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lunes, 13 de febrero de 2012

PRIMER PREMIO DEL CONCURSO DE ENSAYO BREVE DE LA REVISTA PULSO


ENTRE THOREAU Y EL “PRINCIPIO DE LA ECONOMÍA”: 
UNA INSÓLITA FILOSOFÍA DE VIDA



Jorge Luna Ortuño
(Abril 2008)



El principio de economía, también conocido como el principio de la mínima acción, reza así: “la naturaleza obra siempre empleando el menor esfuerzo o energía posibles para conseguir un fin dado”. Claro que en la época que vivimos, desbordada de superficialidad y derroche, no nos permite ver esta verdad fácilmente, y mucho menos, aplicarla. Pero recuperar este principio para la vida cotidiana nos permitiría al menos dejar de ser unos amateurs, y convertirnos en profesionales de la vida [1]. Tendríamos vidas de otra cualidad, pues sin dejar de ser formas de vida productivas, dejarían también un espacio abierto para cultivar aquello que es más importante: lo inútil o improductivo. En realidad la idea es muy simple, comer cuando se tiene que comer, trabajar cuando es su momento, dormir, hacer la siesta, hacer el amor, cantar o mover los intestinos, con el agregado de que todo ello sea a su tiempo. ¿Y cómo saberlo? Tiene su dificultad, porque uno de los males de nuestra era ha sido el de producir hombres con la capacidad de llevar adelante las tareas más complejas, olvidando la tarea de perfeccionar las actividades más sencillas. Neil Armstrong, el primer hombre que llegó a la Luna, murió ayer sábado 25 de agosto; aquel viaje del Apolo llevó al hombre a la Luna, ahora la urgencia es otra: traer de vuelta un poco de humanidad a la Tierra. 


Se verá que en casi todas las áreas el principio de economía ha sido extrañamente olvidado, no por los economistas desde luego, sino por las gentes en sus modos de vivir,  dejando una interrogación: ¿Por qué un principio que es tan básico puede haber sido dejado tan de lado en las sociedades contemporáneas? Incluso dentro de la literatura filosófica ha caído en desuso el tema de la economía de pensamiento, introducido por Mach y Avenarius [2], que también puede entenderse como la ley del mínimo esfuerzo en las operaciones mentales. Avenarius lo llamó: “el principio del mínimo gasto de energía”, y Bertrand Russell lo denominó: “economía en la lógica del pensar”. En general, este tema circula siempre en torno a una de las preocupaciones fundamentales de la ciencia de la economía: “la de reducir los gastos innecesarios y aumentar los beneficios”. Aplicado al día a día, este principio podría generar toda una filosofía pragmática, no solo en torno a los pensamientos, también en torno a las emociones (Daniel Coleman habla de una economía emocional), el uso de las palabras y a cualquier actividad en general. Acaso ¿escribir con economía?  


El gran problema reside en el hecho de que vivimos en sociedades empapadas por una imperiosa mentalidad de consumo, todo el modelo económico liberal funciona en base al consumo. Basta con ver que para medir el índice de bienestar de una población (PIB), la principal variable a considerar es el consumo. Y es sabido que estamos viviendo una explosión comercial que ha hecho de todo lo existente un producto de venta, generando un crecimiento descontrolado de productos y servicios que no necesitamos, pero que nos ofrecen masivamente. Lo enfermizo del asunto es que el fin ya no está solamente en comprar lo necesario, sino en el acto mismo del consumo, pues este acto es el que pone en el mapa al ciudadano, y en el límite, el que lo hace sentirse vivo.


Afirmar que el crecimiento económico de nuestras sociedades ha ido en detrimento de la vida de sus habitantes no sería tan paradójico si consideramos que, a partir de los modelos económicos vigentes, que generan su rotación y retroalimentación gracias a políticas de gobierno que incentivan al consumo, no sólo se ha provocado un mayor movimiento de capitales, sino también un nuevo tipo de ser humano con una mente- enfermiza-compulsiva de consumo, lo cual ya no es nada económico [3]. Y no se trata solamente de vivir de ese modo y luego pensar cosas buenas, o sencillas porque nadie puede ser esencialmente diferente de sus prácticas, nadie puede pensar más allá del horizonte que le provee su estilo de vida. Por eso decimos que, a favor del crecimiento económico, no solo se ha desestabilizado el ecosistema, sino que se ha contaminado la mente humana. Una consecuencia directa de los modos de vida que se practican hoy en día es que resulta casi imposible pensar la sencillez o la simplicidad. La tendencia es cada vez más la de ser atrapados en vidas tan superficiales que hagan difícil comprender una idea tan simple, de modo que practicar la sencillez, la simplicidad o el arte de economizar, es un arte del que se echa mano solo si uno es pobre o si está atravesando una época de austeridad forzada. Luego, la idea dominante de nuestros tiempos es que siempre es necesario tener más, poseer más, consumir más, y adquirir lo último (que es lo mejor), para poder vivir bien.


No ha sido suficiente con instalar miles de negocios multimillonarios en torno a lo necesario. Nuestras economías han tenido que recurrir a la creación de nuevas necesidades (innecesarias), y en esto se han especializado el marketing y las propagandas publicitarias: fabricar necesidades ficticias o innecesarias, generar su demanda para después satisfacerlas, en grandes cantidades por supuesto. Es así, por ejemplo, que ya no solo se vende lo saludable (alimentos nutricionales, agua, libros, remedios, etc.) y lo dañino (cigarrillo, alcohol, drogas adictivas, etc.), sino también aquello que es dañino, pero que se presenta como privado de su “propiedad maligna”, lo que es mucho más sutil. Tal es el caso del café sin cafeína, la crema sin grasa, la cerveza sin alcohol y, por qué no incluir en la lista, al sexo sin sexo (mejor conocido como sexo virtual). He aquí un lema que condensa esta nueva tendencia: “ya no te preocupes por los excesos, consume tranquilo porque ahora ¡todo es saludable!”. La moderación se ha perdido del panorama. El filósofo esloveno Slavoj Zizek ha trabajado bastante este fenómeno en las sociedades contemporáneas, que quieren dar este  mensaje: “beba todo el café que quiera, porque ahora es descafeinado”. Es por si algún ingenuo llega a objetar que el exceso de cualquier sustancia siempre es dañino, como por ejemplo el exceso de chocolate que provoca estreñimiento. Para esto también existe ahora una solución, en el país del consumo por excelencia, (EEUU), han inventado una medicina que viene dentro del mismo producto que genera la anomalía; se trata del “chocolate laxante”, que por su solo nombre nos invita a pensar en el siguiente eslogan: “¿te provocan estreñimiento los chocolates?, no te preocupes, ahora puedes comer todos los que quieras porque estos son laxantes”. Muchos pensarán que estas invenciones son una ventaja, pero más allá de que esta serie de productos “light” tengan también propiedades dañinas, el problema mayor es la forma en que condicionan la mentalidad y las formas de vida. Consumo-consumo-consumo…


Quizás pueda sonar extraño en esta época soltar un enunciado de este tipo: “se vive bien no cuando se acumula o consume más, sino cuando se ha aprendido a descartar lo que no es esencial”. Definitivamente no es un enunciado de este tiempo, no es de un tipo cool, pues proviene de la enseñanza de un filósofo naturalista que vivió en la primera mitad del siglo XIX. Su nombre: Henry David Thoreau (1817-1861). Este personaje fue, en el sentido más profundo de la palabra, un verdadero economista, es decir, alguien que tenía la virtud de evitar los gastos innecesarios. Su teoría de lo que constituye la riqueza la condensó en una frase: “la mayor riqueza es la vida”. Habría que recordárselo a los dos tipos de anormalidades que ha producido la maquinaria del capitalismo: “el maniaco depresivo compulsivo consumidor” y “el inconforme robótico trabajador-cólico”; y en general, a todos aquellos que están apilando su dinero en  los bancos mientras se están provocando una úlcera en el estómago.

