalan en la narración. Algo extraordinario ocurre durante estos meses en los que se la pasan tomando limonadas, observando los cabellos de Orana dormida y escuchando sonatas de Bach, mientras se turnan para escribir las 60 páginas de su diario. No pueden hacer otra cosa que expresar su asombro por la nueva vida en La Paz, desde donde tienden un puente a la tierra original. Los lectores somos testigos del intento de Fielkho por encontrar su verdadera voz, la del viejo, que está ahí tan cerca y sin embargo lo espera hace mucho tiempo. “¡Cómo me gustaría cantar para ella con una voz distinta, tan distinta como la mía, que a todo se parece cuando me quedo en el más profundo silencio! Yo soy el templo de mi voz, pero mi voz apenas es mía y viene precedida por la voz de tantos seres que han muerto sin haber nacido”. (p. 120) Y es sólo al ir terminando el libro que nos damos cuenta de este intento de Fielkho por hallar su voz, o por hacerse un cuerpo-sin-órganos. A medida que llega al final experimenta dificultades para terminar las 60 páginas que se había propuesto inicialmente, pues la necesidad de entender la causa de su ignorancia va desapareciendo, y él se torna en una especie de casilla vacía desde la cual el viejo puede hablar. Tirinea es un viaje inmóvil de encuentro con la propia voz. Al principio Fielkho debe vaciarse de aquello que lo inmoviliza; tiene que deshacer la manera en que la Universidad y otras instancias han organizado su cuerpo. No es tanto recuperar la soltura, pues Fielkho sorprende por sabernos narrar su encrucijada de una manera tan ágil, amena, y desenfadada. Se trata más bien de volver a comenzar. “Hay una edad en que todo comienza de nuevo, con una luz nueva en el corazón, en que uno es el único invitado de la soledad y ella se hace esperar para siempre. Yo estoy en esa edad”. (p. 29) Las afirmaciones de la parte final del libro evidencian este intento finalmente logrado. “No soy el que dice estas cosas, sino las cosas las que me dicen a mi”. (p. 111) ¿Quién escribe? No es el yo de un autor. Pero para llegar ahí tiene primero que hacerse un cuerpo-sin-órganos. En adelante el que habla es una individualidad impersonal no sujetada que solamente puede decir: “esto es lo que me pasa a través mío”. Un parque, un enjambre, una constelación antes que un hombre.

Un viejo amigo de Urzagasti, Henry Miller, lo explica con estas palabras: “No somos nosotros quienes firmamos los libros. ¿Quién es un artista? Es un tipo que tiene unas antenas, quien conoce cómo enganchar las corrientes que están en la atmósfera, en el Cosmos. Él simplemente tuvo la felicidad de engancharlos tal como eran”[1]. Tirinea es un prolijo cuerpo-sin-órganos (CSO), y Jesús Urzagasti es en este sentido un artista. Él no habla de CSO, no tiene necesidad de ello. En una entrevista en la que Ricardo Bajo le pregunta cómo se prepara para escribir una novela, Urzagasti decía: “Soy un aficionado a la escritura. Hay que recuperar la humildad y la ignorancia. Estar a cero para producir un lenguaje sin antecedentes. Si aplicas lo que sabes, te repites. De la nada hay que sacar algo”[2]. Estar a cero. CSO. Vacío productivo de nuevas formas. Probablemente se refiere también a esto mismo cuando habla del analfabeto funcional como un individuo que tiene fondos para acceder a los libros “pero se le atrofió el órgano que combina vista, tacto y oído para producir la magia de la lectura”[3]. Liberar al cuerpo de la organización que le han hecho es necesario no solamente para poder escribir, sino también para saber leer.

Por su parte Fielkho confiesa: “estoy escribiendo algo que mi cuerpo exige para vivir (…). Cuando permanezco en silencio mis oídos perciben la música del universo; son apenas sonidos, pero bastan para hacerme perder la identidad que guardo con ese camión que acaba de zumbar”. (p.31). Al empezar a borrar los contornos de la identidad hay siempre un devenir-imperceptible que está en marcha. A través de la escritura Fielkho comienza a liberarse, a romper los estratos, o las cortinas. El viejo comienza a hablar más seguido: “A su acto de escribir se debe que yo esté a punto de salir a flor de piel. Claro que él no tiene idea de lo que está sucediendo. Cada fracaso suyo es una cortina menos que nos separa…” (p. 66) Explica también cuál era la pretensión de Fielkho al escribir su relato: “presenciar el mecanismo que moviliza a su mundo”, pues de ahí en adelante “jamás se le ocurrirá meter a su mundo aquello que no le pertenece”. (p. 116) Si se encontró con algunos problemas en este proceso es porque lo hizo quizás muy de golpe, “desarmó totalmente la maquinaria y ahora está atolondrado y no sabe cómo iniciar la reconstrucción, fuera de que le tomó de sorpresa la inmovilización que sufre su organismo”. (p.116). Pero al final logró deshacer la organización y se hizo un CSO pleno, productivo, susceptible de ser recorrido por corrientes vitales creativas. “Creo, sin embargo, que Fielkho a través de esta experiencia dará más agilidad a sus miembros, mayor frescura y pujanza a su ser por la sencilla razón de que gran parte de sus secciones vivían en el olvido y ahora que la mayoría de ellos han sido alabadas en forma es casi seguro que su funcionamiento será de una precisión asombrosa”. (p.117).

Fielkho ha dejado de tener procedencia y su origen se colocará en el futuro. Llegan las páginas 109-110 y de repente nos encontramos con dos de los párrafos más maravillosos que la literatura universal tiene para ofrecer. Un grandioso canto a la vida:
“Aunque las catástrofes se avecinen y tu figura tienda a desaparecer en manos del crimen o de la oscuridad, aunque el mundo se venga abajo con el objeto de no favorecer tu existencia (…) nunca olvides que por primera, única y última vez eres lo más formidable y maravilloso que habita en este mundo. […] Hay paisajes maravillosos en el universo que nadie, ni tú, verá jamás; pero eres tú el sendero único para llegar a esos paisajes. […]  Levántate y agradece, antes de que tengas ese olor a ropa guardada en tu cuerpo, agradece por haber venido sin tener nada a un mundo que lo tiene todo; así regresarás con todo al país de la nada y sin haber abierto el pico”.

En ese momento ya no sabemos quién lo dijo. ¿Fue el viejo? Ya no interesa. A fuerza de deshacerse de sus bordes y de sus particularidades Fielkho se ha hecho indiscernible a sí mismo, su presencia es la de un nuevo Bartleby, pero más alegre. El viejo dice que Fielkho “por lo menos ahora está seguro de amar con mayor intensidad al mundo. Y esto es tan cierto que cuando tiene un libro en las manos y parece estar leyendo, no está haciendo eso sino amando al mundo”. (p. 124). “Es el primer convencido de que es un extranjero, un desconocido”. (p.125) Fielkho ha devenido imperceptible, clandestino. Escribe como un piano que toca solo. La música fluye. Se ha cumplido aquello que meses antes añoraba, pero no lo recordará porque él ya es otro:

“Algún día estaré frente a lo desconocido, tendré en mis manos lo que mi memoria se empeña en ocultar; ese día perderé para siempre el nombre con el que me identifica el mundo, el famoso nombre que tiene la virtud de separarme de lo que soy. Sé muy bien que soy un animal perdido en la noche y por lo tanto un nombre más, un sonido más. Cuando suceda lo que espero seré el mundo y no estaré lejos de nada”. (p. 83)

Jorge Luna Ortuño 
(Dic-2011)



[1] George Wickes, Entrevista a Henry Miller.
[2] En una entrevista de Ricardo Bajo a Urzagasti, realizada el 2008 a propósito de la publicación de su novela El último domingo de un caminante.   
[3] Ibid.

Un no-maestro sin enseñanza alguna que impartir


Osho*


¿Quien soy? Osho habla de sí mismo:

     1.-Yo soy, yo soy. Haya discípulos o no, eso carece de importancia. No dependo de ti. Y todo mi esfuerzo aquí es conseguir que también tú no seas dependiente de mí. Estoy aquí para darte libertad. No quiero, de ninguna forma, anularte. Sólo quiero que seas tú mismo. Y el día en que esto suceda, cuando seas independiente de mí, serás capaz de amarme realmente. No antes.

     2.-No soy un filósofo, no te estoy impartiendo conocimiento alguno. Te estoy tratando de indicar algo que está más allá de todo conocimiento.

     3.-No soy un lógico, no soy un existencialista. Creo en este sinsentido, en este hermoso caos de la Existencia y estoy dispuesto a ir donde me conduzca. No tengo ninguna meta, porque la Existencia no tiene metas. Simplemente es, floreciente, rutilante, un baile, pero no pidas el porqué. Simplemente una superabundancia de energía sin motivo alguno. Estoy con la Existencia.

     4.-No puedes decir si estoy en lo cierto o si estoy equivocado. Cómo máximo puedes decir que causo confusión. Pero esa es toda mi técnica: confundir en extremo. ¿Cuánto tiempo me vas a dejar que cambie de esto a lo otro? Un día vas a gritar: "¡Para ya! Ahora yo soy el que decido."