Thoreau fue la encarnación de una vida llevada con sencillez, aconsejaba en sus charlas a la gente que se librara de la tiranía de las cosas y del dinero. De hecho, él mismo cruzó la vida con un equipaje mínimo, eligió hacerse rico (o lo que se llama independiente-financieramente en nuestros tiempos), haciendo pocas sus necesidades y proveyéndoselas él mismo [4].  Es una filosofía de este tipo la que necesita rescatarse en nuestro tiempo desbordado por las ansias de lucro, una filosofía de la simplicidad, de la economía, de lo inútil, o de lo no-utilitario.  Y no porque sea esta la mejor, sino porque actualmente se hace tanto énfasis en la rentabilidad, el lucro, el sacar ventaja, el lujo, y la ganancia, que se ha hecho imperioso el buscar un equilibro, lo que se puede lograr afectando a las mentes de una fuerza compensatoria.


¿Qué implicaría vivir según esta filosofía? En primera instancia, habría que hacer una reconstrucción de la mente y los organismos. Dado que han sido educados para derrochar energías, hacer gastos innecesarios y fatigarse, la solución debería partir de un desmontaje del organismo; habría que desorganizarlos para hacerlos más fluidos y sencillos, lo que no quiere decir destruir el organismo sino optimizarlo. Esta reorganización no tendería a convertirlos en máquinas más eficientes, o utilitarias, que maximicen la relación tiempo-costo, pues lo inútil es también muy necesario. El tiempo de ocio que los filósofos se han procurado desde la Antigua Grecia no ha sido nunca simplemente un tiempo de siestas, sin embargo tampoco era de puro trabajo; era la distancia necesaria que uno debe tomarse de la vida en su estado bruto, cuando circula  en medio de las banalidades de la sociedad. Reorganizar los organismos sería más bien hacerlos más alegres, simples, económicos y expresivos. Después de todo, ¿qué es lo que impide la libre expresión? No es solo un gobierno, unos padres, una escuela o un policía en la calle los que actúan represivamente, sino principalmente todas aquellas fuerzas internas que actúan antagónicamente en uno mismo, en el propio cuerpo o en el organismo, saboteando la posibilidad de hacernos un nuevo modo de vida. Para el deportista de élite por ejemplo, la perfección en sus movimientos llega cuando aprende a mantener relajados los músculos antagónicos que hacen más lentas y torpes sus acciones. De hecho, la característica sobresaliente del atleta experto es su facilidad de movimientos incluso durante un máximo esfuerzo. Del mismo modo, en todas las áreas de la vida, la pura y libre expresión de uno mismo surge cuando se ha eliminado, deshecho o depurado, todo aquello que es innecesario para conseguir un fin deseado. (Eliminación de todo tipo de tensión interna, ¿será posible?).
Se trata entonces de gastar un mínimo de energía para conseguir aquello que se desea, no por flojera o mediocridad, sino porque se ha alcanzado un grado de maestría en la ejecución de una determinada técnica, de un movimiento, o de una manera de caminar por la vida. Por lo demás, los excesos son gastos innecesarios que provocan fatiga, dispersan la energía y debilitan una acción. Un festejo de Carnaval lleno de derroches nos tira mucho más para atrás de lo que nos libera efectivamente. Franz Fannon escribe en Los condenados de la Tierra que el mismo sistema ha diseñado algunas actividades festivas para que el hombre se descarríe por unos días, y habiendo malgastado su ánima y sus energías, vuelva manso a sus actividades laborales a seguir cumpliendo en la manutención de la estructura económica de su sociedad. Las fuerzas del poder nos regulan según la concepción de que un ser humano con deseos es peligroso, es insaciable, es innovativo, entonces reencauzan el flujo de energía de su deseo hacia una línea de caída que no podrá cristalizar en una revuelta social, ni en unas perturbación creativa, sino en una gran borrachera carnavalera, por ejemplo; todo el trabajo de los poderes consiste en hacer que se desperdicie el deseo, como si su satisfacción en alguna forma representara su aplacamiento temporal. Pero el deseo es lo inmanente a la vida misma, es el arma. Y el principio de economía es como una especie de mira que cualquier arma requiere. ¡No desperdicies tus balas a mansalva en medio de la noche! 


En fin, la idea es que es  preciso hoy reivindicar no solo lo productivo, sino también recuperar las actividades (denominadas) improductivas, como la filosofía. Balancear la vida incluyendo un poco más de actividades sin ganancia monetaria, actividades inútiles o tachadas de “demasiado simples”. Aprender a ser felices con muy pocas cosas, “saber emborracharse con un vaso de agua”, practicar el principio de la economía y vivir la sencillez, por lo menos alguna vez.

“Muchos de los lujos y de las llamadas comodidades de la vida, no solo no son indispensables, sino que son estorbos positivos para la elevación de la humanidad. Nuestra vida se desperdicia en detalles. ¡Sencillez! Que vuestros negocios sean de dos y tres; no ciento o mil. Que vuestras cuentas se puedan escribir en la uña del dedo pulgar…Gracias a la vida simple con pocos incidentes, yo no me he solidificado y cristalizado. Eso produce una singular concentración de fuerza, energía y placer” [5].

Para terminar, no olvidaremos que por alguna extraña costumbre la mayoría de los hombres suelen esperar por alguien viva con la honestidad que ellos idealizan para creer que la honestidad es posible. Seguramente no faltarán los que objetarán las ideas esbozadas en este modesto ensayo: por ejemplo, el hecho de que Thoreau tuvo que irse a vivir al bosque por varias temporadas para hacer posible una vida tan simple; ellos sólo recordarán que murió joven producto de una enfermedad pulmonar que le provocaron sus paseos y viajes a pie por haber preferido no viajar en trenes. Sin embargo no es nuestra intención plantear un nuevo modelo, no es sugerir que todos deberían irse a radicar  a los bosques para vivir bien, o que hay que imitar la idiosincracia de Thoreau para ser feliz, pues quizás este personaje no sea más que la sombra de algo que ya no puede ser en nuestro tiempo. Todo lo que decimos es que para vivir bien, esto es, con la mente tranquila, el cuerpo sano y las cuentas en orden, y si es posible con alguien amado a lado, cada uno tendrá que hallar su punto de equilibrio entre una forma de vida disipada y otra de maestría económica, y para lograr esto, aplicar el principio filosófico de economía resultará muy beneficioso, pues después de todo, si la economía busca esencialmente el equilibrio, aplicar el principio de economía no será otra cosa que  vivir tendiendo al equilibrio.







  

Notas
[1] Oscar Wilde: “la vida es la primera, la más grande de las artes, junto a la cual las demás parecen ser solo una preparación”
[2] Richard Avenarius, La filosofía como el pensar el mundo de acuerdo con el principio de mínimo gasto de energía (1947).
[3] Aplicando la definición de economía en su sentido más genérico, es decir, como una virtud que consiste en evitar gastos innecesarios.
[4] En Walden el alimento le costaba solo 27 centavos de dólar por semana, y se jactaba de que suprimiendo lo superfluo, podría subsistir todo un año con lo que ganaba en seis semanas de trabajo, y esto le parecía una hermosa forma de vivir. Un tiempo mínimo lo dedicaba a ganarse el sustento, y todo el resto lo dedicaba a hacer todo aquello que disfrutaba. El sabía que vivir no era algo automático, había que dedicarse a ello hasta hacerlo un arte (Henry D. Thoreau. Diarios íntimos).