     5.- No tengo una idea ni estoy fijado a nada. Soy cambiante. Estoy absolutamente de acuerdo con Heráclito en que no puedes mojarte dos veces en el mismo río. Traducido esto quiere decir que no te puedes encontrar con la misma persona dos veces. No solamente estoy de acuerdo con él, sino que voy un poco más lejos: no puedes mojarte en el mismo río ni siquiera una sola vez. Trasladándolo de nuevo al mundo del hombre, quiere decir que no puedes encontrarte a la misma persona ni siquiera una vez porque cuando te la estás encontrando, él está cambiando, tú estás cambiando, el mundo entero está cambiando.

     6.- Te parezco contradictorio, inconsistente, por la sencilla razón de que he decidido no morir antes de morirme. Voy a vivir hasta el último aliento, por eso no podrás tener ninguna certeza sobre mí hasta que exhale mi último aliento. Después podrás cualquier imagen de mí y sentirte satisfecho con ella. Pero recuerda, no seré yo.

     7.- A veces algunos tontos acuden a mí y me preguntan: "En resumen, ¿cuál es tu enseñanza? ¿Cuáles son los libros que contienen toda tu enseñanza?" ¡No tengo nada que enseñar! Por eso han surgido tantos libros. Si tienes algo que enseñar, entonces con uno o dos libros tienes suficiente. Por eso es por lo que puedo seguir hablando eternamente, porque no tengo enseñanza alguna. Toda enseñanza más tarde o más temprano se agota; yo no puedo ser agotado. No hay principio ni fin... siempre estamos en medio. No soy un maestro.

     8.- Se me ha malentendido quizás más que a ninguna otra persona, pero eso no me ha afectado por la sencilla razón de que no existe un deseo de ser entendido. Si no entienden, es su problema, no es mi problema. Si me malinterpretan, es su problema y su desgracia. No voy a dejar de dormir porque millones de personas me malinterpreten.

     9.- No soy el discípulo de nadie. No pertenezco a ningún sistema de creencias. Amo a toda le gente de cualquier parte del mundo y nunca los comparo entre sí. Todos son únicos: un Zarathustra es un Zarathustra, un Buda es un Buda, un Jesús es un Jesús... son únicos en un grado tal que no deberías convertirlos a cada uno en un criterio con el cual la gente ha de encajar.

     10.- Para ser franco contigo, cosa que normalmente no soy, no sé quien soy. El saber no es posible aquí donde estoy. Solamente queda el que conoce; lo que se conoce ha desaparecido. Solamente queda el continente, el contenido ha dejado de existir.

     11.- ¡No soy serio! Lo que te estoy diciendo proviene de mi juguetonería. Es más un cotilleo que un evangelio.

     12.- ¡Yo estoy loco, pero tú estás más loco! Y ésta es la única conexión entre los dos: yo estoy loco, tú estás más loco.


*Maestro hindú, ecléctico, nunca perteneció a ninguna escuela o secta.
Extraído de los libros traducidos de sus discursos Vida, Amor, Risa; El Arte de Morir; y Más allá de la psicología.  


jueves, 9 de febrero de 2012

LOS WHEELERS, O UN DEVENIR REVOLUCIONARIO QUE FUE TAPONADO



“Si en mi obra hay un tema, sospecho que es uno simple: que la mayor parte de los seres humanos están irremediablemente solos, ahí es donde reside la tragedia (…) Al final ¿qué nos hace perdernos? ¿Qué dejamos que la sociedad haga con nosotros?”
Richard Yates


La influencia de Fitzgerald
Un fenómeno interesante sucede cuando se tiene oportunidad de leer algunos pasajes de Revolutionary road (1961), la primera novela escrita por Richard Yates (1926-1992). Se ha producido un encuentro a nivel de la escritura, pues Yates ha escrito de golpe algunas páginas maravillosas que de repente uno dice: es Scott Fitzgerald. No se trata de que sea una copia ni una imitación, sino de que existen fuertes resonancias, y entonces da la sensación de que sin Fitzgerald esas páginas no hubieran podido ser escritas. Cualquier lector que tenga esta impresión podrá experimentar después una agradable sensación cuando descubra lo que cuenta Blake Bailey, el biógrafo de Yates: "hubo dos cosas que nunca le abandonaron: una timidez casi mórbida y una veneración sin límites por Scott Fitzgerald".

Saltan a la vista en esta historia las famosas líneas de la escritura (y de la vida) de Fitzgerald. Él decía que estamos todos hechos de líneas, distintas líneas que nos atraviesan y componen nuestras vidas. A saber, son por lo menos tres: La primera es una línea dura, la línea horizontal en el Zen, línea rígida, aunque igualmente necesaria en la vida, en la que transitamos día tras día: colegio-universidad-maestría-beca-trabajo-familia-retiro, etc.; esta es la línea en la que vale el más: más dinero, bienes, reconocimiento, éxito, etc., la “carrera de ratas”, la vida que los orientales denominan “maya”, la ilusión, la única línea en la que el famoso “sueño americano” enseña a vivir. Pero luego existe una segunda línea que sería la línea de corte, que no está tan clara y es mucho más flexible, sucede a otro nivel, de manera simultánea, y en ella se producen las agitaciones, los desmoronamientos y cuando uno entra en ella de repente algo se produce y todo puede cambiar en la primera línea; es casi un lugar de paso, una preparación que puede desembocar en la tercera línea, la vertical, la que Deleuze denominaba línea de fuga, que es en la que se experimentan las verdaderas rupturas. La tercera es la línea de ruptura, ¿quizás la línea vertical del Zen?, en ella la vida crece no en cantidad sino en cualidad, y al ser el "menos" lo que cuenta, se pasa a vivir la operación del escultor: pulir, reducir, ¿editar?, ser cada vez más sencillo, sobrio y económico; ésta última es también la línea más peligrosa, puesto que es una línea de escape que latiguea a grandes velocidades, es siempre experimental, apta para cada uno según lo que puede soportar, y en la que las cosas pueden terminar mal si no se avanza con mucha precaución.




Revolutionary road
Con el mismo título, esta novela de Richard Yates fue llevada al cine por Samy Mendes el 2008 y distribuida en Latinoamérica como Solo un sueño. Libro y film retratan la historia de una pareja que vive enclaustrada en el sueño americano, e intenta una fuga. Cuenta la aparentemente feliz vida que mantienen Frank (Leonardo Di Caprio) y April (Kate Winslet), los famosos Wheelers, una pareja que a los ojos de los demás ya lo tiene todo. Son jóvenes, atractivos, tienen dos hijos sanos, una casa confortable, un ingreso estable, vida social, etc. Se han trasladado a la Calle Revolutionary y la mujer que los llevó ahí, la señora Gibbens, está encantada con ellos. Pero el problema de los Wheelers es que, a pesar de que siempre se creyeron especiales, distintos al resto, han caído en la misma vida rutinaria del resto, es decir, se han estancado en una sola línea de vida, en la horizontal, han dejado de crecer, sus días perdieron el brillo, el sabor, la magia. Olvidaron la promesa.



Comienza la década de los 50’, todavía los escritores beats no han hecho su aparición, pero aquel impulso energético está latiendo en el ambiente, y la vida de April será de una sus tantas manifestaciones. Ella es una actriz frustrada que no encuentra en esa ciudad un espacio para el teatro que quiere hacer, es una mujer amargada que ya no se contenta con jugar su papel en la vida “real”, es decir, el de la típica madre ama de casa que hace la merienda para los niños y los despacha al colegio, que prepara el almuerzo, sonríe, se muestra solícita; luego sonríe otra vez, conversa en la mesa interesándose en cómo les fue a todos en su día, lava los platos, para después volver a sus quehaceres domésticos hasta que llegue la noche, y luego el siguiente día tenga que ponerse nuevamente el mandil y preguntar a todos: ¿cómo quieren sus huevos: revueltos o fritos? Los quehaceres de la madre por su familia tienen una grandeza absoluta, una grandeza a la que no le falta nada, pero April quiere vivir como mujer (y como ser) también sus otras líneas. 


Por su parte, su esposo Frank trabaja en Knox, la misma compañía en la que trabajó su padre por casi treinta años; de la noche a la mañana, con menos de 25 años en sus hombros, se ve casado y con dos hijas, y ya está embarcado en aquella vida que en otros tiempos veía muy remota y se mofaba de los que vivían así. He ahí cómo otro idealista aventurero que ha luchado en la guerra, y ha soñado una vida bohemia en su estadía en París, termina mesurando sus pasos, apagando sus bríos, creyendo que el costo del amor deber ser la vida hogareña como morada final. 




Los Wheelers tienen todo lo que demanda la sociedad para una buena vida, pero ninguno de los dos está feliz. Neurosis humana. Él vive hastiado por un trabajo que no soporta, un jefe que odia, y una esposa insípida, igualmente infeliz, que ya no duerme con él y que destila frustración en su mismo aliento. Para Frank no hay nada que se pueda descubrir en el octavo piso de Knox. Incluso sus tres amigos-colegas son prototipos, parecen extraídos de esas oficinas que se describen en las novelas de Kafka. Pero al mismo tiempo su trabajo representa estatus, le aporta autoestima, y le permite "asumir" sus responsabilidades, dándole a su esposa una vida que se supondría deseable para cualquier mujer. Lo cierto es que ambos se sienten postergados y confortablemente dormidos en el sótano de sus vidas.