ELISEO SUBIELA Y "EL RESULTADO DEL AMOR"



El mes pasado la Cinemateca Boliviana proyectó un ciclo de cine dedicado al director argentino Eliseo Subiela, un porteño cuyo trabajo, por donde se vea, es provocativo, distinto, y de llamativo mundo propio. Con sus historias pintorescas y a veces hasta descabelladas, Subiela nos invita a ser más elegantes con las palabras, a dejar por un momento el uso ordinario que hacemos del lenguaje, y a disfrutar la vida con ojos renovados. Su cine poético se enriquece por los rebalses continuos que experimenta hacia la literatura y la psicología, deslices que traen consigo pasajes de intensa belleza y humorismo.

Respecto de El resultado del amor (2007), nos hemos encontrado con una serie de agrias críticas en el Internet, tanto de especialistas como de blogeros: “exageración de los clichés”, “presentación de lo cursi como solución al abismo del sinsentido”, “Subiela, un realizador publicitario que digita cruelmente sus imágenes sin ningún amor por sus personajes”, “un intento por disfrazar la realidad haciéndonos creer que vivimos en un mundo ideal”, etc. Nosotros pensamos: ¡cuanta tristeza contenida en tan poco pensamiento!, y es que en estas críticas escuchamos más a las voces que emergen desde la insipidez de sus carencias. La repulsión que provoca Subiela en algunos círculos de la Argentina simplemente confirma la afirmación de Paraná Sandrós –autor de un libro de análisis sobre su obra- cuando lo define como “un cineasta en la mira de un nuevo público y de una nueva crítica”. Subiela invoca distintos niveles de sensibilidad, interpela a un público minoritario, reclama el ejercicio de una crítica afirmativa, alegre, que se centre más en los movimientos de fuga que en la descripción de las formas.

Qué mejor caso que El resultado del amor para ejercitar este tipo de crítica, pues, contra lo que se podría presumir, en ella se narra una historia que es como un mapa en el que se hace un trazado de distintas líneas de fuga en situaciones de vida particularmente desventajosas. Gira en torno a tres personajes: Mabel (Sofía Gala), Martín (Guillermo Pfening) y el Amor. Y sí, a nuestro modo de ver el amor recibe el tratamiento de personaje conceptual. Pero ya volveremos después a esto.


 Los verdaderos locos
Mabel es una muchacha que vive en una Villa Miseria de Buenos Aires. La violan a los quince años, elige el oficio de payasa, pues cree que su vocación es alegrarles la vida a los niños, y luego se ve empujada a trabajar como prostituta para ayudar a su familia. Su hermano Hugo, internado en un “sanatorio mental”, cree tener el plan de fuga perfecto: espera que los extraterrestres vengan a recogerlo un día. Mabel también busca fugarse a la realidad de la Villa y lo hace metamorfoseada en una divertida payasa-puta; se escapa a la sordidez de esos seres perdidos que se suele mostrar como incapaces de trascender a la droga y el delito. Luego dejará la prostitución para enlistarse como voluntaria en un hospital de niños. Pintoresco personaje. El otro no se queda atrás: Martín es un prometedor abogado, socio de una firma que además está compuesta por su padre y su suegro. Vive atrapado dentro de un régimen de vida que le planificaron, un espacio que ya había sido prefabricado para él dentro de la sociedad. Su fuga inmóvil consiste en tocar el saxofón, pero en los subterráneos, ya que a su esposa le causa dolor de cabeza que lo haga en casa. Un paro cardíaco se lleva a uno de los socios de la firma y ese es el detonante: Martín descubre el plan que la muerte tiene para él. Experimenta una liberación similar a la de Neo cuando se desconecta de la Matrix; Martín se desconecta de esa ilusión de vida presumida como realidad: se divorcia, compra una casa rodante con lo que le queda de la repartición de bienes y se lanza a la carretera; en adelante trabajará disfrazado de pájaro, agitando una banderita en las aceras. Desde ese día vive “rajándole” a la muerte, es decir, de modos inesperados, imprevisibles, ante todo divertidos, pues está seguro de que la gente no muere por causas naturales, sino por aburrimiento. Una línea de Urzagasti en Tirinea nos tienta para ser citada aquí: “No soy yo el que vive esperando la muerte, sino la muerte la que espera el mínimo desaliento de la vida para morir”.

El encuentro es inevitable, sucede cuando Martín y Mabel están listos para no dejarse pasar de largo. Ambos han nacido tan lejos de donde tenían que estar, que sus vidas son un largo viaje de retorno, hasta ese justo momento. Montados en una bicicleta, un pájaro amarillo y una payasa mamarracha pasean riéndose de la vida. ¿Quiénes son los verdaderos locos? No son ellos. Crítica irónica y sutil de Subiela: los neuróticos, los verdaderos lunáticos, no están en los sanatorios, están en el hall, entre nosotros, en las primeras planas de los periódicos, dirigiendo gobiernos, vestidos con traje y corbata, dando sermones sobre el amor... Son los que se han conformado con llevar sus vidas según una organización del deseo que sus sociedades han construido para ellos... Martín se rebela contra el futuro que le espera, Mabel se rebela contra su falta de futuro; ambos liberan su poder de desear, y es ese deseo puro el que los junta una afortunada mañana en un rincón de Buenos Aires.

 
El amor como personaje conceptual
Un personaje conceptual no es representante del cineasta, sino más bien su ‘heterónimo’, y el nombre del cineasta es un mero seudónimo de sus personajes. Es una potencia de vida que se desarrolla dentro de una historia. Así suele ponerse en escena el amor en las propuestas de Subiela. Veamos: Mabel descubre que tiene Sida; sus defensas están tan bajas que enferma de tuberculosis. Es el momento más crítico; en lugar de dejarla y seguir su vida, Martín decide cuidarla y se dedica enteramente a velar por su recuperación. Después de estar tres meses internada en el hospital, le dan de alta. La doctora, sorprendida, les avisa que la carga viral ha disminuido considerablemente. Mabel piensa que es el resultado del amor. Por este desenlace tachan a la película de “cursi”, “irreal”, etc.


 ¿Pero qué otro sentido tienen las adversidades y los problemas que nos afectan de tristeza si no es el de movilizar a las fuerzas del amor? ¿Qué otra función tienen los microbios del mal que visitan nuestro organismo si no es la de movilizar a los microbios del bien? Este es el mensaje que quiere dar Subiela; en una entrevista afirma su verdad: “Yo no “disfrazo” la realidad cuando muestro a una enferma de Sida que pelea desde el amor. En la escritura del guión tuve el asesoramiento de enfermos de Sida. La sociedad argentina hipócrita y negadora, no quiere oír hablar del tema”. Y es que las críticas que le hacen al respecto no solamente son desacertadas, sino que son estúpidas. ¿Qué es al amor después de todo? Se dicen muchas cosas, se ha construido una imagen del amor en base a frases de tarjetas, días de enamorados, canciones pop, películas románticas, etc., pero todo esto ha terminado entorpeciendo la experimentación del amor. Subiela construye un personaje conceptual que se opone a las aberrantes ideologías del amor. Un adecuado  soporte filosófico para su personaje lo encontramos en Spinoza, quién define al amor como “el afecto producido por una causa exterior que aumenta una potencia de vida; el encuentro con otro cuerpo que es causa de mi felicidad, pues favorece la composición de fuerzas que me constituye como individuo”. En este sentido, el amor vitaliza, da salud, cura, ¿qué de irreal hay en ello? Subiela lo llama “realismo sospechoso” y se sirve de él para crear mundos paralelos en los que se avizora esa verdad que a muchos da vergüenza aceptar: el amor es lo único que puede salvarnos. Al terminar la película, mientras Mabel y Martín celebran su matrimonio, la voz en off se refiere a este personaje como “el invitado especial a la fiesta, el que no se ve pero que está presente”. Y no importa lo que se diga, mientras esté presente estamos bien.