Montado así el escenario, Revolutionary road retrata el inesperado intento que los Wheelers se plantean para deshacer esa vida y crearse una nueva. El asunto de April en la historia es abrir una puerta. ¿Cómo se debe actuar en aquellas situaciones en las que sentimos que no podemos irnos, pero tampoco podemos quedarnos? Ese es el dilema de April, y él de Frank también, la diferencia es que ella llega a un momento en que deja de lado la resignación. 


[Paréntesis: En una escena de la maravillosa película Sueños de fuga (1994), un anciano que ha pasado 50 años viviendo en prisión, se ve de repente libre; pero a esas alturas no se trata de que está siendo liberado sino de que la prisión lo arroja a la intemperie. Las opciones del viejo, viéndose en medio de una ciudad que no veía desde su adolescencia son dos: o bien volver a la prisión o bien quedarse afuera. Él decide "no quedarse". Se cuelga de una viga en su habitación. (Red, el personaje de Morgan Freeman, lo entiende así: "él ya estaba demasiado institucionalizado")]. 


En Revolutionary Road el movimiento de fuga es inverso. Una vez que el devenir que los arrastraba se ve taponado, se ve traicionado, April decide "no irse". Lo que se cuenta aquí son las peripecias de un viaje fallido, los peligros de una fuga, y un trazado de nuevas líneas de vida que no llega a cuajar...




El taponamiento
Entonces los Wheelers se rayan un nuevo mapa, y así buscan escaparle al “vacío sin esperanza” de su vida. Estamos cansados de negar la vida y de negarnos. En saber afirmar lo que somos y lo que soñamos, a pesar de la sociedad, es donde reside el desafío. Devenir revolucionarios en lugar de teorizar la revolución. Pero el devenir de los Wheelers es taponado. La maquinaria de la sociedad utiliza sus viejos recursos para re-absorberlos: un nuevo hijo en camino, la tentación de un aumento de sueldo, y el dueño de la compañía que utiliza el viejo truco: “quédate por honrar a tu padre, él hubiera estado orgulloso”; más dinero, por tanto mejor vida, supone Frank. Sus vecino y otra gente les dice: "Pero Paris no tiene gran cosa”, “Europa no se va ha ningún lado, pueden ir después”. April suspira frustrada en el desenlace: “No tenía que ser París”. De lo que se trataba era de salir de la línea horizontal, atravesar una verdadera ruptura, devenir revolucionario, abrir paso a una nueva manera de vivir, a su manera, irrealista quizás, pero que por un momento sintieron como lo más real en mucho tiempo.




Esta es una de esas películas que debe hacerle a uno preguntarse: ¿de qué sirve verla si no logra conmovernos en alguna íntima fibra de nuestro ser? Ver cómo nos fuerza a preguntarnos: ¿en qué línea estamos viviendo nosotros mismos?; ¿qué líneas nos ha predeterminado ya nuestra sociedad?; ¿qué otros modos de existencia podríamos inventarnos repentinamente? Esta historia nos invita a dibujar nuestros propios planos, a identificar las líneas negativas y mortíferas en nuestras vidas, a no convertirnos en agentes de propagación o a ser conscientes de lo que reproducimos con nuestras maneras de vivir, desear y soñar. Lo que interesa es abrir nuevos pasos, ser propensos a nuevas circulaciones. La historia no es sobre los Wheelers, sino sobre lo que nos puede pasar a todos, y es por eso que cada uno verá si quiere comenzar a trazar sus líneas inéditas mientras recorre las líneas establecidas, o prefiere limitarse a opinar sobre la película y archivar el DVD.



Por: Jorge Luna Ortuño


lunes, 6 de febrero de 2012

PROGRAMA DE AMPLIACIÓN DE LA FILOSOFÍA (II)

El devenir-filosofía del arte



Se trata de una primera experiencia que, al ser novedosa, afronta también los desafíos de toda iniciativa que camina sus primeros pasos. Desde un comienzo nos planteamos la tarea de abrir la filosofía, al contrario de lo que hace la academia, que consiste en cerrar, cerrar, especializar y producir esa suerte de relaciones incestuosas que no salen de las mismas cuatro paredes. En las reuniones con los más amigos, con Ramiro Majluf y Jaira Rivera, luego con Fernando Iturralde, y ya después con Joseph Oblitas, siempre surgía la necesidad de rasgar la tela, y convencernos de que no habíamos estudiado solamente para entrar en la carrera de ítems como profesores escolares de filosofía.


La idea siempre fue trazar líneas diagonales desde la filosofía hacia su afuera, y en mi caso este trabajo ha estado más dirigido hacia el campo del arte y la cultura. Producir relaciones de amistad entre la filosofía y el arte, es decir, afinidad, simpatía, convergencia creadora. Amar=Crear un plano compartido. Hacer filosofía=crear un plano. Escribir=trazar un plano. Todos los verbos en la vida implican la confección de un plano. Nosotros queríamos construir un plano con la filosofía para escaparnos a los espacios predeterminados que en La Paz ya nos condicionaban, o bien a meternos en la carrera por ser ayudantes, profesores y luego docentes, o bien al desempleo. O bien a trabajar como secretarias de biblioteca.




En nuestro plano siempre hay espacio para los cantos y para los gritos, incluso ahora que nos vemos menos por la distancia, pero no porque nos juntemos solo con los que nos dan la razón, sino más bien porque nuestras complicidades son lo suficientemente lejanas. La mayoría de las veces nos encontramos con una idea, un video o un libro, y le pasamos el dato inmediatamente al otro. Facebook lo ha hecho muy fácil en ésta época. Cada uno se encuentra primero con una idea, antes que con una persona. No necesitamos que nos pase lo mismo que le pasó, por ejemplo, a Fernando Diez de Medina, que terminó admirando a un Franz Tamayo idealizado, que era el que había dibujado su pluma, y terminó sufriendo al hombre, que resultó ser una frustración cuando lo miró más de cerca. (Léase Franz Tamayo Hechicero del Ande). En otras ocasiones nos encontramos con gentes que trabajan en otros campos, y más bien parecen venir de muy lejos, y la sintonía no siempre se presenta de entrada. Luego cuando sucede es algo mágico. Fanny, la esposa de Deleuze, tiene una bella expresión: como si fueran dos linternas que se encuentran a contrapelo en la noche de una carretera... Ella lo dice mejor, creo que la cito mal. Pero eso sí, lo que nos une a todos es el deseo de hacer algo. Que algo pase, o que algo salte en medio de la noche, cuando menos se espera. Por un lado hacer, pero por el otro saber abandonarse, estar a la espera de los devenires que no habremos espantado. Jaira en Uyuni, Fernando en los colegios, o Ramiro con el suspenso del tigre que acecha por su presa desde las tierras bajas.


En toda la historia de la filosofía no ha habido ningun gran filósofo que no haya tenido que construir su plano sin tener que ir al mismo tiempo contra una imagen del pensamiento preestablecida. Cuando Pascal filosofa sobre la existencia de Dios tiene que dar un giro que hace que su problema sea completamente otro, no pregunta ya si Dios existe, sino saber cuál es el modo de existencia más conveniente: el de aquel que apuesta por Dios o de aquel que no cree en su existencia. Esa era una nueva forma de pensar, que se salía, que rompía, que no entraba en la vieja discusión precedente. Escapaba a la imagen.


Pasa casi en todo, los espacios ya están predeterrminados, la universidad lo está, el libro lo está, la hoja en blanco que le espera al escritor no está nunca en blanco, pues una serie de líneas ya se le han prefijado, "está lleno de clichés" dirá un pintor al asomar su lienzo nuevo. Bueno, mi amigo Justo Pastor Mellado lo diría así: hay que desorganizar para organizar algo nuevo. Nosotros quisiéramos hacer todo lo posible por derribar esa vieja imagen de la filosofía, al menos en nuestro medio, aquella que la pinta como una disciplina inservible, poco aplicable, y obsoleta para el mercado laboral de nuestro tiempo, en el que se impone la velocidad y el pensamiento rápido, además de la escritura en formatos pequeños y desechables: Twitter, e-mail, text message, facebook, ya ni siquiera la velocidad que producía el telegrama, muchas veces ya solamente la transferencialidad de la nada.
Del arte hacia la filosofía
¿Y cómo le podría servir toda esta cháchara a un artista? Un artista se aproxima siempre a la filosofía, aunque sea por su cuenta y en silencio, y aunque él mismo muy poco pueda racionalizar de todo ello. ¿Cómo puede hacer uso de la filosofía un cineasta para su película? El cineasta bolivano Marcos Loayza decía en su ponencia que la relación se da a partir de la escala de valores, de las decisiones que el cineasta toma en lo que muestra y lo que corta. ¿Un problema de ser y de valor? En otro caso, cuando vi la película Zona Sur de Juan Carlos Valdivia sentí que se había aproximado en algo. Él mismo cuenta (en un documento que nos obsequió en la premier a todos los de la prensa) que estando en un barco de viaje a Europa estuvo tumbado por días leyendo la trilogía Esferas de Peter Sloterdijk, el genial filósofo alemán. Claro, es muy posible decir que ¡no entendió nada!, pero al mismo tiempo podríamos decir que su lectura fue no-filosófica, que es, como diría Deleuze, una lectura a la que no le falta nada.  De modo que el director boliviano se apropió de la idea de las esferas vitales en la construcción estética de su film, cargado de largas tomas circulares, y en eso Joaquín Sanchez lo secundó muy bien. Ese fue un atisbo... 