Jorge Luna Ortuño (Junio 2010)

Escríbeme- Postales a Copacabana: deseo y fuga


Un comentario a partir de la película estrenada el 2009 en salas bolivianas. 



Escríbeme- Postales a Copacabana es una película que conecta varias cosas: el mundo tangible con el mundo espiritual, la realidad con la fantasía, las creencias importadas con las nuestras, Jesús y el Ekeko, la esperanza y la desilusión, el deseo y la fuga, etc.  Ambientada en la población de Copacabana, esta coproducción boliviano-germana toma por personaje principal al Lago Titicaca. En más de una oportunidad el director Thomas Kröntaler –que también dirigió El día que murió el silencio­–, había comentado que una de las prioridades de la película era sacarle el mayor provecho a la magia del Titicaca, razón por la que usó el formato 35mm. En el mismo sentido Carla Ortiz, una de las protagonistas, afirmaba el día del estreno que el principal aporte de esta película es el de inmortalizar estos lugares de Bolivia, mostrándole al mundo su majestuosidad y belleza.

Podría pensarse que por ser bastante ligera en su concepción, con una historia sencilla, y con algunos descuidos en la narración, esta película es solo un pretexto para explotar estos afrodisíacos paisajes. Otros dicen que en realidad la película busca poner en el tapete el tema de la soledad y el abandono que sufren las mujeres cuando no tienen un hombre en la casa.

Después de verla, de escuchar y leer las críticas, nos da la sensación de que la cosa va por otro lado. Peor por los que se enfocan demasiado en la soledad como tema central. El director ambienta esta historia en el Titicaca para generar un escenario, bello y opresivo a la vez, en el cual pueda sentirse la abrumadora carga de la soledad, pero enfocándose más en la urgencia extrema de encontrar una salida. La historia es trágica y triste a primera vista: Alfonsina, una linda muchacha de catorce años, vive en el pueblo de Copacabana con su mamá y su abuela; su padre y su abuelo están muertos; las tres se acompañan en su soledad. Pero la intención no es quedarse en la tristeza, pues la soledad de estas tres mujeres, atadas a su pueblo, es solamente la preparación para algo que está por suceder. Todos son pretextos para mostrar en algún momento el estallido de una fuga mágica. Cada una de las protagonistas contribuye con su propio drama para lograr esta atmósfera de preparación. Alfonsina representa la necesidad de salir, de viajar, de conocer el mundo, y de poder hacer lo mismo que hacen esos gringos que llegan y se van con el compromiso de mandarle una postal. Rosita, su madre, es una mujer viuda, joven y atractiva, que vive con un impulso incontenible por rehacer su vida y encontrar otra vez el amor. La abuela de Alfonsina, Elena, también ha quedado viuda, pero ella todavía vive con la presencia que ha quedado impregnada en la casa de su amado Aloi, y se consuela viéndolo otra vez en los viajes que hace al pasado con su memoria.



Ellas creen que Aloi se sumergió un día en el lago de Baviera, en Alemania, con el deseo de encontrar algo diferente, y cruzó sus aguas por debajo hasta emerger del otro lado del mundo, en el Titicaca. La historia se apoya aquí en el realismo mágico de la literatura. Pero no es pura fantasía, pues no hay nada más real que el poder del deseo, y esto es lo que nos quiere decir entre líneas esta historia. El deseo de salir, de conocer otros mundos, de encontrar el amor por otros rumbos, es un deseo universal. Ahí, del otro lado, muy cerca o a miles de kilómetros, existe alguien que vive con la misma predisposición de fugarse, alguien que quizás nos espera, o espera cruzarse en nuestro camino para compartir la fuga. Esa predisposición que se torna en deseo es algo poderoso. Así como los sonidos que emitimos no se pierden nunca y perviven en el aire, también los deseos se conservan como bloques de energía imperceptibles. El deseo llama, atrae, y otorga existencia, pues termina dándole una forma a aquello que en un principio era algo incorporal. Después de haber deseado algo hay que estar atentos a lo que se manifiesta. El intenso deseo de Alfonsina atrae a su vida a Daniel, un joven estudiante de ornitología que llega de Munich, un aventurero tan inquieto como ella que le parece el vivo retrato de su abuelo. Este encuentro es uno de los ejes de la historia.

En resumen, lo que vemos primero es el montaje de un escenario de encierro en un lugar esplendoroso: no siempre es suficiente la belleza del lugar, no importa si es Bolivia o Alemania, el ser humano suele vivir anhelando algo diferente a lo que tiene. Luego, una atmósfera de soledad, pero solo como pretexto para producir la urgencia vital de la fuga. Finalmente, lo que nos muestra esta película es que cuando se desea con todas las fuerzas, la vida misma sabe encontrar sus salidas.

Jorge Luna Ortuño


RESEÑA DEL LIBRO "DELEUZE, EL CLAMOR DEL SER", DE ALAIN BADIOU





En las últimas décadas se han escrito varios libros, tesis y monografías sobre la filosofía de Gilles Deleuze (1925-1995), haciendo que aquel grito de Foucault, "algún día el siglo será deleuziano", retumbara con mayor cercanía. De todos modos esa nunca fue más que una contraseña entre amigos. Lo que habría que decir de entrada respecto de los libros que se escriben sobre Deleuze, es que deben abordarse siempre como productos que conciernen a sus autores, y no a Deleuze, puesto que o bien han tratado de explicarlo sistemáticamente o bien se han puesto a dialogar con él; pero Deleuze está en otra parte. Cuando unos periodistas le preguntaron en una ocasión a Deleuze por qué había escrito un libro sobre Foucault, les respondió que, en primera instancia, había sido por necesidad, por la falta que le hacía después de su muerte, y también por intentar hacerlo hablar una vez más. En lo concreto, se trataba de seguir con la vieja estrategia, hacer que sea la fuerza Foucault la que presionara su pensamiento, trazar una línea diagonal desde las problemáticas de Foucault hasta las suyas, y ver qué se producía en el espacio entre. Esto puede entenderse como un devenir-Foucault-de-Deleuze, o un devenir-Deleuze-de-Foucault, como lo han hecho notar ya otros autores. En el caso de este libro titulado Deleuze, el clamor del ser, el efecto es similar, y la pregunta que se podría hacer a Alain Badiou es parecida: ¿Por qué escribir un libro de este tipo sobre Deleuze? En sus páginas se respira un poco de reproche, un poco de impotencia, también algo de admiración, pero se trata sobre todo de "un enemigo" escribiendo desde el otro lado de la barda. Él responde a esta interrogante en la primera parte: “para mí es como una gran última carta póstuma”. Es también lo que le hubiera gustado decirle acerca de las cuestiones que admiraba en el pensamiento del autor de Lógica del sentido, pero también de las cuestiones con las que nunca llegó a estar de acuerdo. Fiel al proyecto nietzscheano, Deleuze intentaba salir de la trascendencia platónica a partir de la postulación de la univocidad del ser, mientras Badiou intenta fundar un platonismo de lo múltiple, cuestión que los aleja en diversas líneas, y que es el hilo conductor de esta obra[1].