¿Y en cuanto a la pintura? ¿Y la música? No estamos seguros de qué puede aportarle la filosofía (hoy) a la pintura. Tito Kuramoto, el destacado pintor cruceño-japonéz, me ha contado algo sobre su manera de trabajar: él dice: ¿cómo hace un pintor para crear un efecto de mayor profundidad en un cuadro? Comienza a retirar los elementos claros de adelante y pinta los oscuros en el fondo, va creando contraste para tirar la mirada del observador hacia atrás. En el teatro se puede hacer lo mismo jugando con las telas y los colores oscuros. Estos son trucos de un artista. El filósofo también puede crear estos efectos de profundidad de campo. con su escritura. La cuestión es qué es lo que tiene necesidad de omitir cuando escribe sobre otro filósofo. Badiou critica a Deleuze que su Spinoza siempre le resultó un monstruo irreconocible. Pero él no entiende aquella mirada que descarta el interés de escribir un libro que redondeee en general tooodo Spinoza, o tooodo Hegel. Se puede producir un efecto concentrando conservando la energía para hacerla explotar en un par de cuestiones. Es que para Deleuze no se trataba de reproducir un semblante fotográfico, sino de volver a producir un efecto, el-efecto-Spinoza, lo cual ni siquiera consistía en limitarse a repetir lo que dijo. Esta es la misma pugna del pintor, incluso cuando pinta la naturaleza. Kuramoto dice que un gran cuadro sobre la naturaleza siempre será superior a una fotografía a colores de veinte megapixeles del mismo paisaje. "Porque la pintura trae en sí los trucos que la cámara nunca podrá realizar". Esta diferencia es también válida entre el filósofo y el monografista licenciado en filosofía. (Jesús Urzagasti le hace decir a uno de sus personajes en Un verano con Marina San Gabriel que el filósofo es un fotógrafo sin cámara).


Y en cuanto a la música, Cergio Prudencio y la OEIN es una prueba pero también la cifra de una frustración. Él escribe en algún lado estas líneas: “Los compositores nos parecemos, sobre todo los compositores "cultos" o "académicos". Somos un poco niños: frágiles, inocentes o ingenuos (no sé), ensimismados; también sensibles y vulnerables. Por eso encontrarnos interesante descubrirnos –por ejemplo– estableciendo afinidades y complicidades, o lo contrario: desafinaciones y complicaciones. Unos con otros, somos espejos o precipicios. Es como una fiesta de cumpleaños con piñata”. Esto que dice está muy bien, pasa también entre filósofos. Él es un hombre fuerte, pensador serio, una referencia, sin duda, pero me desencantó conocer que su idea de la filosofía era tan cuadrada, casi considerándola una anti-poesía. Cuando leyó su ponencia en éste encuentro, en el que fue uno de los invitados, Tomás Abraham, que estaba presente, no pudo aguantarse, le refutó: la filosofía no es pura racionalidad, no todo está tan controlado, también existe en ella un mono saltarín, viene con locura, con juego, imaginación, de otro modo no rompería nada. Pero era un cruce amistoso, la diferencia surgida no cambiaba nada en el mundo de esos dos grandes en sus campos. ¿Y acaso toda la experimentación que ha desencadenado la Orquesta Experimental de Instrumentos Nativos que dirige Cergio no se apoya en una filosofía de la diferencia y de la pluralidad? Al parecer no, no ha necesitado de la filosofía. La música se pensó a sí misma, lo cual es perfectamente posible. El trabajo de aprovecharnos de ella nos corresponde a nosotros: hacer, como filósofos, una lectura no musical de su música. Por otra parte, nos alegra como se dio todo esto, puesto que la experiencia pedagógica descolonizadora que lleva adelante el proyecto de la OEIN es ya por sí solo un modelo de trabajo que merece seguirse, que nos confirma lo que ansiábamos saber: existe gente remando en la misma dirección ahí afuera. Nosotros tenemos necesidad de aliados, ellos, quizás, no. 
Finalmente, no podemos dejar de hablar de la amistad, que fue la primera condición en la antigua Grecia que posibilitó el surgimiento de la filosofía. Amigo es en filosofía incluso aquel con el que no coincidimos en nuestras posiciones, pero la amistad como base del pensamiento hace que la divergencia no nos exima de pensarlo, de leerlo, y de intentar dialogar con sus escritos. Tomás Abraham lo hace así cuando escribe sobre Richard Rorty y subtitula el libro "el amigo americano". El amigo es a veces el lejano. En otras ocasiones el amigo es alguien tan cercano que se ha hecho indiscernible, parte nuestra, un tono de nuestra propia risa; no es sólo por una admiración mutua, es también una sincronicidad involuntaria de afectos, de risas, y una coincidencia de fugas, la que hace que estos amigos siempre estén, desde su camino, tirando un coche que los lleva a ambos un poco más lejos, a un espacio un poco más conveniente para sus naturalezas. Es muy probable que yo no estaría aquí de no haber sido porque el estudio de la filosofía me juntó con mi cumpa, con Ramiro Majluf, filósofo chaqueño, ahora ejerciendo como funcionario en favor de la cultura en la pujante tierra de Villamontes. Le debo mucho más de lo que él a mí, porque con la filosofía trazamos el plano de la amistad, un plano  que hizo posible que disfrutara tanto de su estudio. No podría relacionar la filosofía con repentinas carcajadas de nos ser por nuestra amistad. Cómo olvidar aquellas cálidas sesiones de lectura en las que entendíamos lo que podíamos y viajábamos en el tiempo, no como en El mundo de Sofía, sino a nuestro estilo más campechano,  más casero, a punta de mateadas y coqueadas, con diccionario a la mano, codéandonos de noche o de día con las ideas de Demócrito y Epicuro, Hobbes y Rousseau, Horkheimmer y Adorno, Marx y Engels, ó ya después de Clastres y Deleuze, pero en el modo de contarnos lo que habíamos descubierto por nuestra cuenta. Él era y todavía es algo más flojo, yo escribía más, pero con el tiempo fui dándome cuenta que lo hacía para compensar la ventaja que él me llevaba. Él siempre era más rápido para comprender por qué aguas rumbeaba un filósofo. Antes éramos jóvenes y estábamos algo confundidos. Ahora somos un poco más viejos y seguimos confundidos, y lo bueno es que no hemos perdido la locura, esa locura que te protege de no acomodarte en la solemnidad, de romper la cuerda y dar un salto. Quería hablar de esto porque la amistad debería ser siempre el trasfondo buscado cuando se plantean relaciones creadoras entre las artes, cuando se gestiona una acción cultural o se cura una bienal. 