Acerca de Badiou
Alain Badiou (Marruecos, 1937) es un filósofo, dramaturgo y novelista francés. Imparte cursos en el Collège international de philosophie. Fue discípulo de Louis Althusser, el cual lo influenció fuertemente en sus primeros trabajos epistemológicos. Entre sus obras más destacadas están: “Teoría del Sujeto" (1982), “Manifiesto por la filosofía” (1989), “La ética” (1993), “Deleuze, el clamor del ser” (1997), y Circunstancias (2004). Su obra principal es sin embargo, “El ser y el acontecimiento”, que salió a la luz en 1988, donde defiende las matemáticas como la verdadera ontología, o "la ciencia del ente en cuanto ente". En 2006 publicó su segunda parte, “Logique des mondes. L'être et l'événement 2”. Ambos libros sobre el acontecimiento vinieron acompañados de dos publicaciones menores, que fueron los Manifiestos por la filosofía. 

Lectura a contracorriente
En “Deleuze. El clamor del ser”, Ed Manantial, Badiou presenta algunos principios generales que, considera, deben gobernar el examen de la filosofía deleuziana, y que, siendo fieles a su espíritu, están alejados de la doxa que se constituyó a su alrededor. Es también un intento por entrar en el corazón del pensamiento de Deleuze a partir de una afirmación que éste hizo en Diferencia y repetición: “nunca hubo otra proposición ontológica: el Ser es unívoco”. Badiou piensa que es ésta condición del ser la que determina todo el recorrido deleuziano por la historia de la filosofía: “allí se encuentran sus camaradas, sus apoyos, sus casos de pensamientos privilegiados, quienes sostuvieron explícitamente que el ser tenía una sola voz. Duns Scotto, los estoicos, Spinoza, Nietzsche, Bergson…” Es sabido que a partir de estos filósofos laterales en la historia de la filosofía Deleuze desarrolló un estilo indirecto, logrando hacerse indiscernible a sí mismo, y evitando las condicionantes del discurso que aluden al ¿quién habla? Esto es así porque no eran repeticiones ni interpretaciones, sino producciones por presión, sobre Deleuze, de lo que a través de ellos, hacía caso de otra presión, de otra coacción. Nos sentimos tentados a decir que en este libro le pasó lo mismo a Badiou que, al parecer, no pudo evitar experimentar con la estrategia deleuziana, pues al escribirlo, encontró también una manera de hacer saltar, en su pensamiento, las fuerzas impersonales que lo poblaban, y que se veían forzadas a salir bajo la presión de la fuerza-Deleuze[2]. Y el resultado es particularmente interesante, pues lo que surge es una nueva afirmación de la diferencia, un chispazo. Todos sabemos que en el pensamiento de Foucault, Guattari, Allez, Hardt, etc., se pueden encontrar referencias muy favorables y esclarecedoras acerca del pensamiento de Deleuze, precisamente porque se movían dentro de una frecuencia imperceptible de afinidad, y en cierto modo esto los hacía cómplices, los unía hacia una línea convergente. Pero en el caso de Badiou, lo que encontramos es el producto de una divergencia, de un marcado contraste, y de las referencias opuestas que Badiou tiene: Platón, Hegel Husserl, a partir de las cuales ensaya una defensa contra Deleuze; lo acusa, por ejemplo, de no haber podido hacer otra cosa que dar vueltas en torno al platonismo pues, habiendo tratado de invertirlo, produjo el mismo efecto que se logró con Hegel, cuya inversión por parte de Marx significó el soporte para una larga perpetuación. “Deleuze propuso desde luego el anti-platonismo más generoso, el más abierto a las creaciones contemporáneas, el menos destinal, el más progresista. Solo le faltó terminar con el propio anti-platonismo” (p. 140). De este modo, la vieja pregunta “dime que piensas de Platón y te diré quién eres” es usada como una linterna para explorar en el proyecto filosófico de Deleuze.
            Badiou plantea algunas cuestiones discutibles, algunas paradojas, pues le parece que Deleuze reivindicó, de manera doctrinal y condicionada, la continua liberación del pensamiento. “Solo tenía una pasión intelectual auténtica: proseguir su obra de acuerdo con el método intuitivo y riguroso que había fijado de una vez por todas. Sin duda hacia falta la infinita multiplicidad de casos que componen la vivacidad de la época, pero sobre todo la tenacidad incomparable de su tratamiento uniforme, bajo la terrible ley de la univocidad del ser” (p. 133). En este punto Badiou encuentra un procedimiento inflexible en la obra de Deleuze, que hacía aceptar la diversidad, pero solo en cuanto le servía sin retocar sus iniciales convicciones. 
“Su bergsonismo refinado termina dándole la razón, en última instancia, a lo existente. La vida hace posible la multiplicidad de evaluaciones, pero ella misma no puede ser evaluada. Podría decirse que no hay nada nuevo bajo el sol porque todo lo que pasa es solo una inflexión del Uno, eterno retorno de lo Mismo. Puede decirse igualmente que todo es constantemente nuevo, ya que el uno vuelve indefinidamente, en su contingencia absoluta, a través de la perpetua creación de sus propios pliegues” (p.145)
De todo lo que se dice en esta obra se puede objetar que es cierto solo en parte, que se pierde a momentos en los pedidos por compromisos que le solían hacer a Deleuze algunos “intelectuales” o representantes de escuelas, manteniéndose atrapados en la interpretación de las interpretaciones, mientras Deleuze se mantenía impávido sin atender ni conceder, limitándose a decir: “las cosas que hicimos son como cajas de herramientas, los que quieran usarlas, allá ellos, nosotros ya estamos en otra parte” En favor de esta aproximación de Badiou habría que decir que no ha confeccionado una pura formalización de sus desacuerdos con Deleuze, menos aun un homenaje, pero sobre todo ha dado vida a una provocación, una invitación para pensar a partir y en contra de Deleuze. 
Epílogo
El último capítulo del libro es especialmente bello, pues nos deja esa sensación que ya presentíamos: Deleuze nos impulsa, sin prometer nada, a que nosotros también nos liberemos de nuestras cadenas particulares o locales, a que hagamos algo de las imposibilidades que nos amaniatan, a que convirtamos los obstáculos en medios. Interesante acercamiento de Badiou, tanto para los lectores que con este libro quieran alimentar sus posiciones de confrontación con Deleuze (y con los llamados “pensadores posmodernistas” en general), como para los que quieran profundizar en su obra abiertamente y sin contemplaciones.

Por: Jorge Luna Ortuño 
(Agosto 2008)


[1] Por ejemplo, en la vía de la univocidad del fundamento, Badiou considera que el concepto de virtual ocupa un lugar estratégico en la obra de Deleuze, y a la vez, es el concepto que los separa más abruptamente
[2] Badiou observa en el prólogo a la edición castellana de “El ser y el acontecimiento”, que esta obra le sirve como reservorio de conceptos y métodos de pensamiento, y que extiende en su uso para precisar su concepción de la filosofía. En el caso de Deleuze, la estrategia es el contraste, no tanto para explicar a Deleuze, sino para afirmarse a sí mismo.



HOMENAJE TARDÍO A UNA HERÓICA EXPEDICIÓN


Reseña del libro de Daniel Campos, De Tarija a Asunción. 


No se revela nada nuevo cuando se afirma que el libro De Tarija a la Asunción. Expedición boliviana de 1883 (Editorial El País 2010), tiene un enorme valor como documento histórico, y que además despunta por la frescura y simpleza de su narrativa.  Ante todo, se trata de un cuaderno de apuntes en el que Daniel Campos (1829-1902) comparte con talento poético una serie de imágenes bellas que guarda del Chaco, de los guaraníes, de la psicología intemporal del ser humano, y de los pormenores de una travesía de sesenta y tres días en la que una tropa de voluntarios –que él mismo dirigió– se jugó la vida.