De derecha a izquierda: Ramiro, Jaira Rivera, el que escribe, y Claudia
 
La amistad es una misteriosa afinidad,  una especie de emanación que otra persona capta, y el encuentro sucede, ambas pasan a crear y habitar un terreno de indiscernibilidad donde ya no interesan los juicios ni los reclamos,  sólo la camaradería, uno empuja y el otro jala más lejos de lo que hubieran podido por sí solos. No es necesario teorizarlo demasiado puesto que todos tenemos una noción vivencial de la amistad. Así que sin un básico sentido de amistad, el pensamiento está condenado a ser abortado desde el inicio, puesto que nadie oye al otro, y cuando oye sólo piensa en refutar. ¿No se ve esto ya demasiado en los coloquios o en los congresos de filosofía que organiza la universidad?
Esto continuará

PROGRAMA DE AMPLIACIÓN DE LA FILOSOFÍA (I)

El tiempo simultáneo de la filosofía

“Yo no estudio y discuto a los filósofos para embellecer un tema, para constituir una ideología, ni para cultivar ideas, sino para ofrecerme a mí mismo y a los que me escuchan un espectro de posibilidades de la existencia humana […] Lo que necesitamos para avanzar es reflexión filosófica y producción artística..”

Paul Feyerabend, Diálogos sobre el conocimiento.


“Seguir a un filósofo es hacer algo con él, algo del propio proyecto y de existencia autónoma. No es un tema de comprensión entre intelectuales, sino una cuestión de intensidad, de resonancia, de acorde en un sentido musical”.

Gilles Deleuze, Conversaciones



“No hay filosofía técnica destinada a los profesionales de las cuestiones estereotipadas, sino pensamiento práctico susceptible de ser encarnado, puesto en escena y en acto. […]. Así, la filosofía se enseña a la manera de como se hace un mapa. Luego se entrega una brújula y se invita a cada uno a dibujar su ruta, a inventar su propio camino”.

Michel Onfray, Manifiesto por una Universidad Popular.




“Para la filosofía es inevitable salir, friccionarse, frotarse con lo que no es, fisurar el cemento que lo comprime. No es otra cosa pensar: salir y disolver”.

Tomás Abraham, La máquina Deleuze.




“Nietzsche fue el primero en definir la filosofía como la actividad que pretende saber lo que pasa y lo que pasa ahora. Dicho de otra manera, estamos atravesados por procesos, por movimientos, por fuerzas; no conocemos estos procesos ni estas fuerzas y el papel del filósofo es sin duda, ser el que diagnostica tales fuerzas, diagnosticar su actualidad”.

Michel Foucault, Estética, ética y hermenéutica.