El producto final es un libro que retrata la vida y sus desafíos. “El único medio racional de avanzar en el Chaco es el de las ‘cruzadas’ que consiste en tomar cierta altura, lejos del río, caminar vía recta, e ir a caer a su borde en horas dadas, ya para mitigar la sed, ya para acampar”. (p. 63) Más que de historia se trata de geografía: La cuestión urgente todo el tiempo es cómo avanzar, cómo hallar una salida, qué ruta tomar, cómo evitar un bosque o seguir un río, prolongar la línea y seguir adelante. Pero los obstáculos surgen todo el tiempo. No es sólo el Chaco –que hasta ese momento es considerado terreno hostil e infranqueable; es también la falta de agua y alimentos, las infecciones, la inclemencia de los pantanos, la presencia amenazante de las tribus, aunque ésta amenaza exista más por prejuicio que por conocimiento verdadero del “otro”; y luego también las negligencias del Coronel Pareja o del francés Arthur Thouar, que intercambiaron durante y después de la expedición el papel de villano y de traidor.



Pintoresco personaje
Daniel Campos, abogado, ministro, y delegado de la expedición a Asunción por invitación del gobierno, fue un potosino que se declaró enamorado del Chaco; hombre variado, de diversas ocupaciones y gustos, talentoso escritor de poemas, aunque estos no llegaron a ver la luz más que en algunos periódicos de la época, allá por los inicios del Siglo XX. Sin embargo, su afecto por la poesía se respira ya en varios pasajes de este informe, especialmente en el maravilloso capítulo titulado “La Borrasca”, en el que su prosa parece alcanzar su temperatura ideal, provocada quizá por la situación extrema que viven en ese momento, por la incertidumbre de la situación, empeorada por el violento temporal que los azota, y por el cercano encuentro que tiene con la muerte, todas ellas cuestiones que relampaguean ante sus ojos y chorrean sangrantes a través de sus palabras…

Campos llevaba en su corazón el sueño de la integración como motivación rectora del viaje: conectar territorios, abrirle nuevas puertas a Bolivia por la vía del Paraguay, desmitificar el trabajo de las misiones, integrar a los indios chiriguanos con el resto del mundo… Al mismo tiempo, atestiguamos el recorrido de un hombre siguiendo su sueño, el sueño de abrir una ruta hacia el Paraguay. Más allá del tema particular que sirva de detonante, es siempre ilustrativo aprender de las lecciones que nos heredan aquellos grandes personajes que no se alejaron de sus ideales para conseguir sus objetivos.

Es importante decirle al potencial lector de este libro que en él no encontrará únicamente datos referidos a la geografía de la zona, ni una colección de interpretaciones lúcidas del momento histórico que se vivía tras la creación de la Patria y la pérdida del Litoral arrebatado por Chile, sino también una serie de valiosos aportes de otro orden: en su relato de la expedición Campos hace gala de una profunda comprensión de las relaciones humanas, de su don innato para liderar a hombres cargados de ego, y de la fortaleza de su espíritu a la hora de afrontar la adversidad. En sus apuntes capta detalles y gestos aparentemente insignificantes, pero que, como él mismo apunta, terminan definiendo a una persona y a una situación,  y a la postre serán decisivos para que este viaje que se relata llegue a buen término. Campos valora perfectamente el temple y fortaleza de los hombres que lo rodean y los usa en beneficio de la expedición; como buen líder, prefiere que los otros hombres que componen el grupo expedicionario lo sigan por convencimiento antes que por obligación; con tranquilidad, paciencia e ingenio argumentativo logra su cometido la mayoría de las veces.

Un logro fundamental, que atraería algunas reacciones negativas contra su libro, es que desmiente la imagen de feroces salvajes que se tenía de los chiriguanos, y los defiende invariablemente a lo largo de varios pasajes, aunque su humanitarismo no termine de imponerse a su visión utilitarista: “sus tribus, tratadas con energía y benevolencia, lejos de ser el obstáculo son el poderoso auxiliar del explorador y mañana serán los fuertes brazos del trabajo productor”. (p. 245) Los guaraníes, desprovistos ya de la imagen de animales que se cierne sobre ellos, son seres accesibles, juguetones hasta cierto punto, e ingeniosos.

El aporte
La exploración del Gran Chaco ha impulsado a varias generaciones a meditar en la travesía y realizar una serie de esfuerzos, sin que ninguna de las expediciones realizadas desde los primeros tiempos del coloniaje alcanzara a cumplir su objetivo, siendo que nunca pudieron avanzar más allá del Piquirenda. Fue recién con la expedición de 1883 que se logró cruzar ese desconocido territorio. En el mediocre prólogo que escribe Mariano Baptista Gumucio podemos retomar el apunte con el que inicia sus comentarios: no existe una epopeya propiamente boliviana al estilo de El Cid Campeador en España, o del Martín Fierro de Hernández en la Argentina. Pero si hay en nuestra historia una experiencia que se le aproxima es la que queda retratada en De Tarija a la Asunción, fabuloso relato que –con los recursos adecuados– bien podría inspirar la realización de una memorable película boliviana en los años por venir.

Cinco años después de que se llevara a cabo esta expedición se publicó el libro sin que lograra captar la atención que se esperaba. Hasta hace muy poco permanecía olvidado en los estantes de alguna que otra biblioteca pública. Ahora, en la obra reeditada por la editorial El País, se publican los tres capítulos más sustanciosos, dejando fuera las extensas advertencias preliminares, la correspondencia y los balances, los cuales no interesaron en su momento y menos lo harían ahora. Se sabe que por aquellas fechas el gobierno boliviano premió con tierras baldías y otros obsequios a los voluntarios de la expedición, pero no premiaron nunca su esfuerzo como correspondía, pues por largo tiempo no se escucharon las recomendaciones esbozadas en el informe, y se mantuvo invariable la abusiva instalación de haciendas en los territorios indígenas.

A más de cien años de la realización de este viaje, por segunda oportunidad, Daniel Campos reclama algo más que la dulzura del reconocimiento, o quizás le dé igual. “¿Quién sabe el misterio de nuestro fin? Náufragos talvez del insondable abismo donde nos arrojamos, permanecerán ocultos nuestros restos, borradas como sombras nuestras memorias, hasta que la mano de los siglos pueda revelarlas a una generación indiferente”.  (p. 65)




TIRINEA: UN DIARIO COMO VIAJE A LA CLANDESTINIDAD




Sin ocultar mi aspiración de formar parte de esos “devotos usuarios de los libros aún no escritos”, haré notar de entrada que la escritura de estas líneas sobre Fielkho y el diario en el que deja constancia de su viaje hacia la clandestinidad –diario que se ha venido a llamar Tirinea– no tiene otro propósito que el de saludar respetuosamente a mi amigo Jesús Urzagasti (Gran Chaco, 1941), el narrador más importante que tiene Bolivia, y cuya obra casi completa está siendo reeditada, en buena hora, por la Editorial Gente Común. Agradezco al poeta Nervol Kunsted por haber introducido a mi mundo semejante joya el día que me obsequió el libro que nos ocupa aquí.
No se ha dejado suficiente constancia de los diversos ejercicios de lectura que promueve la obra de este genial escritor chaqueño, pero no nos queda duda de que su primera novela, Tirinea (Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1969), ha provocado bastantes resonancias en el medio, tanto críticas como extraliterarias. El año pasado, dentro de una gestión del Ministerio de Culturas, Plural editores lanzó una nueva edición de la novela, al haber sido seleccionada entre las diez más importantes de la literatura boliviana. Si cité antes la primera edición, que es la fuente de este impulso, es porque las ligeras variaciones internas de división que su autor introdujo en la nueva versión no me han permitido todavía dejarme llevar en su (re)lectura con la misma fluidez que me permitió su predecesora. Probablemente sea una cuestión de cariño al viejo libro, en cuya contratapa Claudia Bowles apunta con lucidez: “esta novela que se repliega sobre sí misma, Tirinea –territorio imaginario– es el lugar de lo utópico. La ironía de registrar los vanos intentos de escribir algo, confluye con la paradoja de finalmente lograrlo”. Hablamos de Tirinea, pero también de lecturas de Tirinea. Debo acotar que la más minuciosa e invitadora de esas lecturas, en mi criterio, es el notable ensayo “Del nomadismo: Tirinea de Jesús Urzagasti”, de Luis H. Antezana, al que pude acceder gracias a la reciente publicación de su libro Ensayos escogidos (Plural editores, 2011), libro que funciona como un inagotable campo de conexiones y que reclama ser usado en tanto “saco de aparapita” (según la descripción de Jaime Saenz). Si los textos de “Cachín” Antezana son una invitación a la lectura, los de Jesús Urzagasti son una invitación a la narración.

Martes 13 de diciembre 2011:
A propósito de su inexistente inclinación por la caza, queriendo favorecer una vida más tranquila, “sin la mínima convulsión”, Fielkho toma una decisión que será un momento-bisagra en su vida: “Dejaré la Universidad. La carrera de ingeniero no es que no me llevará a ninguna parte, sino que me arrastrará hacia donde yo no quiero ser arrastrado”. (T. pp. 14-15).  Más allá de que Fielkho sea ducho para la Química, con su decisión afirma que se opone terminantemente a que “una circunstancial habilidad mental” lo lleve al desastre. Pero entonces: ¿a dónde sí quiere ser arrastrado? No importa tanto el lugar sino la puesta a punto de sí mismo que generará el proceso. Fielkho decide alejarse de la ingeniería geológica, y también de Cayetano y Córdoba. No es nada personal, simplemente es porque los mundos que estos ponían en movimiento, a partir de sus inclinaciones, no eran afines con los de Fielkho, por ejemplo, en su tonta insistencia por llevarlo a fiestas. “A esta altura de mi vida estoy convencido de que lo único que uno hace es librarse de un montón de cosas: […] en buenas cuentas, de ser un atorrante de siete suelas. De todo puede uno librarse, hasta de escribir lo que estoy escribiendo, pero ¡guarda con alargar el camino que nos separa la muerte!”. (pp. 53-54). De todo puede uno librarse, es decir, cada uno tiene a su alcance la posibilidad de organizar sus encuentros, aquellos que le sean más convenientes para mantener la máquina aceitada. Pero al mismo tiempo Fielkho reconoce que es la vida según su propio reloj interno la que determinará el abanico de encuentros que se le podrán presentar. “Me alegra lo que acabo de comprobar: miles de personas transitan esta ciudad […] Muchas de ellas están destinadas a ser mis amigos o mis enemigos; todavía no lo son y así caminan, como yo, y no pueden explicar el extraño temblor que les estremece el cuerpo. He aprendido a reconocerlas, pero al tiempo lo dejo en su labor y no lo interfiero. Que tomen los litros de agua que deben tomar antes de que llegue la hora sagrada”.



Así avanza la novela donde un Fielkho en sus distintas etapas, y el viejo, se intercalan en la narración. Algo extraordinario ocurre durante estos meses en los que se la pasan tomando limonadas, observando los cabellos de Orana dormida y escuchando sonatas de Bach, mientras se turnan para escribir las 60 páginas de su diario. No pueden hacer otra cosa que expresar su asombro por la nueva vida en La Paz, desde donde tienden un puente a la tierra original. Los lectores somos testigos del intento de Fielkho por encontrar su verdadera voz, la del viejo, que está ahí tan cerca y sin embargo lo espera hace mucho tiempo. “¡Cómo me gustaría cantar para ella con una voz distinta, tan distinta como la mía, que a todo se parece cuando me quedo en el más profundo silencio! Yo soy el templo de mi voz, pero mi voz apenas es mía y viene precedida por la voz de tantos seres que han muerto sin haber nacido”. (p. 120) Y es sólo al ir terminando el libro que nos damos cuenta de este intento de Fielkho por hallar su voz, o por hacerse un cuerpo-sin-órganos. A medida que llega al final experimenta dificultades para terminar las 60 páginas que se había propuesto inicialmente, pues la necesidad de entender la causa de su ignorancia va desapareciendo, y él se torna en una especie de casilla vacía desde la cual el viejo puede hablar. Tirinea es un viaje inmóvil de encuentro con la propia voz. Al principio Fielkho debe vaciarse de aquello que lo inmoviliza; tiene que deshacer la manera en que la Universidad y otras instancias han organizado su cuerpo. No es tanto recuperar la soltura, pues Fielkho sorprende por sabernos narrar su encrucijada de una manera tan ágil, amena, y desenfadada. Se trata más bien de volver a comenzar. “Hay una edad en que todo comienza de nuevo, con una luz nueva en el corazón, en que uno es el único invitado de la soledad y ella se hace esperar para siempre. Yo estoy en esa edad”. (p. 29) Las afirmaciones de la parte final del libro evidencian este intento finalmente logrado. “No soy el que dice estas cosas, sino las cosas las que me dicen a mi”. (p. 111) ¿Quién escribe? No es el yo de un autor. Pero para llegar ahí tiene primero que hacerse un cuerpo-sin-órganos. En adelante el que habla es una individualidad impersonal no sujetada que solamente puede decir: “esto es lo que me pasa a través mío”. Un parque, un enjambre, una constelación antes que un hombre.

Un viejo amigo de Urzagasti, Henry Miller, lo explica con estas palabras: “No somos nosotros quienes firmamos los libros. ¿Quién es un artista? Es un tipo que tiene unas antenas, quien conoce cómo enganchar las corrientes que están en la atmósfera, en el Cosmos. Él simplemente tuvo la felicidad de engancharlos tal como eran”[1]. Tirinea es un prolijo cuerpo-sin-órganos (CSO), y Jesús Urzagasti es en este sentido un artista. Él no habla de CSO, no tiene necesidad de ello. En una entrevista en la que Ricardo Bajo le pregunta cómo se prepara para escribir una novela, Urzagasti decía: “Soy un aficionado a la escritura. Hay que recuperar la humildad y la ignorancia. Estar a cero para producir un lenguaje sin antecedentes. Si aplicas lo que sabes, te repites. De la nada hay que sacar algo”[2]. Estar a cero. CSO. Vacío productivo de nuevas formas. Probablemente se refiere también a esto mismo cuando habla del analfabeto funcional como un individuo que tiene fondos para acceder a los libros “pero se le atrofió el órgano que combina vista, tacto y oído para producir la magia de la lectura”[3]. Liberar al cuerpo de la organización que le han hecho es necesario no solamente para poder escribir, sino también para saber leer.

Por su parte Fielkho confiesa: “estoy escribiendo algo que mi cuerpo exige para vivir (…). Cuando permanezco en silencio mis oídos perciben la música del universo; son apenas sonidos, pero bastan para hacerme perder la identidad que guardo con ese camión que acaba de zumbar”. (p.31). Al empezar a borrar los contornos de la identidad hay siempre un devenir-imperceptible que está en marcha. A través de la escritura Fielkho comienza a liberarse, a romper los estratos, o las cortinas. El viejo comienza a hablar más seguido: “A su acto de escribir se debe que yo esté a punto de salir a flor de piel. Claro que él no tiene idea de lo que está sucediendo. Cada fracaso suyo es una cortina menos que nos separa…” (p. 66) Explica también cuál era la pretensión de Fielkho al escribir su relato: “presenciar el mecanismo que moviliza a su mundo”, pues de ahí en adelante “jamás se le ocurrirá meter a su mundo aquello que no le pertenece”. (p. 116) Si se encontró con algunos problemas en este proceso es porque lo hizo quizás muy de golpe, “desarmó totalmente la maquinaria y ahora está atolondrado y no sabe cómo iniciar la reconstrucción, fuera de que le tomó de sorpresa la inmovilización que sufre su organismo”. (p.116). Pero al final logró deshacer la organización y se hizo un CSO pleno, productivo, susceptible de ser recorrido por corrientes vitales creativas. “Creo, sin embargo, que Fielkho a través de esta experiencia dará más agilidad a sus miembros, mayor frescura y pujanza a su ser por la sencilla razón de que gran parte de sus secciones vivían en el olvido y ahora que la mayoría de ellos han sido alabadas en forma es casi seguro que su funcionamiento será de una precisión asombrosa”. (p.117).

Fielkho ha dejado de tener procedencia y su origen se colocará en el futuro. Llegan las páginas 109-110 y de repente nos encontramos con dos de los párrafos más maravillosos que la literatura universal tiene para ofrecer. Un grandioso canto a la vida:
“Aunque las catástrofes se avecinen y tu figura tienda a desaparecer en manos del crimen o de la oscuridad, aunque el mundo se venga abajo con el objeto de no favorecer tu existencia (…) nunca olvides que por primera, única y última vez eres lo más formidable y maravilloso que habita en este mundo. […] Hay paisajes maravillosos en el universo que nadie, ni tú, verá jamás; pero eres tú el sendero único para llegar a esos paisajes. […]  Levántate y agradece, antes de que tengas ese olor a ropa guardada en tu cuerpo, agradece por haber venido sin tener nada a un mundo que lo tiene todo; así regresarás con todo al país de la nada y sin haber abierto el pico”.

En ese momento ya no sabemos quién lo dijo. ¿Fue el viejo? Ya no interesa. A fuerza de deshacerse de sus bordes y de sus particularidades Fielkho se ha hecho indiscernible a sí mismo, su presencia es la de un nuevo Bartleby, pero más alegre. El viejo dice que Fielkho “por lo menos ahora está seguro de amar con mayor intensidad al mundo. Y esto es tan cierto que cuando tiene un libro en las manos y parece estar leyendo, no está haciendo eso sino amando al mundo”. (p. 124). “Es el primer convencido de que es un extranjero, un desconocido”. (p.125) Fielkho ha devenido imperceptible, clandestino. Escribe como un piano que toca solo. La música fluye. Se ha cumplido aquello que meses antes añoraba, pero no lo recordará porque él ya es otro:

“Algún día estaré frente a lo desconocido, tendré en mis manos lo que mi memoria se empeña en ocultar; ese día perderé para siempre el nombre con el que me identifica el mundo, el famoso nombre que tiene la virtud de separarme de lo que soy. Sé muy bien que soy un animal perdido en la noche y por lo tanto un nombre más, un sonido más. Cuando suceda lo que espero seré el mundo y no estaré lejos de nada”. (p. 83)

Jorge Luna Ortuño 
(Dic-2011)



[1] George Wickes, Entrevista a Henry Miller.
[2] En una entrevista de Ricardo Bajo a Urzagasti, realizada el 2008 a propósito de la publicación de su novela El último domingo de un caminante.   
[3] Ibid.

Un no-maestro sin enseñanza alguna que impartir


Osho*


¿Quien soy? Osho habla de sí mismo:

     1.-Yo soy, yo soy. Haya discípulos o no, eso carece de importancia. No dependo de ti. Y todo mi esfuerzo aquí es conseguir que también tú no seas dependiente de mí. Estoy aquí para darte libertad. No quiero, de ninguna forma, anularte. Sólo quiero que seas tú mismo. Y el día en que esto suceda, cuando seas independiente de mí, serás capaz de amarme realmente. No antes.

     2.-No soy un filósofo, no te estoy impartiendo conocimiento alguno. Te estoy tratando de indicar algo que está más allá de todo conocimiento.

     3.-No soy un lógico, no soy un existencialista. Creo en este sinsentido, en este hermoso caos de la Existencia y estoy dispuesto a ir donde me conduzca. No tengo ninguna meta, porque la Existencia no tiene metas. Simplemente es, floreciente, rutilante, un baile, pero no pidas el porqué. Simplemente una superabundancia de energía sin motivo alguno. Estoy con la Existencia.

     4.-No puedes decir si estoy en lo cierto o si estoy equivocado. Cómo máximo puedes decir que causo confusión. Pero esa es toda mi técnica: confundir en extremo. ¿Cuánto tiempo me vas a dejar que cambie de esto a lo otro? Un día vas a gritar: "¡Para ya! Ahora yo soy el que decido."

     5.- No tengo una idea ni estoy fijado a nada. Soy cambiante. Estoy absolutamente de acuerdo con Heráclito en que no puedes mojarte dos veces en el mismo río. Traducido esto quiere decir que no te puedes encontrar con la misma persona dos veces. No solamente estoy de acuerdo con él, sino que voy un poco más lejos: no puedes mojarte en el mismo río ni siquiera una sola vez. Trasladándolo de nuevo al mundo del hombre, quiere decir que no puedes encontrarte a la misma persona ni siquiera una vez porque cuando te la estás encontrando, él está cambiando, tú estás cambiando, el mundo entero está cambiando.

     6.- Te parezco contradictorio, inconsistente, por la sencilla razón de que he decidido no morir antes de morirme. Voy a vivir hasta el último aliento, por eso no podrás tener ninguna certeza sobre mí hasta que exhale mi último aliento. Después podrás cualquier imagen de mí y sentirte satisfecho con ella. Pero recuerda, no seré yo.

     7.- A veces algunos tontos acuden a mí y me preguntan: "En resumen, ¿cuál es tu enseñanza? ¿Cuáles son los libros que contienen toda tu enseñanza?" ¡No tengo nada que enseñar! Por eso han surgido tantos libros. Si tienes algo que enseñar, entonces con uno o dos libros tienes suficiente. Por eso es por lo que puedo seguir hablando eternamente, porque no tengo enseñanza alguna. Toda enseñanza más tarde o más temprano se agota; yo no puedo ser agotado. No hay principio ni fin... siempre estamos en medio. No soy un maestro.

     8.- Se me ha malentendido quizás más que a ninguna otra persona, pero eso no me ha afectado por la sencilla razón de que no existe un deseo de ser entendido. Si no entienden, es su problema, no es mi problema. Si me malinterpretan, es su problema y su desgracia. No voy a dejar de dormir porque millones de personas me malinterpreten.

     9.- No soy el discípulo de nadie. No pertenezco a ningún sistema de creencias. Amo a toda le gente de cualquier parte del mundo y nunca los comparo entre sí. Todos son únicos: un Zarathustra es un Zarathustra, un Buda es un Buda, un Jesús es un Jesús... son únicos en un grado tal que no deberías convertirlos a cada uno en un criterio con el cual la gente ha de encajar.

     10.- Para ser franco contigo, cosa que normalmente no soy, no sé quien soy. El saber no es posible aquí donde estoy. Solamente queda el que conoce; lo que se conoce ha desaparecido. Solamente queda el continente, el contenido ha dejado de existir.

     11.- ¡No soy serio! Lo que te estoy diciendo proviene de mi juguetonería. Es más un cotilleo que un evangelio.

     12.- ¡Yo estoy loco, pero tú estás más loco! Y ésta es la única conexión entre los dos: yo estoy loco, tú estás más loco.


*Maestro hindú, ecléctico, nunca perteneció a ninguna escuela o secta.
Extraído de los libros traducidos de sus discursos Vida, Amor, Risa; El Arte de Morir; y Más allá de la psicología.